El acuerdo de libre comercio que está a punto de ser suscripto entre el Mercosur y la Unión Europea

Argentina era el país más reticente a consensuar el acuerdo con la Unión Europea pero, evidentemente, decidió comulgar con Itamaraty"

El reloj de las negociaciones entre el Mercosur y la Unión Europea marca casi dos décadas. Las aspiraciones de los dos bloques regionales para firmar un acuerdo de libre comercio que pueda surcar las aguas del océano Atlántico comenzaron en 1995. El inicio fue en paralelo con las frustradas negociaciones abiertas con los Estados Unidos para firmar el ALCA. Finalmente, según dejaron trascender en los últimos días las distintas Cancillerías del Cono Sur, la rúbrica del acercamiento sería inminente. De concretarse, los países de la Cuenca del Plata estarían materializando el pacto comercial más significativo de las últimas décadas.

Políticas productivas y competitividad industrial. El caso de Argentina y Brasil

La crisis europea nos está dejando un conjunto de lecciones que se vinculan, más allá del alto endeudamiento que muestran algunos países, con los problemas derivados de la falta de convergencia en materia de competitividad, lo que fue generando una profunda brecha entre las economías más fuertes y las más débiles. En todos los procesos de integración regional pueden existir mayores o menores diferencias iniciales entre los países que se integran. El desafío es, hasta qué punto la marcha de esos procesos contribuye a acercar los niveles de competitividad de esos países.

TLC entre la UE y Mercosur: ¿Por qué sólo los negociadores lo quieren firmar?

Un acuerdo de libre comercio (TLC) en las condiciones que ha venido planteando la Unión Europea (UE) para otros países (como Colombia y Perú) es totalmente contradictorio con los propósitos de desarrollo económico independiente que han proclamado en forma reiterada los gobiernos mercosureños, que rechazaron en 2005 la propuesta de un acuerdo similar, el ALCA con EEUU.

Petrodólares por principios

Paraguay convalidó el ingreso de Venezuela al Mercosur a cambio del trueque de su deuda petrolera por alimentos: Asunción y Caracas tienen más en común de lo que creen.

El presidente Horacio Cartes manifestó el jueves que ahora que Paraguay retorna al Mercosur y que el Congreso aprobó el ingreso de Venezuela, peleará “para que se revisen las resoluciones tomadas durante la suspensión que hubo tras el juicio político a Lugo en junio de 2012”. Entre tanto, el mandatario criticó el desopilante consejo de los ex-cancilleres que lo asesoraron para que Paraguay volviera al bloque regional, sin reconocer la afiliación de Venezuela efectivizada en junio de 2012: los “expertos” le habían aconsejado que Venezuela saliera “por un ratito” y esperara a que Paraguay votara su ingreso. A pesar de reconocer el absurdo de su posición de hace todavía un mes, el presidente intentó salvar la ropa negando que el giro de 180 grados que su gobierno y el Partido Colorado dieron tuviera que ver con la negociación de la deuda de Petróleos del Paraguay (Petropar) con Pdvsa por 300 millones de dólares. Del ridículo es difícil volver.

El multilateralismo revive y la integración de Sudamérica avanza

La integración económica regional parece haberse convertido en el tema actual cuando el 28 de noviembre los ex Presidentes de Brasil y de Chile, Luiz Inácio Lula da Silva y Ricardo Lagos, en el marco del Seminario internacional Desarrollo e Integración de América Latina en Santiago, llamaron a dar un salto cualitativo en la integración de la región.

Para Lula, América Latina hoy encuentra la oportunidad de “hacer todo lo que no se hizo en los últimos diez años”(1). Lula acierta en destacar que uno de los puntos de conflicto que más ha entorpecido la integración regional es la política. Mientras no haya convicción política por parte de los gobernantes, dice él, no podrá llegarse a la integración.

Alianza del Pacífico esconde intereses geopolíticos de Estados Unidos

Más que una alianza comercial es una alianza geopolítica. En el océano Pacífico están todos los países que se escapan a la hegemonía de los Estados Unidos, que indudablemente es la cabeza de esta alianza conducida por el sector neoliberal más extremo.

La organización referida, que aglutina a Chile, Colombia, México y Perú, que pretendería tener solo bases comerciales, esconde intereses geopolíticos de los Estados Unidos, en su aspiración a contener el fuerte ingreso comercial y financiero de China en la región, y en menor medida, de la Federación Rusa.

El Mercosur a la pesca de una identidad

Ninguno de los cuatro gobiernos quiere terminar con la Unasur. Nadie tiene planes de liquidar el Consejo de Estados de Latinoamérica y el Caribe. Y además los cuatro proyectan volver a ser cinco, con Paraguay adentro. ¿Renació el Mercosur? Pero cómo, ¿no estaba muerto? La política internacional es, por naturaleza, más silvestre que la doméstica. El poder suele presentarse en su costado más crudo. Incluso llega a cometer el crimen de la guerra, para usar la hermosa síntesis de Juan Bautista Alberdi. Pero en sus vaivenes y en sus sorpresas, en sus marchas y contramarchas, el mundo a veces otorga la chance de reacomodarse. Y los gobiernos, a veces, tienen la lucidez de recoger el guante.

