Bolsonaro, el genocida que quiere ser dictador

Bruno Bimbi


Con más de cuarenta mil muertos y proyecciones aún peores, Brasil camina hacia su mayor catástrofe histórica en medio del caos, el desgobierno y el autoritarismo.

“A través del voto, no vamos a cambiar nada en este país. ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Esto sólo va a cambiar, lamentablemente, cuando vayamos a una guerra civil. Y haciendo el trabajo que el régimen militar no hizo: ¡matando a treinta mil!”.

En 1999, cuando pronunció esas palabras, que ahora parecen proféticas, Jair Messias Bolsonaro estaba comenzando su tercer mandato en el parlamento brasileño, electo con poco más de 100.000 votos –el décimo más votado del estado de Río de Janeiro– por el partido de Paulo Maluf, uno de los políticos más corruptos del país. Aunque ya hablaba de ser presidente, es improbable que lo creyera. Nadie lo creería. Sin embargo, las ideas que veinte años después impregnan su gobierno ya estaban ahí, a la vista.

Ni una sola vez, desde que empezó la
pandemia, Bolsonaro ha dado una
mínima señal de que el luto de decenas
de miles de familias le toque el corazón

En poco más de media hora de entrevista para la televisión, aquel joven diputado, un capitán retirado del ejército que integraba el bajo clero de la Cámara, defendió a Augusto Pinochet, dijo que estaba a favor de la tortura, que la democracia brasileña era “una porquería”, que en la época de la dictadura militar había más dignidad, que recomendaba a la población evadir impuestos (“yo evado todo lo posible”), que los derechos humanos eran “derechos de marginales” y que los ciudadanos honestos deberían estar armados. Dijo también que, si fuese electo presidente, daría un golpe de Estado el mismo día, cerraría el Congreso (“no sirve para nada”) e iniciaría una dictadura. Cerca del final, cuando propuso expresamente matar a treinta mil personas, agregó: “¿Van a morir algunos inocentes? Todo bien, en toda guerra mueren inocentes”.

Esas palabras son relevantes por la forma y el contenido. “¿Está muriendo gente? Sí. Lo lamento”, dijo Bolsonaro en marzo pasado –la misma estructura de la frase anterior– cuando la pandemia comenzaba a asustar al Brasil que desgobierna. “No soy sepulturero, ¿ok?”, dijo al mes siguiente, cuando hubo más de trescientos muertos en un solo día. “¿Y qué? Lo lamento. Soy Mesías, pero no hago milagros”, dijo cuando ya habían muerto cinco mil. Días después, como desafío público a la cuarentena dispuesta por los gobernadores, prometió organizar un asado y llenar de gente la residencia oficial. Cuando murieron diez mil, se fue a andar en jet ski. “Lamento todos los muertos, pero es el destino de todo el mundo”, dijo finalmente cuando su meta de dos décadas atrás se cumplía: Brasil ya tenía, bajo su presidencia, más de treinta mil cadáveres. Aquella otra frase rebotaba en el presente como un eco: “¿Van a morir algunos inocentes? Todo bien”.

Ni una sola vez, desde que empezó la pandemia, el presidente de Brasil ha dado una mínima señal de que el luto de decenas de miles de familias le toque el corazón, si es que tiene uno. Al contrario, parece disfrutarlo, o al menos le resulta indiferente. Cuando era diputado, Bolsonaro tenía en la puerta de su oficina un cartel con el dibujo de un perro con un hueso en la boca y la frase: “Desaparecidos del Araguaia: quien busca huesos es…”, en referencia a los familiares de un grupo de guerrilleros desaparecidos en la región amazónica del río Araguaia en los años setenta. A principios de mayo, el presidente recibió con honores al torturador y asesino de la dictadura conocido como “Mayor Curió”, uno de los responsables de esa masacre. Dijo que era “un héroe”.

