Afganistán: la necrópolis de los Gigantes

Eduardo Crespo


Mucho se comentó en estos días y más aún se escribirá en el futuro sobre la retomada del poder por los talibanes en Afganistán. Si bien para algunos esta noticia no fue una sorpresa, llamó la atención la velocidad con la que se precipitaron los hechos. En pocos días ocurrió todo aquello que se preveía para los meses (o años) venideros.

Ante lo que se evaluaba como una inevitable victoria talibán, como suele ocurrir en estos casos, la mayoría de las tropas al mando del gobierno de Kabul optaron por desertar o negociar rendiciones favorables. Con el tiempo conoceremos más detalles sobre operaciones militares, sobornos, la condición de mujeres y minorías étnicas o religiosas, así como anécdotas, fotos y grabaciones de la caída del régimen fantoche amparado por Estados Unidos y sus aliados. En esta nota, por un lado, nos interrogamos sobre las constantes históricas que vuelven a distinguir a Afganistán como una maldición para los imperios que cometen el error de invadirlo. Por otro, proponemos una breve reflexión sobre la naturaleza inasible del poder social, la tecnología militar y la construcción de Estados. 

Afganistán volvió a convertirse en el escenario de una nueva derrota Imperial, confirmando su fama de “Cementerio de Imperios”. En el siglo XIX se había transformado en un sandwich geopolítico entre dos imperios rivales: el británico y el ruso. Unos presionaban desde el sur y los otros desde el norte. Los ingleses buscaban proteger el pasaje a la India (y el actual territorio de Pakistán), la “joya de la corona”, del avance de los rusos. Éstos, por su parte, pretendían expandir su territorio y encontrar una salida naval en aguas calientes. En Inglaterra esta larga disputa se conoce como “El Gran Juego”, mientras que en Rusia se la denomina “El torneo de las sombras”. Los ingleses invadieron el país en 1839, lo que desató una guerra que acabaría en 1842 como una de las peores humillaciones de toda la larga historia del Imperio. En 1879 volvieron a la carga con más éxito, ya que en 1881 lograron convertir a Afganistán en un protectorado. Los británicos anexaron algunos territorios y se hicieron cargo de su política exterior a cambio protección y subsidios para los emires que desde Kabul seguían formalmente a cargo de la mayor parte del territorio. Está situación se mantuvo hasta el final de la primera guerra mundial, cuando un nuevo enfrentamiento entre el Imperio y las tribus afganas selló la independencia del país en 1919.  

Desde entonces los gobiernos de Afganistán buscaron preservar la neutralidad entre anglosajones y soviéticos, aunque el país siguió siendo una pieza frágil y propensa a los terremotos típicos de fallas donde las placas tectónicas se cruzan. A partir de los años 60 las tensiones e intrigas internacionales, motivadas por un complejo juego de alianzas y disputas cruzadas a partir de la rivalidad entre soviéticos y norteamericanos, como el conflicto entre India y Pakistán y la ruptura de China con la Unión soviética, fueron deteriorando la situación política y económica en país. Los acontecimientos comenzaron precipitarse en 1973, luego de que el Rey Mohammad Zahir Shah fuera derribado por un golpe de Estado liderado por un miembro de su familia que instalaría una República amigable con la Unión Soviética. La agitación creciente entre el gobierno, distintas facciones comunistas y grupos islámicos auspiciados por el gobierno pakistaní, culminaron con la catastrófica invasión soviética de 1979. Fue uno de los puntapiés que determinaron la destrucción del antiguo Afganistán y la caída de la URSS. Desde Pakistán, Estados Unidos y sus aliados financiaban y entrenaban a los mujaidines que combatían a la URSS en una guerra de desgaste, el “Vietnam de la Unión Soviética”. Unos 15 mil soldados soviéticos perdieron sus vidas en Afganistán, mientras que los muertos, heridos, desplazados y exiliados afganos se cuentan por millones. En 1989 la Unión Soviética se vio obligada a retirarse, humillada, para derrumbarse dos años después.