Aún es temprano para saber si esta interpretación termina gozando de sustento en el tiempo aplicada al Mercosur, pero no suena disparatada si se considera el resultado de la cumbre celebrada el viernes en Montevideo. Lo que pudo ser una reunión anodina o desordenada –un ramalazo de declaraciones, en el mejor de los casos– se convirtió en una oportunidad aprovechada para sentar doctrina y generar acciones por parte de la Argentina, Brasil, Uruguay y Venezuela. Paraguay no participó porque su gobierno estaba suspendido, condición que se levantó como parte de las decisiones de los cancilleres y, luego, de los presidentes. “Amo a Paraguay”, no dudó en afirmar el venezolano Nicolás Maduro, que ocupa por primera vez la presidencia pro témpore del bloque. Venezuela fue incorporada mientras Paraguay estuvo privado de sus derechos plenos.

Los presidentes coincidieron en rescatar el derecho de asilo como una identidad regional. Es un mensaje institucional a través de la afirmación de la vigencia de los derechos humanos.

La convocatoria en consulta a los embajadores de cada uno en España, Italia, Francia y Portugal en solidaridad con Evo Morales por el acoso sufrido es una medida dura. El llamado en consulta no es un simple trámite informativo sino una forma de protesta en la escala de la diplomacia internacional. No llega a un nivel extremo como el retiro de embajadores, naturalmente, y menos a la ruptura de los nexos diplomáticos. Pero marca una decisión colectiva sin precedentes de los países más grandes de Sudamérica, que eso son Brasil, la Argentina y Venezuela, hacia las dos naciones de la conquista original, Portugal y España, o hacia las tres naciones de donde vinieron las mayores oleadas de inmigración (España, Italia y Portugal), a las que se agrega la segunda potencia dentro de la Unión Europea, Francia.

La respuesta al espionaje electrónico masivo por parte de los Estados Unidos pareció exitosa al esquivar dos riesgos. Por un lado, evitó aumentar algo que ya existe y fue señalado por el experto Juan Gabriel Tokatlian en La Nación: intensificar las turbulencias frente a una decisión imperial de los Estados Unidos. Tokatlian no convocaba a las relaciones carnales sino a un ejercicio racional de defensa propia. Agitar más el aire cuando el imperio o lo quiere agitado o está él mismo en un momento de agresividad es mal negocio para países que están lejos de ser una hiperpotencia hegemónica.

El otro riesgo que evitó el Mercosur es quedar en una suerte de tercera posición entre los Estados Unidos y el terrorismo fundamentalista. Era una trampa accesible, porque Washington defiende su vocación de Gran Hermano explicando que captura millones de mails e interfiere todas las comunicaciones de línea para prevenirse de un ataque tipo Al Qaida del 11 de septiembre de 2001 y ayudar al mundo a prevenirse.

Fue una forma de plantarse ante el imperio sin decirle al imperio que lo es. Sin embargo, el Mercosur reaccionó ante dos hechos imperiales, el espionaje masivo y la advertencia al mundo sobre dónde está el poder en la persona de Evo Morales.

Esta vez se dio el milagro. Incluso sin coordinación previa del bloque, cada uno había preparado el terreno y todos convergieron en Montevideo para el momento de la síntesis y la acción.

Cristina Fernández de Kirchner siguió la humillación a Evo en todas sus alternativas y planteó el tema desde su cuenta de Twitter y en tiempo real. Intercambió datos e indignación con Ecuador, un extra-Mercosur que quiere ser parte del bloque igual que Bolivia. La Argentina y Ecuador más Venezuela y Uruguay fueron el corazón de la última cumbre de Unasur en Cochabamba, la más desvaída desde que se relanzó la Unión Suramericana de Naciones en 2010. No fueron los presidentes de Colombia, Perú y Chile, tres de los cuatro miembros de la Alianza del Pacífico junto con México. Tampoco Dilma Rou-sseff, aunque en su caso el consejero internacional Marco Aurélio García dijo, cuando llegó a Cochabamba, que era su representante personal en la cumbre.

Evo agradeció la velocidad de respuesta de la Argentina y de la Presidenta con una presentación masiva de su gobierno en la fiesta del 9 de Julio organizada por el embajador Ariel Basteiro. Estuvo el mismo Evo, pero también entre otros el vice Alvaro García Linera, el canciller David Choquehuanca y su vice Leonor Arauco, ex embajadora en la Argentina. Fue más que un gesto amistoso a Basteiro, que en sus nueve meses de gestión se convirtió en un embajador movedizo y curioso capaz de explicar, como lo hizo estos días, que parte del enojo de Evo por el acoso a su avión volviendo de Rusia surge de tres principios aymaras: “No robar, no mentir, no ser flojo”.

