La vigencia de Rosa Luxemburgo

Jorge Molinero * (Especial para sitio IADE-RE) | En el marco del centenario de la Revolución Rusa, el autor retoma el trabajo de una de las pensadoras y militantes más importantes del siglo XX que contribuyó a desentramar las lógicas del capitalismo.

En estos días se recuerda el centenario de la revolución rusa, tema sobre el que escribimos recientemente. En esta oportunidad recordaremos a una pensadora y militante socialista, quizá la más importante de los años previos a la revolución, como fue Rosa Luxemburgo.  Si bien es más recordada por su martirio ya que fue asesinada junto a Karl Liebknecht a inicios de 1919, tras el fracaso del levantamiento espartaquista de 1918 en Alemania, a la finalización de la Primera  Guerra Mundial, aquí analizaremos su contribución teórica más importante, “La Acumulación del Capital” (1912).

En su accionar político dentro del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) formó parte de su ala izquierda -junto a Clara Zetkin, Karl Liebknecht y Franz Mehring-. Sus discusiones con Lenin se agudizaron a la toma del poder por los bolcheviques, ya producida su ruptura con el centro de Kautsky y la formación de los espartaquistas (luego Partido Comunista Alemán, KPD).

Rosa saluda la revolución rusa como señal de la proximidad de la revolución mundial que todos los marxistas daban por descontado. Al mismo tiempo, criticaba fuertemente al bolchevismo por la política hacia los campesinos, por la cuestión nacional y por la supresión de la legalidad de los demás partidos de izquierda que apoyaron la revolución, cuando los revolucionarios rusos se debatían en una lucha sin cuartel por la sobrevivencia frente a los ejércitos blancos y de los países imperialistas.

Las tesis de Luxemburgo

La tesis principal es el colapso inevitable del sistema capitalista por contradicciones insalvables entre la acumulación y el consumo. En la lógica interna del capitalismo no encontraba posibilidades de crecimiento y continuidad, lo que la hizo concluir que sólo podía expandirse absorbiendo las áreas no capitalistas, tanto de los países europeos como del resto del mundo. Al ir incorporando las áreas precapitalistas a su dominio el capitalismo iba dejando sin alternativas posteriores al sistema y, al completar su dominio del mundo, las contradicciones internas lo harían colapsar. El capitalismo puro y sin otro sistema al que explotar y asimilar, estaría condenado al colapso por sus contradicciones internas.

Su análisis parte de la reproducción del capital. Comienza por la reproducción simple y luego encuentra la dificultad de explicar la continuidad ilimitada de la reproducción ampliada, más allá de los factores exógenos.

Luxemburgo sigue la metodología de Marx en sus esquemas de reproducción. El valor está generado exclusivamente por el trabajo. El capital es trabajo acumulado. La plusvalía es la parte del trabajo de la que se apropia el capitalista, siendo que el trabajador es remunerado por su fuerza de trabajo.

La reproducción simple fue la norma de muchas sociedades precapitalistas, estáticas durante siglos. Pero el capitalismo vino al mundo para revolucionar permanentemente las condiciones de producción por medio de la reinversión del plusvalor que lleva a la reproducción ampliada.

La pregunta que se hace en el capítulo VII es de dónde viene la demanda constantemente creciente en que se fundamenta la ampliación progresiva de la producción en el esquema marxista. No proviene, concluye, de los capitalistas, ya que la reproducción ampliada es, por definición justamente que “los capitalistas no consuman una parte – y una parte creciente por lo menos en absoluto – de la plusvalía, sino que creen en ella bienes.”

Una primera respuesta provisional es que la demanda creciente la suministra el aumento natural de la población. Luego vuelve a profundizar el análisis: “¿De qué población se trata cuando hablamos de su aumento? No conocemos aquí – en el esquema de Marx – más que dos clases de población: capitalistas y obreros. El aumento de la clase capitalista queda ya comprendido en la magnitud absoluta creciente de la parte por ella consumida de la plusvalía. Pero, en todo caso no puede consumir enteramente la plusvalía, pues entonces volveríamos a la reproducción simple. Quedan los obreros. Pero este crecimiento en sí mismo para nada le interesa a la economía capitalista como punto de partida de necesidades crecientes(subrayado del autor).

