La “bolsonarización” del macrismo

Pablo Semán


De las promesas electorales, que utilizaron hábilmente las ambiciones y malestares de los sectores medios, el discurso del gobierno de Cambiemos ha pasado a una ofensiva contra los derechos laborales y sociales, con vistas a la aceptación de que bajo las leyes del mercado sólo pocos sobreviven, y los otros estamos de más.

“No vas a perder nada de lo que tenés.” El frontispicio de la construcción con la que Cambiemos ganó las elecciones de 2015 tenía escritas estas palabras de paz respecto del arreglo socio-económico que había generado el kirchnerismo. No importa la sinceridad de las intenciones declaradas, sino el hecho de que estas declaraciones fundaron el pacto electoral entre el macrismo y los sectores medios (desde las clases medias altas hasta algunos segmentos de las medias bajas en las que se ganaron voluntades, se moderaron los temores y se impusieron ejes de discusión que favorecían las tesis de Cambiemos).

El llamado de Cambiemos por ese entonces recogía ansias de crecimiento económico personal contenidas y quejas por malestares que, concluidos los años de bonanza macroeconómica, les surgieron en diversos grados y bajo distintos modos a todos los grupos sociales, especialmente a los ubicados en los deciles de la mitad superior de la población.

En ese contexto, no es para nada extraño que los adversarios al planteo macrista de ese entonces, lo amonestaran por “evangelista” y “nueva era” [new age]. Esta amonestación consuma un modo de acusación ignorante que recuerda a aquellas que un fascista podría lanzar a los “comunistas promiscuos” o la clásica del gorila iletrado y su “hacen los asados con pisos de parquet”. 

Sucede en realidad que los dos discursos tienen especificidades, diferencias y puntos de entrecruzamiento, y que las mencionadas acusaciones ignoran la consistencia y la eficacia cultural de las visiones religiosas, suponiendo que estas son simples portadoras de posiciones de “derecha” que los electores escogen por afinidades electivas, y no lo que son en realidad: visiones ambivalentes que pueden moldearse en diversos sentidos en procesos de disputa simbólica, cuyo giro a la derecha resulta facilitado por esa mirada acusatoria de “la izquierda”. Esas acusaciones olvidan que Lula tuvo a los evangélicos como aliados durante más de 13 años.

Si pueden ser parte de un llamado convocante es, entre otras cosas, porque están ahí desde hace mucho más tiempo que el que nadie se ha ocupado de tomar nota. La fe evangélica ha resaltado, profundizado y movilizado la veta del milagro presente en una cultura popular que carga con centenares de años de catolicismo y de visiones que no distinguen el más acá del más allá y suponen una realidad intervenida por lo sagrado y por personas que lo puedan vehiculizar.

En la discursividad evangélica caben las emocionalidades, los deseos y sobran las solemnidades católicas frías, cerebrales y, pese a lo que se pueda suponer, laicizadas en el sentido de reducir las potencias sagradas a un discurso moral. La espiritualidad de la nueva era combina las más variadas búsquedas religiosas con lenguajes y prácticas en las que distintas experiencias son promovidas como una vía de auto-transformación. Estas se retroalimentan con la emergencia de valores individualistas y hedonistas que no son simplemente el individualismo posesivo que se percibe desde el “solidarismo” o el comunitarismo hipostasiados en los críticos de estas posturas. En ambos discursos y en el entramado de prácticas que se relacionan con ellos se perfila la intención de crear contenciones, reglas y normas para sujetos que en diversos ámbitos de lo cotidiano las pierden. El aliento al esfuerzo individual ya casi no proviene de las instituciones que clásicamente lo sostenían. El llamado macrista de 2015 movilizó a su favor esa capa de la cultura realmente existente y la despojó de su ambigüedad en provecho de su causa. Parte de ese éxito se debe a que nadie quiso ni supo jugar en ese terreno.

