La inmigración resulta vital para el neoliberalismo, pero ningún político va a reconocerlo

Deborah Orr
El ministro de Defensa británico, Michael Fallon, se encuentra asediado. Se ha visto abrumado por las críticas. Ha recurrido a un vocabulario de epidemias y guerras para describir cómo se sienten los habitantes de las ciudades británicas respecto a los inmigrantes, aunque esto se considere de manera general como un modo de poca ayuda, facilón y populista de debatir cambios demográficos profundos en el Reino Unido. Downing Street se ha apresurado a desvincularse de un lenguaje tan intemperante.

El UKIP, al que universalmente se considera la fuerza que está persuadiendo a los conservadores para que redoblen sus exageraciones contrarias a la inmigración, no ha perdido tiempo en afirmar que sus oponentes políticos se mostrarían muy irritados si sus activistas empezaran a utilizar expresiones como ”inundados” y “asedio”.

Ese lenguaje, sin embargo, capta votos. Debe ser irritante ver que tu base de poder se te va escapando, simplemente porque tus jefes no quieren articular cómo estimas que se sienten tus votantes. Sin duda, Fallon, se siente irritado. ¿Por qué no iban a permitirle a él expresar formas de pensar que coinciden con lo que piensan los votantes? Bueno, para empezar, esas palabras crean división. Y, en segundo lugar, son hipócritas.

Los políticos han tenido decenas de años para explicar que los elevados niveles de inmigración son parte integral del neoliberalismo, porque ofrecen un raudo crecimiento económico haciendo pocas preguntas. Sin embargo, por alguna razón, tanto laboristas como conservadores han esquivado explicar a la “gente corriente” que los inmigrantes proporcionan un suministro regular de trabajo, impidiendo que se vayan de las manos salarios y expectativas “corrientes”. Se trata de una estrategia que ha situado a Gran Bretaña en una extraordinaria posición, de acuerdo con la cual ha alcanzado un número récord de personas en empleos de bajos salarios entre niveles históricamente bajos de inflación salarial. Ese sí que es un logro “duro” como para que intente venderlo cualquier partido político, de manera que, sencillamente, ni lo intentan. Laboristas y conservadores continúan culpándose unos a otros, mientras siguen tranquilamente ocupados en el verdadero tejemaneje de hacer mella en la política del otro.

El UKIP, sin embargo, ha estado encantado de ocupar ese espacio vacío que han creado los principales partidos, agitando alegremente los resentimientos al vincular bajos salarios e inmigración, como si esto fuera culpa de los inmigrantes mismos, antes que un aspecto inevitable de la globalización. Por supuesto, el UKIP se malograría si alcanzara el poder y se revelara en todo igual de neoliberal que los demás. Pero no es eso algo de lo que el UKIP tenga que preocuparse demasiado de momento. Su poder de fijar la agenda no va acompañado de responsabilidades. Por eso es tan peligroso.

Deborah Orr es columnista del diario londinense The Guardian.

Sinpermiso - 2 de noviembre de 2014