Detrás del disfraz

Alfredo Zaiat


Los cuatros años económicos de la alianza Cambiemos serán malísimos. Para disimularlos, economistas oficialistas suman los últimos cuatro de CFK para compensar la caída del PIB con derrumbe industrial. Con ese análisis engañoso, hablan de una nueva década pérdida.

La economía macrista mostró que es un fiasco en sus primeros tres años y promete seguir siéndolo en el cuarto que está transcurriendo. Lo es en términos del resultado de casi todas las variables macroeconómicas relevantes. Sólo fanáticos M lo niegan. ¿Cuál es la estrategia del oficialismo, en un crucial año electoral, para disfrazar este notorio fracaso? El camino elegido es analizar la evolución de la economía en un período amplio incluyendo los cuatro años del último mandato de CFK. Concluyen de ese modo que la economía está estancada desde hace ocho años, eximiendo de responsabilidad en la actual debacle a la política económica ortodoxa desplegada en la gestión de la alianza Cambiemos. Es un análisis engañoso. El último gobierno de CFK tuvo saldos levemente positivos, por ejemplo con un magro aumento del PIB del 1,6 por ciento en ese período, con dos de los cuatro años con caídas (2012: -1,0 por ciento; 2014: -2,5 por ciento). Los cuatro de Macri terminarán con signo negativo, como mínimo, de 2,5 por ciento en total. O sea, el ciclo de ocho años es mediocre sólo por la presencia de los primeros cuatro porque la parte que le corresponde a Cambiemos ha sido malísima, la cual terminará con tres de los cuatro años con caídas del PIB.

Régimen

Por eso postular una continuidad para la evaluación de las principales variables es forzada porque, en realidad, hubo un quiebre en la organización y funcionamiento de la economía, al modificarse el régimen económico, pasando de uno basado en el fomento de la demanda a otro definido por el lado de la oferta. Era evidente que el primero mostraba signos de agotamiento en 2011-2015, reclamando reformas para volver a dinamizarlo, mientras que el segundo rápidamente mostró sus limitaciones arrojando a la economía a una crisis de proporciones que, por ahora, está siendo mantenida a flote con el salvavidas financiero del Fondo Monetario Internacional.

Equiparar el recorrido de estas dos experiencias tomando el último trecho del ciclo kirchnerista con el traumático sendero que transita la economía a partir de 2016 constituye un aporte más a la confusión deliberada para la comprensión de un nuevo ciclo neoliberal iniciado con la presidencia de Mauricio Macri. 

No se puede negar que el mundo de la ortodoxia muestra mucha garra y el imprescindible blindaje mediático para disimular sus fiascos, pasados y presentes, virtud de la que carece la heterodoxia, cuyos miembros están desprotegidos pero igual eligen la opción de la autocrítica como si ésta fuera la condición necesaria para ganar el debate académico y la disputa de poder. A esta altura deberían saber que no lo es. “Volver mejores” es la fórmula mágica que postula éste último grupo, minimizando que las relaciones sociales, económicas y políticas y, fundamentalmente, la construcción de la subjetividad de las mayorías vulnerables, más que mostrar que se tiene una mejor teoría, determinan la construcción de la hegemonía para el ejercicio del poder. 

El neoliberalismo de Macri no vino mejor que el de la dictadura y el del menemismo, e igual se despliega sin culpa ni cargo por ese pasado. La derecha tiene tan aceitado esa forma de ejercer el poder que sus pésimos resultados pueden atribuirlos, sin pudor, al pasado kirchnerista o a la incertidumbre por la economía futura ante la competitiva presencia electoral de CFK. 

Estancamiento

El extenso dispositivo de difusión paraoficialista evalúa la marcha de la industria, el empleo, del Producto Interno Bruto, de la pobreza, empezando en el 2011, para concluir que la economía argentina está estancada y se dirige a completar otra década pérdida, haciendo un paralelo con la del ‘80. Es un análisis que lo han empezado a realizar industriales, financistas y economistas cercanos al poder. Uno de los documentos que lo aborda es “La década diferenciada de América Latina”, elaborado por Jorge Vasconcelos, del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana de la Fundación Mediterránea.

