HOMOSAPIEN IA: la transición civilizatoria de la humanidad
La humanidad está en una transición civilizatoria y los grandes actores mundiales discuten a cielo abierto su rumbo. El poder global se reconfigura al calor de los desarrollos de Inteligencia Artificial con una pregunta de fondo sobre el futuro del trabajo. ¿Qué rol debería jugar Argentina en esta transformación?
La humanidad asiste a una transición civilizatoria en la cual la Inteligencia Artificial (IA) no es una mera innovación técnica sino el nuevo vector de reconfiguración del poder global, el trabajo y la condición humana. Sin eufemismos, se trata de la disputa más profunda de nuestro tiempo sobre qué tipo de humanidad vamos a construir, quién va a decidirlo y quién va a pagar el costo del diseño del poder global para el próximo siglo.
En los últimos días el Papa León XIV lanzó su encíclica Magnífica Humanitas dedicada a este tema y abrió un debate en todo el mundo. Pero la suya no fue la primera postura pública al respecto sino que se suma a otros documentos y manifiestos que pretenden desplegar matices discursivos, materiales y espirituales que disputen el sentido del siglo XXI. Por ejemplo, el documento que lanzó en marzo de este año el Partido Comunista de China tras la asamblea nacional en la que definió los lineamientos de su XV plan quinquenal. O el de la Casa Blanca, que durante el mismo mes publicó un conjunto de recomendaciones legislativas para asegurar el liderazgo de Estados Unidos en materia de IA frente a competidores como el propio gigante asiático. También, por supuesto, a los diversos manifiestos de los propios tecnócratas y Big Tech como Elon Musk, Peter Thiel, OpenAI, Google, Apple y Amazon, que plantean su mirada desde el prisma de Silicon Valley.
El mundo está siendo rediseñado y no en los parlamentos ni en las calles. Los grandes actores globales buscan disputar la conducción del debate público. El problema es que el exceso de diagnóstico ya no alcanza. Frente a una transición que redefine el poder global, hoy el verdadero desafío no es sólo decodificar los discursos en pugna sino comprender qué intereses se están disputando y determinar qué acciones vamos a asumir frente a este escenario.
El consenso de Silicon Valley: humanidad descartable
La hoja de ruta de las clases dominantes norteamericanas se hace evidente y clara, aunque tenga matices, al leer las propuestas de los grandes magnates y empresas de software: buscan la “dominancia estadounidense en IA”. Su visión del futuro asume, con una frialdad pasmosa, que el avance tecnológico resuelve los problemas de la humanidad (poniéndolo como la nueva concepción de Cristo) y la disrupción masiva del trabajo humano. Plantean que lo que hay que combatir son los anti-cristo, que serían quienes cuidan el ambiente y se oponen a este avance con regulaciones, tal como expresa explícitamente Thiel, dueño de Palantir.
Desde esta óptica, el avance de la tecnología con la IA va a enterrar la noción de escasez a través de la hiperproductividad. OpenAI propone un “Fondo de Riqueza Pública” para distribuir los rendimientos financieros de la IA y un esquema de “dividendos de eficiencia”. Musk sugiere que los bancos centrales emitan dinero para garantizar un ingreso universal para toda la población, aunque no como una propuesta para achicar la brecha de desigualdad sino para meramente sostener la reproducción humana. Thiel dice que Silicon Valley debe ponerse a servicio de Estados Unidos para poder enfrentar a sus enemigos en una era post nuclear donde el campo de batalla será el software. La Casa Blanca plantea marcos de regulación para potenciar la estrategia estadounidense. En la nueva era civilizatoria, el Estado norteamericano adopta un rol de garante geopolítico y de desregulador de infraestructura. Su objetivo explícito es asegurar la “dominancia global frente a las autocracias”. No interviene en la propiedad de los algoritmos ni planifica la economía pero subsidia la infraestructura energética y los centros de datos necesarios mientras que el sector privado (OpenAL, Microsoft, Palantir, etc.) ejecutan el desarrollo. El Estado interviene ex post (después del daño) regulando la competencia o creando fondos de compensación financiera.
