La pandemia impacta en las infancias. Es hora de ponerlo en discusión.

Roxana Mazzola


La realidad de los niños y adolescentes ha quedado invisibilizada en el debate del Covid-19.

“Hemos llegado a comprender las maneras en las que la pobreza es perjudicial para los niños, y estamos en una pandemia que parece estar aumentando la pobreza y golpear que con más dureza a las comunidades pobres y minoritarias. Incluso antes del Coronavirus, Estados Unidos tenía una tasa de pobreza infantil demasiado alta, y las familias con niños- en especial las familias de comunidades minoritarias- necesitarán ayuda sistemática y extraordinaria después de la pandemia o los efectos intergeneracionales se verán por mucho tiempo”.

Con esa editorial, el New York Times destacaba recientemente las palabras del Dr. Daniel Taylor, para quien su mayor preocupación sería la amplificación posterior del COVID-19 en las inequidades existentes en la atención médica para niños pobres sin un plan claro, voluntad política o financiamiento para la recuperación.

Centrar estas inequidades en las infancias y adolescencias de Latinoamérica es aún un problema más agudo y acuciante. Un informe de este año de CEPAL, advierte que América Latina y el Caribe es la segunda región más urbanizada a nivel global y la que presenta los más altos índices de desigualdad. Las ciudades de la región tienen esa doble cara: por un lado, representan oportunidades, perspectivas de progreso y acceso a bienes y servicios públicos con mayores certezas que las zonas donde provienen, pero por otro lado reproducen formas de crecimiento desigual que redundan en exclusión social, pobreza e inequidades múltiples.

Si estas características se manifiestan con total claridad para la población en general, en determinados segmentos los efectos son aún más visibles y notorios. Las infancias y las adolescencias son quienes sobrellevan mucho más la carga de esas desigualdades estructurales que operan en nuestras sociedades. Las mismas tienen un punto de partida común, que a la vez son su condición de existencia: la invisibilización. Niños, niñas y juventudes no tienen una organización sindical o movimiento social que las/los represente, dejando el despliegue de las políticas que actúan sobre su situación a discreción de la voluntad política de los gobiernos de turno.

Los numeros de la desigualdad en la niñez

Un tercio de la población del país tiene hasta 17 años y nacen más de 754 mil chicos por año. De ellos, 6 de cada 10 son pobres. Las últimas proyecciones de UNICEF destacan que la pobreza monetaria, que afectaba en el segundo semestre de 2019, al 53% de las niñas y niños y podría escalar al 58,6% hacia fines del 2020. El punto del que se partió ya era crítico y la pandemia empeoró todos los pronósticos.

Las infancias y las adolescencias constituyen uno de los sectores más vulnerables al impacto de los desastres naturales o humanos como los terremotos, las pandemias y las crisis cíclicas del sistema capitalista.

En tiempos de pérdida del poder adquisitivo y del empleo, como viene sucediendo hace varios años y hoy se amplifica con el COVID-19, la garantía a un entorno familiar protector para la niñez se encuentra vulnerada y son las mujeres las primeras en salir a la calle a hacer rendir el dinero. Cuando los recursos son escasos, como se sabe, lo primero que se cambia son los hábitos alimentarios, que forzosamente repercuten en la nutrición y seguridad alimentaria de la niñez. En este sentido, debemos notar que antes de la emergencia sanitaria el sobrepeso (10% de niños hasta 5 años) ya constituía la nueva forma de manifestación de la pobreza en las infancias, siendo una pandemia mundial y conocida también como “desnutrición oculta”. La baja talla comprendía al 7.9% de los niños/as hasta 5 años (Encuesta Nacional de Nutrición y Salud del año 2019). Los problemas de la inseguridad alimentaria y de la obesidad se acrecentarán en el post COVID-19 y más allá del accionar de los gobiernos, deberá abordarse una agenda de salud, nutrición y cuidados integral.

El confinamiento en casa impactó fuertemente en los ingresos laborales de las familias. Quedarse en el hogar significa perder los ingresos habituales. Sin ingresos no es posible alimentarse, ni hacer frente al pago de bienes y servicios esenciales, complicando la reproducción social y con impactos diferenciales en cada miembro del hogar, especialmente en niños, niñas y adolescentes. Al tiempo que las tareas de cuidados no recaen en todos los miembros del hogar por igual. La encuesta de trabajo doméstico no remunerado del INDEC permitió hacer visible el aporte en tareas relacionadas con los quehaceres domésticos, el apoyo escolar y al cuidado de personas que las mujeres realizan en el hogar. Señalaba que para el año 2013 ascendía a 6,4 horas promedio por día el tiempo que destinan las mujeres al trabajo doméstico, mientras los hombres dedican 3,4 horas diarias. Estos valores se incrementan en los hogares con niños hasta 6 años: mientras las mujeres aportan casi 10 horas promedio de tiempo, en los hombres el aporte se reduce a menos de la mitad.

