Las nuevas ropas del emperador

Mariano Turzi
En el XVIII Congreso del Partido Comunista chino de noviembre pasado se eligieron los líderes que comandarán el país hasta –se espera– el año 2022. Pero por las calles de Beijing, a la gente parecía importarle más el IPad mini que su Primer Ministro. El fervor no estaba en la política sino en el consumo, de la revolución proletaria al anhelo propietario.

La generación de Xi Jinping y Li Keqiang –esperados futuro presidente y primer ministro– es la quinta desde que en 1949 triunfara la revolución que estableció la República Popular. La primera fue la encabezada por Mao Zedong líder revolucionario, estratega militar e ideólogo del comunismo chino. Hasta su muerte, Mao mantuvo un control obsesivamente personalista sobre los asuntos del Estado. Sin embargo, la mística revolucionaria y fundacional hicieron que su imagen se volviera funcional al PC chino en la etapa post-Mao. Aunque hoy ya no quede casi nada en pie del sistema que Mao intentó implantar, el poder simbólico de su figura retiene una fuerte capacidad de movilización política y emocionalidad patriótica. Removido de su condición humana, Mao preside inmaterialmente sobre China como una figura casi deificada. La paradoja es que si bien Mao está en todos lados –desde la puerta de la Ciudad Prohibida hasta los productos shanzai (truchos)– China hoy se mueve al paso que le marcó Deng Xiaoping, responsable de desarticular por completo el sistema maoísta. Deng transformó a China por medio de la apertura y la reforma económica, pero manteniendo un férreo control político. A diferencia de lo que hiciera Kruschev en la Unión Soviética –denunciar y repudiar a Stalin– Deng optó por la transición gradual. Dictaminó que el camarada Mao había tenido un “70% de aciertos y 30% de errores”.

¿Quién gobierna ahora los destinos de China? ¿Hacia dónde se dirige esta potencia ascendente que crecientemente marca los destinos del sistema internacional? Por cualquier métrica que se tome, la República Popular es fundamental para el mundo. El país asiático es la segunda economía del mundo, el primer exportador y el segundo importador. Uno de cada tres electrodomésticos son producidos en China, así como uno de cada dos pares de zapatos. Con 160 ciudades de más de un millón de habitantes, China consume un quinto de la energía global, cuarenta por ciento del cemento y treinta por ciento del acero. Allí vive el veinte por ciento de la población global, lo cual quiere decir que de cada cinco personas en el planeta, una es china. Con intereses económicos y políticos que se extienden por todo el globo, ¿tienen los nuevos líderes que tomaron el poder en noviembre de 2012 margen de acción para establecer nuevos rumbos para la República Popular? Las decisiones que tome esta cohorte de líderes con respecto al destino de China determinarán en gran medida la forma del mundo de la próxima década.

La columna vertebral

La estructura de gobernabilidad en la República Popular está garantizada por la articulación de tres pilares: el Estado, el Ejército y el Partido. En la política china, el valor máximo es la estabilidad, garantizada en la unidad del gobierno, la politización militar y la cohesión de la dirección partidaria. Cada una de las tres estructuras corporiza a la vez una visión fundamental acerca del individuo y su relación con la sociedad o cosmovisión: la confuciana (el Estado), la realista o estratégica (el Ejército) y la comunista (el Partido).

El Estado chino es tributario de los principios del confucianismo. Según esta concepción, el hombre solamente puede alcanzar la realización plena en tanto ser social. Ello implica que cada uno ocupa un determinado lugar en el conjunto. Esta jerarquización no es de orden social sino moral, y es por ello que la unidad social de pertenencia puede ser la familia o el Estado. En la práctica, el confucianismo ordenó la construcción de la burocracia imperial china: oficiales racionales y estudiosos –mandarines– obedientes de sus deberes como miembros del servicio civil, honestos y virtuosos. Sus cualidades personales de excelencia reflejaban la legitimidad del Emperador y garantizaban la justicia del orden social. A pesar de haber transcurrido más de mil trescientos años, la concepción jerárquica del servicio civil y del orden estratificado como medio para la armonía social son principios de plena vigencia en la administración pública china actual. Durante el Congreso del Partido en noviembre, aparecieron cada diez metros a lo largo de la avenida que lleva al Gran Salón del Pueblo voluntarios con brazaletes rojos que en letras doradas decían “voluntario de seguridad pública”. En un despliegue típicamente chino, barricaron el kilómetro y medio de la avenida Chang´an desde la Plaza Tiananmen hasta el Hotel Beijing donde se alojaban los delegados al Congreso. Más tarde se supo que durante esa semana fueron 1,4 millones de voluntarios que tomaron su turno bajo la sombrilla a pesar del frío invernal.