El año pasado, cuando aún no había pandemia ni virus, escribí para Folha de São Paulo: “Hay una pulsión de muerte que nortea las obsesiones del presidente: liberación de armas y agrotóxicos, incentivo a la depredación ambiental, incitación a la práctica de ejecuciones policiales, discurso de odio contra LGBTs en un país que mata a cientos de nosotros por año, derogación de las leyes de tránsito que salvan vidas en las rutas, etc. Pero era previsible. Fui diez años corresponsal en Brasil y me sorprende que alguien haya pensado que sería diferente”. Lo que Bolsonaro está haciendo durante la pandemia no es diferente de lo que hizo toda la vida. En 2017, en una visita a Porto Alegre, él mismo lo dijo con todas las letras: “Mi especialidad es matar”.

 

De hecho, vale la pena recordar el contexto en el que lo dijo: el entonces diputado recordaba la campaña que había liderado para aprobar el uso de la fosfoetanolamina como cura milagrosa para el cáncer, una droga sobre la que no existe comprobación científica de que sirva para nada. “Si cura o no cura, no lo sé. Soy capitán del ejército, mi especialidad es matar, no curar”, fueron sus palabras. En 26 años como diputado, Bolsonaro consiguió aprobar apenas dos leyes: una que beneficiaba a ciertos productos de la industria informática con la exención de un impuesto y esa otra que avalaba la llamada “píldora del cáncer”, luego suspendida por el Supremo Tribunal Federal. Fosfoetanolamina o cloroquina, la historia se repite.

Mientras escribo, Brasil ya suma más de 40.000 fallecidos por la covid-19, pero ese número envejecerá más rápido que este artículo. Ese número. Cada noche, cuando nuevas cifras con cuatro dígitos se suman a la cuenta y mueven a Brasil para arriba en ese macabro ranking mundial, el genocidio se naturaliza y personas que antes estaban vivas –gente con rostro, cabellos, nariz, manos, tono de voz, nombre, color de piel, profesión, equipo de fútbol, gustos musicales, comida favorita, amores, tristezas, proyectos– comienzan a ser vistas apenas como cifras, datos en una tablita, estadísticas. Eran gente. Ahora son cajones con un cuerpo frío, sin pulso, enterrado antes de tiempo. No por una fatalidad, un accidente o un desastre natural, sino como única consecuencia posible de la acción deliberada, insana y criminal de un psicópata en el poder, que hizo y sigue haciendo todo lo posible para matar más, y más, y más. Su conducta no tiene otra explicación: no es un error, ni apenas impericia o irresponsabilidad, sino una política, parte de un proyecto de poder para el que la muerte es un instrumento.

No se puede culpar a todos los gobiernos por las víctimas de la pandemia. Con aciertos y errores, enfrentan una amenaza de la que no sabíamos nada y fuimos aprendiendo a los golpes. Casi todos ellos, algunos de derecha y otros de izquierda, han hecho lo posible por salvar vidas. Pero Bolsonaro es ese presidente que, frente a un incendio que se extendía, pero aún podía ser contenido por los bomberos, les ordenó no intervenir, echó a los que lo intentaron y los acusó de traidores, cortó el agua, secuestró las mangueras y los extintores, mandó aviones del ejército a arrojar leña y combustible desde el aire y empujó a la gente a acercarse más y más a las llamas, cerrando todas las vías de escape y diciéndoles que no fuesen cobardes, que el calor hace bien, que no tengan miedo. Como el payaso Pennywise en la magnífica novela de Stephen King, el presidente brasileño sale cada día a la puerta del palacio a decirles a sus fanáticos, con una sonrisa pícara y esa mirada de asesino, que aquí todos flotan.

Mientras que su vecina Argentina hizo
al día de hoy 8,2 tests por caso confirmado
y España, 15,4, la tasa de Brasil es de 1,3, lo
que significa que solo confirma los casos evidentes 

La catástrofe ya es inevitable y será de proporciones históricas. Es probable que Brasil pase la próxima década procesando su trauma y discutiendo cómo permitió que esto pasara. Al día de hoy, además de superar las 40.000 muertes, el país ya lleva contabilizados más de 800.000 casos. Es el segundo en número de contagios, el tercero en número de fallecidos –en unos días superará al Reino Unido– y el primero en nuevos casos y muertes diarios. Pero esos datos, ya espantosos, subestiman la realidad: muchas muertes por covid-19 no son registradas como tales y Brasil casi no testea. Mientras que su vecina Argentina hizo al día de hoy 8,2 tests por caso confirmado y España, 15,4, la tasa de Brasil es de 1,3, lo que significa que solo confirma los casos evidentes. 

