Argentina en el (des)orden multipolar: patio trasero o polo emergente

Gabriel Merino

Cómo posicionarse ante un nuevo escenario mundial caracterizado por la multiplicación de los conflictos bajo la forma de una Guerra Mundial Híbrida.

“La era del dominio global de Occidente ha llegado a su fin” admitió Josep Borrell (ex representante de la política exterior de la Unión Europea) en febrero de 2024. Para entonces, ya era evidente que la transformación del mapa del poder global se había modificado de forma estructural e irreversible, dando por finalizado un ciclo de 500 años de ascenso (entre los siglos XVI y XVIII) y de primacía (durante los siglos XIX y XX) del Occidente geopolítico.

Desde principios del siglo XXI atravesamos diferentes momentos de la transición del sistema mundial. El comienzo incipiente de la crisis del “Consenso de Washington” y del orden unipolar se produce a principios de los años 2000, coincidiendo con el inicio de un cambio de época en América Latina, marcado por la ola progresista o nacional-popular. Luego se produjo el colapso financiero y económico global de 2008, gatillada con el desplome de la banca Lehman Brothers y, como contracara, el surgimiento de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y, luego, Sudáfrica) como actores clave del escenario mundial.

A partir de 2013-2014, sobre la contradicción entre fuerzas unipolares y multipolares, comienza a desplegarse lo que denomino una Guerra Mundial híbrida y fragmentada. Hacia 2016 el triunfo de Donald Trump y el triunfo del BREXIT en el Reino Unido muestran una fractura interna del propio Occidente geopolítico, en su núcleo angloestadounidense, entre Globalistas, Americanistas y Nacionalistas.

Argentina enfrenta una encrucijada: quedar subordinada a un imperio en declive o intentar posicionarse como actor emergente en un sistema mundial en plena transformación histórico-espacial.

La pandemia de COVID-19 en 2020-2021 aceleró las tendencias estructurales de  la actual transición, entre ellas, el declive relativo del Occidente geopolítico y el ascenso del mundo emergente con China a la cabeza y fuerte protagonismo de Asia. Simbólicamente, en 2020 las economías sumadas de los BRICS superaron a las del G7 (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Alemania, Francia, Italia y Japón), el corazón del Norte Global, que dos décadas antes eran indiscutiblemente el centro de la economía mundial.

2025 marcó un nuevo punto de inflexión. Cuatro hechos convergentes permiten identificar la entrada en un momento geopolítico distinto, en tanto ponen de manifiesto una nueva correlación de fuerzas en el escenario mundial: el acelerado avance tecnológico chino simbolizado por DeepSeek; la expansión y consolidación de los BRICS+; la victoria progresiva y relativa de Rusia en la guerra de Ucrania; y el regreso de Donald Trump con una estrategia de repliegue agresivo sobre el hemisferio occidental y una escalada en la Guerra Comercial que mostró sus debilidades.

Estos procesos redefinen el tablero global y marcan la apertura de un momento geopolítico que defino como (Des)Orden Multipolar.

DeepSeek y el nuevo “Momento Ford” de la economía mundial

El lanzamiento del modelo de inteligencia artificial chino DeepSeek-R1 provocó un impacto inmediato en el Occidente geopolítico. Contra la mayoría de los pronósticos, China demostró que podía competir en la frontera tecnológica de la revolución digital con costos drásticamente menores, mayor eficiencia energética y una arquitectura innovadora. En medios “occidentales”, el episodio fue comparado con el “Momento Sputnik” de 1957, cuando la Unión Soviética sorprendió al mundo con el lanzamiento del primer satélite artificial.

