El presunto final de la guerra con Irán y sus consecuencias

Trita Parsi - Karthik Sankaran

Llevo años luchando contra la campaña de Trump a favor de la guerra con Irán, y tengo cicatrices que lo demuestran [estuvo cerca de ser deportado de los EE.UU.]. Cuando Trump se retiró del JCPOA en 2018, advertí de que eso acabaría llevándonos a este momento. Desde entonces, me he opuesto sistemáticamente a la vía de confrontación por la que él ha encaminado a los Estados Unidos. Ese historial habla por sí solo, y por eso puedo decir sin titubeos lo que sigue.

Dadas las circunstancias, la decisión del presidente Trump de llegar a un acuerdo con Teherán y poner fin a esta guerra costosa e innecesaria es la correcta. Merece apoyo, no críticas partidistas a posteriori. Tal como advirtió en X Rob Malley —miembro clave del equipo de Barack Obama que negoció el acuerdo nuclear y, posteriormente, negociador principal de Joe Biden con Irán—, comparar el memorando de entendimiento de Trump con el JCPOA de Obama significa no entender lo esencial. Lo que importa no es cómo se compara el acuerdo con los logros diplomáticos del pasado, sino cómo se compara con las alternativas que se nos presentan. Y en ese sentido, ha argumentado Malley, el memorándum de entendimiento es «de lejos muy preferible a cualquiera de las alternativas disponibles. Y punto».

Yo iría más allá. Analizar el memorándum de entendimiento y preguntarse «¿mereció la pena la guerra?» no tiene sentido.

Pues claro que no. ¿Cómo iba a haber merecido la pena? La propia premisa resulta profundamente errónea: que una guerra fallida y elegida voluntariamente reforzaría de alguna manera la posición de Washington en la mesa de negociaciones y produciría condiciones más favorables. La historia ofrece pocos argumentos a favor de tal proposición.

La pregunta adolece además de otro defecto, aún más trascendental. Da a entender que una guerra no debe darse por terminada hasta que haya logrado mejores condiciones, aun cuando la propia guerra está fracasando.

Si se toma en serio, esa lógica conduce a una conclusión peligrosa: que una guerra fallida debe continuar hasta que la suerte en el campo de batalla mejore de alguna manera y sea posible alcanzar un resultado más favorable. Quizás llegue ese día. Quizá no llegue nunca. Mientras tanto, los costes —en vidas, recursos económicos, estabilidad regional y credibilidad estratégica— se tratan como consideraciones secundarias.

Así es como nacen las guerras interminables.

Las guerras se vuelven interminables cuando los líderes se convencen a sí mismos de que ponerles fin sin victoria resulta políticamente más costoso que continuarlas sin esperanza. Una vez que se cae en esa trampa, cada revés se convierte en un argumento para un despliegue más, una escalada más, un año más. El objetivo pasa de lograr un resultado político realista a evitar admitir que los objetivos originales eran inalcanzables.

La historia de los Estados Unidos ofrece más de un ejemplo. Los presidentes heredan guerras que no iniciaron, reconocen que no pueden ganarse en los términos prometidos, pero carecen del margen político para ponerles fin. Así que posponen el momento de la verdad. Dejan el problema para más adelante, pasando la carga a su sucesor, quien hace lo mismo. El resultado es un ciclo de deriva estratégica en el que los costes se acumulan mientras las perspectivas de éxito se desvanecen progresivamente.

La pregunta adolece además de otro defecto, aún más trascendental. Da a entender que una guerra no debe darse por terminada hasta que haya logrado mejores condiciones, incluso cuando la propia guerra está fracasando.

Si se toma en serio, esa lógica conduce a una conclusión peligrosa: que una guerra fallida debe continuar hasta que la suerte en el campo de batalla mejore de alguna manera y sea posible alcanzar un resultado más favorable. Quizá ese día llegue. Quizá nunca llegue. Mientras tanto, los costes —en vidas, recursos económicos, estabilidad regional y credibilidad estratégica— se tratan como consideraciones secundarias.

Así es como nacen las guerras interminables.

Las guerras se vuelven interminables cuando los líderes se convencen a sí mismos de que ponerles fin sin victoria es políticamente más costoso que continuarlas sin esperanza. Una vez que se cae en esa trampa, cada revés se convierte en un argumento para un despliegue más, una escalada más, un año más. El objetivo pasa de lograr un resultado político realista a evitar admitir que los objetivos originales eran inalcanzables.

La historia de los Estados Unidos ofrece más de un ejemplo. Los presidentes heredan guerras que no iniciaron, reconocen que no pueden ganarse en los términos prometidos, pero carecen del margen político para ponerles fin. Así que posponen el momento de la verdad. Dejan el problema para más adelante, pasando la carga a su sucesor, quien hace lo mismo. El resultado es un ciclo de deriva estratégica en el que los costes se acumulan mientras las perspectivas de éxito se desvanecen progresivamente.

