Justicia por mano propia: el regreso de la horda primitiva

Sergio Zabalza

 

Dos luctuosos hechos comprendidos dentro del contexto de la denominada justicia por mano propia ocurrieron en el conurbano de la ciudad de Buenos Aires: en Zárate el dueño de una carnicería aplastó con su auto a una persona que le había arrebatado unos pesos de la caja y en José León Suárez un remisero mató a una persona que intentó robarle.

No es novedad la violencia que asuela a muchos sectores de los partidos del conurbano, lo que sí constituye un cambio es el discurso con que las actuales autoridades políticas incentivan, a veces de manera desembozada, la violencia y/o el hábito de tomar justicia por mano propia. Basta recordar que en marzo de este año, pocos días después de que el presidente Macri y algunos ministros de su gabinete estigmatizaran a la militancia –y después de que las fuerzas de seguridad atacaran una murga de niños–, un desquiciado disparó con su revolver sobre la concurrencia que asistía a la inauguración de un local de Nuevo Encuentro en el barrio de Villa Crespo. La segregación genera paranoia: el discurso conforma un enemigo indiscriminado que según el caso puede cargar con distintos nombres (villero, inmigrante, militante, chorro, etc.) pero cuya función no va más allá de sostener la exacerbación del miedo y alentar la tendencia al aislamiento. No en vano pocos días después de aquel ataque a la militancia, un hombre que perseguía a un ladrón se permitió disparar contra la nube de gente que transitaba en pleno microcentro: así mató de un disparo a un cerrajero que caminaba rumbo a su trabajo. La violencia siempre tiene una raíz simbólica, en este caso la modalidad de gobernar a través del discurso del terror. A propósito de su libro La administración del miedo Paul Virilio señalaba que “siempre se infunde miedo en nombre del bien”, tras lo cual decía: “De pronto, con los atentados del 11 de septiembre, el desequilibrio se convierte en un terrorismo ciego, que puede golpear en cualquier momento y en cualquier lugar con una potencia colosal. Aún nos encontramos en ese desequilibrio del terror.”1 La cuestión está en que si no acontece el efectivo ataque terrorista, pues se lo inventa, tal como lo prueba la serie de insólitas denuncias con que el gobierno está abonando la instalación de la amenaza terrorista (para no hablar de las insólitas denuncias sobre posibles agresiones a funcionarios del gobierno). En este contexto, la peor consecuencia constituyen los puntuales momentos en que un grupo de ciudadanos se transforma en una horda de salvajes, tal como hace unas horas ocurrió en el caso de Zárate cuando un grupo de vecinos agredió al hombre que yacía gravemente herido tras haber sido aplastado contra un semáforo por el auto del carnicero. A trazos gruesos se trata de lo siguiente: varios anónimos golpean a un semejante hasta destrozarle los órganos vitales y matarlo. El entusiasmo es tan llamativo como contagioso, basta una señal para que una estampida de voluntarios se haga presente en el convite. La conciencia moral se cortocircuita y se liberan los impulsos, tal como refiere Freud al describir los resortes subjetivos que componen la fiesta totémica. Vale destacar que no hay lazo social entre los miembros de la horda victimaria. La condición anónima que los distingue hace imposible el testimonio compartido o la transmisión de la experiencia. El acto criminal queda encriptado en el sórdido encierro de la individualidad. No en vano, el mismo Freud decía que la comunidad humana está conformada por una gavilla de asesinos reunidos en torno a ciertos acuerdos mínimos a los que se le da el nombre de ley. Cuando el poder vacía de contenido político su acción de gobierno, a la ley se la borra con la mano propia.

 

Página/12 - 17 de septiembre de 2016

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