La segunda columna sobre la que se apoya el régimen chino es el Ejército Popular de Liberación (ELP). El presidente saliente Hu Jintao definió las tres principales “misiones históricas” del Ejército como: consolidar la autoridad de gobierno del Partido Comunista, asegurar la soberanía, integridad territorial y seguridad doméstica para el desarrollo y salvaguardar los intereses nacionales de China. El ELP es el mayor ejército del mundo, con una fuerza activa de 2,3 millones. El gasto militar chino es el segundo del mundo, aunque ello representa el 5,5% del total global (en comparación, sólo EE.UU. fue en 2011 responsable por el 46% del gasto militar global). Pero más importante aún, el ELP es el brazo armado del Partido. La señal es clara: el Partido está más preocupado por la inestabilidad interna –se registran según cifras oficiales 274 incidentes o protestas por día– que por potenciales enemigos externos. El pensamiento imperante asociado a la estructura del ELP es el estratégico representado por Sun Tzu. En esencia, es el equivalente oriental del realismo político de Tucídides, Maquiavelo, y Hobbes: el individuo es egoísta y busca el poder, con lo cual la sociedad es equivalente a una competencia de todos contra todos. Las relaciones entre estados son competitivas y basadas en el interés nacional definido en términos de poder.

El tercer elemento que constituye la estructura fundamental de gobierno es el PC chino, la organización política más grande del mundo, con ochenta millones de miembros. La legitimidad del Partido se desprende de haber puesto a China de pie luego de su “siglo de humillación” frente a potencias coloniales ocupantes, la invasión japonesa y los abusos de los nacionalistas del Kuomintang de Chiang Kai-Shek. El establecimiento de la República Popular en 1949 buscó trazar un camino absolutamente nuevo para China, haciendo un corte revolucionario con el pasado. En abierta contradicción con el mandato confuciano de estabilidad y continuidad, la tradición comunista trajo consigo la agitación revolucionaria. El proyecto ideológico emancipador de base marxista rechazó las jerarquías tradicionales asiáticas –el afecto padre/hijo; el deber señor/súbdito y el orden mayor/joven– por ocultar la opresión de clase y el gradualismo por ser una máscara del conservadurismo. Aún antes del fin de la Guerra Fría, el PC dejó de lado la legitimidad basada en el enfrentamiento con el capitalismo y forjó un nuevo contrato social con la población: no basado en la igualdad de los trabajadores sino en la prosperidad de los consumidores. El PC mantiene aumentos sostenidos en el nivel de vida a cambio del monopolio de la representación política.

Recambio generacional

Pero a las estructuras de gobernabilidad y las tradiciones filosóficas deben sumarse los actores, quienes aportan el elemento de la agencia humana en el proceso social. La dirigencia entrante se encuentra atravesada además por dos corrientes internas: los Taizidang (“príncipes”) y los Tuanpai (“cuadros de la liga”, de la militancia en la Juventud Comunista). Las diferencias son intelectuales y de proyectos de país, reflejándose en distintos objetivos de política pública, agendas económicas, prioridades sociopolíticas, modelos de desarrollo y políticas exteriores. La coalición taizidang representa mayormente los intereses de ciudades ricas en provincias costeras. Vinculados a la exportación y las finanzas, responden a patrones liberales, como favorecer la inserción a los mercados mundiales, y focalizarse en potenciar el crecimiento. La coalición tuanpai hunde sus raíces en el interior, en el sector rural y las provincias menos desarrolladas del interior. Al no haber electorado sino más bien “selectorado”, el PC ha establecido la fórmula “un partido, dos coaliciones” para moderar la competencia. El reparto de poder salvaguarda la desintegración centrífuga, asegurando la supervivencia del partido y la estabilidad del régimen Así, Xi Jinping es “príncipe” y Li Keqiang “popular”. Las categorías occidentales antinómicas como derecha o izquierda, elitista o progresista, conservador o reformista no sirven para analizar los intereses y lealtades de los nuevos caudillos chinos.

Revista Ñ - 23 de abril de 2013