La mujer ahí

Roxana Sandá

 

Patricia Bullrich es la mano más dura del gobierno de Mauricio Macri que a la vez la protege como a un bien preciado. De origen aristocrático y juventud rebelde, la ministra de Seguridad exuda el desprecio de los conquistadores por los pueblos expropiados y habla tan bien el lenguaje del racismo que no duda en justificar la represión y el asesinato de Rafael Nahuel diciendo que ahora “vamos a cuidar a los argentinos que viven en el sur”.

“Vamos a cuidar a los argentinos que viven en el sur. Se acabó el mundo del revés.” Hace tiempo que Patricia está construyendo  el universo Bullrich, un mundo propio donde la institucionalidad que ejerce no necesita de pruebas para perseguir y castigar, y que se va consolidando devastador. Lo perimetró este lunes en una fatídica conferencia de prensa que  legitima la violencia represiva institucional en todas sus versiones, como el principio de una nueva verdad doctrinaria de Gobierno. Porque, a no olvidarlo, Patricia es Macri. Hasta el más ínfimo suspiro que exhala es monitoreado y aprobado por él. Pero, y por sobre todo, también es uno de los apellidos más rancios de la aristocracia terrateniente que consolidó su poder a sangre y fuego.

La hija de Alejandro Bullrich y Julieta Luro Pueyrredón osciló siempre entre el barrio paterno de la Recoleta y los interminables campos bonaerenses, tierras heredadas de la época de Julio Argentino Roca que la familia atesoró para fortuna y crianza de sus descendientes, aunque ella mutara de mimada a desquiciada cuando a los 15 años empezó a militar en la Juventud Peronista. Algunos de sus biógrafos dicen que “La Piba” iba siempre calzada con una 9 milímetros como su jefe y compañero de círculo íntimo, Rodolfo Galimberti, en señal de una bravura que hoy sigue agitando con sus puestas en escena de allanamientos militarizados en nombre de un combate contra enemigos internos por lo menos difusos.

En su libro Las mujeres montoneras, el periodista Onofre Rodena señalaba que “se veía venir el golpe militar del 24 de marzo de 1976 y los grupos subversivos como Montoneros y el ERP empezaron a buscar la forma de irse del país porque se venía la gran cacería humana”. En una casa alquilada en esta capital federal, diez montoneros analizaban la situación. Entre ellos, Patricia, que le rogaba al “Pelado” Perdía –integrante de la plana mayor de Montoneros– que la ayudara a salir porque su nombre estaba en la lista. Según se reseña, Perdía le dijo “vos sos la menos indicada en hablar para irte del país; algo dijiste para que media Marina de Guerra esté hoy detrás de Rodolfo Walsh, en realidad hasta se dice que lo has traicionado”.

Los caminos de Patricia siempre fueron sinuosos; de prima “que se animaba a todo” de Fabi Cantilo, con la calle Córdoba como escenario de ese chetaje insípido que todavía arrastra, a los setenta, Perón, la indignación de sus parientes y la escalada vertiginosa como secretaria de la JP porteña. En 1974 fue una entre miles que abandonaron Plaza de Mayo cuando el General les gritó “estúpidos imberbes”. El encierro en Devoto y en la Superintendencia de la Policía Federal, el exilio con su compañero Marcelo Langieri y un derrotero solitario por Brasil, México y España culminó en una ruptura irremontable con la cúpula de Montoneros en una solicitada-presentación del Peronismo Montonero Auténtico, en febrero de 1979. Sin embargo el periodista Juan Gasparini aseguró hace poco en La Política On Line que “fue la principal reclutadora de exiliados en España para la contraofensiva montonera del 79, junto a su cuñado y actual diputado K en Santa Fe, Gerardo Rico, pero a la hora de subirse al avión ella salió huyendo”.

Cuándo esa vida pendular abandonó la revolución y se abrazó a la conveniencia es una línea de tiempo aún más difusa. Se sabe que en el regreso de la democracia se acercó a Antonio Cafiero y al peronismo renovador para volver a dar el salto en un acompañamiento franco a Carlos Menem, lo que en 1993 le valió un cargo de diputada por la Capital en una lista que encabezaban Erman González y Miguel Angel Toma. El arco se amplió tanto que casi se rompe: su paso por la provincia de Buenos Aires junto a Juan José Alvarez y más tarde con Eduardo Duhalde le abrió increíblemente las puertas de la Alianza, de la mano de Antonio de la Rúa y el ex Side Fernando de Santibáñez. La actual ministra sabía     con qué araba cuando se convirtió en     la primera mujer en ocupar la Secretaría de Política Criminal y Asuntos Penitenciarios del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. Hoy no se termina de comprender cómo terminó recalando en el cargo de ministra de Trabajo, en una gestión de política esquizoide, donde mientras exigía un plan de transparencia sindical iba preparando el terreno para derivar en el Ministerio de Seguridad Social, desde donde impulsó y firmó el decreto que redujo en un 13 por ciento los haberes de trabajadores y trabajadoras estatales y de las jubilaciones. Para entonces era toda una celebridad tan repudiada como ahora: durante esa gestión el desempleo se elevó del 15 al 25 por ciento. Renunciada un mes antes del estallido social, las fotos del helicóptero y la represión del 19/20 de diciembre de 2001 apenas se le volvieron anécdota.

.La aristócrata, militante discutible, política ubicua, mujer en el grado cero del género y el respeto por las disidencias de toda índole, construye sobre la militarización represiva; quizá el sayo que mejor le cabe. Se alza como la nueva catalizadora de una violencia estatal que se cobra vidas a diario, sirviendo a intereses políticos y económicos para imponer actos de un totalitarismo patriarcal con el argumento del  enemigo terrorista que amenaza a la Nación. En ese minúsculo porcentaje de presencia femenina en el Gabinete macrista, la responsable de garantizar los derechos de todas y todos los argentinos se limita a defender a las fuerzas de seguridad y cargar contra los y las más vulnerables. 

Contra lo que muchxs suponen, tal vez sea una de las funcionarias de la alianza Cambiemos a las que haya que escuchar con mayor atención, porque más allá de que no es precisamente la densidad argumental lo que caracteriza sus discursos    –como señala Eduardo Jozami–, nos dicen mucho sobre un proyecto que todavía nos cuesta tomar en serio. En esa banalización intolerable de la que Elisa Carrió hace un sustento y la Bullrich una formidable defensa del autoritarismo más brutal se mueve la rama femenina del discurso imperante.

 

Suplemento LAS12 de Página/12 - 1 de diciembre de 2017