Cuando no se vislumbra la victoria por ningún lado, prolongar un conflicto con la esperanza de que la realidad acabe ajustándose a la retórica política no es determinación. Es negación.

Recordemos Afganistán. Durante años, los responsables norteamericanos le mintieron a la opinión pública diciendo que la victoria estaba a la vuelta de la esquina: a seis meses vista, quizá un año como mucho. Sin embargo, los «Afghanistan Papers» revelaron más tarde que, en privado, estos responsables sabían que la victoria no se vislumbraba por ningún lado. Sabían que la guerra iba a la deriva, pero temían las consecuencias políticas de reconocerlo.

Así que continuó la guerra continuó. Para cuando se retiraron finalmente los Estados Unidos, habían pasado casi dos décadas y se habían gastado más de 2 billones de dólares.

¿Y cuál fue el resultado final? Tras veinte años de guerra, miles de vidas norteamericanas y aliadas perdidas, y cientos de miles de víctimas afganas, los Estados Unidos volvieron al punto de partida: habían substituido a los talibán por los talibán.

Esa es la maldición de la guerra sin fin. Negarse a aceptar una realidad desfavorable hoy no garantiza más que una factura más elevada mañana.

Hay que reconocerle a Trump el mérito de haber roto este patrón, aunque también se le deba culpar por haber iniciado esta guerra en primer lugar. A los líderes políticos no sólo se les debe juzgar por los errores que cometen, sino también por si tienen el valor de corregirlos.

Trump podría haber seguido el camino tan trillado de sus predecesores. Podría haber prolongado el conflicto, gastado más dinero, sacrificado más vidas, desestabilizado más economías y mermado aún más el poderío norteamericano —todo ello mientras insistía en que la victoria estaba a la vuelta de la esquina. Recordemos las innumerables veces que declaró que la guerra ya se había ganado.

De hecho, los costes políticos de continuar la guerra probablemente habrían sido menores que los que está pagando hoy por ponerle fin. En la política norteamericana, a menudo se castiga más reconocer el fracaso que perpetuarlo.

Ese incentivo perverso ha atrapado a los presidentes a lo largo de décadas. En su testimonio sobre la guerra de Vietnam ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado en 1966, George Kennan afirmó lo siguiente: «Se gana más respeto ante la opinión pública mundial con una liquidación resuelta y valiente de medidas políticas erróneas que con la persecución más obstinada de objetivos extravagantes o poco prometedores».

Las críticas procedentes de algunos demócratas resultan especialmente decepcionantes porque se hacen eco de las mismas tácticas de mala fe que emplearon los republicanos contra el JCPOA en 2015. Sin duda, Trump se ha ganado en parte este trato. Pasó años atacando el acuerdo de Obama con una avalancha de argumentos engañosos y afirmaciones exageradas.

Pero eso no significa que sea prudente que los demócratas le devuelvan el favor.

Trump es actualmente el responsable de esta guerra fallida, pero si los demócratas contribuyen a hundir el memorando de entendimiento y la guerra se reanuda, entonces serán corresponsables de la próxima guerra. El desastre de Trump se convertirá también en el suyo.

No hace falta ser un genio para darse cuenta. Varios legisladores demócratas han logrado criticar la guerra y hacer que Trump rinda cuentas por ella, al tiempo que evitan argumentos que podrían sabotear el memorando de entendimiento. Sus críticas se centran principalmente en el hecho de que Trump iniciara esta guerra en principio, más que en las condiciones para ponerle fin.

En lugar de atacar los términos del memorando de entendimiento, los demócratas deberían presionar al Gobierno para que lo proteja de aquellos que están decididos a que fracase. La principal amenaza externa es el Gobierno israelí y la obsesión de Benjamin Netanyahu por sabotear cualquier oportunidad de que hagan las paces Irán y los Estados Unidos.        

En lugar de limitarse a llamadas telefónicas airadas y reprimendas públicas a Netanyahu, quienes abogan por poner fin a la guerra deberían presionar a Trump para que actúe ya: suspender la ayuda militar a Israel y restringir la cooperación militar y de inteligencia. Estas medidas limitarían la capacidad de Israel para reavivar el conflicto y disiparían cualquier idea en Tel Aviv de que Washington seguirá automáticamente a Israel en otra guerra. Si los líderes israelíes comprenden que los Estados Unidos no se verán arrastrados a un futuro conflicto en su nombre, se verá significativamente reducido su incentivo para iniciarlo.