La historia que sigue nos es más familiar. Decenas de miles de combatientes islámicos de todo el mundo se unieron a la Jihad -expresión que a esta altura ya no precisa traducción - contra el “comunismo ateo”. Más tarde, en un típico enredo de la historia, muchos de ellos, como el propio Bin Laden, se enemistaron con sus antiguos aliados de Occidente. Le siguieron los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la intervención norteamericana liderando un gran alianza de países el mes siguiente. La cruzada contra el terrorismo se utilizó también para justificar la desastrosa intervención de 2003 en Irak. Veinte años después se repite la historia británica y soviética con la escandalosa retirada de Estados Unidos y sus aliados. Las imágenes son aún más patéticas que aquellas de la caída de Saigón en 1975. Miles de personas desesperadas (quienes muy probablemente colaboraron con la intervención) colgadas de escaleras de aviones o escondidas en trenes de aterrizaje. Cuerpos que se desploman en los despegues y que rememoran las horribles imágenes de aquellos que también caían escapando del fuego de las torres gemelas dos décadas atrás. Quizás el comportamiento más vergonzoso lo protagonizaron varias unidades diplomáticas europeas, cuando optaron por retirarse sin ofrecer una mínima protección a sus colaboradores y compañeros de trabajo afganos. “Que se arreglen si optaron por el bando equivocado… nosotros”, parecen haber concluido.

¿Cómo explicar la recurrente derrota de imperios en Afganistán? Se alude a las dificultades del terreno, a las restricciones logísticas de guerrear entre estrechos y montañas… Seguramente estos elementos cuentan. Quizás en tiempos del Imperio Británico las tecnologías militares aún no eran lo suficientemente adecuadas para lidiar con obstáculos geográficos extremos. Los ingleses eran grandes expertos en la guerra naval. Pero sus ejércitos en tierra firme, por no hablar de montañas y desiertos, nunca fueron especialmente extraordinarios. En el caso de los soviéticos es indudable que no debieron enfrentar apenas a los afganos. Éstos contaban con algunas tecnologías sofisticadas, por ejemplo, los misiles Stinger proporcionados por Estados Unidos desde 1985 – que habían debutado en la guerra de Malvinas tres años antes -, y que los mujaidines utilizaban para derribar helicópteros soviéticos con facilidad. Las siempre letales AK-47 y sus parientes chinas y egipcias llegaban a manos afganas gracias al financiamiento de sus numerosos aliados de Occidente, incluyendo las teocracias islámicas de Medio Oriente.

¿Y qué decir de Estados Unidos y la coalición que ocupaba el país desde 2001? Es difícil imaginar que los principales inconvenientes hayan sido tecnológicos, aunque sean enormes los costos logísticos y en especial los riesgos de colocar soldados en estepas, desiertos y montañas. Tampoco puede sostenerse que los talibanes contaron con aliados poderosos. Aunque en los últimos años, ante la inminencia de su victoria, parecen habérseles aproximado chinos, rusos y hasta iraníes, todo indica que su principal fuente de financiamiento internacional fue la exportación de heroína y los tributos al flujo de mercancías a través de estrechos y fronteras. Los opiáceos son commodities tradicionales en la región. Los británicos supieron utilizarlos en su favor en las famosas guerras del Opio contra China durante el siglo XIX. ¿Por qué estos negocios tan lucrativos cayeron en manos de los talibanes cuando Occidente siempre tuvo el know how -como en Colombia- para instrumentalizarlos a su favor?

Aquí vale la distinción entre poder militar y poder político que defiende Michael Mann (2013). Un poder militar incontestable no es condición suficiente para consolidar Estados. Sólo puede serlo cuando se está dispuesto a exterminar una población o buena parte de ella, pero no cuando se busca dominarla o someterla, por no hablar de su consentimiento o aceptación. En cualquier película, documental o serie sobre Afganistán o Irak, se observa el mismo patrón: soldados de la coalición invasora obligados a mantener una distancia de la población civil nunca menor a 50 metros y que sólo encuentran sosiego cuando se encierran en sus bases a tomar cerveza. El temor al atentado, al ataque sorpresa y al secuestro, fue la tónica dominante de los invasores. El arte de la guerra no se resume en tirar tiros o lanzar misiles o flechas. No deberíamos olvidar el famoso adagio de Carl von Clausewitz (2004): es la continuación de la política por otros medios. Las derrotas de los más poderosos imperios de los últimos doscientos años tienen un denominador común: antes que nada fueron rotundos fracasos políticos.

