Cuestiones de política económica para gobiernos de izquierda

Gustavo Codas * (Especial para sitio IADE-RE) | Este texto forma parte del libro América Latina. Huellas y retos del ciclo progresista, publicado recientemente por la Editorial Sudestada. Con autorización de su autor, reproducimos el material que propone una "aproximación crítica" y un "balance de las políticas económicas implementadas" en la región. 

En un momento en que se combinan la crisis internacional de la globalización neoliberal y los impases de los gobiernos progresistas latinoamericanos, nos proponemos hacer un balance de las políticas económicas implementadas en nuestros países por esos gobiernos. En este artículo no pretendemos más que hacer una primera aproximación crítica, apuntando a la urgencia de tener un debate amplio en la izquierda latinoamericana.

El escenario

En 2015-16 se nos presentó lo que se anunciaba como una gran contraofensiva neoliberal en toda la región, con derrotas políticas del progresismo por la vía de los votos en Argentina (en la elección presidencial), Venezuela (en la parlamentaria) y Bolivia (en el referéndum sobre la reelección) y a través de un golpe de estado en Brasil. La derecha anunciaba el “fin del ciclo” progresista.

Pero fue también en 2016 en que las victorias del Brexit en Gran Bretaña y de Donald Trump en EEUU pusieron de manifiesto que a la crisis económica del capitalismo desarrollado iniciada en 2008 y aún sin solución, se le sumaba una crisis política de la globalización neoliberal. El fortalecimiento de las fuerzas de extrema derecha en países del capitalismo desarrollado anuncia un cambio fundamental: un cuestionamiento a los organismos y tratados multilaterales que desde 1980-90 buscaban organizar la hegemonía de las grandes empresas multinacionales, a pretexto de un cierto proteccionismo de sus mercados nacionales, al mismo tiempo que relanzan más liberalización financiera y reducciones de impuestos al capital y a los capitalistas. Es  así que el discurso de su campaña victoriosa y las primeras medidas ejecutivas de Donald Trump señalan a las oligarquías latinoamericanas que ser el patio trasero de los EEUU será cada vez más penoso económicamente e indigno políticamente. Pero los neoliberales latinoamericanos no tenían –ni tienen– otro proyecto sino el de las “relaciones carnales” con el imperialismo estadunidense. Así que les irá como al presidente mexicano Peña Nieto, mal en lo económico y arrastrándose vergonzosamente en lo político.

O sea, hay impases en el campo progresista, pero no hay un proyecto neoconservador con capacidad hegemónica en nuestra región –como lo hubo entre finales de los años 1980 e inicios de la década siguiente. Estamos en una situación internacional y regional de profundas turbulencias y disputas. Lo que vamos a defender aquí es que necesitamos responder desafíos programáticos para poder avanzar en una nueva fase del ciclo progresista.

Las conquistas y los impases

Está razonablemente consolidado el balance de que el ciclo progresista latinoamericano ha redundado en beneficios sociales bastante importantes para amplias mayorías, en materia de reducción del hambre y la pobreza, de mejoras de la distribución del ingreso, de aumento del salario mínimo y de los salarios reales, de ampliar la igualdad de oportunidades en áreas clave como educación, salud y vivienda, aunque en grados variables según qué país se trate. ¿De dónde, entonces, surgirían los impases y las razones de las derrotas políticas? Aquí vamos tratar apenas de algunos aspectos económicos, pero señalemos que hay problemas políticos, ideológicos y organizativos que debemos vencer también.

Desde la derecha, con resonancia en algunos sectores progresistas moderados, se afirma que el problema sería algo como un “populismo económico”. El mismo diagnóstico en respuesta al cual fue elaborado el Consenso de Washington en finales de los años 1980. No hay novedades en sus recetas. Desde posiciones de izquierda, hay dos cuestionamientos principales. Una vertiente vinculada al ambientalismo afirma que el problema fue el “neo-extractivismo”, un “consenso de las comodities”, por el cual el progresismo se habría acostumbrado a financiar políticas sociales con la ampliación de actividades predatorias primarias de exportación. Su crisis fue la de la caída de los precios internacionales de los productos primarios. Y la respuesta de los gobiernos progresistas solo habría empeorado las cosas, ya que a menor precio, se ha buscado aumentar esas actividades para obtener iguales niveles de ingresos para el país. Una segunda vertiente crítica viene del keynesianismo de izquierda. El problema habría sido que frente a las dificultades se respondió con políticas fiscales y monetarias restrictivas, en vez de expansivas.

No es posible en el espacio que tenemos refutar tales argumentos. Tan solo vamos a proponer un análisis desde una perspectiva diferente.

El problema crucial

El nudo central que todo proyecto progresista debe desatar en materia económica en la periferia del capitalismo, lo definió M. Kalecki en 1966 en los siguientes términos: “El problema crucial de los países subdesarrollados es el aumento considerable de la inversión, no para generar demanda efectiva –como es el caso en una economía desarrollada pero con desempleo– sino para acelerar la expansión de la capacidad productiva indispensable para el rápido crecimiento del ingreso nacional”. Por eso, el “gran debate” sobre los rumbos de la Rusia soviética en los años 1920 giró en torno al problema de la “acumulación originaria socialista” para industrializar el país. Salvando las distancias, los progresismos en cualquiera de sus variantes tiene un desafío similar: ¿de dónde extraer excedentes para invertir en aumento de la producción y productividad?; al que hay que agregarle en nuestro caso otro más: ¿hay condiciones políticas en el juego democrático de realizarlo?

