¿Debemos aceptar que el PIB nos engañe?

Francisco Louça


El PIB es una fórmula que ignora la estructura de producción y la distorsión de la distribución, ignora la calidad de vida o su sostenibilidad, registrando únicamente transacciones.

En 2009, a pedido del presidente francés, tres economistas produjeron un informe sobre las fórmulas de medición en la economía. Dos de ellos, Stiglitz y Sen, habían recibido el Nobel (y sumaron a otros cuatro laureados, Arrow, Deaton, Heckman y Kahneman, además de otras figuras cimeras de la disciplina, como Fitoussi y Stern) y no se andaron con rodeos: el PIB es engañoso e, incluso para las comparaciones internacionales, debemos reemplazarlo con fórmulas más rigurosas. Identificaron lo obvio, que el PIB es una fórmula que ignora la estructura de producción y la distorsión de la distribución, ignora la calidad de vida o su sustentabilidad, solo registra transacciones (o convenciones estadísticas), utilizando el único criterio del precio, que sobrevalora una parte de la vida económica, como son los activos financieros, mientras se olvida de los bienes no mercantiles y otras funciones sociales. Hace unos días, en la conferencia de Estocolmo por el 50 aniversario de la primera reunión de la ONU sobre medio ambiente, el secretario general Guterres retomó el tema: “Debemos valorar el medio ambiente e ir más allá del PIB como medida del progreso y el bienestar humano”. Ir más allá, pero ¿cómo?

Jayati Ghosh, profesora nacida en la India de la Universidad de Amherst en los EEUU, propuso recientemente cuatro alternativas, basadas en recomendaciones del Consejo Asesor de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU, del cual es miembro. La primera sería medir el trabajo, utilizando el producto del salario medio y la tasa de empleo. Sigue teniendo el inconveniente de referirse sólo a una parte de la vida, pero evita la ilusión del salario medio, que enmascara los extremos de la distribución, e incluye el nivel de empleo en la ecuación. Según los cálculos del autor, en algunos de los países más desarrollados, en 2009-2020, el PIB creció más rápido que este indicador, lo que sugiere un empeoramiento de la desigualdad, lo que confirma las conclusiones obtenidas por otros autores. El segundo sería el porcentaje de la población con una alimentación adecuada. En particular para los países más pobres, esta medida revela la realidad de las dificultades: por ejemplo, en India, el Banco Mundial reporta un nivel de pobreza de hasta el 22%, pero el 71% de la población no tiene acceso a alimentos esenciales. Si esa encuesta se hiciera en Portugal, nos llevaríamos una sorpresa. La tercera alternativa sería el uso de parámetros de tiempo de trabajo, incluidas las diversas formas de contrato, pero también el trabajo no remunerado, es decir, en la asistencia social, así como el tiempo libre y las actividades de voluntariado. Muchos países tienen encuestas periódicas que permiten esta evaluación. Finalmente, la cuarta alternativa sería indicar el nivel de emisiones de CO2 per cápita. Aquí también será relevante considerar la desigualdad, ya que, según datos de la ONU, el 1% mas rico gasta 30 veces más que el patrón de consumo sostenible necesario para limitar el aumento de temperatura a un 1,5ºC en 2030.

Por ello, las propuestas del equipo de Stiglitz, ahora retomadas por la ONU y difundidas por Ghosh, han ido incorporando los principales objetivos definidos para el bienestar. Obviamente, su aplicación implica más que superar una tradición o una rutina estadística, requiere la visibilidad de las distintas opciones de la economía, y eso es lo último que desean los que mandan.

- Francisco Louça, Catedrático de economía de la Universidad de Lisboa y activista del Bloco de Esquerda portugués

 

Sinpermiso - 12 de julio de 2022

Noticias relacionadas

Anuradha Chenoy. La OTAN ha puesto su sello para una nueva Guerra Fría. La reunión de Madrid de este bloque militar...
Michael Roberts. El debate sobre la inflación entre los principales economistas continúa. ¿La cada vez más alta...

Compartir en