La tarea no consiste ahora en recompensar políticamente a Trump, ni en excusar la imprudencia que ha provocado esta guerra. Se trata de evitar que vuelva a estallar la guerra. Los demócratas pueden condenar la decisión de iniciarla sin sabotear el acuerdo que pone fin a la misma. Pueden exigir responsabilidades a Trump sin ayudar a Netanyahu a arrastrar de nuevo a los Estados Unidos al conflicto. La elección que tienen ante sí no está entre oponerse a Trump o apoyar la paz. Está entre aprender de las interminables guerras de los Estados Unidos o repetirlas.

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En medio de una intensa actividad diplomática durante los últimos días, Irán y EE. UU. parecen haber alcanzado por fin un acuerdo inicial para poner fin a las hostilidades y reabrir el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo.

Está previsto que el acuerdo se firme en una ceremonia oficial el viernes [26 de junio] en Suiza, pero el impacto inmediato del anuncio ya se hace patente en la fuerte caída del precio del contrato de referencia del crudo Brent hasta los 79 dólares por barril en el momento de redactar estas líneas, un nivel que no se veía desde antes de que comenzara la guerra.

Los detalles del memorando de entendimiento (MoU) entre los EE. UU. e Irán sugieren que se han resuelto, o al menos se han pospuesto muchas cuestiones polémicas entre ambos países. Para el mercado petrolero la cuestión más importante es que Washington parece haber dado marcha atrás no sólo en su bloqueo físico de las exportaciones de petróleo iraní, sino también en sus sanciones financieras; esto, a su vez, invalida el razonamiento iraní que sustentaba su estrategia de intentar bloquear la mayoría de las exportaciones no iraníes a través del estrecho.

Según se informa, el MoU también contiene importantes incentivos financieros para Irán, entre ellos la devolución gradual de las reservas de divisas iraníes que se habían congelado y un fondo privado que podría generar hasta 300.000 millones de dólarea de inversión para el desarrollo y la reconstrucción del país.

El memorando de entendimiento supone un cambio radical en las relaciones entre los EE. UU. e Irán y ofrece la perspectiva de una distensión que repara parte del daño que la guerra causó a la economía mundial, siempre y cuando la Administración Trump sea capaz de mantener a raya a los posibles saboteadores. Sin embargo, es importante reconocer que los beneficios de un resultado tan positivo pueden no ser inmediatos, sobre todo en lo que respecta a la disponibilidad real de petróleo crudo y productos derivados.

El primer efecto de la reapertura de Ormuz será permitir la salida de unos 500 buques aproximadamente y de miles de marineros que habían quedado atrapados en el estrecho. El proceso será lento. Habrá que reabastecer a los buques y, posiblemente, repararlos; las largas estancias estacionarias en aguas marinas cálidas suelen provocar incrustaciones de balanos y otras formas de vida marina, tanto en la superficie como en los sistemas internos, lo que puede comprometer la velocidad, la maniobrabilidad y la seguridad. También habrá que determinar el orden en que estos buques atrapados y sus desventuradas tripulaciones puedan escapar del estrecho, así como las rutas que puedan seguir, dado el peligro que suponen las minas que, según algunas informaciones, ya se habían colocado.

El peligro de las minas podría estar presente en la mente de los armadores que se plantean entrar en el Golfo para recoger nuevos cargamentos, y sin duda influirá en las decisiones de subscripción de las aseguradoras. Es posible que las aseguradoras (y las tripulaciones) deseen ver asimismo más indicios de que un alto el fuego estable vaya a ir seguido de un auténtico fin de las hostilidades, para evitar que los buques queden atrapados de nuevo en el Golfo. En esa misma línea, los países europeos han señalado en la cumbre del G7 que estarían dispuestos a enviar buques de guerra para proteger el tráfico marítimo «una vez que quedase claro que se mantendría el alto el fuego».

Más allá de sacar el petróleo atrapado en los petroleros del Golfo rebasado  Ormuz, también resulta crucial que entren nuevos petroleros en el Golfo para cargar petróleo de las instalaciones de almacenamiento. Esto se debe a que muchas operaciones de perforación cerraron los pozos al agotarse el almacenamiento, y se necesita tiempo para reanudar la producción. Para países como Arabia Saudí, que habían podido exportar petróleo de forma más constante a través de oleoductos, restablecer la producción podría llevar sólo unas semanas. Sin embargo, los países que sufrieron fuertes caídas en la producción total al agotar su capacidad de almacenamiento, como Irak, podrían enfrentarse a un periodo de retraso más prolongado, de meses, antes de volver a los niveles de producción anteriores a la guerra.

