Más allá del negacionismo: el ocultamiento del cambio climático

Hugues Draelants

¿Por qué el conocimiento científico no desencadena la acción política necesaria? Más allá de la negación o la impotencia, la causa puede estar más profundamente arraigada en la ocultación estructural de nuestras condiciones de existencia. Por eso no funcionan los abordajes «pedagógicos», es decir, la fuerte tendencia de la modernidad a transformar los problemas políticos y económicos estructurales en retos educativos individuales.

Al ocultar los flujos materiales y fragmentar nuestra percepción del mundo, la modernidad capitalista ha creado un sistema en el que la gente tiene cierta conciencia de la catástrofe sin ser capaz realmente de pensarla. Contra este «sistema de invisibilidad», no basta con informar, sino que hay que restaurar nuestra capacidad de ver y sentir los vínculos rotos.

La paradoja de la hipervisibilidad

Nunca antes una catástrofe había sido tan anunciada, documentada y modelizada. Desde hace décadas, los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (ipcc, por sus siglas en inglés) se acumulan con una precisión cada vez mayor, las curvas de temperatura se disparan y las cumbres internacionales (cop) saturan el espacio mediático. El cambio climático se ha vuelto omnipresente: está en todas partes, en nuestras pantallas, en los discursos políticos y en el centro de las angustias contemporáneas. Aparentemente, vivimos en un estado de alerta discursiva permanente.

Sin embargo, esta saturación de información apenas se traduce en una acción colectiva a la altura del desafío. Lo que es más preocupante, tras una fase de movilización ciudadana, asistimos ahora a un retroceso, incluso a una reacción hostil. Como documentan unos 40 investigadores reunidos bajo la dirección de Laure Teulières, Steve Hagimont y Jean-Michel Hupé en Greenbacklash, las políticas ecológicas suscitan hoy en día una resistencia activa, alimentada por un sentimiento de injusticia o de desposesión1. Esta reacción violenta pone de manifiesto el fracaso de la estrategia dominante: la acumulación de pruebas científicas no basta para crear consenso político.

Ante esta inercia, nuestras sociedades han desarrollado un reflejo casi pavloviano: convertir la educación en la solución. En cuanto surge un problema social, se impone la consigna: «hay que educar». Es lo que los investigadores denominan «educacionalización»: la fuerte tendencia de la modernidad a transformar los problemas políticos y económicos estructurales en retos pedagógicos individuales2. Esta lógica se basa en un postulado seductor, pero engañoso: si los ciudadanos no actúan es porque no saben, o no saben lo suficiente3. Si seguimos esta lógica, bastaría con más cursos y pedagogía para iniciar la transición.

Sin embargo, esta apuesta pedagógica se estrella contra un muro. El fracaso no es cognitivo, es sistémico. Si la exigencia de saber no da resultado, es porque se basa en un diagnóstico erróneo: no sufrimos de una falta de visibilidad, sino, por el contrario, de una forma de hipervisibilidad desrealizante. El clima se ha convertido en lo que el filósofo Timothy Morton denomina un «hiperobjeto»: una entidad tan masivamente distribuida en el tiempo y el espacio que desafía nuestra comprensión humana tradicional4. El cambio climático está en todas partes y en ninguna, es viscoso e inaprensible. Tratado por el sistema mediático, se convierte en un espectáculo fragmentado, una abstracción hecha de «partes por millón» y de escenarios para 2050, que flota sobre nuestras existencias sin llegar a arraigarse en ellas.

Porque si apartamos la mirada de las pantallas para observar la materialidad de nuestra vida cotidiana, la crisis se evapora. Es cierto que las olas de calor hacen que el calentamiento global sea ahora perceptible, incluso en Europa. Pero esta experiencia sensorial a menudo carece de significado inmediato. En la gasolinera, el combustible fluye sin revelar nada de su historia geológica o geopolítica; en el supermercado, la mercancía aparece en los estantes, lavada de todo rastro ecológico. Existe, por tanto, una ruptura fundamental entre lo que sabemos (la catástrofe global) y lo que vemos (la aparente normalidad de la vida cotidiana).