Observa Luxemburgo que la sociedad, aún bajo el régimen capitalista, no está formado exclusivamente de capitalistas y obreros asalariados (cita a “propietarios territoriales, empleados, profesionales, médicos, abogados, artistas, científicos, la Iglesia con sus ministros, y finalmente, el Estado con sus funcionarios y ejército”). Sin embargo “los propietarios territoriales consumen su renta que es una parte de la plusvalía, los profesionales reciben su dinero (…) directa o indirectamente de los capitalistas”,que les satisfacen con migajas de su plusvalía” (…) “lo propio ocurre con los sacerdotes” (…) “Finalmente el Estado con sus funcionarios y ejército se mantienen de los impuestos, y estos gravan, bien la plusvalía, bien los salarios”. Para concluir: “En general no hay – dentro de los límites del esquema de Marx – más que dos fuentes de renta en la sociedad: salarios de los trabajadores o plusvalía”. La conclusión más importante del capítulo VII es “Como por consiguiente, no se pueden descubrir dentro de la sociedad capitalista clientes visibles para las mercaderías en que se incorpora la parte acumulada de la plusvalía, no queda más que un recurso: el comercio exterior(subrayado del autor).

En el último capítulo (XXXII, El Militarismo) añade la importancia de la política militar para la función imperialista de conquista y explotación de colonias de ultramar, para agregar “que el militarismo es también, en lo puramente económico, para el capital, un medio de primer orden para la realización de la plusvalía, esto es, un campo de acumulación.”

Análisis de las tesis

Cuando Marx concluyó su primer tomo de El Capital (1867) el capitalismo industrial se había desplegado ampliamente en Inglaterra, y estaba avanzando a pasos firmes en el continente europeo y en Estados Unidos. El resto del mundo era el atraso de distintos regímenes precapitalistas, resabios feudales en Europa, estructuras semicoloniales y de enclave en Latinoamérica, el modo de producción asiático, tribalismo en África, etc.

La formación de la clase obrera inglesa, la cual Marx y Engels habían estudiado minuciosamente, les había hecho concluir que el salario era y seguiría siendo el mínimo de subsistencia, y que todo excedente sobre ese nivel iría a parar a la plusvalía. En su opinión ello estaba garantizado por la existencia de un permanente ejército industrial de reserva, formado por el flujo permanente de campesinos desplazados, la proletarización de la pequeña burguesía urbana y otras capas subalternas de la sociedad.

Lo real es que, dentro del sistema capitalista, en los años finales de la vida de Marx (muere en 1883), las condiciones objetivas de la clase obrera inglesa al menos, habían comenzado muy lentamente a cambiar, en el medio de avances y retrocesos. La acción combinada de mayor productividad industrial y en años posteriores una creciente actividad sindical, fueron arrancando concesiones a los empresarios capitalistas.  Limitación de horas trabajadas, cambios en el trabajo infantil, tiempos de descanso, y mejoras parciales, aquí y allá, en los salarios. Por otro lado, el comercio internacional contribuía a abaratar el costo de vida de las clases populares, con el abaratamiento de la alimentación, cambio apenas perceptible en los años sesenta, pero cada vez más evidente a medida que pasaban las décadas.

El laborismo es la expresión de esta lucha reformista por obtener de los capitalistas ingleses, devenidos en el imperio más importante del siglo XIX, parte de la plusvalía a ellos extraída y parte de la plusvalía que como imperio obtenían de sus colonias y semicolonias.

Cuando Rosa escribe “La Acumulación del Capital” en 1912 la importancia del SPD en Alemania era muy grande, llegando a ser el partido más importante del país, representando a los sectores trabajadores. Si bien el partido reverenciaba a Marx y a Engels en sus plataformas formales, la realidad del SPD era cada vez más inclinada hacia el reformismo, que adquirió estatus teórico a partir de los escritos del adalid de su ala derecha, Eduard Bernstein (1850-1932), opuesto al marxismo, que era sostenido por las alas centrista (Bebel, Kautsky) y la minoritaria ala izquierda de Luxemburgo y su grupo.

¿Cuál era la base real que permitía el desarrollo de un ala “revisionista” que ponía el énfasis en la acción reformista de beneficios parciales conseguibles por la acción sindical y parlamentaria?: la misma que había otorgado preeminencia a las tendencias tradeunionistas en Inglaterra, el aumento lento, pero permanente, de los salarios reales y la mejora de las condiciones de la clase obrera.