Pero la analogía es engañosa. DeepSeek no representa solo una sorpresa tecnológica, sino algo más profundo: un “Momento Ford” de la economía mundial, en referencia al salto que se produce en los Estados Unidos a principios del siglo XX con el desarrollo de un nuevo modelo de capitalismo, bajo una nueva forma de capital y organización industrial. Es decir, es la manifestación de un nuevo modo de producción-acumulación-desarrollo que brota dentro del gran taller industrial del mundo (30% de la producción industrial global) y que tiene el potencial de transformar la economía mundial. Mientras el Sputnik ocurrió en el apogeo de la hegemonía estadounidense, DeepSeek y otras empresas como Tencent, Huawei, Xiaomi, BYD, SAIC, Alibaba, Baidu, ByteDance, SMIC emergen en un contexto de fin de un ciclo hegemónico y ascenso de un nuevo “bloque histórico”.

China afirma su lugar central en la revolución tecnológica-productiva en curso, superando su condición de semiperiferia manufacturera bajo el comando tecnológico, financiero y comercial del capital transnacional del Norte Global. 

Detrás de DeepSeek no hay un hecho aislado, sino un ecosistema tecno-productivo consolidado bajo el llamado socialismo de mercado: una forma específica de organización económica que combina una inmensa economía de mercado con una planificación estatal desarrollada a un nuevo nivel. A la vez, muestra un impulso cada vez mayor a formación y expansión de capacidades de su inmensa fuerza de trabajo.

El sector público ocupa un lugar central en la producción y el desarrollo de sectores estratégicos, impulsa inmensas obras de infraestructura y orienta la inversión general a través de planes quinquenales, mientras conviven distintas formas de propiedad, se promueve la competencia de mercado (disciplinando al gran capital) y se mantiene el control público de las finanzas como elemento clave para distribuir el excedente económico hacia objetivos de desarrollo. De los cinco principales bancos más importantes del mundo por activos cuatro son chinos y todos son de propiedad pública: ICBC, China Construction Bank,  Agricultural Bank of China y Bank of China. En quinto lugar aparece el JP Morgan de los Estados Unidos. 

BRICS+: el Sur Global gana centralidad

En paralelo al avance chino, los BRICS+ se consolidan como el principal espacio político del Sur Global. Desde su surgimiento tras la crisis de 2008, el grupo articuló a grandes países semiperiféricos que comenzaron a cuestionar el orden unipolar neoliberal. Con su expansión reciente, esta insubordinación se extiende a nuevas regiones estratégicas.

Los BRICS+ no constituyen una alianza militar ni un bloque económico cerrado. Funcionan más bien como un nuevo “bloque histórico” heterogéneo, unido por el rechazo al control monopolístico del Norte Global sobre las actividades estratégicas de la economía mundial y de su orden político. Su crecimiento refleja una redistribución real del poder global: hoy concentran una parte sustancial del PBI mundial, más de la mitad de la población y una porción decisiva de la producción energética.

Desde la cumbre de Sudáfrica en 2023, los BRICS+ sumaron como miembros plenos a Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía, Indonesia e Irán. Arabia Saudita forma parte de las cumbres y aparece en la página oficial como miembro pleno, aunque todavía no aceptó formalmente la invitación. También se sumaron unos nueve países socios: Vietnam, Malasia y Tailandia del sudeste asiático; Nigeria y Uganda del África Subsahariana; Bielorrusia, Kazajstán y Uzbekistán pertenecientes al Espacio Euroasiático Medio (el primero desde Europa y los dos últimos desde Asia Central); Bolivia de Sudamérica, y Cuba del Caribe, ambos miembros de la ecúmene latinoamericana. Y estarían por incorporarse en dicha categoría cuatro países más.

La incorporación de países de Medio Oriente, África y el Sudeste Asiático refuerza y amplía el proceso de insubordinación político-estratégica frente al viejo orden que cristalizaba la primacía del Occidente geopolítico, la cual se extiende a otros territorios del Sur Global (países periféricos y semiperiféricos), con importantes implicaciones en distintas regiones geopolíticas. Regiones clave para la logística global, la energía y las finanzas comienzan a articularse en un espacio multipolar que promueve la cooperación Sur-Sur, nuevas instituciones y un nuevo multilateralismo ligado al mundo multipolar emergente (el Nuevo Banco de Desarrollo es un ejemplo). El espíritu de Bandung reaparece, pero con una base material mucho más sólida que en 1955.