La relación entre la Argentina y Bolivia no tiene altibajos, o no tiene bajos, desde que los dos países firmaron el acuerdo del 2006, el mismo año en que asumió Evo por primera vez. Por ese arreglo la Argentina reconoció a Bolivia un precio superior de su gas. Hay temas permanentes y símbolos que se asoman con frecuencia. Evo fue a Rusia a una conferencia de exportadores de gas. La rebelión popular dentro de la crisis de 2005 combinó protestas por la falta de agua para la población de El Alto, la gigantesca concentración urbana próxima al aeropuerto de La Paz, y por la falta de gas para los bolivianos en medio de un auge de las exportaciones gasíferas. En El Alto acaba de cantar León Gieco dentro de un programa cultural impulsado por la embajada argentina.

La fuerza política y afectiva de la Argentina con Bolivia se sumó a un movimiento diplomático de Brasil iniciado el último domingo, cuando el diario O Globo reveló que los brasileños también habían sido espiados por la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos de manera directa o a través de contratistas con plataforma digital para datos y llamadas. Dilma no esperó ni un día para dar instrucciones a su canciller, Antonio Patriota, de pedir explicaciones al embajador norteamericano Thomas Shannon y a que pidiera explicaciones el embajador brasileño en Washington Mauro Vieira. La primera declaración posterior de Patriota fue de satisfacción porque, dijo, los Estados Unidos se habían mostrado dispuestos al diálogo. Pero el resultado del diálogo no debe haber conformado a Brasil, lo cual es obvio porque de otro modo Rousseff no hubiera viajado a Uruguay e impulsado con sus socios del Mercosur un documento contra las “las acciones de espionaje por parte de agencias de Inteligencia de los Estados Unidos” y contra “la intercepción de las telecomunicaciones”. Tampoco el principio según el cual “la prevención del crimen así como la represión a los delitos trasnacionales, incluso el terrorismo, debe enmarcarse en el estado de derecho y la estricta observancia del Derecho Internacional”.

El alicaído Mercosur recuperó, así, el dinamismo político que tuvo por ejemplo en 2005, cuando los cuatro miembros plenos de entonces más Venezuela pusieron bolilla negra al consenso para formar un área de libre comercio de las Américas.

Quizás en la reunión de Montevideo no se habló de la Alianza del Pacífico. Pero, al construir una agenda de confrontación sin delirios con los Estados Unidos, pareció dejar sentada una razón de ser. Tiene varios desafíos por delante. Entre ellos, reconstruir la vitalidad de Unasur. Dialogar con Colombia y Chile. Saber que con ellos no es la confrontación de fondo. Y saber, también, que Sudamérica tiene una cara común, que es Unasur, pero dos caras en términos de cómo encarar la relación con los Estados Unidos, la de la Alianza del Pacífico y la de Mercosur, este último con todo el potencial económico de los tres grandes y el déficit de su integración inacabada y un exceso de ruido inútil entre los socios, Brasil y la Argentina en primer lugar.

Frente a esos desafíos la desventaja, hoy, es igual a la ventaja: en este mundo nadie puede solo. Es la razón por la cual se pierden aliados pero también el motivo por el que se pueden ganar, así sea por períodos o por temas.

El tetris del Mercosur

La reunión de Montevideo confirmó que el bloque regional está en permanente movimiento geopolítico. La reincorporación de Paraguay. El ingreso de Bolivia como socio pleno y la futura adhesión de Guyana y Surinam. Ante la Alianza del Pacífico, el Mercosur redobla su apuesta y otorga la presidencia pro témpore a la Venezuela bolivariana de Nicolás Maduro. Ante el caso Snowden, se reivindicó el asilo como un derecho humano incuestionable y la autonomía en su seguridad informática como una prerrogativa innegociable con los Estados Unidos.

El viernes por la mañana una densa y viscosa bruma inundaba toda la rambla montevideana que, además, esmerilaba con un aire fantasmal los contornos de todos los edificios, inclusive el Palacio del Mercosur donde se desarrollaría la cumbre. Parecía el clima perfecto para narrar una novela de espías. Pero, en este caso, salvo el cinematográfico patrullaje de la prefectura uruguaya sobre el plomizo Río de la Plata; a esa hora y en ese punto cardinal de la capital uruguaya sólo circulaban funcionarios estatales de primera línea, personal a cargo de la seguridad de los jefes de Estado y varios cronistas de prensa latinoamericanos. El único personaje ligado al espionaje, o a las denuncias sobre el mismo, no estaba, por supuesto, en Montevideo el último viernes, sino en la sala de pasajeros en tránsito del aeropuerto de Moscú, claro está. Pero, ésa es otra historia que, paradojalmente, por la intempestiva coyuntura política de la región, se vincula, y de forma notable, con lo sucedido este fin de semana al otro lado del río en la reunión presidencial de los primeros mandatarios Cristina Fernández de Kirchner, Dilma Rousseff, Evo Morales, Nicolás Maduro y el anfitrión, José Mujica.