 En este contexto, los principales bancos de inversión han rebajado sus previsiones sobre el precio del petróleo; según se informa, Morgan Stanley y Goldman Sachs prevén un precio de 80 dólares por barril en el cuarto trimestre de 2026, mientras que Citi prevé 70 dólares por barril. Aunque estas previsiones están por debajo de muchas de las proyecciones que, en el punto álgido de la guerra, superaban con creces los 100 dólares por barril, siguen siendo superiores a los 60 dólares por barril registrados en el periodo inmediatamente posterior al secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos.

Si existe incertidumbre sobre la cantidad de petróleo que se suministrará a los mercados, también la hay sobre la demanda en distintos horizontes temporales. Una de las razones por las que los precios no se dispararon durante la guerra tanto como esperaban muchos observadores fue la reducción de las reservas de seguridad, tanto comerciales como gubernamentales. Es probable que los gobiernos intenten reponer estas reservas agotadas, y algunos países que se vieron en apuros por no disponer de reservas de seguridad suficientes podrían decidir que necesitan ampliarlas más allá de los niveles anteriores a la guerra. Esto contribuiría a mantener unos precios del petróleo relativamente altos, aunque disminuyera la prima de riesgo geopolítico.

Aun así, es probable que la reapertura del estrecho sea una excelente noticia para el Sur Global y, en particular, para el sur de Asia. La India ha sufrido un aumento de sus déficits comerciales y una caída de la rupia hasta mínimos históricos como consecuencia de la crisis. El secretario de Comercio del país, Rajesh Agrawal, acogió con satisfacción la noticia del acuerdo y, según se informa, afirmó: «Desaparecerán muchos de nuestros problemas».       

Pakistán, un intermediario diplomático clave entre Irán y EE. UU., también  afronta presiones presupuestarias y políticas derivadas de la guerra de Irán y probablemente acogerá con agrado la perspectiva conjunta de unos precios más bajos y un mayor prestigio en Washington. Dado que tanto la India como Pakistán se encuentran justo al lado del Golfo, serán los principales importadores más cercanos que se beneficiarán si se reanudan los patrones normales de transporte marítimo.

Mientras tanto, el mercado petrolero chino ha suscitado algunos de los principales interrogantes a lo largo de esta guerra. Los suministros al mayor importador del mundo se redujeron aproximadamente en un tercio durante la crisis, un cambio que contribuyó a evitar que los precios subieran aún más. Aunque esto se suele atribuir al alcance de la electrificación y al uso de vehículos eléctricos en China, algunos analistas consideran que las ventajas de este país en materia de tecnología verde no pueden explicar la magnitud y la rapidez de la caída de las importaciones. Más bien, es probable que esto refleje la reducción de las inmensas reservas de petróleo del país, que ascendían a unos 1.400 millones de barriles a finales de 2025.

A largo plazo, no parece que la reapertura del estrecho vaya a disuadir a China —que se vio menos afectada que gran parte del resto del mundo por el cierre de Ormuz— de sus ambiciones a largo plazo en materia de descarbonización. Al fin y al cabo, estas ambiciones surgieron del deseo de escapar de un posible cuello de botella energético en el estrecho de Malaca y, desde entonces, han llevado a China a ocupar una posición de liderazgo mundial en tecnologías de energía alternativa, una posición a la que es poco probable que renuncie.

Una cuestión relacionada es cómo la reapertura del estrecho y las repercusiones diplomáticas más amplias de un deshielo en las relaciones entre EE. UU. e Irán afectarán a las decisiones a largo plazo del resto del mundo en lo que respecta a las geografías energéticas y las tecnologías. Algunos comentarios recientes sugieren que la guerra con Irán «ha alterado de forma permanente la economía mundial», ya que algunos países buscan diversificar sus fuentes de energía alejándose de la región del Golfo Pérsico y, tal vez, de los combustibles fósiles por completo, a favor de las tecnologías de energía renovable y almacenamiento —cada vez más baratas— en las que China es líder.

Sin embargo, hay otros, entre ellos los EE. UU. y otros productores de petróleo del hemisferio occidental, como Venezuela, que parecen apostar por un mundo que siga dependiendo de los combustibles fósiles. Por ello, buscan ampliar tanto la producción nacional como el acceso a los mercados internacionales.

Quizá el mayor factor incierto sea si va a perdurar el deshielo en las relaciones entre los EE. UU. e Irán. Dicho cambio podría aumentar las exportaciones de petróleo desde el Golfo y, tal vez, reducir los brotes intermitentes de una prima de riesgo geopolítico en los mercados mundiales del petróleo, lo cual podría suponer un impacto negativo en la economía de los productores fuera de la región.

Estas incertidumbres podrían persistir durante bastante tiempo, más allá de cualquier apertura del estrecho de Ormuz.

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