Por lo tanto, nuestra inacción no es el resultado de una ceguera voluntaria, sino el producto de un sistema de invisibilidad estructural. Organizado por la modernidad capitalista, este sistema ha separado metódicamente la producción del consumo, las causas de sus consecuencias y nuestros cuerpos de su entorno. Se basa en tres pilares interdependientes –material, corporal y cognitivo– que, al reforzarse mutuamente, mantienen el statu quo de forma mucho más eficaz que la simple censura.

La materia oscura de nuestras vidas

Esta organización del olvido no es nueva, sino que es consustancial a la historia técnica de Occidente. En La servitude électrique [La servidumbre eléctrica], los sociólogos Gérard Dubey y Alain Gras identifican este proceso fundacional con el nombre de «modelo Edison»5. En el siglo xix, la electrificación consistió en sustituir los perjuicios cercanos y visibles (las lámparas de gas que ennegrecían las paredes y los pulmones) por una tecnología que parecía «limpia» y «mágica» en el punto de uso: la bombilla incandescente. Sin embargo, el truco no residía en la eliminación de la contaminación, sino en su deslocalización. Las toneladas de carbón quemadas y las escorias de la central ya no estaban en los salones burgueses, sino que se vertían, fuera de la vista, en el río cercano o en los barrios obreros. La genialidad de la modernidad fue inventar una tecnología que externaliza los efectos nocivos al tiempo que programa la ignorancia de sus usuarios.

Este modelo se ha generalizado hasta formar lo que podríamos llamar la «materia oscura» de la economía contemporánea. Al igual que en la astrofísica, esta materia invisible constituye la mayor parte de la masa de nuestro universo. Está formada por flujos metabólicos colosales, lo que el sociólogo John Bellamy Foster, releyendo a Marx, denomina «ruptura metabólica» (metabolic rift)6. Se trata de una extracción permanente de recursos y una acumulación de residuos que, aunque necesarios para nuestro confort en todo momento, se mantienen fuera del ámbito social.

Para mantener esta separación, el capitalismo se apoya en infraestructuras concebidas como «cajas negras». Como analizaba la socióloga Susan Leigh Star en sus trabajos pioneros sobre las infraestructuras, las redes técnicas (electricidad, agua, logística) se caracterizan por su incrustación (embeddedness): están «sumergidas en y dentro de otras estructuras» (sunk into and inside of other structures)7. Mientras el sistema funciona, es invisible. Ya no interactuamos con la materia, sino con interfaces sin fricciones.

El debate actual sobre la transición automotriz ofrece una actualización sorprendente del «modelo Edison». Lejos de ser una ruptura, el paso de la tecnología térmica a la eléctrica actúa como un poderoso dispositivo de reocultación. Lo que está en juego aquí no es cuestionar el balance de carbono del vehículo eléctrico (a menudo mejor que su equivalente térmico a lo largo de todo el ciclo de vida), sino la narrativa que lo acompaña. Se nos promete la sustitución de un objeto «sucio» (el tubo de escape que echa humo) por un objeto «limpio» (el coche silencioso). Este enfoque tecnooptimista permite ocultar, una vez más, la cadena de valor material: la extracción de litio, el cobalto de las minas congoleñas o la fabricación de baterías, que consume mucha energía. La contaminación no desaparece, sino que se desplaza más lejos, a las nuevas zonas de extracción del capitalismo verde.

Más profundamente, el auto eléctrico permite preservar la invisibilidad del propio «sistema automovilístico». Al centrar el debate en el motor, se naturaliza la gigantesca infraestructura necesaria para la movilidad individual: la expansión urbana, la artificialización del suelo y la dependencia del coche. La innovación tecnológica sirve aquí como bloqueo (lock-in): permite cambiarlo todo en apariencia para que, estructuralmente, nada cambie en nuestra forma de habitar el mundo.

Esta ilusión de sustitución no se limita al automóvil, sino que estructura todo nuestro relato histórico. Como ha demostrado magistralmente el historiador Jean-Baptiste Fressoz, la propia producción de conocimiento ha contribuido a esta ocultación8. Al privilegiar el relato de una «transición energética» –la idea de un paso sucesivo y sin consecuencias de una energía a otra (de la leña al carbón y luego al petróleo)–, hemos ocultado la realidad material fundamental de nuestra historia: la acumulación energética. No hemos abandonado ninguna fuente de energía; las hemos acumulado, aumentando sin cesar la huella material de nuestras sociedades. Al centrarse en análisis abstractos (precio, eficiencia), este relato ha invisibilizado el peso muy concreto de las infraestructuras y la persistencia insuperable de nuestra dependencia de los combustibles fósiles.

