El espejo de las izquierdas latinoamericanas

Facundo Fernández Barrio


Con más de 60 millones de votos, Lula da Silva acaba de convertirse en el nuevo presidente electo de Brasil, tras una campaña marcada por la violencia política y la consolidación de la derecha radical. A partir del 1 de enero, el ex metalúrgico deberá enfrentar un escenario extremadamente complejo, con una sociedad fracturada, un Congreso con mayoría conservadora, las fuerzas armadas empoderadas tras cuatro años de bolsonarismo y un creciente poder de las milicias parapoliciales en las periferias urbanas. El regreso del PT no sólo será una prueba definitiva para la izquierda brasileña sino también un espejo en el que van a mirarse las fuerzas progresistas de la región.

En la segunda vuelta electoral más peleada desde el regreso a la democracia, Luiz Inácio Lula da Silva acaba de convertirse en el primer presidente electo para un tercer mandato en Brasil, mientras que Jair Bolsonaro acaba de convertirse en el primero que intenta la reelección y no la consigue. Con más de sesenta millones de votos, Lula batió su propio récord de 2006 y es el candidato más votado −en números absolutos− en la historia del país. Aun así, la diferencia fue mínima e incluso menor de lo que pronosticaban las encuestas: 50,9 por ciento para Lula y 49,1 por ciento para su adversario.

—Es la victoria de un inmenso movimiento democrático —festejó Lula en San Pablo a poco de conocerse los resultados. 

Su triunfo se explica por la vigencia de su popularidad personal, sobre todo en el nordeste del país, pero también por la aversión a Bolsonaro de un amplio espectro político que cerró filas detrás del Partido de los Trabajadores (PT) y que planteó la campaña en términos de democracia o peligro de autocracia. Con medio país a favor y medio en contra, Lula hizo un rápido llamado a la unidad: 

—Es hora de restablecer la paz entre los que piensan distinto. No existen dos Brasil. Somos un único país, un único pueblo, una gran nación.

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En la noche del domingo, Bolsonaro no hizo declaraciones y se fue a dormir temprano, según informaron los voceros del Palacio de Planalto. Ni siquiera recibió a sus ministros. Algunos de sus aliados hablaron por él y reconocieron el triunfo de Lula. A menos que haya sorpresas en las próximas horas, los temores previos a que el bolsonarismo no admitiera la derrota parecen despejados. Todos los demás temores sobre lo que empieza para Brasil a partir de hoy siguen en pie.

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El 7 de abril de 2018, unos minutos antes de entregarse a la Policía Federal para que lo metieran preso, Lula habló ante una multitud frente al Sindicato de los Metalúrgicos en el conurbano de San Pablo. 

—De nada sirve que intenten acabar con mis sueños, porque cuando yo pare de soñar, soñaré a través de las cabezas de ustedes —le dijo a una militancia en estado de ruina emocional—. De nada sirve que ellos crean que me van a parar. No voy a parar porque ya no soy un ser humano: soy una idea.

Parecía un discurso de legado, de despedida. Lula nombró varias veces a las figuras jóvenes y prometedoras de su espacio político, aquellas que, se suponía, lo reemplazarían como nuevos liderazgos de la izquierda brasileña.

Mucha, demasiada agua corrió bajo el puente desde entonces: los 580 días en la cárcel, la liberación tras un recurso de inconstitucionalidad, la anulación de las condenas por supuesta corrupción que le había impuesto el entonces juez Sergio Moro y la confirmación de que habían sido un mamarracho jurídico y procesal, la rehabilitación de los derechos políticos de Lula, la constatación de que él seguía siendo el único candidato competitivo del PT, el lanzamiento para presidente, la campaña electoral más violenta de la historia de Brasil, una primera vuelta peor de lo que la izquierda esperaba y un balotaje en el que Lula ganó por un margen finísimo.

Y en medio de todo eso, el gobierno de Jair Bolsonaro, la etapa más crítica para la democracia brasileña desde el fin de la dictadura militar y el estreno en el poder de una derecha radical que demostró conservar una fuerza suficiente como para condicionar a cualquiera. Ya lo reconoció el propio Lula un par de semanas antes de la elección: 

—Nosotros vamos a tener un problema, porque vamos a ganar, vamos a derrotar a Bolsonaro, pero el bolsonarismo está creado.