Los estudios sobre las condiciones de la clase obrera alemana entre 1850 (inicio del despliegue del capitalismo industrial en ese país) y el inicio de la Primera Guerra Mundial muestran, con marchas y contramarchas, un doble proceso de cambio de las condiciones laborales (menos horas trabajadas, inicio de beneficios sociales como las jubilaciones en determinadas actividades, regulación del trabajo infantil, etc.) y de los salarios. Los primeros años (1850/1870) son el paso de las relaciones precapitalistas a las relaciones de mercado de trabajo a la inglesa, trabajadores obligados por las circunstancias a trabajar de 10 a 12 horas diarias seis días por semana por pagas miserables. Recién en el último tercio del siglo comienzan a cambiar lentamente algunas condiciones. Los primeros sindicatos (tipógrafos y obreros del tabaco) fueron ganando fuerza, sobre todo por la falta de personal especializado en esas tareas. Más adelante la sindicalización y politización fue avanzando, y el estado alemán reaccionó de manera dual. Por un lado reprimió la actividad política (ley antisocialista, 1878) pero por el otro lado comenzó a hacer concesiones sociales (seguro social, 1882-1889). El crecimiento de los sindicatos, sin embargo, no logró contratos colectivos de trabajo sino desde 1890 en adelante. Para 1912 los sindicatos ya eran una fuerza importante en Alemania, las concesiones que arrancaban a sus patronales también, y el SPD había crecido en paralelo con la sindicalización industrial.

Se producía un lento pero persistente incremento de los salarios reales, como participación de los asalariados en una parte del incremento de productividad al utilizar el capital tecnologías cada vez más avanzadas. Ello era posible sin caída de las tasas de ganancia, y ese consumo obrero y popular alargaba el margen de maniobra del capitalismo que encontraba entonces la “doble vía” de expansión en el comercio internacional como preveía Rosa, y en el incremento del consumo interno de las masas asalariadas, una alternativa negada enfáticamente por ésta.  

El error de apreciación de Luxemburgo fue no percibir esos cambios en la situación objetiva de la clase obrera alemana. En el esquema de Luxemburgo, siempre estaba la idea del salario de subsistencia, sin aumentos de salarios reales. Hay una interpretación de que el salario de subsistencia no es una magnitud absoluta, sino que está determinado socialmente. Así lo expresa Marx. Pero esa explicación hoy no es más que una forma elegante de aceptar los cambios sin cambiarle los nombres a las cosas. Si una familia obrera disponía de determinada cantidad de bienes en 1860 y para 1910 disponía de más de esos bienes, o nuevos bienes, lo que había ocurrido era un incremento de salario real, aunque se lo considere salario de subsistencia en el contexto social del nuevo momento. Lo que importa es la consecuencia sobre la reproducción ampliada, no el nombre que le queramos poner al salario obrero. 

La crisis de 1929/1933, el New Deal y Keynes

Ese error de percepción era entendible en la época de Marx, con muy poco crecimiento de los salarios reales en Inglaterra. Es más difícil de aceptar en la época de Luxemburgo, con un período prolongado de mejoras parciales -arrancados al capital mediante la acción sindical y política del SPD- que se fueron haciendo carne en los trabajadores, alejándolos de la acción revolucionaria.

Sin embargo los grandes cambios vinieron después de la gran crisis de 1929/1933 que tuvo su epicentro en Estados Unidos. La ausencia de demanda efectiva, con la magnitud que se presentó tras la orgía de especulación en el mercado de valores de Nueva York, parecía dar la razón a la principal tesis de Luxemburgo. Hasta su época pocos pensadores podían imaginar la realización de la producción fruto de la reproducción ampliada en base al incremento de los salarios reales. Menos aún podían imaginar la acción deliberada del Estado, proveniente del riñón del sistema capitalista, para activar la demanda de los sectores populares y reducir el desempleo. En Estados Unidos la reacción del nuevo gobierno de Franklin Delano Roosevelt fue activar la demanda con obras públicas, regulaciones a las actividades financieras y reconocimiento a la actividad sindical y otros beneficios que permitieron un mayor consumo. Comienza la era del Estado presente. En Europa, la crisis cayó sobre una Alemania vencida y pagando reparaciones de la primera guerra, y produjo una crisis de tal magnitud que fue uno de los elementos que permitieron el avance del nazismo en ese país. El armamentismo, a ambos lados del Atlántico, fue la forma de terminar de salir de la crisis, empleo no faltó, pero la consecuencia fue la segunda gran carnicería del siglo XX.

Al margen de estas consideraciones, lo que el New Deal hizo en forma práctica a partir de 1934, y que Lord Keynes desarrolló teóricamente en 1936, fue evidenciar la importancia del gasto del Estado como forma de activar una demanda que el mercado por sí solo no lograba. Era una refutación teórica y práctica al liberalismo sin límites practicado hasta entonces.