Debemos considerar que el lugar de los/as niñas/os en las tareas de cuidados está invisibilizado. La manera en que se mide el uso del tiempo de cuidado en los países, en general, ubica a los niños como destinatarios de esos cuidados, cuando en realidad muchas veces ellos asumen un rol protagónico y activo en ese sentido. Son las niñas las que cuidan a los niños/as en el hogar. En este marco, la “Encuesta de Percepción y Actitudes de la Población. Impacto de la pandemia y las medidas adoptadas por el gobierno sobre la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes”, publicada por UNICEF en mayo de 2020, destaca que el 49% de los jóvenes ayuda con las tareas domésticas.  Debemos mirar a las infancias y adolescencias desde dicho papel, que especialmente han desplegado bajo la pandemia.

La crisis sanitaria puso de manifiesto las debilidades de un sistema educativo regional poco preparado para actuar en esta coyuntura. La llamada “cuarentena” que se ha dictado en buena parte de los países más afectados por el Coronavirus ha hecho que las familias deban recluirse y adoptar prácticas poco frecuentes. Si bien la modalidad de home office o formación a distancia está instalada en Occidente, la imposibilidad de que los niños y niñas asistan a clase interpela a la pedagogía habitualmente conocida y obliga a las familias a reasumir un mayor protagonismo en la formación de sus hijos e hijas.

La encuesta de UNICEF antes citada señala que a partir de la modalidad de educación a distancia, en el 81,2% de los hogares las chicas y los chicos tienen actividades o tareas escolares, las cuales en un 68% las realizan junto a sus madres. Si bien buena parte de la oferta educativa circula en plataformas multimediales, un 18% de las y los adolescentes declararon no tener acceso a internet y el 37% no cuenta con Tablet, notebook o PC. Entre los que sí tienen conexión, el 76% considera que está más tiempo frente a las pantallas respecto al periodo previo de aislamiento.

Otro aspecto central refiere a las condiciones de habitabilidad y vivienda de los hogares con niños. El 19.1% de los niños/as proviene de hogares con necesidades básicas insatisfechas (INDEC, Censo, 2010). Que tengan NBI significa que se encuentran en situación de pobreza estructural. Mientras habita en viviendas precarias el 8,6% del total de la población, y un 7,8% convive con hacinamiento en el hogar, en los hogares con niños/as hasta 5 años estos porcentajes ascienden al 12.8% y 12,9%, respectivamente (EPH, INDEC, 2013). ¿Cómo es posible aplicar las prácticas de higiene para el cuidado de la salud cuando no se dispone de agua corriente o se vive en condiciones de hacinamiento en el hogar?

Dar voz a quienes no la tienen

Volvamos al principio. Resolver la visibilidad de los universos poblacionales más desprotegidos, constituye un reto central para empezar a reparar inequidades.

En ese sentido, en el debate e intercambio entre referentes en la temática se vienen destacando una serie de conclusiones sobre algunos efectos inmediatos que está teniendo la pandemia en toda la región:

  1. La escasa consideración sobre la niñez que hay en el contexto de crisis sanitaria actual, con actitudes adultocéntricas y hasta discriminatorias para las infancias como portadoras de enfermedades.  En Argentina, por ejemplo, los hijos/as de padres separados estuvieron 43 días sin poder ver a uno de éstos.
  2. La mirada está centrada en los efectos directos en la salud a partir del virus, que para el caso de niñez no ha tenido grandes impactos, pero no sucede lo mismo con los efectos indirectos del COVID-19 en la niñez. Los ingresos familiares se han visto afectados; el distanciamiento físico y social también vino acompañado de aumento de la ansiedad, la falta del juego y el incremento de los comportamientos sedentarios.
  3. La escasa consideración, entre las medidas preventivas impulsadas en los diferentes países, del espacio lúdico requerido para las infancias, dentro de un marco más general de pérdida de sus tradicionales ámbitos de socialización sin que se configurara ninguna alternativa que las sustituya: desde la escuela o un club, hasta el cierre de una plaza pública. Recién en las últimas semanas, la Ciudad de Buenos Aires habilitó “la vuelta a la manzana” con uno de los dos progenitores.
  4. La manera en que se mide el uso del tiempo de cuidado también revela un hecho singular: ya no solamente porque recae en las mujeres, sino porque en esa tarea participan también las niñas mayores de hermanos/as menores. Por eso es importante destacar el rol que están teniendo las adolescencias en la reproducción social y en los cuidados, especialmente en hogares que no pueden comprar esos cuidados en el mercado. El desafío que se impone, por lo tanto, es abordar el derecho al cuidado analizando el papel del Estado, de las familias, de las infancias y de las adolescencias, y hasta de los propios empleadores, a fin de compatibilizar trabajo remunerado y no remunerado.

La agenda de las desigualdades múltiples, por lo tanto, no puede estar desligada de la contención a desplegar para los sectores más vulnerables. En toda la región, las inequidades tienen edad y género: son las infancias y las mujeres quienes más las padecen. Si hay efectivamente una “nueva normalidad” en la realidad que se imponga post pandemia, estas desigualdades deben ser abordadas de inmediato y la acción del Estado debe contemplarlas incrementalmente en sus políticas, consagrando nuevos derechos que contribuyan a erradicarlas en forma definitiva.

- Roxana Mazzola, Politóloga, Magíster en Administración y Políticas Públicas Udesa. Profesora de posgrado de UBA y Coordinadora Académica del Diploma Superior en Desigualdades y Políticas Públicas Distributivas de FLACSO.

 

Cenital - 6 de junio de 2020

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