La cumbre del consejo del Mercosur fue la número 45 y su agenda comercial no incluyó puntos que vayan a modificar el rumbo estratégico de la Unión Aduanera de la Cuenca del Plata. Ciertos cortocircuitos o problemas bilaterales, algunos con más permanencia que otros en el tiempo, como las tensiones en la industria automotriz entre Buenos Aires y Brasilia o las demandas de los países pequeños –Uruguay, Paraguay– para impulsar fondos financieros que reduzcan las asimetrías comerciales intrabloque, no fueron abordados con profundidad en la cita de Montevideo. Esa agenda, la que hace al Mercosur de todos los días, será tratada en próximas reuniones ministeriales o técnicas. En ese sentido, como sucede en los últimos encuentros donde coincide la mayor parte de los jefes de Estado del Cono Sur, la reunión en la capital uruguaya tuvo un claro perfil político para atender la coyuntura geopolítica más cercana y caliente. En definitiva, más allá de lo fijado en lo protocolar, la cumbre del Mercosur de este fin de semana puede ser rebautizada como “la cumbre Snowden” ya que el caso del agente de inteligencia norteamericano arrepentido y el consiguiente perjuicio diplomático al presidente Evo Morales marcó el vértice de la reunión.

En ese sentido, Miradas al Sur consiguió en Montevideo el testimonio de una de las mayores especialistas en bases militares y redes de inteligencia montadas por el Pentágono en la región de Latinoamérica, la colega de Visión Siete Internacional Telma Luzzani. Además, la editora de la sección internacionales de la revista Caras y Caretas acaba de ser premiada por el gobierno venezolano por su investigación periodística en el libro Territorios Vigilados, donde describe con precisión hasta qué punto está ramificado el espionaje del Comando Sur en Sudamérica. “El caso Snowden y la Cumbre del Mercosur se cruzaron en dos puntos muy sensibles de la geoestrategia internacional. El primero es la inaceptable detención del avión donde se desplazaba el presidente Evo Morales. El segundo, el espionaje masivo que Estados Unidos realiza en nuestro territorio. El diario brasileño O Globo publicó varios documentos revelados por el espía Edward Snowden que indican que en Brasilia operó –al menos hasta 2002, un año antes de la asunción de Lula da Silva– una de las 16 bases que los servicios de inteligencia de Estados Unidos tienen desplegados en el mundo. Esta oficina (que al parecer espiaba con la cobertura de la poderosa consultoría internacional Booz Allen & Hamilton, para la que trabajaba Snowden) controló todas las comunicaciones de dirigentes políticos y empresariales de Brasil. El escándalo –del que el Comando Sur y las bases militares del Pentágono en la región no están ajenos– recién empieza. El bloque del Mercosur volvió a demostrar en Montevideo el importante camino de autonomía y dignidad que ha ganado en este siglo XXI”, advirtió Telma Luzzani.

En principio, lo más jugoso de la cumbre en términos informativos estuvo a la hora de los discursos de los presidentes. En ese momento, y de cara a toda la prensa regional e internacional, los primeros mandatarios ratificaron la aprobación de tres documentos oficiales para replicar la agresión diplomática contra el presidente Evo Morales en el Viejo Continente. Y en esta terna, quizás, el comunicado más importante de la cumbre es el texto donde los países de la región “reivindican el derecho a la autonomía en su seguridad informática como una prerrogativa innegociable con los países centrales”. Hasta el momento, el capítulo sobre la inviolabilidad del espacio cibernético latinoamericano no había sido abordado en una cita regional pero el denominado caso Snowden alteró la geopolítica regional.

Recapitulando, las intervenciones de los primeros mandatarios estuvieron lejos de pasar desapercibidas y fueron picantes, con mucho código militante. “Luego de vivir de espaldas unos de otros, hemos logrado este enorme capital político de unidad llamado Mercosur. Los latinoamericanos, los que vivimos al sur de nuestro continente, somos conscientes de nuestra debilidad y de nuestra fortaleza relativas y de que para darnos personalidad disuasiva en el mundo que va a venir tenemos que caminar en unidad. Porque desgraciadamente no hay lugar para los débiles en el escenario global. La ambición es incluir a toda la América que piensa en castellano, a la que piensa en portugués y a la que piensa en la lengua de nuestros hermanos indígenas”, inauguró el plenario de jefes de Estado el siempre llano y descontracturado José Pepe Mujica.

Luego, llegó la palabra rimbombante del líder bolivariano Nicolás Maduro: “Queridos compañeros. Ésta es la primera reunión luego de la partida de nuestro querido compañero Comandante Hugo Chávez. La primera vez que escuché la palabra Mercosur fue cuando él salió de la cárcel en 1994. Su primer viaje presidencial fue a Brasil y luego a la Argentina. El Mercosur tiene que ser el motor económico de América latina más allá de las fronteras de suramérica. Tiene que trascender lo comercial que no es abandonarlo sino reubicarlo con otro concepto. Con Venezuela, el Mercosur llega hasta al Caribe, pero ahora tiene que trascender aún más. Por suerte, el Banco del Sur ya está listo. El Banco del Sur es uno de los proyectos más importantes de la nueva etapa de Latinoamérica y de lo que se llama la nueva arquitectura financiera del sur. La agresión a Evo Morales es una agresión a todos nosotros. Hemos ratificado el derecho al asilo como un derecho fundamental. Y también ratificamos el rechazo a las agencias de espionaje norteamericanas con asiento en la región. Y ratificamos la importancia de contar con la seguridad informática del Sur, de contar con la autonomía informática del Sur”.