Rusia, Ucrania y el quiebre del orden euroatlántico

Otro eje central del nuevo escenario es la guerra en Ucrania. Contra los objetivos iniciales de Washington y la OTAN, cuya meta era debilitar estructuralmente a Rusia para quitarla de la mesa de grandes jugadores geoestratégicos, Moscú ha logrado sostenerse y avanzar de manera progresiva, obteniendo buena parte de sus objetivos. La expansión de la OTAN fue frenada, los territorios rusófonos y rusófilos del este y sur de Ucrania quedaron en buena parte absorbidos dentro de la Federación Rusa (que lenta pero implacablemente continúa avanzando) y Rusia fue reconocida nuevamente por el propio Trump como una gran potencia en el sistema internacional. Además, el presidente estadounidense no logró, a pesar de las presiones sobre Moscú y sus socios, imponer el acuerdo de paz que buscaba y que iba contra los intereses rusos.

Las sanciones económicas no produjeron el colapso esperado de Rusia. Por el contrario, el gigante euroasiático superó a las economías de Alemania y Japón (medida a precios de poder adquisitivo) y se aceleró su reorientación hacia Asia, fortaleciendo sus vínculos con China, India, Irán y Turquía, entre otros. La guerra de desgaste, combinada con una reorganización industrial y logística, permitió a Moscú sostener el esfuerzo bélico a costos relativamente menores que los de la OTAN y dinamizar su economía interna. Es cierto que muestra signos de recalentamiento y ha pagado importantes costos, pero la realidad es contraria al colapso económico ruso y a la derrota estratégica de Moscú.

La gran perdedora del conflicto es la Unión Europea. Sin autonomía estratégica, pagó altos costos energéticos, profundizó su desindustrialización y quedó más subordinada a Estados Unidos. El conflicto expuso los límites del proyecto europeo y su incapacidad para actuar como polo geopolítico autónomo.

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Trump, proteccionismo y repliegue hemisférico

Los tres hechos mencionados marcan resultados negativos para Estados Unidos y el Occidente geopolítico a nivel tecnológico-productivo (Deepseek y nuevo “momento Ford”), político-institucional (BRICS+) y geoestratégico (Ucrania). La escalada en la guerra comercial y tecnológica por parte de Donald Trump consiguió resultados favorables con Europa, Japón y varios países latinoamericanos, pero terminó exponiendo las debilidades estructurales de la potencia norteamericana frente a China: Beijing puso sobre la mesa su total dominio de las tierras raras, sus capacidades tecnológicas autónomas y su menor dependencia a nivel comercial del mercado estadounidense. Pero también Trump mostró debilidades para imponer sus intereses frente a Rusia, India y Brasil, entre otros.

El regreso de Trump no implica un cierre hegemónico en los Estados Unidos, sino que es una expresión de la crisis y la creciente polarización. Además, tiene la fragilidad propia de tener que administrar el declive de Estados Unidos y resolver aspectos de la sobre-extensión imperial. Incapaz de sostener el orden “liberal” internacional que lideró durante décadas, Washington adopta el proteccionismo, intensifica la guerra comercial y tecnológica y debilita los organismos multilaterales creados bajo su hegemonía. Ya no busca coordinar el sistema mundial, sino imponer sus intereses mediante presión directa, especialmente a protectorados y vasallos, que deben pagar los mayores costos del retroceso.   

