Un monstruo llamado opinión pública

Brasil vivió ayer el clima de resaca, luego de la formidable secuencia de multitudinarias movilizaciones populares que sacudieron al país a lo largo de las últimas dos semanas. Hubo nuevas manifestaciones y marchas, pero con bastante menos participación que las anteriores.

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La indecisión brasileña

Henry Kissinger, que a su condición de criminal de guerra une la de ser un fino analista de la escena internacional, dijo a finales de los sesenta que “hacia donde se incline Brasil se inclinará América latina”. Esto no es así de cierto hoy porque la marejada bolivariana cambió para bien el mapa sociopolítico regional; pero aun así la gravitación de Brasil en el plano hemisférico sigue siendo muy importante. Si su gobierno impulsara con fuerza al Mercosur y la Unasur o la Celac, otra habría sido la historia de estas iniciativas. Pero Wa-shington ha venido trabajando desde hace tiempo para desalentar ese protagonismo. Se aprovechó de la ingenua credulidad, o el acendrado colonialismo mental, de Itamaraty prometiéndole demagógicamente que garantizaría para Brasil un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, mientras la India y Pakistán (dos potencias atómicas) o Indonesia (la mayor nación musulmana del mundo) y Egipto, Nigeria, Japón y Alemania, entre otros, se quedan afuera.

Brasil se despertó

Junio fue un mes histórico en Brasil. Mientras se palpitaba la Copa de las Confederaciones, esa suerte de pre-mundial que pretendía imponer a Rio de Janeiro como la vidriera de la potencia emergente, el estallido social y político obligó al mundo a posar los ojos en el "otro Brasil". Desde el 13 de junio, cuando la policía reprimió violentamente una manifestación en San Pablo que reclamaba contra los aumentos en el transporte, se multiplicaron las movilizaciones en todo el país.

“La derecha intentó disputar el control de la calle”

La derecha no piensa en otra cosa que impedir, como sea, la reelección de Dilma Rousseff (acaba de perder 21 puntos de popularidad) en los comicios de 2014, y a pesar de su espanto congénito ante la movilización popular, intenta hacer que se convierta en fuente de caos e ingobernabilidad. De todos modos es improbable que las oligarquías logren desvirtuar el sentido transformador de la revuelta en curso desde hace tres semanas, atizada por la bronca ante el derroche de la Copa de las Confederaciones.

Doble mano

Un millón y medio de brasileños tomaron por asalto las avenidas de decenas de capitales, embravecidos contra el despilfarro de la Copa, el transporte caro, la represión policial, la corrupción y la burocratización de la clase política. También hubo algunos, no pocos, que repudiaron la censura, privada del multimedios Globo. Y aunque se trató de un alzamiento impensado la marea de indignados, de a poco, fue encauzándose detrás de algunas banderas históricamente defendidas por la izquierda, sumadas a otras de nuevo tipo.

“Brasil contiene a la región para ser potencia global”

Raúl Zibechi. Analista internacional. Zibechi investigó durante doce años la política exterior y doméstica del gigante sudamericano y, ahora, acaba de editar en Argentina –con el apoyo del colectivo periodístico La Vaca– el libro Brasil, ¿un nuevo imperialismo?, una obra que se plantea decodificar todo el diccionario político del vecino país: sus poderosas multinacionales pero, también, la disrupción del lulismo, la creatividad de sus nuevos movimientos sociales y la economía que atrasa de los señores feudales sojeros.

¿Es que no entienden nada, no oyen nada, no se enteran de nada?

Brasil parece condenado a convivir con la escoria de un sistema político venal, que cree sinceramente que el bien público es patrimonio privado de un pequeño grupo que decide, soberano, sobre el bien y el mal.

Los adictos al abuso están cómodamente instalados en los tres poderes que deberían ser la base de la democracia: el Legislativo, el Judicial y el Ejecutivo. La impertinencia de los impunes salta a los ojos de cualquiera y deja claro que en el fondo el gran problema del país está en el sistema viciado que exige, a gritos, una reforma.

La restauración en marcha

Mientras la elite brasileña trata de volver a la normalidad después de las movilizaciones de junio, Dilma Rousseff atiende los reclamos de la sociedad.

Infelizmente no es posible convocar el plebiscito antes de octubre, de modo que las elecciones de 2014 deberán realizarse con el sistema electoral actual”, dijo –palabra más o menos– el vicepresidente brasileño, Michel Temer (PMDB), el jueves al mediodía. Comentan observadores que los gritos que la presidenta Dilma Rousseff daba esa tarde durante su visita a Salvador podían oírse en Brasilia sin necesidad de teléfono.

Mensaje de las calles

Las manifestaciones en las calles del Brasil traen de cabeza a los analistas y cientistas políticos. Dirigentes partidarios y líderes políticos se preguntan perplejos: ¿quién lidera ese movimiento si nosotros no estamos en él?

Recuerdo cuando dejé la cárcel a fines de 1973. Al entrar en ella, cuatro años antes, predominaba el movimiento estudiantil en la contestación a la dictadura. Al salir encontré un movimiento social -comunidades eclesiales de base, oposición sindical, grupos de madres, lucha contra la carestía- que me sorprendió. Desde lo alto de mi vanguardismo elitista me hice la pregunta: ¿cómo es posible si nosotros los líderes estábamos encarcelados?

Brasil no se aburre

Los franceses comprendieron hace 45 años que hechos aparentemente anodinos pueden ser el origen de acontecimientos históricos. Un hecho menor, en Nanterre, fue lo que provocó una de las mayores explosiones sociales y políticas de la segunda mitad del siglo pasado: Mayo del ’68. No se trata, obviamente, de explicar la amplitud de esa “deflagración” por su “detonador”, si bien los lazos entre ambos fenómenos son evidentes.