En ese sentido, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner mantuvo la oratoria militante de Maduro aunque en un primer tramo de su parlamento precisó por qué la convergencia regional no sólo es un triunfo ideológico sino un éxito bien concreto a favor de un mejor nivel de vida de los ciudadanos. “Estar aquí es fuerte, aquí asumí como presidente pro témpore en 2007. En ese momento, veníamos de superar la década perdida de la región. Me hubiera gustado contar con la presencia de mi compañero de vida en esta cumbre. Y quiero recordar números porque nuestra pertenencia al Mercosur no se defiende sólo desde lo emocional. Cuando terminaba el año 1980, el ingreso per cápita de nuestra región era de 2.928 dólares mientras que en las potencias del norte esta cifra trepaba mil dólares más. Ahora, en 2012, bajo la dirección de los gobiernos populistas, mientras en el norte el ingreso per cápita es de 10.980 dólares, nosotros, por primera vez en mucho tiempo, los superamos con una tasa de ingreso de 11.812 dólares por individuo. Ésa es la historia de la región. Y estoy hablando de números y de dólares, no de ideología, como siempre nos machacan. Además, el Mercosur ha significado la inclusión social de millones de patriotas y de millones de ancianos sin cobertura previsional y de miles de científicos que habían emigrado. Este Mercosur no es el mejor pero es el único instrumento que tenemos. Yo creo que con el ingreso de Venezuela vamos a lograr superar el riesgo de reprimarizar nuestras economías porque el gran desafío es seguir incorporando valor agregado. Además, con Venezuela cerramos la ecuación energética. Acabo de reunirme con un importante representante de una multinacional argentina y me dijo algo que va muy a contramano del relato de los grandes medios: hoy consume la misma cantidad de pañales descartables la clase media argentina que la norteamericana. Eso también es parte del crecimiento de nuestro bloque regional”, dijo Cristina.

Luego fue el presidente boliviano Evo Morales, obviamente, el encargado de explicitar cuál fue la respuesta consensuada del Mercosur para responder las consecuencias del denominado caso Snowden. “Tenemos la obligación de modificar a la región con un enfoque social. Siento que estamos en esa etapa. Pero, aparte, tenemos que seguir defendiendo a nuestros valiosos recursos naturales. Yo les agradezco la solidaridad por mi detención en Europa porque detrás de mi bloque aéreo están los Estados Unidos. ¿Cómo van a decir que yo voy a proteger a un espía si los agentes de inteligencia norteamericanos están por todo el continente? ¡Por favor! Y quiero aclarar que no estoy resentido, todo lo contrario, creo que mi incidente va a ayudar a que incrementemos nuestra conciencia política sobre este tema. Tenemos que reforzar nuestra tecnología, así como avanza nuestra industria, para no permitir ser espiados por el imperio norteamericano. Y convocó a realizar una Comisión investigadora para que dilucide lo que pasó en Europa. Y si se comprueba que Estados Unidos estuvo detrás del bloque aéreo, pues convoco a promover una demanda contra la Casa Blanca en los organismos internacionales”.

Por otro lado, un hecho a destacar en la Cumbre del Mercosur fue la propuesta del presidente Mujica sobre la necesidad de fijar un Arancel Externo Común en el bloque para “contener la entrada de productos chinos a la región y proteger la industria local”. El gigante asiático le viene pisando los talones a los Estados Unidos en lo que respecta a presencia y gravitación comercial en la región. Este punto es más que delicado. Por un lado, Beijing despliega un esquema de dominación suave en el Cono Sur. La agenda diplomática de China nunca traerá aparejada la intromisión de agentes militares o de espías en tierras latinoamericanas pero su hegemonía comercial pisa tan fuerte como la norteamericana ya que la brecha económica es, por obvias cuestiones de tamaño, altamente favorable a la antigua potencia del Medio Mundo. En ese sentido, el ex cuadro guerrillero del MLN Tupamaros aplicó su filosofía ciento por ciento campechana para explicar en el Plenario de Jefes de Estado –que, aunque fue cerrado a la prensa, hizo circular con fuerza en los pasillos del Palacio del Mercosur todas las declaraciones– hasta qué punto la invasión de productos chinos está modificando el tablero económico local: “Nunca vamos a tener la disciplina de los chinos. Por favor, cuidemos la integración de los gobiernos. No sé si se fijaron bien pero la rambla montevideana está llena de camionetitas blancas. Son todas chinas. Una cosa es la asociación y otra ceder todo el capítulo industrial”.