Esta estrategia se traduce en un repliegue sobre el hemisferio occidental. Para Washington resulta central asegurar a América Latina como “patio trasero”, si es necesario por la fuerza, exacerbando el injerencismo político, las acciones de guerra económica y la presencia militar. La Doctrina Monroe, que establece el principio de “América para los (norte)americanos”, reaparece con fuerza. Ahora bajo el agresivo Corolario Trump, que explicita un injerencismo y militarismo sin tapujos, en un contexto de dominación sin hegemonía y, por lo tanto, de “palos” sin “zanahorias” (o zanahorias escasas y poco nutritivas). Un imperialismo más territorialista y de saqueo, es proporcional a su debilidad; es la forma que adopta su declive agresivo.

La incursión militar en Venezuela, el asesinato a decena de hombres y la captura ilegal de Nicolás Maduro –bajo la falsa narrativa del narcotráfico y en una insólita extralimitación de la justicia estadounidense, cual justicia imperial— inauguró el Corolario Trump de la Doctrina Monroe. Si bien ésta ya fue puesta en práctica en las elecciones de Argentina y Honduras, lo de Venezuela marca un punto de inflexión: se bombardeó e invadió un capital de Sudamérica y se lleva adelante un bloqueo naval total. El propio Trump declara el control directo del territorio, sin mediaciones, donde la opositora María Corina Machado es desplazada y ninguneada. 

El ministro de Colonias y quien tendría a cargo ahora el territorio venezolano, Marco Rubio, anunció un plan de transición de tres etapas y Trump afirma que se van a quedar en Venezuela el tiempo que sea necesario y que van a tomar el petróleo venezolano. Es decir, confirman un hecho de saqueo y acumulación por desposesión a la vista de todo el mundo. El problema que tiene en términos reales –es decir, más allá de la total falta de legalidad y el avasallamiento del derecho internacional— es que quiere impulsar un cambio de régimen manteniendo a las figuras centrales del chavismo y el esquema de poder existente. No pudo establecer un control directo (militar) del territorio, ni imponer una figura local. Esto carecería de legitimidad e intentar hacerlo derivaría probablemente en una guerra civil, haciendo inviable la apropiación y explotación de petróleo que es lo que a los Estados Unidos le interesa. Para lograr la difícil tarea de conducir el país sin dirigirlo en términos prácticos, Trump utiliza dos herramientas fundamentales: a los dirigentes les dice que si no hacen lo que quiere Estados Unidos van a correr la misma suerte que Maduro (o peor) y establece un control total del comercio de petróleo. Por eso la incautación de petroleros, uno incluso bajo bandera rusa.

El mundo multipolar —relativo, asimétrico y con ciertos rasgos bipolares— ya es una realidad efectiva en el plano geopolítico y constituye un rasgo fundamental del fin del ciclo de hegemonía estadounidense. En esta situación, la nueva dinámica entre grandes potencias y la nueva relación Norte-Sur genera la apariencia de que existe una especie de nuevo orden político mundial, con nuevas jerarquías. Sin embargo, esta situación es fluida y sólo de transición. No hay condiciones para que se produzcan acuerdos como los cristalizados en Yalta o Potsdam, menos aún en Breton Woods. En realidad, nos encontremos en plena etapa de Caos Sistémico (como la de 1910-14 / 1945-49) y en un momento de (Des)orden multipolar, caracterizado por la multiplicación de los conflictos y disputas —actualmente bajo la forma de una Guerra Mundial Híbrida.

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Argentina

Este escenario explica la extraordinaria intervención del gobierno estadounidense para sostener al gobierno de Javier Milei en Argentina antes de las elecciones legislativas de octubre, cuando se encontraba en un momento crítico y en el “círculo rojo” ya se hablaba de una posible “transición institucional”. Scott Bessent, el secretario del Tesoro de Trump, dejó en claro el trasfondo geopolítico de la jugada: afirmó que el salvataje tenía una “importancia sistémica”: había que “sacar a China de la Argentina” y una Argentina estable es importante para “anclar el hemisferio occidental”, de acuerdo a los intereses estratégicos de Estados Unidos.