Con 77 años, Lula se convertirá en uno de los presidentes más longevos del mundo, sólo superado en Occidente por el estadounidense Joseph Biden. El recambio en el PT nunca llegó y en sus filas hay consenso en que cualquier otro candidato habría perdido contra Bolsonaro. Lula ya avisó que esta vez gobernará por un solo mandato. Lo que viene será su episodio final: una última oportunidad para −esta vez sí− consagrar una idea más allá del ser humano.

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En 2005, Lula da Silva, Néstor Kirchner, Hugo Chávez y Tabaré Vázquez le dijeron “no” al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) impulsada por Estados Unidos, en una Cumbre de las Américas que pasó a la historia como el hito fundacional de la alianza entre los heterogéneos progresismos latinoamericanos. Kirchner, Chávez y Vázquez están muertos. De los que les siguieron en la región durante la primera década de los dos mil, Fernando Lugo fue destituido ilegalmente, Rafael Correa, perseguido hasta el exilio, Evo Morales sufrió un golpe de Estado, José Mujica se retiró de la función pública y Michelle Bachelet se volcó a su trabajo en la ONU.

Además de Cristina Fernández de Kirchner, Lula es el único líder de aquella primera generación que se mantiene en carrera como opción de poder. Si para el peronismo “con Cristina no alcanza y sin Cristina no se puede”, para el PT con Lula alcanzó y sin Lula ni soñarlo. Su tercer gobierno no sólo será una prueba definitiva para la izquierda brasileña sino también un espejo en el que van a mirarse las fuerzas afines de la región. Si a él le va mal, ¿qué les queda a los demás? 

Cuando Lula asumió en 2003, Brasil era la 13ª economía mundial. Cuando dejó el gobierno a fines de 2010, el país había trepado hasta la séptima posición. En 2018, Bolsonaro empezó en el noveno lugar. Ahora deja a Brasil otra vez en el puesto número trece. Más allá del ranking global, las condiciones en las que Lula vuelve no tienen nada que ver con las de su primera presidencia. Cuatro años de bolsonarismo no fueron gratuitos, como tampoco el fracaso del segundo mandato de Dilma Rousseff ni el interinato del destituyente Michel Temer. Al deterioro social estructural de Brasil se suman un descrédito sin precedentes de la política y una alternativa de poder antidemocrática que sabe expresar y explotar ese hartazgo. Cualquier semejanza con Argentina y otros países de la región y el mundo no es ni remotamente una mera coincidencia.

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Desde el 1º de enero de 2023, Lula enfrentará un escenario complejo en términos de gobernabilidad y relación con los factores de poder. En el Congreso, el Partido Liberal de Bolsonaro tendrá las bancadas más numerosas en ambas cámaras, lo que aumentará la dependencia del PT respecto de sus negociaciones cotidianas con los legisladores del acomodaticio centrão. El nuevo gobierno lidiará con un Congreso de mayoría conservadora, en el que la derecha radical creció a expensas de la derecha tradicional y moderada.

En los debates presidenciales previos a la elección, Lula comenzó a enviar señales conciliadoras hacia otros actores pesados y reacios a su figura: las fuerzas armadas y de seguridad. La jornada electoral dejó una muestra explícita de lo difícil que puede resultar ese vínculo al PT. En el nordeste del país, el mayor bastión petista, la Polícia Rodoviária Federal, encargada de controlar las rutas, ejecutó decenas de operativos sorpresa para dificultar el acceso popular a los centros de votación, una maniobra que referentes de la oposición denunciaron como “golpista”.

En cuanto a los militares, su tradición histórica de tutelaje sobre el sistema político se exacerbó al máximo durante el gobierno de Bolsonaro, en el que el generalato llegó a ocupar puestos destacados en casi todas las áreas de gestión. Los uniformados más que duplicaron su presencia en cargos civiles durante los últimos cuatro años. Para las fuerzas armadas, el capitán retirado Bolsonaro no fue un exponente genuino del espíritu castrense sino una oportunidad a costo cero para aumentar su cuota de influencia sobre la política. Lula, un ex sindicalista que protagonizó la resistencia a la dictadura en los primeros años ochenta, deberá cargarse esa herencia.