Indudablemente, en clara confrontación ideológica con el Mercosur, la Alianza del Pacífico (AP) –el bloque comercial que agrupa a Chile, Perú, Colombia y México– está de moda en la prensa regional hegemónica, dominante, concentrada (que el lector elija su propio calificativo). Tras el inicio del ciclo de gobiernos progresistas suramericanos (victoria presidencial de Hugo Chávez en 1998, triunfo presidencial del lulismo en el año 2002), la derecha latinoamericana permaneció durante mucho tiempo sin capacidad de reacción o liderazgo continental significativo. Incluso, los gobiernos más conservadores, como el chileno del magnate Sebastián Piñera o la administración colombiana del hiperpragmático Juan Manuel Santos, se resignaron a adherir a las principales iniciativas integracionistas del Cono Sur como la Celac o la Unasur. Pero, tras el reciente lanzamiento de la AP en la ciudad caribeña de Cali, los intelectuales orgánicos a la bajada de línea de la Casa Blanca encontraron una referencia geopolítica concreta para magnificar en sus editoriales. En Buenos Aires, el diario La Nación y, en Montevideo, el matutino El País, por ejemplo, se preguntan por qué razón los gobiernos locales se “obstinan en seguir apostando al moribundo Mercosur”.
Los defensores de la alianza destacan que representa 35% del PIB latinoamericano y 55% de las exportaciones de la región al resto del mundo, y que durante 2012 los cuatro países tuvieron un crecimiento mayor que el resto de la región. En ese sentido, es oportuno recordar que, según cifras oficiales de organismos como la Cepal, las “exportaciones de la Alianza del Pacífico se concentran en minerales en bruto e hidrocarburos. Sólo 2% de las exportaciones se dirigen a los otros países de la alianza, mientras el 13% de lo que exportan los miembros del Mercosur es comercio intrazona, que siempre comporta mayor valor agregado”. Además, más allá de este cruce de datos técnicos, el periodista uruguayo Raúl Zibechi –que presentó en el anterior número de este semanario su último libro– le advirtió a Miradas al Sur en la sala de prensa del Palacio Mercosur que “la Alianza del Pacífico tiene tres objetivos. Uno: sujetar a los países del Pacífico como exportadores de bienes naturales, consolidarlos como países sin industria y enormes desigualdades y, por lo tanto, con crecientes dosis de militarización interna. Dos: impedir la consolidación de la integración regional y aislar a Brasil, pero también a Argentina y Venezuela. Tres, y esto nunca lo dicen sus defensores: formar la pata americana de la Alianza Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), que Estados Unidos pretende convertir en el brazo económico de su megaproyecto militar para contener a China”.

Ya al cierre de la cumbre y con el retiro de las delegaciones presidenciales, Miradas al Sur tuvo la oportunidad de charlar unos minutos con el ministro de Turismo venezolano Andrés Izarra, ex titular de la cartera de Comunicaciones de ese país, ex corresponsal de la CNN y niño mimado del chavismo para dar la batalla cultural e informativa en el país caribeño. “Para nosotros, sin ninguna duda es un hito asumir la presidencia pro témpore del Mercosur. Fue Chávez quien nos enseñó que el camino de Venezuela estaba al lado de todo Latinoamérica. Seguramente, el Comandante debe estar festejando desde el cielo que Caracas hoy tenga el liderazgo del Mercosur”, advirtió Izarra a este semanario mientras un enjambre de periodistas corrían a pegarse a su figura para sacarle una declaración sobre el caso Snowden. “¿Snowden? Y ese quién es, si quieren podemos hablar de las nuevas playas caribeñas que ofrece Venezuela”, bromeó Izarra, quien obviamente no quería confirmar si Venezuela va a recibir al ex espía norteamericano en tierra bolivariana. Caía la tarde en Montevideo, la jornada de color ceniciento daba lugar a un cielo tan cerrado y oscuro como el Río de la Plata. Aún permanecía un puñado de militantes para saludar a los jefes de Estado tras las vallas del Palacio del Mercosur. No lo harían por mucho tiempo más, el frío de la noche invernal uruguaya y el viento helado de la costa marcaba que ya era la hora del retorno de cada uno para su casa.

Mercosur, Unasur y la indecisión del Brasil

Las últimas semanas fueron pródigas en acontecimientos reveladores de los alcances de la contraofensiva desplegada por Washington a los efectos de dinamitar los diversos procesos integracionistas en marcha en Latinoamérica. Hoy por hoy el Mercosur y la Unasur son los blancos más obvios, pero la CELAC está también en la mira y en cuanto demuestre una mayor gravitación en los asuntos del hemisferio será también ella objeto de los más encarnizados ataques. Una de las armas más recientemente pergeñadas por la Casa Blanca ha sido la Alianza del Pacífico, engendro típico de la superpotencia para movilizar a sus peones al sur del Río Bravo y utilizarlos como eficaces “caballos de Troya” para cumplir con los designios del imperio. Otra alianza, la “mal nacida” según el insigne historiador y periodista argentino Gregorio Selser, la inventó a comienzos de los sesentas del siglo pasado John F. Kennedy para destruir a la Revolución Cubana. Aquella, la Alianza para el Progreso, que en su momento dio pábulo a algunos pesimistas pronósticos entre las fuerzas anti-imperialistas, fracasó estrepitosamente. La actual no parece destinada a correr mejor suerte. Pero derrotarla exigirá, al igual que ocurriera con su predecesora, de toda la firmeza e inteligencia de los movimientos sociales, las fuerzas políticas y los gobiernos opuestos –en diversos grados, como es evidente al observar el panorama regional- al imperialismo. Flaquezas y debilidades políticas y organizativas unidas a la credulidad ante las promesas de la Casa Blanca, o las absurdas ilusiones provocadas por los cantos de sirena de Washington, señalarían el camino de una fenomenal derrota para los pueblos de Nuestra América. (Clic abajo en Más Información para continuar)