Lo que no se discute es la velocidad ni la dirección: hacia adelante, sin freno, primero. Por otro lado, el trabajo pierde su centralidad y carácter ontológico. Para el capitalismo algorítmico, el trabajo humano es un costo residual o una tarea ineficiente que la máquina debe reconfigurar o absorber. El ordenador social ya no es el empleo, sino el consumo pasivo garantizado por transferencias monetarias. Por último, el cambio en la humanidad que esto implica es profundo. El descarte no se llama descarte, se llama “brecha de habilidades”. La desigualdad no se llama injusticia, se llama “distribución asimétrica de los beneficios de la transición”.

La propuesta china: humanidad modernizada
La concepción china parte de una premisa radicalmente distinta: la unidad soberana no es el individuo sino el colectivo nacional organizado por el Estado. El mercado es un instrumento eficaz que el Estado usa cuando conviene y controla cuando amenaza la estabilidad o la dirección del proyecto. A diferencia de la desmaterialización financiera e informática que predomina en el enfoque anterior, la República Popular China concibe la transición tecnológica anclada a la economía física. Para Beijing, la inteligencia artificial no es un instrumento para licuar el trabajo sino el acelerador definitivo de su matriz manufacturera.
El destino de la humanidad no está en los modelos de lenguaje abstractos, sino en el control de la materia a escala global a través de la tecnología. A través de planes estratégicos como el “Made in China”, el Estado planificador fusiona la IA, la robótica avanzada y los sistemas de nubes industriales para blindar su hegemonía en la producción de bienes reales (baterías, energía, vehículos eléctricos, semiconductores y bienes de capital). Es un materialismo tecnológicamente optimizado que concibe al sujeto como parte de un organismo mayor, cuya libertad está ligada al éxito económico y geopolítico de su comunidad nacional.
El cambio en la humanidad que propone el modelo chino no es la liberación del individuo del trabajo, como en Silicon Valley, sino la elevación del colectivo a través del trabajo tecnológicamente potenciado. El trabajo en este modelo no es una opción de realización individual ni un derecho abstracto: es un deber social y una forma de participación en el proyecto colectivo. La transición tecnológica no se vive como amenaza sino como oportunidad colectiva porque si antes el obrero textil era el motor del desarrollo, ahora lo es el técnico de mantenimiento de robots. En ese sentido, la Asamblea Popular Nacional (APN) consensuó a principios de este año que durante los próximos cinco el foco de crecimiento estará en áreas de avanzada como tecnología cuántica, manufactura biológica, energía del hidrógeno, fusión nuclear y la red de telecomunicaciones móviles 6G, además de la IA. Así, mientras Silicon Valley la concibe como un software desmaterializado y financiero orientado a crear un futuro post-laboral de consumidores subsidiados, China la integra verticalmente a la economía física como el acelerador definitivo de su hiperproducción manufacturera y estatal.

La respuesta del Vaticano: dignidad trascendente
La encíclica papal plantea una interrupción filosófica profunda, tal como lo hizo en otros momentos de transiciones humanitarias. Reivindicando conscientemente el legado de Rerum Novarum (primera encíclica social de la Iglesia católica, promulgada por el Papa León XIII y publicada 135 años atrás ante la primera revolución industrial), León XIV examina en Magnifica Humanitas el orden algorítmico contemporáneo y advierte que la Iglesia no puede permanecer indiferente ante una transformación de semejante magnitud. No rechaza la tecnología, la interpela: ¿quién la gobierna y para qué fines?. El documento retoma la imagen bíblica de la Torre de Babel para nombrar el riesgo de una IA concebida “sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad”. La alternativa que propone es la reconstrucción de Jerusalén: trabajo compartido, responsabilidad distribuida, centralidad del débil.
La concentración de poder tecnológico en actores privados transnacionales que hoy tienen más recursos que muchos Estados es una amenaza para esa reconstrucción de Jerusalén, plantea el Santo Padre. Esa asimetría no es un detalle técnico sino la condición política que hace imposible cualquier distribución equitativa sin transformaciones estructurales que ninguno de los documentos anglosajones se atreve a nombrar. La diferencia de fondo es ontológica y antropológica. Mientras los magnates definen al trabajador como un agente económico a reconvertir, la encíclica insiste en que el valor del ser humano no depende de lo que realiza o produce. Una afirmación que dinamita el núcleo productivista de toda política de IA centrada en la eficiencia.
