¿Y ahora, Brasil?

Las palabras que más se repiten hoy son estupefacción y perplejidad. El gobierno brasileño ha caído en el abismo del absurdo, en la banalización total del insulto y la agresión, en el atropello primario de las reglas mínimas de convivencia democrática (por no hablar de las leyes y la Constitución), en la destilación de odio y negatividad como única arma política.

Brasil: justicia cautelar

La decisión del Supremo Tribunal de aplazar el tratamiento de la situación de Lula da Silva, a la luz de las serias irregularidades reveladas en el proceso por el que fue condenado, confirma las sensibilidades de un órgano judicial que actúa con un oído en la calle y otro en el Palacio.

El golpe de 2016

Hoy hace tres años que la Cámara de Diputados, comandada por un diputado condenado por corrupción, aprobó la apertura de un proceso de impeachment contra mí, sin que hubiera un crimen de responsabilidad que justificara tal decisión. Aquella votación en sesión plenaria fue uno de los momentos más infames de la historia brasileña. Avergonzó a Brasil ante sí mismo y ante el mundo.

La crisis venezolana catapultó a una virtual junta militar en Brasil, con Bolsonaro como jarrón chino

Menos de dos meses duró el gobierno de Jair Bolsonaro: el posicionamiento de Brasil ante la crisis venezolana y su alianza incondicional con EEUU e Israel, presionaron para que los ministros militares asumieran el poder que monitoreaban desde el golpe de 2016 contra la presidenta Dilma Rousseff.

Bolsonaro y el fascismo

Se ha vuelto un lugar común caracterizar al nuevo gobierno de Jair Bolsonaro como “fascista”.  Esto, a mi juicio, constituye un grave error. El fascismo no se deriva de las características de un líder político por más que en los tests de personalidad –o en las actitudes de su vida cotidiana, como en el caso de Bolsonaro- se compruebe un aplastante predominio de actitudes reaccionarias, fanáticas, sexistas, xenofóbicas y racistas.