Del canibalismo a la inclusión social

Mónica Peralta Ramos *
Vivimos un momento cuya trascendencia se oscurece al ritmo de las banalidades de la campaña electoral. El escenario político aparece dividido y las causas de la polarización no son claras. De un lado, el Gobierno propone profundizar un proyecto de inclusión social que, con sus más y sus menos, ha intentado concretar a lo largo de los últimos años. Del otro lado, una derecha rabiosa proclama el “fin del ciclo K”, pero no explicita el proyecto de sociedad al que aspira. Su objetivo es, en realidad, una vuelta al pasado. La inclusión social, la integración nacional, la participación activa de la población en el debate de políticas y en el control de gestión son algunos de los problemas medulares del momento. Sin embargo, la farándula política los oculta. Esto no es casual. En otras notas publicadas en este diario hemos analizado la crisis global del capitalismo (Página/12: 6/1/2015; 15/7/2014; 14/3/2014). Esta no es sólo una crisis económica. Es también una crisis del sistema democrático liberal. De esto se habla poco y nada. Sin embargo, es un problema central. En lo que sigue abordaremos algunos aspectos de esta cuestión que, a nuestro entender, ayudan a comprender las limitaciones de nuestro propio sistema político.

La polarización de la campaña electoral expresa un fenómeno que trasciende nuestras fronteras: la batalla entre proyectos de sociedad antitéticos en torno de la apropiación y distribución del excedente económico y del poder político. Esta batalla tiene su epicentro en los países más desarrollados y se reproduce, de una u otra manera, en los confines del mundo que conocemos. Es, en última instancia, expresión del “malestar” que aqueja a la cultura occidental en una fase del capitalismo caracterizada por la dominación del capital monopólico sobre todos los aspectos de la vida social. Hegemonizada actualmente por el neoliberalismo, esta cultura se articula en torno de la identificación del capitalismo monopólico con la democracia liberal. Esta identificación se oscurece cuando se concibe el neoliberalismo sólo como el resultado de teorías económicas que repudian al Estado de Bienestar keynesiano y propugnan la libertad a ultranza del mercado, la desregulación económica, la eliminación de impuestos y tarifas y un “ajuste estructural” que maximiza las ganancias e ignora los estragos sociales que produce. Si bien esta definición “económica” del neoliberalismo capta aspectos fundamentales de esta ideología, deja de lado –y por lo tanto oscurece– la racionalidad sistémica que organiza estas políticas y se extiende más allá del mercado.

En efecto, el objetivo último de esta ideología es conformar un nuevo orden social, una cierta forma de gobernabilidad que incluye pero no se limita al Estado y produce e impone nuevas formas de pensar y actuar en la ciudadanía. El neoliberalismo se globaliza cuando vacía de contenido a la democracia liberal y al ciudadano moderno. El individualismo y el consumo a ultranza, la apatía política, los mensajes “farandulizados”, vacíos de contenido de poder, el predominio de los “sound bites” y del entretenimiento no son sólo producto de la “mano invisible” del mercado o de la tecnología. Tampoco son casuales. Expresan una nueva forma de concebir al sujeto social y son consecuencia de una institucionalidad que hace posible la acumulación irrestricta de dinero y poder perseguida por el capital monopólico. Esto ocurre, en última instancia, cuando se anulan la reflexión y el cuestionamiento político y se propaga globalmente el desinterés, el miedo, el descrédito y la desesperanza.

Así, la violencia inherente al dominio monopólico de los mercados se ha contagiado a la política y a la cultura. Un nuevo orden social emerge y se globaliza. Formas de organización social de tipo mafioso, clandestinas y en abierta contradicción con las normas vigentes, se ramifican en todos los ámbitos de la vida social. Constituyen un entramado que, desde las sombras y cultivando la coerción, el secreto y la corrupción, busca monopolizar poder y dinero. Para ello, este tejido mafioso se adosa y superpone a las instancias estatales, a las asociaciones y organizaciones privadas, a las instituciones de la democracia liberal, deformándolas e imponiendo límites a su funcionamiento. La resina que amalgama a las sociedades modernas ya no es el consenso colectivo, voluntario y racional pregonado por la utopía democrática liberal de antaño sino el ejercicio de la coerción, ya sea ésta abierta y brutal a través del uso de las armas, o solapada mediante complicidades mafiosas y un discurso hegemónico que anula todo cuestionamiento.

El orden social que hizo posibles a las sociedades modernas emergió entre los siglos 17 y 19 a través de la metáfora de un Contrato Social basado en la subordinación de los intereses individuales al Interés General del conjunto de la sociedad. Esta metáfora se plasmó en una estructura institucional destinada a consagrar el “gobierno del pueblo y para el pueblo” por medio de mecanismos de participación y representación popular. Esta estructura democrático-liberal, que con rasgos variados prevalece en los países centrales y se impone al resto del mundo, hoy no logra sus objetivos. Los partidos políticos y los sindicatos carecen de representatividad. Las políticas que se implementan favorecen explícitamente intereses particulares que vulneran el interés general. En consecuencia, una crisis de legitimidad sacude al sistema político de las sociedades modernas. Esta crisis adquiere carácter emblemático en los Estados Unidos cuya Constitución ha sido fuente de inspiración democrática en el mundo. Hoy los Estados Unidos son el centro hegemónico del capitalismo mundial y sus instituciones tienen rasgos muy específicos. Sin embargo, también condensan los problemas de la democracia liberal en el mundo. La preeminencia del “estado de seguridad nacional”, la militarización de las instituciones, la proliferación de estructuras de poder paralelas, secretas, y privatizadas, y su impacto sobre la sociedad son cuestiones que escapan a las posibilidades de esta nota. Aquí interesa destacar la crisis de las instituciones de la democracia. Como un espejo magnificador, esta crisis expone al desnudo la imperiosa necesidad de reinventar los mecanismos de representación popular.