En este sentido resulta más que preocupante la crónica indecisión de Brasilia en relación al papel que debe jugar en los proyectos integracionistas en curso en Nuestra América. Y esto por una razón bien fácil de comprender. Henry Kissinger, que a su condición de connotado criminal de guerra une la de ser un fino analista de la escena internacional, lo puso de manifiesto cuando satisfecho con el realineamiento de la dictadura militar brasileña luego del derrocamiento de Joao Goulart acuñó una frase que hizo historia. Sentenció que “hacia donde se incline Brasil se inclinará América Latina”. Esto ya no es tan cierto hoy, porque la marejada bolivariana ha cambiado el mapa sociopolítico regional para bien, pero aun así la gravitación de Brasil en el plano hemisférico sigue siendo muy importante. Si su gobierno impulsara con resolución los diversos procesos integracionistas (Mercosur, Unasur, CELAC) otra sería su historia. Pero Washington ha venido trabajando desde hace tiempo sobre la dirigencia política, diplomática y militar del Brasil para que modere su intervención en esos procesos, y se ha anotado algunos éxitos considerables. Por ejemplo, explotando la ingenua credulidad de Itamaraty cuando desde Estados Unidos se les dice que va a garantizar para Brasil un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, mientras la India y Pakistán, (dos potencias atómicas) o Indonesia (la mayor nación musulmana del mundo) y Egipto, Nigeria (el país más poblado de África) y Japón y Alemania, sin ir más lejos, tendrían que conformarse con mantener su status actual de transitorios miembros de ese organismo. Pero otra hipótesis dice que tal vez no se trate sólo de ingenuidad, porque la opción de asociarse íntimamente a Washington seduce a muchos en Brasilia. Prueba de ello es que pocos días después de asumir su cargo el actual canciller de Dilma Rousseff, Antonio Patriota, otorgó un extenso reportaje a Paulo Cesar Pereira, de la revista Veja. La primera pregunta que le formulara el periodista fue la siguiente: “En todos sus años como diplomático profesional, ¿qué imagen se formó de Estados Unidos?” La respuesta fue asombrosa, sobre todo por provenir de un hombre que se supone debe defender el interés nacional brasileño y, a través de las instituciones como el Mercosur, la Unasur y la CELAC, participar activamente en promover la autodeterminación de los países de los países del área: “Es difícil hablar de manera objetiva porque tengo una involucración emocional (¡sic!) con los Estados Unidos a través de mi familia, de mi mujer y de su familia. Existen aspectos de la sociedad americana que admiro mucho.”[1]
Lo razonable hubiera sido que se le pidiera de inmediato la renuncia por “incompatibilidad emocional” para el ejercicio de su cargo, para decirlo con delicadeza, cosa que no ocurrió. ¿Por qué? Porque es obvio que coexisten en el gobierno brasileño dos tendencias: una, moderadamente latinoamericanista, que prosperó como nunca antes bajo el gobierno de Lula; y otra que cree que el esplendor futuro del Brasil pasa por una íntima asociación con Estados Unidos y, en parte, con Europa, y que recomienda olvidarse de sus revoltosos vecinos. Esta corriente todavía no llega a ser hegemónica al interior del Palacio del Planalto pero sin duda que hoy día encuentra oídos mucho más receptivos que antes.
Este cambio en la relación de fuerzas entre ambas tendencias salió a luz en numerosas ocasiones en los últimos días. Pese a ser uno de los países espiados por Estados Unidos, y a que Brasilia dijera que el hecho era “extremadamente grave” tras cartón se hizo público que no se le asignaría asilo político a Edward Snowden, quien denunció la gravísima ofensa inferida al gigante sudamericano. Otro: la muy lenta reacción de la presidenta brasileña ante el secuestro del que fuera víctima Evo Morales la semana pasada: si los presidentes de Cuba, Ecuador, Venezuela y Argentina (amén del Secretario General de la Unasur, Alí Rodríguez) se tardaron apenas unos pocos minutos luego de conocida la noticia para expresar su repudio a lo ocurrido y su solidaridad con el presidente boliviano, Rousseff necesitó casi quince horas para hacerlo. Después, inclusive, de las duras declaraciones del mismísimo Secretario General de la OEA, cuya condena se conoció casi en coincidencia con la de los primeros. Conflictos y tironeos al interior del gobierno que aduciendo un inverosímil pretexto (las masivas protestas populares de los días anteriores, ya por entonces apagadas) impidieron que la mandataria brasileña no asistiera al encuentro de presidentes que tuvo lugar en Cochabamba, una ciudad localizada a escasas dos horas y media de vuelo desde Brasilia, debilitando el impacto global de esa reunión y, en el plano objetivo, coordinándose con la estrategia de los gobiernos de la Alianza del Pacífico que, como lo sugiriera el presidente Rafael Correa, bloquearon lo que debió haber sido una cumbre extraordinaria de presidentes de la Unasur.