En este marco, el diseño de armas autónomas promete el milagro de ejercer poder imperial a distancia. Dispositivos como terminators podrían asesinar o apresar enemigos en cualquier sitio sin la necesidad se arriesgar soldados en terrenos peligrosos. Incluso se estima que no habrá necesidad de mantenerlos conectados, ya que serán programados con antelación para cumplir sus misiones con absoluta precisión. Los automóviles autónomos, por ejemplo, son un spin-off de estos desarrollos militares en el sector civil. Incluso, se estima, podrán reducir los “daños colaterales” porque los robots no precisan disparar por anticipado para preservar sus vidas. ¿Podrán estas máquinas instalar gobiernos coloniales capaces de garantizar el consentimiento de sus súbditos? ¿El arte de la política quedará finalmente supeditado a la ventaja científica y militar? Es improbable. Las utopías tecnológicas desaparecen cuando las invenciones  se difunden… Así como los imperios podrán usar armas autónomas para asesinar guerrilleros o revolucionarios, éstos también podrán valerse de ellas para atacar a los Imperios sin arriesgar sus pellejos.

El arte de ejercer el poder imperial nunca se limitó a contar con armas destructivas o sofisticadas. Normalmente los imperios debieron desarrollar capacidades políticas para cooptar elites locales con acatamiento en sus poblaciones a cambio de transformarlas en partes privilegiadas del Imperio. Fue la clave del éxito de persas, romanos, mongoles, otomanos, británicos y muchos otros. Es también el modo como ingleses y norteamericanos ejercen el poder en América Latina, donde operaciones de inteligencia, la persuasión indirecta a través de medios de comunicación o la preparación y el financiamiento de golpes de Estado, suelen alcanzar para imponer a la élite deseada, aunque después puedan ocurrir reveses políticos como ocurrió recientemente en Bolivia. La utopía del imperialismo liberal, según la cual alcanza con derrocar al ‘dictador’ de turno por la vía militar para luego llamar a elecciones y así consolidar democracias estables y prósperas, devino una fábula de consecuencias atroces. Samuel Huntington (1991) decía hace más de medio siglo que “la diferencia política más importante entre los países se refiere, no a su forma de gobierno, sino al grado de gobierno con que cuentan”. Imaginar que decenas de tribus organizadas en base a estructuras de parentesco pueden conformar Estados con el único artificio de llamar a elecciones, equivale a desconocer los fundamentos más elementales de la estatalidad. Michael Mann (2012) sostiene toda democracia moderna fue invariablemente precedida, décadas o siglos atrás, por procesos de homogeneización cultural, expulsiones masivas o exterminio físico. La consolidación del ethnos a través de la limpieza étnica o cultural casi siempre precede la llegada del demos. Los estados no nacen de elecciones. La democracia tampoco.

¿Podrán los talibanes consolidar un régimen de gobierno sino democrático al menos estable? Peter Turchin argumenta que el ‘demos’ nace de las guerras y del enfrentamiento de amenazas externas fundamentales. En base al concepto de asabiya de Ibn Khaldun (que podríamos aventurarnos en traducir como “cohesión social”) se anima a pronosticar que los talibanes ya cuentan con la impronta decisiva para consolidar un Estado: derrotaron a un enemigo externo poderoso, se organizan en base a una férrea disciplina religiosa y la población que ahora controlan anhela la paz a cualquier costo. Por esas carambolas del destino Estado Unidos y sus aliados habrían detonado el nacimiento de un nuevo Estado-Nación. 

Eduardo Crespo, es Profesor de la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ) y la Universidad Nacional de Moreno (UNM)


Referencias

Carl von Clausewitz (2004) De la Guerra. Agebe.

Huntington, Samuel (1991) El Orden Político en las Sociedades en Cambio. Paidos.

Michael Mann (2013). The sources of social power: Globalisations. Vol. 4. New York: Cambridge University Press.

____________ (2012) The Dark Side of Democracy. Cambridge University Press.

 

El País Digital - 22 de agosto de 2021

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