El privilegio de no sentir

Si el sistema nos impide ver las causas materiales, también ha remodelado nuestra capacidad para sentir sus efectos. La invisibilidad no es solo técnica, es corporal.

Tendemos a naturalizar nuestra experiencia sensorial: hace calor, por lo tanto, tengo calor. Sin embargo, la capacidad de percibir (o no percibir) la degradación del medio ambiente es una construcción social. Para comprender la inercia de las sociedades occidentales, hay que analizar lo que denominamos «privilegio sensorial». Este concepto se refiere a la capacidad, producida por costosas infraestructuras, de estar físicamente aislado de las consecuencias negativas del propio modo de vida.

El cuerpo moderno de las clases acomodadas es un «cuerpo desarraigado». Evoluciona en una vasta arquitectura de aislamiento: edificios climatizados, habitáculos insonorizados, cadenas de suministro globalizadas que ocultan las carencias locales. Esta burbuja protectora bloquea las señales de alerta que envía el medio ambiente. Esto es lo que el sociólogo Hartmut Rosa identifica como el drama de la modernidad: al querer «poner el mundo a nuestra disposición» mediante la tecnología, hemos acabado «silenciando» nuestra relación con la naturaleza9. Ya no nos afecta, ya no entramos en «resonancia» con un mundo que mantenemos distante.

Como han documentado los pioneros de la justicia medioambiental (environmental justice), como el sociólogo Robert D. Bullard, la exposición a los riesgos nunca es aleatoria10. Sigue las líneas de fractura raciales y sociales. El privilegio sensorial del Norte global se paga con la vulnerabilidad impuesta al Sur global y a las poblaciones precarias, cuyos cuerpos son los primeros receptores de la toxicidad del mundo.

Esta anestesia de los privilegiados tiene una consecuencia política importante, teorizada por Rob Nixon bajo el nombre de «violencia lenta» (slow violence)11. A diferencia de las catástrofes espectaculares que captan la atención de los medios de comunicación, la crisis climática es a menudo una violencia de desgaste, dispersa y diferida. Al desarrollarse fuera de la vista y los sentidos de quienes detentan el poder de decisión, esta violencia permanece políticamente invisible. Recibimos datos catastróficos en las pantallas, pero nuestros cuerpos siguen diciéndonos que «todo va bien». La disonancia entre el intelecto (que sabe) y los sentidos (que no sienten) es demasiado fuerte para ser superada solo con la voluntad.

Este concepto de privilegio sensorial permite esclarecer un enigma que atraviesa la educación climática: ¿por qué la educación parece eficaz en el Sur e ineficaz en el Norte? De hecho, los estudios internacionales muestran que los factores determinantes de la conciencia climática difieren radicalmente según el contexto12. En los países del Sur, directamente expuestos a la violencia material del clima, el conocimiento es una herramienta de supervivencia que favorece la adaptación concreta (cambiar las fechas de siembra, proteger el hábitat). La educación es eficaz allí porque se basa en una «prueba tangible»13. Por el contrario, en las sociedades protegidas del Norte, el conocimiento, desconectado de la experiencia carnal por nuestras infraestructuras, no conduce a la acción, sino a la polarización. Cuanto más se educa a una persona en Estados Unidos, por ejemplo, más capaz es de justificar su inacción o defender su bando ideológico14. El privilegio sensorial transforma así la ciencia en una opinión como cualquier otra, alejada de la urgencia vital.

Sin embargo, a veces esta burbuja estalla. La ilusión de invulnerabilidad se derrumba cuando el agua o el fuego traspasan los diques del privilegio, incluso en el corazón de Europa. Las mortíferas inundaciones que azotaron Bélgica y Alemania en 2021, o más recientemente la región de Valencia en España, han recordado brutalmente la materialidad del desastre. Al igual que durante el «verano negro» australiano de 2019-2020, donde no solo era el humo, sino la destrucción masiva del hábitat y la vida silvestre lo que se imponía a los sentidos. Estos acontecimientos actuaron como irrupciones de la realidad.

En estos momentos de cambio, la crisis deja de ser una abstracción estadística para volver a ser una experiencia carnal: el olor del barro, el calor insoportable, la ruina de los paisajes familiares. Estos choques sensoriales provocan invariablemente estupor y, a menudo, un estallido de solidaridad.