Un elemento que no había eclosionado aún en la época de Luxemburgo era la reducción relativa de la población obrera industrial en el conjunto de las sociedades capitalistas avanzadas. Ella seguía percibiendo una creciente polarización en donde por un lado se concentraban los capitalistas, cada vez más importantes en tamaño y capacidad financiera, y por el otro, las clases agrarias y precapitalistas urbanas en su constante disolución alimentaban el crecimiento del nuevo proletariado industrial. Ese proceso recién culmina pasada la Segunda Guerra, y luego se percibe que, resultado de la elevadísima productividad industrial, las sociedades avanzadas disponen de más y mejores bienes industriales producidos por cada vez menos obreros.

Las clases sociales precapitalistas o “parasitarias” que describía Rosa dejaron lugar a una amplio abanico de sectores terciarios asalariados, no sólo en el comercio, sino en bancos, empleados públicos, incluyendo personal de la educación, la salud, y las fuerzas de ejercito y seguridad, entre otras.

En vez de una sociedad dividida en capitalistas industriales y obreros, éstos últimos crecieron hasta ser algo más del 40 % de las sociedades desarrolladas y hoy no llegan al 15 % en la mayoría de esos países, siendo los otros sectores asalariados, de distintos tipos de servicios, la parte mayoritaria de ellas. A su vez las poblaciones agrarias, que eran más del 80 % de la población europea en 1800, hoy no son más del 4 % al 5 % en los países centrales.

Perspectivas                                         

Han pasado más de 100 años de su obra principal, y casi 100 años de su asesinato. El sistema capitalista entró en crisis en 1929 y desde dentro encontró un remedio en la activación de la demanda efectiva desde el Estado. Al mismo tiempo fue limitado por más de setenta años por la existencia de la Unión Soviética primero y un amplio campo socialista después.  El temor de su avance en la Europa Occidental y el resto del mundo fue la principal causa de las reformas de postguerra que permitieron el mayor poder adquisitivo de los asalariados en los países centrales. 

Podemos decir que la parte principal de la tesis de Luxemburgo de la imposibilidad de la expansión indefinida del capitalismo no se cumplió en Occidente hasta los años ochenta del siglo pasado por la combatividad obrera sindicalista y reformista, y luego de la Segunda Guerra por el temor a la expansión del campo socialista. Pero ahora que no existe ese campo y la combatividad obrera en el centro es controlada por las importaciones industriales de Asia, se vuelve a poner sobre el tapete el tema de la realización de la acumulación capitalista planteado por Rosa.

El incremento de los salarios reales en los países centrales era posible sin mengua para la tasa de ganancias de los capitalistas cuando se dan las siguientes dos condiciones: a) aumento de la productividad laboral igual o mayor que los incrementos reales de salarios y b) cuando no había competencia de fabricantes situados en países de mano de obra mucho más barata. La primera condición se puede mantener pero la inexistencia de la segunda elimina la posibilidad real de los capitalistas de conceder aumentos de salarios reales, so pena de perder rentabilidad. El resultado es que usan esa realidad fomentada por ellos mismos para persuadir a sus trabajadores a no solicitar aumentos de salarios reales, mientras ellos derivan partes crecientes de su producción hacia la periferia.

Los trabajadores de la periferia eran, hasta hace una generación, explotados como proveedores de alimentos, minerales y otras materias primas, que abarataban la vida de los trabajadores de Occidente, pero que no competían con su nivel salarial. Ahora en el “Sur Global” se produce un amplio abanico de productos que antes sólo se elaboraba en el centro, pero con una fracción del salario central.

Estos cambios que trae la globalización con los libres movimientos de mercancías y capitales pero no de trabajadores le vuelven a dar validez a las condiciones que Luxemburgo imaginó en sus esquemas de reproducción ampliada: la incorporación de amplias áreas no capitalistas donde volcar esos excedentes de capital del centro. La otra forma creciente de realización del excedente central es el militarismo que Rosa indicó en el último capítulo de su libro.

Así como la dominación del capitalismo financiero sufrió un interregno entre la gran crisis de 1929 y los años ochenta del siglo pasado, desde esos momentos están recuperando vigencia las ideas de Rosa Luxemburgo sobre las vías de expansión del capitalismo a nivel mundial. El consumo estancado de las clases asalariadas en el centro no puede realizar la capacidad de producción de bienes y servicios que el capital acumulado produce. El aumento de los salarios reales en el centro haría aún menos competitiva a su producción industrial, y es por ello que las recetas keynesianas de cebar la bomba no son posibles. En todo este nuevo entramado de relaciones sociales y económicas que produce el neoliberalismo a nivel planetario las tesis de Rosa Luxemburgo de más de un siglo pueden arrojar mucha luz. El reconocimiento de la recuperada vigencia de su pensamiento es nuestro homenaje - a cien años de sus luchas - y una invitación a su lectura para las nuevas generaciones.

 

* Licenciado en Sociología y en Economía Política (UBA).

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