Como bien  señaló Diego Tatian, el discurso de Cambiemos inficionado de estas notas suena siniestro cuando está aplicado a justificar, promover y realizar los más diversos operativos de exclusión social. Con voces dulces, que no se hacen llegar desde distancias marciales, clericales o ideológicas, de tú a tú nos dicen suavemente que debemos irnos de donde estamos, resignar derechos, aceptar violencias. La escena de George Clooney en Amor sin escalas, especialista en despedir empleados convenciéndolos de que perder el trabajo es lo mejor que les puede pasar, evoca una María Eugenia Vidal diciéndonos con voz de maestra jardinera: “Vos tenés que morirte de hambre así alcanza para que cada uno reciba lo que se merece según su jerarquía”. El punto es que ese discurso no siempre sonó así para todo el mundo, y hoy resuena más desubicado que siniestro. Justamente por eso a los propios emisores se les ha planteado una necesidad de cambio.

Cambiemos cambia de retórica

Tres años después de su cenit, la marca Cambiemos sufre el rechazo de buena parte de aquellos que adhirieron a su discurso o incluso lo replicaron con recreaciones. Todavía no habíamos terminado de comprender lo que pasó, cuando la situación vuelve a cambiar y precisamos recomponer la descripción. Comienzan a ganar centralidad elementos que también formaban parte de la composición inicial pero estaban opacados, subordinados o incluso escondidos, al tiempo que se hace manifiesta la toma de distancia de algunos comunicadores privilegiados que asociaban su imagen y su voz a la épica del gobierno. Podría decirse que el conjunto de estos elementos conforman una dinámica en la que el gobierno, además de tomar nota de las consecuencias de sus propias debilidades y fortalezas en el espacio público, encara la posibilidad de bolsonarizarse todo lo que es posible.

El discurso de Cambiemos ha quedado, en general, asociado a una posición defensiva y reactiva: una impugnación de los motivos de sentido común que ni siquiera son propiamente opositores. Pasa a primer plano la hiperactivación de una emocionalidad antiperonista que hace tres años ya estaba presente aunque solapada (justamente fue en 2015 cuando comenzó a hablarse con pertinencia cronológica de “70 años de peronismo”). Esta estrategia no sólo se alimenta de los antiperonistas originarios, escasamente representados en un padrón electoral rejuvenecido, sino más bien de un efecto paralelo al neoperonismo de los 2000. En esa época los jóvenes que habían olvidado o no habían conocido al peronismo se aproximaron a él mezclando pasión política actual y revisiones históricas que permitían interpretar ese presente tan conmovedor. Los neoperonistas del 2000 y los antiperonistas de la actualidad surgen de la interacción entre la incertidumbre histórica y las revisiones históricas que vehiculiza la industria cultural.

Pero tan impresionante y grave como esto, desde el punto de vista de nuestra integración social y democrática, es un elemento que acompaña y amplifica al anterior: el odio a los pobres ha pasado de los usos eufemísticos y metafóricos a lo manifiesto y explícito, dando lugar a un cuadro en el que casi se puede afirmar que el gobierno enfrenta a la mayoría de la sociedad. En la campaña de 2015 el gobierno se había legitimado haciendo uso de retóricas que denunciaban la pobreza, y se atribuía un mandato signado por su capacidad de reducirla; después pasó a denunciar a los pobres justo en el momento en que la pobreza se ensanchaba. Apenas pasado el idilio y la ostentación de “pobres propios” en las imágenes de Margarita Barrientos y de Toty Flores, así como en la estrategia de condescendencia que se consumaba en el uso de las canciones de Gilda para musicalizar la campaña electoral, las cosas fueron cambiando y se endurecieron. A la acusación de constituir mafias –que parecía distinguir entre cúpulas y bases de distintos sectores de la sociedad culpabilizando, por ejemplo, sindicalistas pero no trabajadores– y a la distinción entre aquellos que no habían hecho nada de malo, y por lo tanto no tendrían nada que temer, y aquellos otros que habían infringido la ley, le siguió la descalificación por entero de categorías sociales amplias como los docentes, los científicos, los trabajadores del Estado y los privilegiados que tienen contratos de trabajo de “otra época”. La forma más extensiva de esta acusación tiene dimensiones fenomenales: habría una mitad del país “que no trabaja” y es mantenida por la otra mitad del país que sí lo hace. Estas figuras fueron apareciendo o reforzando su presencia en el espacio público, y aunque no necesariamente son proferidas por representantes del oficialismo, nutren la definición de la época que estos quieren apuntalar. Donde hay una necesidad no sólo no hay un derecho, sino que cuando lo hay es considerado un privilegio inmoral y hasta un obturador del desarrollo social. En el extremo opuesto se perfila un héroe: el que ama el mercado, e incluso aquel que no triunfa en él, pero no se sabe por qué considera una muestra de temple y valor enfrentarse al mismo en condiciones imposibles e injustas. Nunca olvidaré una conversación callejera en la cual un hombre le enrostraba a otro el bienestar de las sociedades escandinavas y el increpado respondía que sí, pero que ahí vivían todos del Estado, no había mérito.