La comparación con Argentina, de hecho, ayuda a entender. El 19 de marzo, cuando Alberto Fernández declaró el confinamiento en todo el país, Argentina tenía tres muertos y 128 casos notificados y Brasil, siete muertos y 640 casos. A partir de ese momento, de un lado de la frontera, el presidente peronista llamó a la oposición para acordar una política de Estado y anunciarla conjuntamente, consensuó las medidas con los gobernadores, creó un comité científico con los mejores especialistas del país –coordinado por el doctor Pedro Cahn, eminencia mundial en la lucha contra el VIH/Sida– y siguió todas las recomendaciones de la OMS, además de tomar medidas sociales y económicas para paliar los efectos de la crisis sobre el bolsillo de los trabajadores. El trabajo del gobierno argentino es un ejemplo. Del otro lado, Bolsonaro se peleó con todos los gobernadores, insultó a la prensa, amenazó al Congreso y al Supremo Tribunal Federal con un golpe de Estado, boicoteó todas las medidas sanitarias, organizó manifestaciones callejeras, echó a dos ministros de Salud, divulgó mentiras y fake news sobre la pandemia y se burló de los muertos por televisión. Los resultados están a la vista. Argentina está comenzando a salir de la cuarentena –buena parte del país ya salió– con menos muertes desde el comienzo de la pandemia que las que Brasil tiene en un solo día.

Las que creemos que tiene. La edición local de El País, basándose en un método de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, calculó en mayo que el número real de casos en Brasil podría ser veinte veces el oficial. El Centro de Investigaciones Epidemiológicas de la Universidad de Pelotas inició ese mismo mes un estudio de prevalencia en 90 municipios que suman el 25,6% de la población nacional y estimó, con base en los resultados de la primera fase, que por cada caso notificado hay otros seis. Estudios de diferentes universidades, con datos locales, indican una subnotificación altísima en varias ciudades. Lo mismo puede decirse del número de muertes, que podría ser más del doble del informado. Se han hecho relevamientos en varios estados y municipios que comparan los óbitos informados por registros civiles y cementerios con el mismo período de años anteriores, o bien observan el aumento de muertes por Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SRAG) no registradas como covid-19, o los fallecimientos dentro del domicilio. Las cuentas no cierran. El gobierno puede fallar en su tarea o directamente mentir –y, como veremos, miente cada vez más–, pero los cementerios no, ni las camas de terapia intensiva de los hospitales, que no dan abasto.

Parece el peor de los mundos, pero puede ser apenas el comienzo. El primer boletín epidemiológico de la Escuela de Matemática Aplicada de la Fundación Getúlio Vargas advertía semanas atrás que, sin un lockdown nacional, la pandemia alcanzará su pico en el país recién a mediados de julio y se extenderá hasta mediados de octubre, con no menos de 34 millones de infectados y cientos de miles de muertos. De acuerdo con otro estudio del Instituto de Métrica y Evaluación en Salud de la Universidad de Washington, a principios de agosto ya puede haber más de 165 mil muertos en el país. 

La parte de la población que comprende lo que está pasando está aterrorizada. Según la última encuesta de Datafolha, el 60% apoya la adopción del confinamiento aunque todos saben que, mientras Bolsonaro esté en el poder, será prácticamente imposible que suceda– y el 53% conoce a alguien que tiene o tuvo el coronavirus. La popularidad del presidente está en caída, pero aún conserva un núcleo duro cercano al 30% que pone en riesgo a todos los demás.