Pero la resiliencia del sistema de invisibilidad es formidable. Muy pronto, se pone en marcha otro mecanismo para «reparar» esta brecha e impedir que la emoción se convierta en una ruptura política duradera15. Ante esta constatación, es grande la tentación de recurrir a la educación para reparar estos vínculos rotos. Pero, como veremos, la escuela y los dispositivos de sensibilización también tienen dificultades para romper el muro de la invisibilidad.

Las artimañas de la desrealización: de la escuela al Mural

Incluso cuando intentamos romper este muro de invisibilidad mediante dispositivos pedagógicos, el sistema tiende a reconfigurarse para neutralizar la crítica. La observación de las prácticas educativas actuales, desde la escuela hasta los talleres de sensibilización, ofrece un ejemplo llamativo de ello.

La institución escolar, por su propia «forma», tiende a despolitizar el clima. Como muestran las investigaciones de campo, la escuela aborda la complejidad desde su perspectiva científica (el ciclo del carbono), pero tiene dificultades para abordar los conflictos sociales y económicos16. A menudo se limita a una «educación en pequeños gestos» (clasificar los residuos, apagar la luz) que individualiza la responsabilidad y deja en la sombra las infraestructuras productivistas. Esto tiende a transformar la ecología en una moral cívica que, además de ocultar las relaciones de producción, contribuye a agravar las desigualdades escolares al valorizar las prácticas de las familias más favorecidas17. Al valorizar un conocimiento desencarnado, la escuela participa paradójicamente en la construcción del privilegio sensorial: enseña que se puede conocer el mundo a distancia, sin sufrir sus condicionantes.

Sin embargo, otros dispositivos intentan volver a anclar el conocimiento. Es el caso de La Fresque du Climat [Mural del Clima], que se ha convertido en un fenómeno social. Mediante la manipulación de mapas y la visualización de las relaciones de causa y efecto, este taller busca «rematerializar» el conocimiento para provocar un clic18.

Pero, una vez más, el sistema de invisibilidad se resiste. Al confrontar brutalmente a los participantes con la magnitud sistémica del desastre sin ofrecer al mismo tiempo salidas políticas a la altura, el dispositivo corre el riesgo de producir una «lucidez paralizante»19. El choque cognitivo se convierte en ecoansiedad o estupefacción, a falta de palancas de acción colectiva. Vemos el problema, pero seguimos sin ver la forma de actuar sobre el sistema, lo que devuelve al participante a su impotencia individual.

La fábrica de la inconsistencia

Si la educación tropieza con estos obstáculos es porque la invisibilidad no es solo un accidente pedagógico, sino una producción política. Junto a las dimensiones material y sensorial, se necesita un tercer pilar para que el edificio se mantenga en pie: la dimensión cognitiva. Porque, a pesar de todo, la información se filtra. Para mantener el statu quo, el sistema no solo debe ocultar la realidad física, sino que debe organizar activamente nuestra incomprensión política.

Este trabajo de confusión se ha teorizado bajo el nombre de agnotología, o ciencia de la producción de la ignorancia20. Lejos de ser una simple ausencia de conocimiento, la ignorancia es aquí una construcción estratégica. Como demostraron Naomi Oreskes y Eric Conway en Mercaderes de la duda, la industria fósil ha financiado durante décadas amplias campañas de desinformación para transformar un consenso científico en una «controversia» pública21. El objetivo no era demostrar que el calentamiento global no existía, sino sembrar la duda suficiente para paralizar la decisión política.

Sin embargo, la invisibilidad cognitiva contemporánea ha mutado. Ya no se basa únicamente en la negación frontal, que se ha vuelto difícilmente sostenible, sino en una estrategia más insidiosa de saturación y fragmentación. Aquí es donde se cierra la trampa de la hipervisibilidad desrealizante antes mencionada. Como analiza el sociólogo de los medios de comunicación Maxwell T. Boykoff, el tratamiento mediático del clima tiende a presentar la crisis como una sucesión de acontecimientos episódicos y espectaculares, desconectados de sus causas estructurales22

La ciudadanía se enfrenta a un hiperobjeto inaprensible, a la vez omnipresente y abstracto. Estamos sobreinformados, pero esta información no conduce a la comprensión: produce fatiga y cinismo.