El salvataje sirvió para sostener con respirador artificial a un gobierno que actúa como peón regional de Washington, en detrimento de los intereses nacionales históricos, como se observa en muchas votaciones en la ONU. La intervención de Bessent y Trump le da sobrevida política a un modelo de valorización financiera, alimentado con deuda pública y una desarticulación de capacidades estratégicas nacionales (“ajuste”), que destruye el entramado productivo del país y beneficia a unos pocos grandes fondos financieros. Entre esos fondos se encuentran los “amigos” de Bessent.

¿Cuáles son las condiciones del “rescate”?

La publicación del Marco para un Acuerdo de Comercio e Inversión con Argentina, Guatemala, Ecuador y El Salvador anunciado de forma unilateral por el gobierno estadounidense hizo que muchos recordemos el Pacto Roca-Runciman firmado durante la Década Infame. De acuerdo al texto, Argentina debe hacer 15 concesiones a los intereses estadounidenses, dentro de las que se incluyen las típicas medidas y leyes anti-desarrollo que describe el surcoreano Ha-Joon Chang en su famoso libro “Retirar la escalera”, como en lo referente a patentes y reglamentaciones de la propiedad intelectual y administración de datos a medida de las empresas estadounidenses. También se establecería preferencias a las corporaciones estadounidenses en las licitaciones públicas. Además, el criterio de “seguridad económica” impuesto por Washington anularía la soberanía del país para establecer relaciones comerciales de acuerdo a nuestros propios intereses.

A cambio, el país obtendría dos dudosas y pequeñísimas concesiones: compras de materias primas “indisponibles” en EEUU (en el caso de la carne, en el mejor de los casos, la cuota no llegaría ni al 10% de lo que nos compra China) y de insumos farmacéuticos no patentados. Sin embargo, la aplicación concreta en cada caso quedaría a criterio del poder ejecutivo estadounidense, de acuerdo a la situación del mercado. Podríamos decir que, al lado de esto, el Pacto Roca-Runciman no era tan malo.    

Otros puntos críticos de la subordinación del gobierno nacional serían: la privatización y extranjerización del sector nuclear argentino a los Estados Unidos, donde ya se “filtraron” los planos del reactor CAREM, un proyecto estratégico paralizado por el gobierno argentino; privilegiar a las empresas estadounidenses en extracción de minerales críticos y recursos estratégicos en general; y “sacar” a China de la Argentina, es decir, bloquear inversiones, cerrar la Estación de observación del espacio lejano en Neuquén, alejar comercialmente a China de Argentina para beneficiar a sectores estadounidenses o impedir todo tipo de cooperación política o científico-tecnológica, bloqueando que Argentina se parte del mundo multipolar emergente.

Resulta importante destacar una editorial del directorio del Wall Street Journal –órgano mediático central del poder económico “americano”— titulada «Argentina: país correcto, rescate equivocado». Por un lado, el artículo transmite un claro apoyo a la decisión de Trump y Bessent de “salvar a Milei”, teniendo en cuenta la importancia geopolítica del país para anclar el dominio del «hemisferio occidental» y combatir al llamado «populismo de izquierda». Pero, por otro lado, discute las características del rescate de Bessent y plantea que la «dolarización es la alternativa política correcta y ahora esencial». Por la importancia e influencia de quién lo dice, debe tenerse en cuenta el análisis de escenarios futuros. Especialmente en un momento en que el mundo se dirige hacia un proceso de desdolarización.

La idea de la dolarización, sostenida por sectores muy importantes del poder estadounidense y sus actores locales (como el CEMA), ya tiene casi 30 años. Junto a la iniciativa del ALCA, rechazada en la cumbre de 2005 en Mar del Plata, es parte de una estrategia general para asegurar la hegemonía en el continente americano de forma estructural, bloqueando a las fuerzas autonomistas regionales. Ahora, como entre 1998 y 2002, en Argentina se juega una batalla clave de la puja política y estratégica continental. Y esto va más allá de un tecnicismo económico, de si la dolarización es viable o no. En 2001 fue la convergencia entre un conjunto de fuerzas sociales y políticas nacionales lo que impidió ese escenario, frustrando el plan de dolarización, ALCA, privatización de la banca pública y compra masiva de activos locales a precios de remate (acumulación por desposesión).