El informe comienza diciendo que los ochenta pasaron a la historia como la “década perdida de América latina”, por la falta de crecimiento de la mayoría de los países de la región, indicando que fue una crisis detonada a partir de la abrupta suba de las tasas de interés de los Estados Unidos.  Explica que “no se puede entender el ciclo de stop and go que se inicia en 2011, que origina el estancamiento de los últimos siete años, sin considerar el contexto. La historia arranca con la suba sostenida de los precios de las materias primas a partir de 2003 en adelante, hasta llegar a niveles récords, que provocó un beneficio inédito en la región, pero un aprovechamiento cortoplacista en la Argentina y otros países, caso de Brasil, que terminó dañando los cimientos de estas economías, haciendo mucho más difícil la etapa posterior”.

Sigue con el análisis afirmando que “cuando el precio internacional de las materias primas comienza a hacer su recorrido inverso, para quedar en un nivel intermedio, Brasil y la Argentina ensayan políticas económicas que, en lugar de recortar la brecha con Chile y Perú, la profundizan”. Muestra que entre 2011 y 2018, Brasil y la Argentina tuvieron crecimiento cero, mientras el PIB de Perú se expandió 31,6 por ciento y el de Chile lo hizo 21,9. 

Aquí es cuando aparece el cuestionamiento al régimen económico impulsado por la demanda, para defender el basado en la oferta. Define que el común denominador que se observa para Argentina y Brasil a partir de 2011 es el intento de compensar la merma del impulso externo con políticas contracíclicas, activando el gasto público y los subsidios (a las tarifas en nuestro país, a los créditos, en el vecino). Para dejar al descubierto el objetivo justificatorio del actual fiasco económico: “Lo ocurrido entre 2016 y principios de 2019 puede verse como una transición, costosa pero transición al fin, en la construcción de los cimientos para encarar los desafíos señalados”. Vasconcelos precisa que éstos son los de “adaptarse al escenario internacional dando prioridad a las políticas del lado de la oferta, con desregulación, recorte de impuestos distorsivos, menos burocracia, precios relativos locales alineados con los internacionales, mejor logística e infraestructura”. Afirma que se necesita avanzar hacia un modelo de crecimiento apoyado en exportaciones e inversión, agotada la vía del gasto público y los subsidios”. Para concluir que “esta forma de reorganizar la economía es la única consistente con el florecimiento de incentivos para la inversión y el empleo productivo. En cambio, la estabilidad basada en la represión de precios claves, tipo de cambio, tarifas y demás, es la receta indicada para prolongar el escenario de estancamiento”.

Este informe provoca el siguiente interrogante: ¿no será que el régimen económico ofertista sumergió a la economía en la actual crisis y estancamiento, y que si hubiera seguido el impulsado por la demanda, con las reformas necesarias para dinamizarlo, la historia sería distinta?

Distribución regresiva

Como se mencionó al comienzo, la comparación de la evaluación del PIB entre los últimos cuatro años de CFK y los cuatro que tendrá Macri es engañosa, del mismo modo que si se la hace con el recorrido industrial y el empleo industrial y todavía lo es más con respecto a la cuestión social. Ya no es sólo que la alianza Cambiemos no pudo cumplir la promesa “Pobreza cero”, sino que, por el contrario, en estos años los indicadores de bienestar general han tenido un deterioro sustancial. 

La red de propaganda pública y privada repite que el kirchnerismo dejó un tercio de la población en la pobreza, luego que el Indec de Macri modificara la metodología de elaboración de los índices para alcanzar ese número. No sólo no había más pobres que ahora, sino que indicadores de desigualdad tuvieron una persistente mejora, hasta alcanzar en el 2015 el mejor registro de la distribución progresiva del ingreso del ciclo kirchnerista. 

Los últimos datos oficiales muestran que los asalariados perdieron participación en el reparto de la torta de ingresos: 4,7 puntos durante el tercer trimestre de 2018 al capturar el 45,9 por ciento, un nivel similar al de 2010. Pero en 2015 había terminado en 51,9 por ciento. El capital aumentó casi lo mismo que perdieron los asalariados: 4,8 puntos, para totalizar 45,7 por ciento. El resto correspondió a ingresos de cuentapropistas. 

No fue una década pérdida continúa en términos de distribución del ingreso, sino que fue la economía macrista que la hizo retroceder al mismo punto de hace diez años. 

Desigualdad

La última revista Realidad Económica (N°320) publicó un interesante artículo que da cuenta de la evolución de la desigualdad en un extenso período de la economía argentina. En “El fantasma neoliberal: la evolución de las desigualdades y sus justificaciones ideológicas”, de Fernando Cocimano y Pablo Mariano Villarreal, se utiliza el Coeficiente Gini-DAP (Democracia Argentina en la Posconvertibilidad), indicador construido por ese grupo de investigación, que toma datos de la Encuesta Permanente de Hogares y mide la diferencia de ingresos per cápita de los hogares, con una serie completa para el período 1974-2014. El Gini es una medida de la desigualdad: 0 expresa la igualdad total y 1 la máxima desigualdad. El documento también incorpora otras mediciones de desigualdad, como el índice Palma (diseñado por el economista chileno Gabriel Palma) o la medición a partir del indicador preparado por el economista Branko Milanovic.

