Condiciones para un acuerdo Mercosur-UE

Jorge Argüello
En su primera intervención diplomática, durante la Cumbre del Mercosur de Asunción, el presidente Mauricio Macri se ofreció a destrabar en diciembre el acuerdo que la Unión Europea (UE) y el Mercosur llevan negociando más de quince años, al que definió como una “prioridad”. El Presidente fue incluso más allá, alentando con fuerza una futura apertura al otro gran bloque comercial latinoamericano, la Alianza del Pacífico (Chile, Perú, Colombia y México).

“El mundo del siglo XXI ofrece múltiples alternativas y no hay razón alguna para autolimitarnos a la hora de negociar y proyectar al mundo nuestros intereses comunes”, resumió.

A lo largo de la historia, el comercio se probó como un motor del desarrollo y de las relaciones pacíficas entre los pueblos. Esta premisa exhibe hoy una potenciada vigencia en el marco de un mundo globalizado que multiplica las opciones de acuerdos comerciales en todo el mundo.

Sin embargo, la misma historia nos muestra también que cuando las condiciones necesarias para un intercambio justo se distorsionaron por las asimetrías entre las partes, los países más vulnerables quedaron expuestos y terminaron más dependientes y debilitados.

Los acuerdos que Argentina viene negociando, como parte integrante del Mercosur, con la poderosa UE, y los que promueva hacia la dinámica y prometedora área del Pacífico pueden abrir un sinfín de oportunidades al país, como imagina Macri, pero siempre y cuando se erijan salvaguardas adecuadas que no pueden ser confundidas con un simple proteccionismo pernicioso.

Todas las partes buscan, genuinamente, cuidar sus intereses. Y eligen la oportunidad para actuar en función de sus prioridades. La UE, por ejemplo, se mostró entusiasta de un acuerdo con el Mercosur a mediados de los ’90, cuando Estados Unidos se erigía como única superpotencia económica mundial, y después de 2008, cuando la Gran Crisis la forzó a buscar nuevos mercados.

Un repaso de las largas negociaciones UE-Mercosur permiten refrescar los elementos en juego y comprender que si nuestro bloque se ha mantenido hasta ahora firme en algunos límites al acuerdo es porque asumió que la asimetría entre los bloques debe tener contrapesos si se abren las puertas de un amplio intercambio de bienes, servicios e inversiones.
La UE insiste en blindar su sector agropecuario (con Francia a la cabeza, apoyado ahora por nuevos socios del Este europeo), pero también pretende vender al Mercosur sus manufacturas de alto valor agregado, en su condición actual de primer exportador mundial de bienes y servicios.

Nuestro Mercosur, por su parte, necesita expandir los mercados para los productos primarios y agropecuarios sobre los que sostiene sus cuentas básicas, pero también cuidar la industria que tanto le costó recuperar en los 2000. En el caso de Argentina, cuidar también –y especialmente– las pymes que sostienen el empleo y son mucho más vulnerables que los grandes grupos brasileños.

De los dos bloques, el más poderoso, la UE, reúne 511 millones de habitantes, acumula el 20% del comercio mundial y tiene un PBI mayor que el de Estados Unidos. La asimetría es evidente respecto del Mercosur, que suma 285 millones de ciudadanos y es la sexta economía mundial (detrás de EE.UU., UE, China, Japón e India).

En ese contexto, las grandes oportunidades que el mercado les puede abrir a las economías del Mercosur conllevan también, necesariamente, grandes riesgos que deben ser analizados y ponderados con visión estratégica. Está fresco en nuestra memoria el recuerdo de un escenario en el que sólo se beneficiaron los grandes actores ya consolidados o sus aliados transnacionales, en detrimento de las empresas locales, con el impacto que ello supuso en la producción, el empleo y los salarios.

Cuando fracasó un acuerdo global para liberalizar el comercio en la última gran negociación (la Ronda Doha abierta sin éxito en 2001), las grandes potencias y los principales bloques optaron por la vía de acuerdos bilaterales y birregionales, en los que se inscribe uno entre la UE y el Mercosur.

En otros ensayos, después de ver frustrado –en la cumbre de las Américas (2005)– su intento de imponer el Alca, Estados Unidos optó por dividir la región y replicar sus Tratados de Libre Comercio (TLC) al norte, con Canadá y México, y en Sudamérica con Chile, Perú y Colombia.

En una segunda fase de la misma ofensiva, Washington propuso una asociación con otra potencia comercial, Japón, y 11 países más del TransPacífico (incluidos otra vez Perú, Chile y Colombia) para firmar el Trade Pacific Partnership (TPP), que ahora depende del Congreso norteamericano.

Y la frutilla del postre de esa estrategia puede llegar con la firma de un acuerdo bilateral entre dos pesos pesados globales, Estados Unidos y la UE: el Ttip o Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, que involucraría casi dos terceras partes del comercio mundial.

En ese contexto resulta tan indispensable y urgente definir la inserción internacional del Mercosur como medir cuidadosamente los costos y beneficios eventuales de las decisiones para la región.

Por ahora, salvo la disposición a destrabar las negociaciones con la Unión Europea, el gobierno argentino no ha dado señales suficientemente claras de las definiciones que propondrá a sus socios del Mercosur para avanzar.

Nuestro bloque necesita intensificar el intercambio comercial con los principales actores de la economía mundial. Sobre esto no hay dudas. Pero el camino a seguir debe priorizar –tal como hacen los otros actores– un rumbo que no cercene las posibilidades de una estrategia de desarrollo nacional y regional.

Lo contrario, está probado, es pan para hoy y hambre para mañana.

- Jorge Argüello, Ex embajador ante la ONU, EE.UU. y Portugal.
Autor del libro Diálogos sobre Europa.

Revista Veintitrés - 28 de enero de 2016