Escenarios para el país y la región

Las principales fracciones del Occidente geopolítico buscan instalar dos antinomias para interpretar la transición de poder mundial. Los globalistas afirman que el mundo se divide en “Democracias” vs “autocracias” o el “mundo libre” vs las “dictaduras”. Los neoconservadores agregan la palabra “comunismo” en el lado del mal, además de insistir con la idea de “fuerzas malignas”. Por otro lado, los nacionalistas encabezados por Trump definen como central la antinomia Globalismo vs Nacionalismo.

América Latina, en su colonialidad ideológica, tiende a reproducir esas antinomias y sus debates, que nos instalan en una Nueva Guerra Fría y en nuevo mundo bipolar, donde debemos elegir el supuesto bien y el mal, en lugar de seguir nuestros propios intereses y objetivos, en base a nuestros propios valores. Es decir, son relatos que llevan a la subordinación político-estratégica de la región.  

En realidad, la contradicción central que atraviesa el sistema mundial es entre el  mundo unipolar y el mundo multipolar/multicéntrico, que supone una democratización real del sistema mundial y proyecta un internacionalismo soberano. En el actual escenario, la contradicción central para Argentina y la región es entre ser Patio Trasero o centro/polo emergente.

Ello define tres escenarios fundamentales, que constituyen un trilema a resolver en las próxima década:

1) Avanzar en una mayor periferialización regional, atados y subordinados en términos políticos y estratégicos a un imperio en declive relativo y a un mundo en crisis, atrapados en el estancamiento económico, la financiarización y la desarticulación de capacidades estratégicas nacionales (no resulta casual la actual política de destrucción del sistema científico-tecnológico y de la educación).

2) Ir hacia una especie de neodependencia económica con China y otros emergentes, establecida de hecho por las obvias asimetrías económicas y el sostenimiento de un proyecto neoliberal periférico primario exportador, combinada con una subordinación estratégica negociada con Estados Unidos (con sus distintas fracciones en pugna). Este escenario, a diferencia del primero, puede garantizar un “desarrollo del subdesarrollo”.

3) Aprovechar el escenario de transición y el despliegue de un mundo relativamente multipolar, para construir un proyecto nacional-regional de desarrollo. Los BRICS+ juegan allí un papel clave en cinco aspectos:

a) Ampliar la cooperación para enfrentar, resistir o superar las políticas de contención y subordinación, en un escenario de Guerra Mundial Híbrida, así como contener conflictos entre países miembros (como lo hicieron Brasil o India frente a los aprietes de Trump). 
b) Cooperar en el desarrollo de capacidades estratégicas que antes controlaban los países del Norte Global (tecnología e industria avanzada, arquitectura financiera y monetaria mundial, defensa, etc.).
c) Promover un nuevo marco institucional, caracterizado por un multilateralismo multipolar y nuevas iniciativas de gobernanza global.
d) Converger en un nuevo ciclo de expansión material de las fuerzas productivas, con centro en el Este y Sur de Asia, donde se destaca la locomotora China.
e) Producir una reconfiguración del orden mundial más equitativo y democrático, que tiende a expresar el nuevo mapa del poder real.

Argentina enfrenta una encrucijada: quedar subordinada a un imperio en declive o intentar posicionarse como actor emergente en un sistema mundial en plena transformación histórico-espacial. El ascenso de China y otros poderes emergentes fortalece esta última opción y ofrece una oportunidad histórica sólo si se desarrolla una fuerza político social con una estrategia propia y perspectiva regional.

 

Fuente: En marcha - Enero 2026

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