Para una América Latina emancipada de los grilletes neocoloniales es decisivo contar con Brasil. Pero ello no será posible sino a cuentagotas mientras no se resuelva a favor de América Latina el conflicto entre aquellos dos proyectos en pugna. Esto no sólo convierte a Brasil en un actor vacilante en iniciativas como el Mercosur o la Unasur, lo que incide negativamente sobre su gravitación internacional, sino que lo conduce a una peligrosa parálisis en cruciales cuestiones de orden doméstico. Por ejemplo, a no poder resolver desde el 2009 dónde adquirir los 36 aviones caza que necesita para controlar su inmenso territorio, y muy especialmente la gran cuenca amazónica y sub-amazónica, a pesar del riesgo que implica dilatar la adquisición de las aeronaves aptas para tan delicada tarea. Una parte del alto mando y la burocracia política y diplomática se inclina por un re-equipamiento con aviones estadounidenses, mientras que otra propone adquirirlos en Suecia, Francia o Rusia. Ni siquiera Lula pudo zanjar la discusión. Esta absurda parálisis se destrabaría fácilmente si los involucrados en la toma de decisión se formularan una simple pregunta: ¿cuántas bases militares tienen en la región cada uno de los países que nos ofertan sus aviones para vigilar nuestro territorio? Si lo hicieran la respuesta sería la siguiente: Rusia y Suecia no tienen ni una; Francia tiene una base aeroespacial en la Guayana francesa, administrada conjuntamente con la OTAN y con presencia de personal militar estadounidense; y Estados Unidos tiene, en cambio, 76 bases militares en la región, un puñado de ellas alquiladas a -o co-administradas con- terceros países como el Reino Unido, Francia y Holanda. Algún burócrata de Itamaraty o algún militar brasileño entrenado en West Point podría aducir que esas se encuentran en países lejanos, que están en el Caribe y que tienen como misión vigilar a la Venezuela bolivariana. Pero se equivocan: la dura realidad es que mientras ésta es acechada por 13 bases militares norteamericanas instaladas en sus países limítrofes, Brasil se encuentra literalmente rodeado por 23, que se convierten en 25 si sumamos las dos bases británicas de ultramar con que cuenta Estados Unidos –vía la OTAN- en el Atlántico ecuatorial y meridional, en las Islas Ascensión y Malvinas respectivamente. De pura casualidad los grandes yacimientos submarinos de petróleo de Brasil en encuentran aproximadamente a mitad camino entre ambas instalaciones militares.[2] Ante esta inapelable evidencia, ¿cómo es posible que aún se esté dudando a quién no comprarle los aviones que el Brasil necesita? La única hipótesis realista de conflicto que tiene ese país (y toda América Latina, digámoslo de paso) es con Estados Unidos. En esta parte del mundo hay algunos que pronostican que el enfrentamiento será con China, ávida por acceder a los inmensos recursos naturales de la región. Pero mientras China invade la región con un sinnúmero de supermercados Washington, lo hace con toda la fuerza de su fenomenal músculo militar, pero rodeando principalmente a Brasil. Y, por si hiciera falta George W. Bush reactivó también la Cuarta Flota (¡en otras de esas grandes “casualidades” de la historia!) justo pocas semanas después que el presidente Lula anunciara el descubrimiento del gran yacimiento de petróleo en el litoral paulista. Pese a ello persiste la lamentable indefinición de Brasilia. ¿O es que ignoran sus dirigentes las enseñanzas de la historia? ¿No sabían que John Quincy Adams, el sexto presidente del país del Norte, dijo que “Estados Unidos no tiene amistades permanentes, sino intereses permanentes”? ¿Desconocen los funcionarios a cargo de estos temas que ni bien el presidente Hugo Chávez comenzó a tener sus primeros diferendos con Washington la Casa Blanca dispuso el embargo a todo envío de partes, repuestos y renovados sistemas de aeronavegación y combate para la flota de los F-16 que tenía Venezuela, misma que por eso mismo quedó inutilizada y tuvo que ser reemplazada? No hace falta demasiada inteligencia para imaginar lo que podría ocurrir en el para nada improbable caso de que se produjera un serio diferendo entre Brasil y Estados Unidos por la disputa del acceso a, por ejemplo, algunos minerales estratégicos que se encuentran en la Amazonía; o al petróleo del “pre-sal”; o, el escenario del “caso peor”, si Brasilia decidiera no acompañar a Washington en una aventura militar encaminada producir un “cambio de régimen” en algún país de América Latina y el Caribe, replicando el modelo utilizado en Libia o el que se está empleando a sangre y fuego en Siria. En ese caso, la represalia que merecería el “aliado desleal”, en ese hipotético caso el Brasil, que renuncia a cumplir con sus compromisos sería la misma que se le aplicara a Chávez, y Brasil quedaría indefenso. Ojalá que estas duras realidades pudieran comenzar a discutirse públicamente y que esa gran nación sudamericana pueda comenzar a discernir con claridad donde están sus amigos y quiénes son sus enemigos, por más que hoy se disfracen con una piel de oveja. Esto podría poner término a sus crónicas vacilaciones. Ojalá que la reunión de hoy del Mercosur en Montevideo y la próxima de la Unasur puedan convertirse en las ocasiones propicias para esta reorientación de la política exterior del Brasil.