Diversos estudios muestran que el sistema político norteamericano ha dejado de ser un sistema democrático, y se parece cada vez más a una oligarquía. Un análisis reciente de 1800 iniciativas políticas en el período 1981/2002 sugiere que una elite económica –constituida por las corporaciones más grandes y un pequeño grupo de individuos súper ricos e influyentes– impone las políticas de Estado, independientemente del partido político que esté en el gobierno y en contradicción, con los intereses de la mayoría de los votantes (M. Gilens y B. Page, “Testing theories of American politics: elites, interests groups and average citizens 2014”; www.talkingpoints memo.com 22/4/2014). Esta elite tiene una incidencia directa, decisiva y desmedida sobre la elección de candidatos, los resultados electorales y las políticas del gobierno norteamericano. Las reformas introducidas recientemente por la Corte Suprema de Justicia al financiamiento de las campañas políticas han potenciado el poder político de una oligarquía que, siendo menos del uno por ciento de la población, ha captado el 95 por ciento de la riqueza generada desde el 2008.

La apatía electoral y el desinterés político coinciden con un descreimiento del funcionamiento de las instituciones políticas. La participación electoral, muy baja en las últimas décadas, fue del 37 por ciento en el 2014. En esta misma elección, el ausentismo de los jóvenes fue del 80 por ciento y llegó a representar el 75 por ciento en los estratos de bajos ingresos. Hoy, sólo el 15 por ciento de la población aprueba la gestión de un Congreso en el que 79 miembros mantienen sus bancas desde hace 20 años, y 17 desde hace más de 30 años. La enorme concentración de los medios de comunicación hace posible la manipulación de la información, el vaciamiento de su contenido, la uniformidad de los mensajes y el predominio del “entretenimiento”. Hoy día el americano medio mira televisión durante 153 horas al mes. Seis enormes corporaciones controlan la mayor parte de lo que ve, escucha y lee.

En este contexto, la reciente decisión del senador independiente Bernie Sanders de disputar la nominación del Partido Demócrata para la presidencia de la República en las elecciones del 2016 ha dado lugar a la esperanza de un cambio. El dominio del sistema político por parte de una oligarquía económica, la enorme concentración de ingresos y de riqueza, el silencio cómplice de los medios de comunicación son algunos de los grandes problemas que, invisibles hasta ahora, son el centro de su campaña electoral. Propone además, una agenda para el cambio y convoca a una “revolución política” basada en la participación activa de la población en la discusión de políticas y en el control de la gestión tanto del gobierno como de sus propios representantes políticos. Este es, para Sanders, el camino a seguir para recuperar la democracia en el país. (www.sanders.senate.gov/agenda/)

Ecos de esta problemática general resuenan, a su manera, tanto en Grecia, España y otros países de Europa como en nuestra realidad. En otras notas hemos analizado el rol hegemónico del capital monopólico en la estructura de relaciones de poder que, como un nudo gordiano, nos oprime y nos sumerge en el canibalismo (Página/12: 20/1/2014; 14/3/2014; 24/8/2014; 1/4/2013). En los últimos años los intentos de desestabilización política por parte de los “golpes de mercado” y de los medios de comunicación más poderosos han estado a la orden del día. En todo momento se ha intentado vaciar de contenido a la política. Hoy se busca convertir a la campaña electoral en una farándula. Como en otras oportunidades, CFK se mantiene en el centro de la coyuntura política y ha convocado reiteradamente a los candidatos, tanto propios como ajenos, a discutir los proyectos de país que propugnan. Esta convocatoria no será escuchada por la oposición. Sin embargo, las características de la interna peronista –y la dificultad para entablar esta discusión entre los candidatos oficialistas– también desnuda la fragilidad de las estructuras políticas. A pesar de las virtudes de los últimos 30 años de vida democrática, de las modificaciones impuestas al sistema electoral, y de lo logrado en la ultima década, persisten factores que bloquean la participación política, el control de gestión y la representación popular.

CFK también ha convocado a la población a defender lo logrado. Esto es de importancia decisiva e ilumina la carencia principal del momento actual. En efecto, mas allá de las PASO y del resultado electoral, queda pendiente la enorme tarea de construir espacios que posibiliten la participación activa de la gente de a pie en la discusión de sus problemas inmediatos y de los del país, en el debate de políticas y, especialmente, en el control de la gestión de sus representantes, sean éstos políticos, sindicales, municipales, provinciales o nacionales. Esta es la vía a seguir para poner fin al canibalismo y profundizar la inclusión social. No perdamos esta oportunidad.

* Socióloga. Autora de La economía política argentina. Poder y clases sociales.

Página/12 - 16 de junio de 2015

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