Sin lugar para los débiles

He ahí el ciudadano que requiere la etapa actual del discurso macrista: uno cuya muestra de temple se juega en preferir la intemperie antes que en reclamar el interés de unos ganadores que no son ese ciudadano. En la sociedad reducida a mercado sobreviven unos pocos y los que no son capaces de triunfar desmejoran la especie. Así que la anulación de derechos no sólo debe ser vista como la eliminación de privilegios, sino también como la inauguración de una exigente formación del espíritu y las habilidades. En este contexto los pobres no son dignos de asistencia ni son el resultado del proceso de explotación, sino exclusivos responsables de su malestar. El hecho de que los miembros del gobierno tengan lecturas y formación en aspectos de las ciencias sociales les impide decir esto en voz alta, pero también les facilita argumentar de forma polémica contra los argumentos clásicos a favor de la justicia social a la que denuncian como un lugar común: ¿acaso no han recibido ya suficiente en nombre ella?, ¿no habrá algo en ellos que los hace estar cómo están? Se adivina tras esas preguntas la impugnación generalizada del gobierno a los actores del estancamiento: los sindicatos, los trabajadores, los derechos, los políticos. Aquí sólo hay lugar para emprendedores exitosos, o sea, dueños del capital concentrado.

Este giro del discurso del gobierno se da, no casualmente, en el contexto de la erosión de la imagen presidencial y su consiguiente efecto de pérdida de posibilidades electorales para él y para el oficialismo. La radicalización parece destinada a retener y satisfacer las demandas del núcleo duro del macrismo, pero también a mantener en un radio más amplio una agenda centrada en los intereses de los capitalistas y consensuada un poco más allá de la periferia de Cambiemos.

Pero en realidad todo esto ocurre en un contexto social más amplio: vivimos una transición en la cual la sociedad que nos formó para trabajar y consumir tiende a desprenderse de puestos de trabajo y a tornar supernumerarios a millones de seres humanos que no tendremos ocupación ni medios para vivir. De muy diversas maneras, los sujetos de las más distintas sociedades pugnan para no ser los excluidos, y para ello buscan constituir otros legítimamente prescindibles, chivos expiatorios de esta transformación del mundo del trabajo. La xenofobia en algunos países y la fobia a los pobres en otros son manifestaciones de ese juego todavía pacífico en el que todos parecen haber aceptado la premisa salvaje de que en este mundo sobra gente. 

Este artículo forma parte de la edición especial editada junto con el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín.

Anatomía del neoliberalismo

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- Pablo Semán, Licenciado y Doctor en Antropología Social. Actualmente es Investigador Independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con sede en el IDAES, UNSAM. Sus áreas de actuación son el análisis de los movimientos religiosos, los estudios sociales de la música, las culturas populares y masivas.  

UNSAM / Le Monde diplomatique, edición Cono Sur