Esta desrealización es tanto más eficaz cuanto que se basa en mecanismos de defensa identitarios. ¿Por qué, ante la evidencia, una parte de la población sigue negándose a ver? La politóloga Cara Daggett ofrece una valiosa clave de lectura con su concepto de «petromasculinidad»23. Muestra cómo el consumo de energías fósiles ha estado históricamente vinculado, en el imaginario occidental, a los ideales de autonomía, poder y virilidad. Desde esta perspectiva, reconocer la vulnerabilidad climática no es solo un costo económico, sino una amenaza existencial para una identidad construida sobre el dominio de la naturaleza. La negativa a ver se convierte entonces en una reacción defensiva violenta, un medio para proteger un mundo y un estatus social amenazados de obsolescencia.

En definitiva, estas tres dimensiones –material, corporal y cognitiva– no son barreras accidentales que se acumulan al azar. Son los órganos vitales de la modernidad capitalista. Este sistema económico, que podríamos calificar de «transversal», solo puede perdurar organizando su propia invisibilidad.

Debe ocultar la extracción para vender la mercancía (materia oscura), debe aislar a los ganadores de la globalización de los daños que causan (privilegio sensorial) y debe transformar la crítica política en angustia individual o en guerra cultural (desrealización). La inacción no es, por tanto, un fallo del sistema, sino la prueba de que funciona exactamente como estaba previsto.

Conclusión: hacia una política de revisibilización

El diagnóstico es sombrío, pero tiene el mérito de ser claro. Si la inacción climática no es un fallo accidental de la información, sino el producto de un sistema que organiza su propia ocultación, entonces la respuesta no puede limitarse a la «sensibilización». Ya no se trata solo de convencer a las mentes con gráficos, sino de transformar las condiciones materiales y sensibles de nuestra experiencia del mundo. 

Precisamente por eso, el vocabulario dominante de la «transición energética» es una trampa. Como señala Fressoz, este término actúa como un mito tranquilizador: sugiere un cambio fluido y tecnocrático de un estado a otro, sin cuestionar la estructura de nuestras necesidades ni la opacidad de nuestros suministros. Creer en la transición es creer que se pueden cambiar las lámparas sin tocar la arquitectura de la casa. Sin embargo, salir de la inacción exige una ruptura mucho más radical: abandonar el ideal de un mundo «sin costuras». Es romper con lo que Geneviève Pruvost denomina la «fábrica encubierta», ese modo de existencia en el que la comodidad del más mínimo gesto (pulsar un interruptor, comprar un producto) se paga con la ocultación sistemática del trabajo de subsistencia y la materialidad del mundo24

El reto es, por tanto, hacer realidad una política de revisibilización. Esto implica tres enormes tareas. En primer lugar, hacer visibles nuestras dependencias materiales: trazar los flujos metabólicos, rechazar la magia de la mercancía sin historia y exponer la materialidad bruta de la acumulación energética. A continuación, cuestionar las infraestructuras del privilegio sensorial que aíslan a las clases acomodadas de la realidad, con el fin de compartir de forma más equitativa la vulnerabilidad ante un mundo que cambia. Por último, construir un saber que no sea solo una abstracción científica, sino un conocimiento situado y sensible. 

Esta política no estará exenta de conflictos. Existe una paradoja reveladora que frena este enfoque: las alternativas energéticas suelen ser objeto de controversia precisamente porque hacen que la energía sea visible. Nos oponemos a un aerogenerador porque marca el paisaje con su presencia industrial, mientras que aceptamos sin pestañear los oleoductos subterráneos, los petroleros en alta mar o las centrales nucleares lejanas, que tienen el buen gusto de permanecer invisibles. Este rechazo estético delata nuestro apego a la comodidad de la ocultación. Preferimos un veneno invisible a un remedio visible.

Sin embargo, esta fricción es necesaria. Una democracia ecológica no puede ser un mundo sin asperezas, donde todo funciona sin que sepamos cómo. Por el contrario, es un mundo en el que las restricciones, los límites y las consecuencias de nuestras elecciones se presentan ante nuestros ojos, aunque ello suponga herir nuestra mirada o nuestra comodidad. Para poder deliberar sobre nuestro futuro, primero debemos recuperar la vista.

 

Fuente: Nueva Sociedad - Febrero 2026

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