Con Bolsonaro ya en retirada, la relación con los medios de comunicación es otro de los frentes en los que Lula necesitará reinventarse. De la misma forma que la corporación judicial acabó exonerándolo tras años de haberlo impugnado, la prensa masiva que había jugado decisivamente a favor de la destitución de Rousseff y de la cárcel del ex presidente llega al final del mandato de Bolsonaro llorando por el giro antidemocrático que pegó Brasil. Aun así, ninguno de los grupos mediáticos importantes se casó con el PT, y todos ellos saben que la híper sensibilidad de amplios sectores de la sociedad brasileña frente a la corrupción no tiene marcha atrás. El tercer gobierno lulista no puede permitirse otro Mensalão ni otro Petrolão

Durante la campaña, los medios le reprocharon a Lula su indefinición sobre el programa económico. En el mundo de los negocios hay ansiedad por quién asumirá como ministro de Hacienda y cuál será el rumbo de las primeras medidas. Lula nunca fue un enemigo de “los mercados”: durante sus primeras dos presidencias, los bancos, el agronegocio y otros sectores concentrados de la economía obtuvieron niveles récord de rentabilidad. Hoy, en un contexto de agudización de la crisis internacional, la disputa por la repartija de la torta recrudece como pocas veces antes. Las presiones del círculo rojo sobre el futuro gobierno, también.

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En Brasil hay 33 millones de personas que pasan hambre. El sesenta por ciento de la población no puede asegurar las cuatro comidas diarias. Desde hace décadas es uno de los países más desiguales del planeta: según datos de Oxfam Internacional, un brasileño con un salario promedio debe trabajar unos veinte años para ganar lo mismo que lo que un brasileño perteneciente al 0,1 por ciento más rico consigue en un mes.

La fractura social, que también es racial y geográfica, volvió a reflejarse en las urnas: los pobres apoyaron mayoritariamente a Lula. Sin embargo, el 49 por ciento de los votos para Bolsonaro no puede explicarse sin el concurso de sectores marginados. La Zona Oeste de Río de Janeiro vale como ejemplo: representa casi la mitad del padrón carioca, es el área más empobrecida de la ciudad y allí Bolsonaro logró una victoria aplastante, muy por encima de la media de votos totales que sacó en Río. Es una zona dominada por las milicias, las fuerzas parapoliciales que hoy aparecen asociadas al bolsonarismo y que millones de ciudadanos pobres perciben como única protección frente a una violencia urbana desatada y un abandono del Estado del que el PT −que gobernó durante más de trece años ininterrumpidos− también es responsable.

Si el Congreso, las fuerzas armadas y de seguridad, los medios y los empresarios encarnan las dificultades que enfrentará el gobierno de Lula en el plano institucional, el poder de las milicias en las periferias de las grandes ciudades brasileñas, sobre todo en el sudeste del país, representa uno de sus mayores desafíos a nivel territorial. El otro: las iglesias evangélicas, una confesión religiosa que hoy agrupa a casi un tercio de los brasileños adultos y que, según las encuestas, tiene un setenta por ciento de votantes de la derecha radical entre sus fieles.

Durante la recta final de la campaña, Lula hizo grandes esfuerzos para acercarse a ese electorado esquivo, mostrándose como un hombre de fe y de familia. La influencia política de los evangélicos más conservadores le marca límites a las intenciones del PT que en Argentina, por ejemplo, son impensados desde hace rato. En el último debate presidencial, Lula sacó a relucir un discurso de Bolsonaro de 1992, cuando era diputado, en el que había mencionado la “píldora del día después” como un mecanismo posible para el control de la natalidad. Que Lula haya acusado a Bolsonaro de abortista dice bastante sobre las posibilidades de que una agenda como esa encuentre espacio en su futuro gobierno. Como en tantos otros temas, a la izquierda brasileña le corrieron la cancha. Pero al menos no pudieron sacarla del partido.

 

Revista Anfibia -  31 de octubre de 2022

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