¿El fin de la Historia?

Abel Prieto


El Imperio culpa a Cuba y a Venezuela de las revueltas y les ofrece apoyo a sus aliados de ultraderecha para la «democrática» pacificación que llevan a cabo a través de métodos fascistas

Un día como hoy, el 6 de diciembre de 1998, Chávez triunfó en su primera batalla electoral. Aunque muchos no calcularon por entonces la trascendencia del acontecimiento, se iniciaba una nueva era para nuestra región. Y no solo para ella.   

Nueve años atrás, en 1989, se había derrumbado el socialismo en Europa.

En 1990, en Nicaragua, el Frente Sandinista perdió las elecciones a causa de la guerra sucia financiada y dirigida por EE.UU.

La URSS quedó oficialmente disuelta en diciembre de 1991.

Para Fukuyama (seudofilósofo yanqui de origen japonés), habían terminado definitivamente la Guerra Fría, la lucha de clases, todas las utopías que se opusieran al Reino del Mercado. Publicó El fin de la Historia y el último hombre en 1992, el año de la Cumbre Iberoamericana de Madrid, dedicada al quinto centenario de la llegada a América de las hordas «civilizadoras» y a festejar la victoria del capitalismo salvaje sobre las cenizas del socialismo.

Para Chávez, como para Fidel, las especulaciones de Fukuyama eran un espejismo publicitario que los pueblos se encargarían de desmentir. El primer estallido había sido el «Caracazo», «la mayor masacre de la historia de Venezuela» –según dijo el líder bolivariano a Ramonet–, donde la «democracia» venezolana «perdió la máscara y reveló su rostro represor más odioso».

«Ese mismo año 1989 [añadió] se hundía el Muro de Berlín… y se levantó Caracas contra el fmi. Cuando (…) se hablaba del fin de la Historia y cuando aquí todo el mundo (…) estaba rendido ante el fmi y el Consenso de Washington, se alzó una ciudad y todo un país». (Chávez. Mi primera vida)

Chávez conocería en la cárcel la opinión de Fidel sobre el «Caracazo» gracias a Un grano de maíz. Conversaciones con Fidel Castro, de Tomás Borge. «La situación en América Latina se hace insostenible», sentenciaba Fidel. La sublevación en Venezuela «prueba precisamente la crisis que van a desatar en América Latina la política del shock y las imposiciones de EE.UU. y del FMI».

En la Cumbre de Madrid, desde su estatura política, ética e intelectual, Fidel fungió como un aguafiestas en medio de la euforia neoliberal de los pigmeos vendidos al Imperio y a las transnacionales. Predijo que la brecha entre ricos y pobres se haría más y más dramática, y que crecería incontroladamente la emigración Sur-Norte. «Si se acepta el libre flujo de capitales, hay que aceptar el libre flujo de personas», subrayó. Y dijo algo más: «El mundo va a hacerse ingobernable».

Chávez tuvo una percepción única de las secuelas morales que podía dejar «la desaparición en cascada, como por un efecto dominó, de los gobiernos del llamado socialismo real» y otros amargos retrocesos. «Aquellos golpes fueron demoledores para toda la izquierda mundial», dijo. También para «nuestros compañeros civiles de izquierda», víctimas de «un decaimiento terrible» y de «una especie de desmoralización, de abatimiento, de desaliento». Pero su «organización propiamente militar, revolucionaria, insurgente», inspirada en Bolívar, no se debilitó.  

El 4 de febrero de 1992, cuando convocó a los sectores civiles que debían apoyar el levantamiento militar, no obtuvo la respuesta que esperaba. «Salimos solos prácticamente. Nos encontramos sin la izquierda política, sin el movimiento popular».       

Luego se produjo la aparición televisiva en que Chávez asumió toda la responsabilidad del movimiento y pidió a sus fuerzas que depusieran las armas: «Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos no fueron logrados en la ciudad capital». Su entereza, su actitud digna, valiente, y aquella frase cargada de esperanza y compromiso («por ahora») lo convirtieron en un símbolo que el pueblo venezolano hizo suyo de manera entrañable. 

En diciembre de 1994, recién salido de prisión, viajó a Cuba (la ficha de dominó que contra todos los pronósticos se mantenía en pie) y Fidel empezó a construir con él una relación fraterna de incalculable fecundidad.

Veintiún años después de la primera victoria electoral de Chávez, vemos multiplicarse en Nuestra América la resistencia contra las políticas neoliberales y una cruel represión, semejante a la que se empleó en el «Caracazo». Como entonces, las supuestas «democracias» muestran un rostro feroz y despiadado. 

Entre tanto, el Imperio culpa a Cuba y a Venezuela de las revueltas y les ofrece apoyo a sus aliados de ultraderecha para la «democrática» pacificación que llevan a cabo a través de métodos fascistas.

Pero la Historia, por supuesto, no ha terminado.

 

Granma - 5 de diciembre de 2019

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