Marcha, discursos y esa cosa blanda

Daniel Cecchini
En El hombre unidimensional, publicado en 1964, el filósofo Herbert Marcuse decía, refiriéndose al discurso de las clases dominantes, de sus representantes políticos y de los medios de comunicación del establishment: “Su universo del discurso está poblado de hipótesis que se autovalidan y que, repetidas incesante y monopólicamente, se tornan en definiciones hipnóticas o dictados”. En otras palabras, Marcuse está hablando de la creación del sentido común, una producción vertical e impuesta por quienes tienen el poder de la reproducción de la palabra. Podría decirse que los sujetos del sentido común no hablan, sino que son hablados por ese discurso.

En su masividad, la marcha del miércoles pasado estuvo poblada de diversidades. La convocatoria de unos pocos fiscales –desconocidos para la inmensa mayoría de los argentinos– motorizada por los medios hegemónicos y desde las redes sociales sirvió de recipiente para la expresión de variopintos descontentos. Hubo, claro, quienes quisieron expresar su solidaridad con los familiares del fiscal Alberto Nisman, cuya muerte se convirtió en el gran paraguas de la movilización. Pero junto a ellos marcharon muchos otros. Estuvieron los enemigos viscerales del kirchnerismo, los típicos caceroleros –por una vez silenciosos– que fueron con la clara intención de limar al Gobierno; también hubo quienes marcharon para hacer notar que se sienten inseguros, que no confían en las fuerzas de seguridad ni en la Justicia, dos elementos que meten en la misma bolsa y cuyo mal o buen funcionamiento atribuyen, en una simplificación falaz, al Gobierno. Y también quienes quisieron quejarse de supuestas corrupciones, crispaciones y otras ones varias. Muy pocos jóvenes, mayoría de mayores de cuarenta, mayoría de clase media, mayoría de debutantes en este tipo de movilizaciones. En fin, una marcha de eso que suele llamarse “la gente”.

Pero también hubo otras presencias. Una de ellas fue la de los políticos de la oposición, haciendo el acting de ciudadanos comunes autoconvocados para rendir “homenaje” a un fiscal que mantuvo inmovilizada la causa AMIA durante una década, autor de una acusación judicialmente insostenible y asiduo concurrente a la Embajada de los Estados Unidos, todos hechos olvidados por la alquimia de una muerte dudosa que les permitió devenirlo héroe. La otra presencia fue la de las cámaras de televisión y sus extensiones: los periodistas de estudio y los movileros.

Fueron esas otras presencias –sobre todo la última, la de las cámaras de los medios hegemónicos y sus apéndices zocaleros– las encargadas de subsumir la diversidad en un solo discurso que, elaborado desde una clara intencionalidad política, hicieron que, devuelto a la calle y los paraguas, fuera el discurso de todos. Lo que transmitieron fue muy claro: la gente marchó indignada porque Nisman había denunciado a la Presidenta y (a raíz de eso) terminó muerto. Por lo tanto, a los responsables de la muerte de Nisman –sin importar si se trató de un suicidio o de un homicidio– hay que buscarlos en el Gobierno.

En definitiva, volviendo a Marcuse, lo que lograron fue la autovalidación de una hipótesis que, mediante una repetición incesante y monopólica, convirtieron en un hecho. Y eso fue lo que le hicieron decir al sentido común de “la gente”.

En medio de las discusiones de estos días sobre si hay o no una movida desestabilizadora o destituyente, y si en ese marco la marcha pudo o no ser utilizada en ese sentido, para este cronista no hay dudas: más allá de las diversas intencionalidades de los concurrentes, la marcha (su utilización política y mediática) debe leerse como un eslabón más –pero muy grueso– en la cadena de hechos y discursos con que se intenta provocar un golpe blando.

Por estos días, desde la oposición y los medios hegemónicos también se dijo que esa hipótesis –la del golpe blando– no tiene asidero. Que es ridícula cuando se sabe que el Gobierno cumplirá su mandato en diciembre y que incluso antes, apenas realizadas las elecciones, perderá casi toda su capacidad de maniobra. Que a nadie, se insistió, le conviene destituir al Gobierno.

Es evidente que a la oposición –y a sus presidenciables– no le conviene tal cosa. Nada le daría mayor legitimidad al próximo presidente que asumir el cargo luego de ganar unas elecciones limpias y pacíficas, sin ruidos institucionales que las empañen.

Tampoco les convendría tal cosa a ciertos sectores del poder económico. En sus cálculos electorales, el kirchnerismo puro no tiene continuador con posibilidades de mantener el rumbo de este gobierno. Para ellos, gane quien gane –se trate de Scioli, de Massa, de Macri o de cualquiera de los presidenciables del Unen–, el próximo gobierno volverá, con matices según quien sea el triunfador, al redil del neoliberalismo, aunque más atenuado si se lo compara con el salvajismo de los ’90.

Entonces, ¿para qué promover un golpe blando? La respuesta también es clara: para dar una lección, para dejar sentada una advertencia al próximo ocupante de la Casa Rosada. Para decirle que todo va andar bien, en tanto y en cuanto no saque los pies ese plato cuya circunferencia está delineada por los grupos económicos más concentrados y los medios que les son funcionales, porque les pertenecen.

No hay que remontarse muy atrás para encontrar un antecedente. ¿Qué otro sentido tuvo la movida económica destituyente contra Alfonsín que marcarle la cancha a Menem? Con la caída de Alfonsín, a Menem le dijeron lo que tenía que hacer. Y Menem lo hizo.

Miradas al Sur - 22 de febrero de 2015

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