Macrismo, endeudamiento y la función del FMI

Claudio Scaletta


El peor análisis político es el que se hace sobre la base de las intenciones. Y en economía describir las intenciones de los actores no sirven más que para la catarsis, nunca para comprender ni resolver los problemas. Por ello, a veces conviene empezar por los conceptos más elementales.

  Cualquier relación colonial está definida por la extracción metropolitana del excedente. El proceso de extracción se perfeccionó con el desarrollo de las sociedades. En tiempos primigenios consistía en invadir al “enemigo”, clavar la bandera y asociarse con las clases dominantes conquistadas para usufructuar el sistema impositivo. Donde estas clases no existían, es decir donde no existía un sistema previo de explotación del trabajo, la conquista siempre se dificultaba. Para traer un ejemplo cercano, aunque no perfecto, piénsese en la Araucanía versus el imperio incaico. 

  Ya en tiempos del capital comercial se comprendió que la misma extracción podía lograrse con un ejercicio del poder más quirúrgico, por ejemplo con el monopolio del comercio, como lo hizo España con sus colonias americanas. Sintetizando la historia, la revolución de mayo fue posterior a las invasiones inglesas. El Reino Unido no tardó en comprender que apropiarse del excedente colonial de América demandaba algo más sofisticado que la actividad de sus corsarios o las invasiones directas: la libertad de comercio, precisamente el lema de los “contrabandistas” de Buenos Aires en mayo de 1810 que desde hacía décadas combatían el monopolio comercial de la corona. Nótese nuevamente que la dominación colonial siempre entraña una asociación entre las clases dominantes de la metrópoli y las de la colonia. Y también que, para funcionar, esta alianza debe ser provechosa para ambas partes. Recurriendo, una vez más, al siempre luminoso Antonio Gramsci, las clases dominantes de la periferia funcionan como “auxiliares” de las “hegemónicas” de los países centrales, una interpretación que también puede encontrarse en José Carlos Mariátegui. Una forma de entenderlo en el presente, es decir bajo el orden mundial conducido por las multinacionales, es imaginarse la composición de la estructura jerárquica de una gran empresa transnacional y sus procesos internos de toma de decisiones.

  Pero la historia no se detuvo, nunca lo hace. A la era del capital comercial la sucedió la del capital financiero. Las relaciones comerciales no se reemplazaron, pero se empoderó en la cúspide del sistema un nuevo actor: las finanzas. Sin profundizar en la historia, la consolidación de este capital se produjo a partir del “reciclaje de los petrodólares”, el endeudamiento de la periferia y las posteriores crisis de estas deudas cuando llegó el momento de reflujo. Si en la era del capital comercial el mecanismo de extracción del excedente fue el comercio, en la del capital financiero el mecanismo pasó a ser la deuda. La deuda se lleva todos los dólares excedentes que la economía es capaz de producir, sin clavar una bandera, disparar un solo tiro ni mover contenedores. 

 Comprenderá el lector que ya se llegó al punto: el FMI. Sin embargo, el rol del Fondo supone una vuelta de tuerca superior. Con el FMI la extracción del excedente no se produce sólo por la vía del pago de deuda, sino que se agrega el diseño de las políticas económicas del deudor. Nótese además que todo ocurre “como si” la relación colonial no tuviese rostro, como si no existiese una metrópoli concreta de la cual desembarazarse. La dominación ocurre en el mundo abstracto de los mecanismos. Pero, como enseña la gran prensa, manteniendo siempre la necesidad de enviar señales amistosas al acreedor. Un título de esta semana del diario Clarín lo grafica con claridad: “En medio de la tensión con EEUU por el FMIAlberto Fernández asumió como presidente de un organismo de perfil anti norteamericano”. Obsérvese cuánto metalenguaje hay en ese texto a pesar de su carácter explícito.