La serie se inicia con el Gini-DAP más bajo, de 0,347 en 1974, y desde el año siguiente (gobierno de Isabel Martínez de Perón) comienza a ascender, para luego acelerar con el inicio de la dictadura cívico-militar y el abandono de la industrialización por sustitución de importaciones. Los autores del trabajo indican que “así la desigualdad comienza un período de ascenso de largo aliento que encuentra su pico en la crisis de 2001”. Precisan que los valores de desigualdad alcanzados en la hiperinflación 1989-1990 fueron superados por la gran crisis 2001, marcando en el 2002 la mayor desigualdad con un Gini-DAP de 0,534.

Cocimano y Villarreal explican que después de “la crisis de 2001 se quiebra el largo período de aumento de la desigualdad, iniciándose un visible proceso de reducción. Al final de la serie, en 2015, la diferencia de ingresos se reduce más de la mitad y los sectores de mayor riqueza perciben cerca de 17 veces el ingreso de los sectores más pobres, retrayendo esta diferencia de unas tres décadas anteriores”. 

Hubo entonces dos períodos bien marcados: uno largo de aumento significativo de la desigualdad que va de 1974 a 2002, con picos durante los años de hiperinflación y la crisis de 2001; y el otro de reducción de la desigualdad a partir de 2002 caracterizado por un aumento de la intervención estatal y su capacidad para distribuir riquezas. El primero coincide con la ola neoliberal y el otro con una política que el discurso dominante denomina populista.

Redistribución progresiva

En esa investigación se agrega el índice de Palma que ayuda a precisar cómo fue la participación en el reparto de la riqueza de los sectores de altos ingresos, de medios y bajos. La serie comienza en 1991 y desde ese año hasta el 2001 los sectores medios se llevaron cerca de la mitad de la riqueza, aumentando la diferencia entre altos y bajos. Desde el 2001 hasta el 2015 se produce una considerable redistribución progresiva de la riqueza que beneficia no sólo a los sectores de menor poder adquisitivo, sino también a las clases medias, en detrimento del decil más acaudalado de la población. 

Las clases medias que en 2001 percibían un 50,7 por ciento de la riqueza aumentan su participación en 2015 en 4,3 puntos, llegando a un 55,0 por ciento; y los sectores de menores ingresos pasan de 10,4 a 15,0 por ciento en ese mismo lapso. Ambos sectores alcanzan la participación más elevada de toda la serie en 2015.

En base a todas esas cifras, Cocimano y Villarreal concluyen en que “ha existido una reducción de la desigualdad en la Argentina luego de la crisis de 2001 sin importar que tomemos el índice de Gini o formas alternativas de medición de las desigualdades (Piketty, Palma o Milanovic). Lo que está claro es que la posconvertibilidad fue un período de redistribución progresiva del ingreso”. 

Se preguntan qué es lo que explica está reducción de la desigualdad, para responderse, en base a un estudio de otro par de investigadores (Luis López Clava y Nora Lustig), que no encuentran vínculos concluyentes entre caída de la desigualdad y crecimiento económico. Entonces señalan que la explicación del descenso de la desigualdad de ingresos se basa en dos causas fundamentales: 

  1. El cierre de la brecha salarial entre trabajadores más y menos calificados, vinculado con los cambios en el mercado laboral y, por consiguiente, con las transformaciones económicas en el ciclo 2003-2015.
  2. Las transferencias no laborales hacia los hogares, entre las que cabe destacar las denominadas “transferencias condicionadas (AUH), que tuvieron como objetivo la redistribución del ingreso y la reducción de la pobreza.

Otro estudio, esta vez de los investigadores Facundo Alvaredo y Leonardo Gasparini, destaca que el aumento sustancial en el salario mínimo fue una fuerza importante detrás de la caída de la desigualdad en los ingresos de los hogares, dado que de ese modo se establece el piso para el ingreso de los trabajadores no calificados y para los servicios de la seguridad social.

El período de expansión de las desigualdades en la Argentina coincide entonces con la puesta en práctica de políticas neoliberales. La economía macrista lo vuelve a confirmar.

 

Página/12 - 20 de enero de 2019