“En el corto plazo, hay que estimular a los sectores con potencial exportador”

Alejandro Radonjic


En diálogo con El Economista, Andrés Tavosnanska ofrece su visión sobre algo que conoce muy bien: la estructura productiva de Argentina. Además, vincula el diseño de la política productiva con las urgencias macroeconómicas que atraviesa el país y los márgenes de acción que tendrán los policy-makers del nuevo Gobierno para desplegarla.

¿Qué sectores debería estimular Alberto Fernández si, como todo indica, asumirá la Presidencia y por qué?

Imagino que debe ser una síntesis entre sectores que ayuden a la estabilización macro y que, a la vez, conformen la estructura productiva deseada a largo plazo. El macrismo volvió a demostrar que la idea de que la restricción externa se resuelve sola esperando que llegue la lluvia de inversiones, tanto financieras como reales, es falsa. Lamentablemente el costo de haber vuelto a creer en esta idea se paga hoy con recesión, caída salarial y default. Por lo tanto, con el actual nivel de endeudamiento, el foco va a estar obligatoriamente puesto en los sectores con alto potencial exportador. En el corto plazo, esto es intensificar la explotación de recursos naturales en Vaca Muerta, la Pampa Húmeda y la minería metalífera, así como la del litio. A eso se le suman la exportación de carnes, la revitalización de las economías regionales y las exportaciones de servicios, con un momento propicio para el turismo por lo barato que está el país y los servicios basados en el conocimiento que combinan salarios bajos y fuertes incentivos fiscales. La riqueza natural per cápita del país no es tan alta como para que su explotación le garantice un buen nivel de vida a 44 millones de habitantes, además tenemos que retomar la tarea de poner en marcha la industria, lo que puede aportar dólares pero también es fundamental para que el empleo de calidad vuelva a crecer. Allí está el desafío de completar la transformación de la industria automotriz en un cluster competitivo de producción de pick ups, utilitarios y autos medianos, con su respectivo anillo de autopartistas, siguiendo el ejemplo de Toyota. La producción de insumos básicos tiene que aprovechar el gas de Vaca Muerta y las más de un millón de hectáreas forestales plantadas para dar un salto en la producción petroquímica y de la celulosa. A su vez, alrededor de cada núcleo dinámico de recursos naturales es necesario fortalecer los encadenamientos.

Por ejemplo…

Allí están, por ejemplo, el agtech, la maquinaria agrícola, los semilleros y la fabricación de fertilizantes y agroquímicos, o la metalmecánica y los servicios ligados al sector energético (equipos de GNC, válvulas petroleras, transformadores, partes de molinos eólicos), entre otros. Por otra parte, tenemos que relanzar los proyectos de alta tecnología con una profunda articulación pública-privada. El Plan Nuclear Argentino y el Plan Satelital Geoestacionario Argentino tienen que reactivarse antes de que la incompetencia neoliberal de estos años termine de regalar a nuestros científicos y técnicos mejor preparados a los países desarrollados. Eso significa construir una central nuclear con alto componente nacional, construir el Arsat 3 y el reactor Carem, poner en valor las decenas de miles de kilómetros de fibra óptica que instaló Arsat, tener nuevamente a Invap fabricando radares, satélites y drones, articular con Frontec para mejorar la productividad del agro. También hacen falta nuevas apuestas de alta tecnología, que pueden estar ligadas, por un lado, a la automatización en tiempos de industria 4.0, sector que cuenta con una industria de bienes de capital y servicios de automatización con décadas de desarrollo. Por otro lado, a la biotecnología, rubro en donde tenemos empresas de primer nivel, un bagaje científico robusto y un mercado local en franca expansión. Están venciendo las patentes de los principales productos a nivel mundial y hay una ventana de oportunidad para producir biosimilares en proyectos público-privado que servirían para abaratar tratamientos de alto costo, sustituir importaciones y exportar bienes de altísimo valor agregado. Otra apuesta interesante sería al cannabis medicinal, con un mercado mundial en expansión y en el cual todavía estamos a tiempo de entrar antes de que sea un negocio de pocas corporaciones multinacionales.

Un sector del que ha hablado es Vaca Muerta, pero allí hay trade-off. Digo, ¿liberar el potencial implica desregular el barril y que, eventualmente, suban las naftas? ¿Tendrá que elegir entre esas opciones?