De acuerdo con el Instituto de Métrica y
Evaluación en Salud de la Universidad de
Washington, a principios de agosto ya
puede haber más de 165 mil muertos en Brasil 

Los seguidores más fanáticos del capitán aún salen a las calles cada día, convencidos de que Jesucristo los protege, que la pandemia es un invento de la prensa y “los comunistas”, o bien que el virus se cura tomando cloroquina, que el presidente receta por televisión. Las fake news que divulga el sistema paraestatal de propaganda a través de Whatsapp y las redes sociales incluyen falsos descubrimientos científicos, falsas declaraciones de la OMS, teorías conspirativas de todo tipo y un manto de sospecha sobre los muertos: que los gobernadores mandan a enterrar cajones vacíos para asustar a la gente, que las cifras de muertos están infladas, que es todo un complot contra el capitán. 

La presión del gobierno y sus brigadas callejeras está empujando a algunos gobernadores a relajar las medidas de aislamiento social, ya insuficientes, y el Supremo Tribunal Federal –que esta semana bloqueó la reapertura de todo el comercio en Río de Janeiro– está actuando como última barrera de contención para la insanidad presidencial. Pero no alcanza y así no hay forma de impedir el desastre. 

Además de tener a un psicópata en el comando, Brasil hace semanas que no tiene ministro de Salud, después de las sucesivas renuncias de Luiz Henrique Mandetta y Nelson Teich, que duró menos de un mes en el cargo. El ministerio está interinamente a cargo de un general del ejército sin ninguna experiencia o formación en medicina, que esta semana dijo que las regiones norte y nordeste del país están a salvo de la pandemia porque están “ligadas al invierno del hemisferio Norte”, que sería como decir que Alaska es una región tropical. No sabe de medicina, tampoco de geografía. A los médicos que había en el ministerio ya los echaron.

Mientras tanto, Bolsonaro enfrenta una crisis política sin precedentes. La divulgación, semanas atrás, del video completo de una reunión de gabinete dejó al desnudo cómo funciona su gobierno. En plena pandemia y con decenas de miles de muertos, el presidente y sus ministros no hablaron ni un minuto sobre cómo salvar vidas. En el video, en cambio, se ve al ministro de Educación proponiendo encarcelar a todos los jueces del Supremo Tribunal Federal, a la ministra de Derechos Humanos proponiendo encarcelar a los gobernadores, al ministro de Economía elogiando la política de reconstrucción de Alemania durante el III Reich, al ministro de Medio Ambiente proponiendo aprovechar que la prensa está distraída por la pandemia y “pasarle por encima” a todas las regulaciones ambientales y al propio presidente exigiendo cambiar al jefe de la Policía Federal para proteger a su familia de las investigaciones por corrupción. 

Hace semanas que no hay ministro de
Salud, después de las sucesivas renuncias
de Luiz Henrique Mandetta y Nelson Teich,
que duró menos de un mes en el cargo

En un largo monólogo en el que llegó a amenazar a sus propios ministros, Jair Bolsonaro grita, golpea la mesa, insulta, divaga, dice groserías, hace chistes, denuncia conspiraciones en su contra, amenaza con la intervención de las Fuerzas Armadas y vuelve a gritar, insultar y golpear la mesa, fuera de sí. En un momento, el presidente les dice a sus ministros que, si el gobierno cae, irán todos presos, y que, para evitarlo, tienen que repartir armas a sus seguidores. “¡Quiero a todo el mundo armado!”, grita. Está todo filmado y parece la famosa escena de la película El hundimiento, sobre el final de Adolf Hitler.

Desde la divulgación del video, la situación se radicaliza cada día. Bolsonaro está desesperado, porque sabe que hay varias investigaciones policiales y causas judiciales por las que sus hijos –y quizás él mismo– pueden ir a la cárcel, y está dispuesto a hacer cualquier cosa para evitarlo. Hay un campamento en Brasilia con un pequeño grupo de locos armados que le responden e hicieron una marcha de antorchas con la estética del Ku Klux Klan. Hay amenazas públicas de golpe de Estado, a las que Bolsonaro les sube el tono cada vez más. Hay proclamas firmadas por militares retirados que lo apoyan. Hay manifestaciones golpistas con su presencia en las que flamean banderas de un partido neonazi de Ucrania. Hay diputados oficialistas sacándose fotos con armas y publicándolas en las redes. Hay amenazas a jueces del Supremo Tribunal Federal. Hay un decreto que autoriza la intervención de universidades y otro que facilita la importación de armas, que el presidente admitió públicamente que serían para que sus seguidores apoyen el golpe. Hay insinuaciones de un inminente estado de sitio y amenazas de encuadrar a opositores como “terroristas”. Y, mientras todo eso sucede, hay un Ministerio de Salud sin médicos, que esconde datos. Y hay cadáveres, cada vez más cadáveres.

