Laclau, populismo para indignados

Dan Hancox
Cuando Ernesto Laclau murió en abril pasado a los 78 años, pocos imaginaban que este post-marxista argentino educado en Oxford se convertiría en la figura intelectual clave de un proceso político que nació seis semanas después, cuando el partido de izquierda español Podemos obtuvo cinco escaños y 1,2 millón de votos en las elecciones europeas de mayo. En su carrera académica, durante la mayor parte de la cual fue profesor de teoría política en la Universidad de Essex, Laclau elaboró un vocabulario que superaba el pensamiento marxista clásico, reemplazando el análisis tradicional de lucha de clases por el concepto de “democracia radical”, que excedía los estrechos límites de la urna (o del sindicato).

Y, lo que es más importante para Syriza, Podemos y sus nerviosos simpatizantes fuera de Grecia y España, trató de rescatar al “populismo” de sus muchos detractores.

Íñigo Errejón, uno de los estrategas clave de Podemos, en 2011 terminó su doctorado sobre el populismo boliviano reciente inspirándose en Laclau y su esposa y colaboradora, Chantal Mouffe, como explica en su obituario. Leer lo que escribe Errejón sobre Laclau es tomar un atajo para entender las fuerzas intelectuales que están moldeando el futuro de Europa. El triunfo de Syriza en Grecia, por ejemplo, se ha visto impulsado directamente por las ideas de Laclau y el grupo de Essex, entre cuyos ex alumnos se cuentan un parlamentario de Syriza, el gobernador de Atenas, y Yanis Varoufakis, actual ministro de Finanzas de Grecia. Syriza edificó su coalición política exactamente como aconseja Laclau en su libro clave de 2005 La razón populista –según las palabras del profesor David Howarth, “uniendo diferentes demandas al centrarse en su oposición a un enemigo común”.

En el sector mediterráneo de la Europa austera, el enemigo común no es difícil de identificar. Durante las protestas masivas y los acampes de los indignados españoles en el verano boreal de 2011, uno de los principales eslóganes fue la consigna intrínsecamente populista “Esta no es una cuestión de izquierda contra derecha, es de los de abajo contra los de arriba”. En las palabras de Laclau, se trata de “la formación de una frontera antagónica interna” como esta, entre “el pueblo” en sentido amplio y una clase gobernante poco dispuesta a ceder a sus demandas, lo que allana el camino para un movimiento populista como Podemos.

Se pueden ver las mismas realidades políticas y sociales, el mismo terreno fértil para un movimiento populista de masas y la misma posibilidad de “democracia radical” en el asombrosamente exitoso grupo activista español PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca). Una encuesta de 2013 del diario El País reveló un apoyo del 89% a la campaña de acción directa, suspensión de los desalojos y escraches de la PAH. Sorprendentemente, el porcentaje de aprobación siguió casi igual de alto entre los votantes del Partido Popular de derecha, en 87%.

Con más de 500.000 desalojos desde 2007 y enormes recortes de los servicios públicos implementados por el primer ministro español Mariano Rajoy y dictados por la troika, hubo momentos en que los servicios sociales de España tomaron contacto con una de las 150 filiales locales de la PAH en busca de ayuda. Cuando un movimiento activista radical se vuelve exitoso al punto de ser convocado a realizar el trabajo del Estado, no sólo por ciudadanos vulnerables sino también por el mismo Estado, la coyuntura política se vuelve llamativa por su singularidad. Podemos abreva directamente en la obra de Laclau para aprovechar esta oportunidad, rechazando a la vieja izquierda española del PCE (comunistas), la desacreditada austeridad “light” del PSOE (socialistas) en las urnas y transmitiendo una idea renovada de populismo de izquierda.

El objetivo de Laclau era invertir el análisis del populismo, subvirtiendo la noción recibida que, explícita o implícitamente, utiliza el término en forma peyorativa. En general, calificar a una persona o un movimiento de populista implica que apelan a los instintos más bajos, tocando los denominadores comunes más innobles como un martillo las campanillas de viento y sacrificando la agudeza intelectual en pos del éxito a corto plazo. ¿Por qué, preguntaba Laclau, esto necesariamente tiene que ser así? ¿Y si su vaguedad, simplificación e imprecisión fueran cualidades buenas y necesarias en un movimiento político? Escribe: “¿La ‘vaguedad’ de los discursos populistas no es acaso consecuencia de que la realidad social misma, en algunas situaciones, es vaga e indeterminada?” Es importante, continúa Laclau, “explorar las dimensiones performativas” del populismo. ¿A qué ayuda el proceso de simplificación y vaciamiento? ¿Cuál es “la racionalidad social que expresa”?

En el caso de Podemos, atacar repetidamente a la casta (las élites) puede parecer simple o trillado en los papeles, como han argumentado algunos, pero expresar el propio rechazo en el contexto de la dominación de España por un “régimen del 78” (el año de la constitución posfranquista) corrupto e irreformable, que es esclavo de la troika y sus amigos de los bancos rescatados, así como por los cuarenta años de patriarcado franquista que lo precedieron, se vuelve potencialmente trascendente.

Laclau también alentó a los movimientos como Podemos a pensar en a quién sirve el antipopulismo. El rechazo y la denigración del populismo fueron “parte de la construcción discursiva de una cierta normalidad, de un universo político ascético del cual debían ser excluidas sus lógicas peligrosas”. Es aquí donde las palabras de Laclau iluminan la crisis actual: este universo, esta normalidad construida, es trágicamente familiar. Es un universo en el cual el centro vigila las fronteras del pensamiento político y en el que a Ed Miliband se lo puede llamar “rojo” mientras promete instrumentar políticas de austeridad neoliberales. Es también un universo en el cual los líderes más conocidos de la izquierda nominal, desde el Partido Laborista parlamentario a los trotskistas, exhiben una falta patológica de fe en grandes sectores de la población.

Y este es el meollo de la cuestión: al populismo se lo considera peligroso porque la democracia es peligrosa. “La racionalidad pertenece al individuo”, escribe Laclau caracterizando la tesis antipopulista y, cuando el individuo toma parte en una multitud o movimiento de masas, está sometido a los elementos más criminales o bestiales de ese grupo y sufre una “regresión biológica” a un estado menos iluminado.

El desprecio de las élites por las masas es fácil de identificar en la historia reciente de España –una tierra de patriarcas, terratenientes, sacerdotes y, sobre todo, del generalísimo Franco, padre censor del Estado-nación. Los indignados no fueron los primeros que protestaron por millones allí. El líder de Podemos Pablo Iglesias dice que su primer recuerdo político fueron las manifestaciones contra la OTAN en los 80; también Irak y las marchas y huelgas sindicales masivas. Las líneas de falla laclauianas entre una masa del “pueblo” y “el régimen del 78” ya existían con cierto grado de solidez antes de 2008, pero hizo falta la serie notable de acontecimientos ocurridos desde que comenzó la crisis para endurecer esa “frontera interior”. Iglesias señaló que la conversación en las plazas en 2011, y luego en los programas televisivos de entrevistas de izquierda, como La Tuerka, se había vuelto mucho más importante que la que se desarrollaba en el parlamento. Lo sucedido en España desde 2008 constituye lo que Raymond Williams denominaba una nueva “estructura de sentimiento”, un cambio en la experiencia vivida de la gente común, una nueva cadena de demandas distribuidas por canales más públicos y más auténticamente democráticos. Lo que cambió fue algo que, según las palabras de Iglesias, “funciona en el magma y de pronto hace que muchas personas de este país vean a un tipo con cola de caballo en la televisión y lo escuchen”.

Revista Ñ - 24 de febrero de 2015

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