Desarrollar cualquier sector implica costos. En Vaca Muerta, dado que no tiene los costos de Arabia Saudita, implica que el barril local tiene que valer como el internacional. La renta petrolera extraordinaria estaba en los yacimientos convencionales y se la regalamos a Repsol para que la invierta en otros países. Si esto genera problemas puntuales, por ejemplo en la tarifa de colectivos, debería tener subsidios específicos. ¿Pero por qué entregar nafta subsidiada a todos los automovilistas? Lo mismo pasa en gas, donde además de un precio razonable se necesitan grandes inversiones en gasoductos y plantas de licuefacción. Aún si discutimos multiplicar las exportaciones agrarias o cárnicas eso va a poner un techo muy bajo o nulo a las retenciones posibles, salvo soja y nulo a la hora de prohibiciones. Hoy puede sonar progresista congelar la nafta, hablar mal de Vaca Muerta o de las pasteras, pero sin dinamizar las exportaciones caemos en las crisis cíclicas que siempre pagan los trabajadores.

¿Qué hacer con los sectores “sensibles” que dan empleo periurbano, pero demandan dólares?

Primero aclaremos que esos sectores no demandan dólares, y eso es un error conceptual muy común.

¿Por qué?

Sí hay déficit de calzado porque se importan muchas zapatillas de primera marca, la demanda de dólares es de la población, y no del sector. Si cerrás el sector, la demanda de dólares sigue intacta, igual que si se importan celulares, televisores o autos. El llamado “déficit comercial industrial” es por productos importados por toda la población y proviene de las pautas de consumo fundamentalmente de la clase media y alta que imitan los patrones del primer mundo a pesar de vivir en un país subdesarrollado. Si la industria no ha alcanzado niveles de desarrollo suficientes para exportar más es porque en los últimos 50 años predominaron, con pocas excepciones, gestiones que apostaron a la desindustrialización como una puerta de entrada al primer mundo. Demás está decir que todas esas experiencias fracasaron tan rotundamente como la de Mauricio Macri. Los sectores sensibles generan empleo de calidad para sectores de la población poco calificados. Por eso no es correcto proponer su cierre con el eufemismo de la reconversión ni creer que van a ser reemplazados por cientos de miles de cervecerías artesanales. Tampoco es deseable volver a los niveles de protección comercial que tuvieron durante el kirchnerismo. Se necesita encontrar una vía alternativa para fortalecerlos fomentando la especialización en los segmentos con mayor potencial, ayudando a que ganen productividad con escala y mecanización, diferenciando el producto aprovechando la capacidad del diseño argentino y mejorando la calidad de la materia prima. Ejemplos exitosos hay varios de marcas de indumentaria, calzado de cuero, muebles de diseño o carteras nacionales de precios exorbitantes.

Después está el debate sobre como estimular si no hay plata en el Tesoro y el financiamiento es escaso. ¿Hay opciones?

El financiamiento es escaso por una decisión del Ejecutivo, que creyó que cerrando el crédito productivo iba a bajar la inflación, lo que obviamente falló. La Línea de Crédito de Inversión Productiva había funcionado muy bien y reinstaurarla es una obligación de cualquier gobierno que pretenda que la producción vuelva a crecer. Luego está utilizar más eficientemente los recursos que ya invierte el Estado en promover la producción o en las compras públicas. El mejor ejemplo son los cuantiosos recursos que hoy se invierten en subsidiar armadurías, ya sea celulares, teléfonos o molinos eólicos. Con muchos menos recursos seguramente se pueda consolidar un polo productivo fueguino que procese los recursos disponibles en la provincia e incluso exporte. La misma oportunidad la tiene el Estado con la compra de medicamentos por medio de sus distintas ventanillas (PAMI, nacional, provincial). Si en lugar de continuar comprando medicamentos importados de alto costo fomentara la producción nacional, la reducción del precio sería tal que el efecto en la recaudación sería positivo. Para los recursos adicionales que se necesiten, lo primordial es que no salgan de incrementar la presión impositiva sobre la producción y las exportaciones que es excesiva y debería reducirse. Tiene que provenir de gravar la riqueza y los consumos de bienes o servicios de alto contenido importado. Ejemplos de esto sería subir el impuesto a los pasajes aéreos al exterior, reinstaurar el que afectaba a autos y embarcaciones de alta gama o tener un impuesto a la compra de dólares para atesoramiento, como en Brasil. En otras palabras, que el que se quiere comprar un Audi invierta los pesos suficientes para que podamos desarrollar un sector que aporte los dólares que necesitamos para importarlo.

 

El Economista - 27 de septiembre de 2019