Días atrás, llamaron a un empresario, conocido por la escuela de idiomas que lleva su apellido, Wizard, la peor del país, donde profesores mal pagados enseñan distintos idiomas que no necesariamente saben hablar, con un método que ningún lingüista tomaría en serio. Le ofrecieron un alto cargo en el Ministerio de Salud. Lo primero que hizo fue anunciar un recuento de los muertos, acusando a los secretarios de salud de los estados de inflar la cifra para recibir más fondos, provocando un repudio generalizado. Duró dos días en el cargo, porque su asociación con el gobierno provocó un boicot a sus empresas que amenazaba con hacerle perder mucho dinero. Así funciona el gobierno.

En los últimos días, Bolsonaro ordenó retrasar el parte diario con las estadísticas de la pandemia para que saliera después del noticiero de mayor audiencia, la TV Globo. “Se acabaron los reportajes en el Jornal Nacional”, dijo en un video, celebrando el boicot a la libertad de prensa. La TV Globo, sin embargo, esperó a que salieran los datos e interrumpió la novela de mayor audiencia para volver al noticiero, enfureciendo al presidente, que entonces ordenó retirar la página web con la información de la covid-19 y, durante los días siguientes, no se divulgaron más los números totales y los partes diarios salieron con inconsistencias, con números dibujados. Brasil dejaba de tener estadísticas. Los principales diarios del país se unieron para recopilar por su cuenta los datos de estados y municipios y seguir informando, hasta que el Supremo Tribunal Federal intervino y obligó al gobierno a volver a publicar la información completa. 

No se sabe cuándo Bolsonaro va a patear el tablero, desesperado por salvar a sus hijos de la cárcel y conservar el poder. Pero hay dos cosas que están claras: si su gobierno no cae, habrá cientos de miles de muertos y, tarde o temprano, habrá un autogolpe. Brasil será una dictadura que comenzará escondiendo sus cadáveres bajo la alfombra. La única forma de impedirlo es que todos los demócratas se unan en una causa común, como se unieron para exigir elecciones directas y acabar con la dictadura en los años ochenta.

El mismo año en el que grabó la entrevista donde prometía matar a treinta mil, Bolsonaro concedió otra menos recordada al diario Estado de São Paulo en la que elogiaba a Hugo Chávez, que acababa de llegar al poder en Venezuela. Dijo entonces que pretendía viajar a ese país para conocerlo: “Es una esperanza para América Latina y me gustaría mucho que esa filosofía llegase a Brasil”, agregó. Cuando el diario le preguntó qué opinaba del apoyo del Partido Comunista al comandante, respondió: “Él no es anticomunista y yo tampoco”. Vista a la distancia, la declaración causa perplejidad, ya que el presidente brasileño ha hecho de su lucha contra el comunismo imaginario una de sus banderas, que comparte por ejemplo con la extrema derecha española.

Pero la contradicción es apenas aparente. Ese discurso ideológico es apenas propaganda, como lo es el liberalismo económico, que en otras épocas denostaba. Lo central en su proyecto es la pulsión totalitaria, la sociedad fascista y su papel de líder. “Chávez va a hacer lo que los militares hicieron en Brasil en 1964, pero con mucha más fuerza”, decía Bolsonaro en 1999. Ese ha sido siempre su proyecto: retomar la dictadura por donde terminó, pero con él al frente. Hay que sacarlo del poder antes de que lo consiga.

- Bruno Bimbi, Periodista, narrador y doctor en Estudios del Lenguaje (PUC-Rio). Vivió durante diez años en Brasil, donde fue corresponsal para la televisión argentina. Ha escrito los libros ‘Matrimonio igualitario’ y ‘El fin del armario’.

 

ctxt - 11 de junio de 2020

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