Epoca de malas noticias para el futuro de la unidad europea

Marcelo Cantelmi

Estados Unidos se salió de curso y es ahora un gigante imprevisible y hasta peligroso, con un liderazgo al que la justicia ha debido ponerle límites. Pero antes, y de modo menos estridente, fue Europa la que anduvo ese mismo sendero. Los costos de ese derrape se miden en que el viejo continente es hoy una presa más vulnerable para las ideas corrosivas de Donald Trump y su troupe de admiradores en el otro lado del Atlántico. Este nuevo núcleo de poder desjerarquiza como lo peor de la globalización a los sistemas multilaterales internacionalistas y recupera, con los modos de la primera mitad del siglo pasado, la noción nacional como espacio excluyente. En esa dimensión crítica cabe de lleno la construcción europea. Un estorbo a remover.

Por múltiples motivos, la unidad de Europa se encuentra por primera vez en un riesgo real de que se suelten sus amarras. Y no es claro si hay interés en defenderla. Desde el Brexit para acá, y con la victoria de Trump, se han fortalecido las alternativas rupturistas y eurofóbicas. Además, porque la crisis que no cesa ha acelerado el deterioro de sus instrumentos. El continente no es una víctima inocente de estos fracasos.

En la última década, particularmente, el liderazgo europeo olvidó el sentido de los tres fundamentos que sostenían los valores cosmopolitas que llevaron a la construcción de la unión: la libertad, la prosperidad y la paz. La crisis del euro sur, que desparramó comunidades nacionales empobrecidas detrás del rito de una austeridad implacable marcada por la Alemania de Angela Merkel, tuvo la consecuencia de una distribución del ingreso de preguerra que aplastó lo poco que quedaba del estado benefactor. Eso se hizo con la anuencia de las socialdemocracias, que debían estar ahí para custodiar y no demoler aquel legado original.

En esta involución, el Estado se transformó en albacea con dinero público de los intereses de los triunfadores del tsunami financiero de 2008, que no fueron los países, precisamente. En ese plan, Europa dejaba de ser una comunidad para convertirse en una extensión de Berlín; el euro, una forma diferente del marco y el Banco Central Europeo, un símil del Deutsche Bundesbank, con el mercado elevado a los altares. Lo que el fallecido sociólogo Ulrich Beck describía con desconsuelo como la alemanización europea.

No era por una cuestión cultural, sino de crítica al modelo que se imponía. La noción de la libertad económica es consistente pero debería ir después y no antes de una concepción que le de sentido estratégico. Eso es lo que le dio coherencia histórica al proyecto idealista fundacional de unidad. Pero a la vista del actual escenario, vale interrogar cómo se la ha reflexionado a la Unión Europea para que el poder de los gobiernos acabara opacado y carente de iniciativa a estos extremos.

Sin un pensamiento que ordene los objetivos y fije un curso, no sólo la moneda única se convierte en un problema. Desaparecen, además, las bases originales que la hicieron posible: la prosperidad se esfuma generando abismos de pobreza o de clases media en retroceso que culpan con razón a sus líderes por ese maltrato. La paz queda encerrada en signos de interrogación por las múltiples reacciones que ese disloque social produce en todo el orbe europeo, y la libertad acaba erosionada por legislaciones cada vez más apremiantes para reducir la circulación interna detrás del argumento de frenar a un terrorismo que tiene el sustrato aquí descripto.

Un dato de ese deterioro se revela en que las escandalosas políticas antinmigración que enarbola Trump (ignorando, por cierto, las responsabilidades occidentales en el desastre que expulsa a esos desgraciados de sus países), encuentran amplio eco en la creciente xenofobia de las naciones europeas. El corresponsal de Clarín en Bruselas informa que un sondeo en 10 países de la UE detectó que una mayoría de la población (55%) aprobaría la prohibición de la inmigración desde ciertos países musulmanes. La aprobación en Polonia llega a 71%, en Austria a 65%, en Hungría y Bélgica a 64%, en Francia a 61%, en Grecia al 58%, en Alemania al 53% y en Italia al 51%. Sólo en el Reino Unido (47%) y España (41%) los que apoyarían una prohibición similar son minoría.

El costado bueno de la irrupción de Trump, para algunos analistas, sería que su efecto demoledor debería bastar para sacudir a la Unión para obligarla a reorganizarse en sus bases originales. Pero es una ilusión. ¿Es posible esperar que la líder alemana sea quién rescate al mundo de los extremismos que el ubicuo magnate convierte en modas? De otro modo: ¿es un error de los liderazgos la agonía europea o una consecuencia previsible de las políticas asumidas, también por Merkel?

Un intento por salvar lo que queda y saltar a un espacio que restaure el sentido original de la Unión lo marcó el manifiesto de 2014 que firmaron un grupo de académicos y economistas , entre ellos Thomas Piketty. Planteaban llanamente que “las instituciones de la Unión Europea ya no funcionan”. Este documento pronosticaba con lucidez que “la UE experimenta una crisis existencial que las elecciones europeas pronto nos recordaran brutalmente”. Es cierto. Este año Francia, Alemania y Holanda darán una pauta de hasta qué extremo esta herida se ha profundizado alterando los paradigmas o consumando definitivamente un retroceso nacionalista.

El caso francés es quizá el más delicado porque no es improbable que la extremista propuesta de Marine Le Pen llegue al ballotage o lo supere. Trump y el Brexit también fueron sorpresas inesperadas que habían sido descartadas como si no fueran posibles. Si así sucede, el resto del continente acelerará sus contradicciones. Este escenario convierte a aquel texto económico, pero profundamente político, en retórico y tardío.

El manifiesto proponía un proyecto que ahora se ve aún más distante: “La democracia y los poderes públicos deben recuperar el control de manera efectiva y regular el capitalismo financiero globalizado del siglo XXI. Una moneda única con 18 deudas públicas diferentes con las que los mercados pueden especular libremente, y 18 sistemas fiscales en rivalidad desenfrenada entre sí, no funciona, y nunca va a funcionar. Esta tierra de nadie, es el peor de todos los mundos.”

Esta encerrona la determinan otros hechos casi indefinibles. Circula hace tiempo una iniciativa para poner en circulación una cuasi moneda que exista en paralelo al euro. Sería una moneda cooperativa, respaldada por los bancos centrales de uno o varios de los países del sur del Continente que quieran operar con ella para jugar a la independencia del Banco Central Europeo en Frankfurt. En Italia hay entusiasmo por eso. Pero la sola insinuación de un camino como este lo que desnuda es el agotamiento de este ideal cosmopolita multinacional. Y no sólo eso. Lo peor de este drama es con qué se lo pretende reemplazar.

 

Clarín - 10 de febrero de 2017