A diferencia de lo que proponía el Papa Francisco, en la encíclica de reciente aparición no se hace mención a la creación de un salario o renta básica universal. Quizás para evitar discusión en torno a la contradicción generada en diversos sectores que advierten la supuesta coincidencia entre la propuesta entre la Iglesia y los magnates. Aunque en el fondo -y también en la superficie- no hay tal coincidencia: mientras que los últimos buscan otorgar un sustento de dominación para que la destrucción del trabajo no genere un cuestionamiento de sus intereses, la propuesta de la Santa Sede pone en el centro el piso de dignidad que deben tener todos los seres humanos. “El valor de la persona no depende de lo que realiza o produce; existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas. Ningún poder humano puede legítimamente negarlos o limitarlos arbitrariamente”, escribe León XIV.

Argentina, entre el enclave extractivo y el desarrollo soberano
En este mundo fracturado y de disputa entre Estados Unidos y China por el dominio del software, los semiconductores y la IA como cerebros del poder y centro del control industrial y el desarrollo militar, Argentina se encuentra en una posición paradójica. Por un lado posee los recursos naturales indispensables para sostener la infraestructura física de la IA global (litio, cobre, las llamadas tierras raras y una capacidad energética colosal, entre Vaca Muerta y bocas de energía renovables). Por otro, está en permanente riesgo de consolidarse bajo un modelo extractivista mediante el cual exporta estas materias primas para que otros países desarrollen los chips y entrenen los modelos que luego el país comprará e importará con la forma de software empaquetado.
Exportar petróleo, gas, litio o granos puede generar dólares en el corto plazo, aunque eso no necesariamente se traduzca en un desarrollo sostenido en el largo plazo. El litio sin baterías reproduce dependencia. El gas sin petroquímica limita el desarrollo. El agro sin biotecnología pierde competitividad. La diferencia entre vender mineral y vender baterías es la misma que entre vender cuero y vender zapatos: no es solo económica, es política, es soberanía. Pensar un desarrollo industrial a la usanza del siglo XX (la tradicional sustitución de importaciones) es insuficiente ante la hiper fragmentación y velocidad de las cadenas de valor tecnológicas actuales. No obstante, renunciar a la industria manufacturera es un suicidio.
Un Estado que planifique hoy debe ser un Estado “inteligente” que condicione la explotación de los recursos naturales a la transferencia tecnológica y al desarrollo de eslabones productivos locales: esto es, instalación de capacidades de procesamiento y centros de investigación y desarrollo en el territorio. Este proceso de industrialización de nuevo cuño no ocurrirá de la noche a la mañana; es un proyecto que requiere un consenso dirigencial a veinte o treinta años. Implica fortalecer las Pymes tecnológicas y manufactureras locales, protegiendo el mercado interno de manera estratégica. El mercado formal e hiper tecnologizado no podrá absorber a toda la masa laboral y ahí es donde la economía popular y comunitaria debe adquirir un rol central. No como un sector de “contención de la pobreza” sino como un vector productivo reconocido y remunerado, fundamental para las tareas de cuidado, la producción de alimentos de cercanía y el sostenimiento del tejido social en un mundo donde la IA desplazará tareas cognitivas y rutinarias.
¿Está el país en condiciones de dar ese salto soberano? Técnicamente, sí. Argentina ya realiza refinación de litio y exporta carbonato y cloruro, lo que representa valor agregado en las exportaciones. Para avanzar hacia la fabricación de cátodos de baterías sería necesaria una inversión en investigación aplicada, formación técnica especializada, negociación activa con las empresas que hoy controlan la refinación a nivel mundial (la mayoría chinas y australianas) y una renta diferencial que reinvierte en el territorio donde se extrae. También una política de defensa de los recursos estratégicos, un nuevo consenso sobre el rol de las Fuerzas Armadas y la defensa territorial y mecanismos de integración regional que acompañen ese proceso. Nada de eso es imposible. Todo eso requiere un Estado planificador que hoy, en la Argentina de Javier Milei, no existe. La pregunta es si la dirigencia política opositora, que en 2027 buscará torcer el rumbo del proyecto neoliberal, estará a la altura de comprender que incluso en la era de la inteligencia artificial la verdadera disputa sigue siendo por la soberanía. La pregunta no es técnica ni económica, es política: ¿Para quién crece este país?.
Fuente: El Grito del Sur - Junio 2026