  Regresando a la deuda, también ella pareció ocurrir en un mundo abstracto y con ausencia de transacciones de bienes reales. Mauricio Macri sostuvo sin sonrojarse que los 100 mil millones de dólares de deuda neta adicional tomados por su gobierno fueros usados “para pagarle a los bancos”. Lo que en realidad sucedió fue muy distinto y comienza en el mundo de la mala teoría. Los funcionarios macristas sostenían dos creencias básicas. La primera era que el problema de la economía local pasaba por la falta de “confianza” y, en consecuencia, que bastaría con que ellos lleguen al poder para que cambie la visión de los actores. Dicho de otra manera creían que, efectivamente, la “lluvia de inversiones” se produciría. La realidad fue que los únicos que confiaron en el macrismo fueron los capitales financieros, especialmente, como lo reconoció el deslucido Nicolás Dujovne, porque la economía estaba desendeudada y las tasas para la bicicleta eran muy atractivas. Ahora bien ¿Qué conducta puede esperarse de alguien que creer que tendrá muchos dólares en el futuro? Una posibilidad es que tome deuda desaforadamente, como efectivamente sucedió. Al macrismo no le importaba su tremendo déficit externo porque lo financiaba con el exterior, lo que fue el comienzo de la bola de nieve que traería de vuelta al FMI.

  La segunda creencia, aun más dañina, fue que el dinero siempre es fungible, que “los pesos son iguales a los dólares dado un determinado nivel de tipo de cambio”. El macrismo no sólo se endeudó para financiar déficit externo, sino también para dolarizar deuda en pesos, probablemente su peor extremo de mala práxis económica. La dimensión financiera no fue menor. Eso que los economistas ortodoxos denominan “déficit cuasifiscal”, es decir la remuneración de los instrumentos de política monetaria, significa, con libre movilidad de capitales, una salida de recursos que debe ser financiada con moneda dura. A eso se refería con torpeza Macri al decir que la plata que desembolsó el Fondo se usó “para pagarle a los bancos”, un verdadero sincericidio si el tema fuese comprendido por su base electoral. La realidad es que los recursos se usaron para financiar el déficit externo, para dolarizar deuda en pesos y para pagar la dolarización del producto de la valorización financiera de los capitales que ingresaron para aprovechar las supertasas ofrecidas por el Banco Central. Vale aclarar que subir tasas y mantenerlas altas está muy bien para recuperar el valor de la moneda propia, pero también quedó claro que ello no funciona fuera del contexto de un plan general. La contrapartida de los 100.000 millones de dólares de endeudamiento no fueron ni obras de infraestructura (¿se acuerdan del Plan Belgrano, que hasta tenía un “presidente”?) ni mucho menos el financiamiento del déficit fiscal, que es en pesos salvo que se dolarice voluntariamente deuda en moneda local. La contrapartida real del endeudamiento, entonces, fue la salida de capitales. Finalmente, lo que no es un dato menor, esto es lo que el FMI siempre hace con las economías en crisis externa: aporta los dólares para garantizar la retirada valorizada de los capitales financieros. Precisando el lenguaje, “la plata del Fondo se usó para pagarle al capital financiero”. Su contrapartida fue el endeudamiento para generaciones de argentinos, lo que condiciona el presente hasta el límite, pero un endeudamiento que extrañamente parece no importarle en absoluto al núcleo duro del electorado opositor, que simplemente sigue negando el dato contra la contundencia de los números y las restricciones.

  Lo que viene es la parte más dura de la negociación con el Fondo, que sigue actuando como si no tuviese ninguna responsabilidad en la generación del actual cuadro de situación, pero que se planta en su posición de poder real, que es la de representante del poder financiero global con el respaldo político militar de la OTAN. En el plano local cuenta también con el apoyo societario de las clases dominantes locales, “auxiliares de las hegemónicas de los países centrales”, lo que dificulta cualquier acuerdo por fuera de los estándares habituales del organismo. Para un país con Reservas Internacionales netas en su límite inferior, los grados de libertad frente a la negociación se aproximan peligrosamente a cero. La historia se repite y el límite vuelve a ser el mismo que a comienzos de siglo: la resistencia social.

 

eldestape - 8 de enero de 2022

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