Con la desaparición de la URSS en 1991 al grueso de los países en desarrollo no les ha quedado muchas alternativas. Hoy en día, todas ellas tienen que pasar por alguna relación con el mercado capitalista global, vía el comercio exterior, obteniendo financiamiento internacional, atrayendo inversiones extranjeras directas o para la adquisición de tecnologías.

Es verdad, que se podrían obtener recursos dentro del país. De hecho, los países que reformaron los modelos de explotación de sus sectores extractivistas para que el estado nacional se quede con una parte mayor de la renta hicieron eso. No siempre fue fácil. El gobierno argentino de Cristina Fernández de Kirchner enfrentó una tenaz oposición de la derecha política, la oligarquía agraria y a los que se unieron sectores populares cuando aumentó las retenciones sobre exportaciones agrícolas (por si faltaran signos de que son proyectos contrapuestos, en su primer día de gobierno Macri revirtió esa medida). Técnicamente, habría también condiciones de extraer excedentes de la renta y el patrimonio de los sectores burgueses y oligárquicos. Pero, cuando el gobierno ecuatoriano de Rafael Correa anunció proyectos para aumentar impuestos a la herencia y la plusvalía, hubo fuertes movilizaciones que juntaron oligarquías, clases medias e incluso sectores populares y de izquierda contra esa medida. Y aún hay que considerar que en caso de que el gobierno consiga aprobar ese tipo de medidas la oligarquía responde con evasiones impositivas y de divisas, a la par que las empresas “calificadoras de riesgo” cuestionan la gestión del gobierno y encarecen los préstamos para el país.

Sin embargo, es verdad que en algunas coyunturas específicas y en algunos países, sí hubo condiciones de obtener excedentes del sector externo, como cuando los precios de los productos extractivos y primarios estuvieron unos años realmente altos. Puede que entonces ocurra el fenómeno que se ha denominado “subdesarrollo con abundancia de divisas”. Celso Furtado hizo ese diagnóstico en 1974 en el contexto de la “Venezuela saudita” del boom de los precios iniciado en 1973. Lo que aquellos años,  así como la primera década de este siglo, muestran es que para aprovechar hay que tener una estrategia contra el mercado, porque las señales que éste emite son equívocas, conducen a Venezuela a producir apenas petróleo y comprar todo lo demás del resto del mundo. En el caso venezolano el síntoma fue la sobrevaluación del Bolivar frente al Dólar. En casos como el Brasil, que no depende de un solo rubro primario exportador, sino que cuenta con varios, se repitió algo similar, porque vino sumado a otro fenómeno. Los excesos de capitales en los mercados internacionales que buscaban rentabilización con inversiones de corto plazo en nuestros países, y que fueron aprovechados por los gobiernos para fortalecer la posición internacional del país aumentando reservas monetarias, también hicieron lo suyo para sobrevaluar nuestras monedas. El saldo final de todo eso fue un aumento del consumo de productos importados y presiones desindustrializadoras.

Otro aspecto que debe ser analizado es que si el neoliberalismo entró en crisis en varios países de América Latina a finales de los años 1990 e inicios de los 2000, sin embargo, dejó como herencia un apego al consumo globalizado orientado por el “modo de vida americano” en amplios estratos de la población. Eso hizo que las mejoras de  los niveles de ingresos repercutan rápidamente en desequilibrios de las balanzas comerciales, no ya apenas como antes por el oneroso consumo de lujo de las oligarquías, sino también por el consumo de bienes importados para sectores medios y populares.

Un último tema que se debe plantear es que en la periferia del capitalismo globalizado neoliberal, los gobiernos progresistas buscan implantar una suerte de “estado de bienestar” fuera de época (porque éste está en retirada en el capitalismo desarrollado debido a la “corrida al fondo” provocada por la globalización de los mercados, con la deslocalización de las empresas, el aprovechamiento de los bajos salarios y estándares laborales en regiones de Asia, Africa y América Latina). Es lo que se llamaría en la economía ortodoxa un problema por el lado “de la oferta”, que justifica que los empresarios dejen de invertir y provoquen la estagnación económica. La derecha tiene un plan para resolverlo: una agresiva agenda antilaboral, de desempleo y ataque a los salarios y beneficios sociales. ¡Es lo que Macri y Temer están haciendo!

¡Es la política!

“¡La economía, estúpido!”, habría sido la explicación para la victoria demócrata en la elección presidencial de 1992 en los Estados Unidos. Nuestra hipótesis es que los impases que los países con gobiernos progresistas enfrentan –incluso los económicos– se deben a… ¡la política!:

1. Porque no es posible desarrollar un programa progresista manteniendo la actual inserción en el mercado capitalista mundial. Hay que construir una integración regional que sea plataforma y retaguardia para nuestra inserción global. No es posible el “progresismo en un solo país” de la periferia del capitalismo. Y hacer de América del Sur –como propuesto en UNASUR– la “4ta fábrica mundial”, en disputa con los EEUU, Europa y Asia, depende, en primer lugar, de voluntad política de los sectores gobernantes.

2. Porque no es posible aumentar el consumo de los sectores populares mayoritarios –necesario para retirar a la gente de la pobreza, la exclusión etc.– sin disminuir el consumo de las oligarquías y los sectores medios altos, dentro de cada país. Sea por motivos económicos –por ej. disminuir la presión sobre el saldo de la balanza comercial– o por motivos ambientales –el consumo de lujo de los ricos tiene una huella ecológica exponencial en relación a los pobres. Eso significaría apuntar a un ecologismo alineado con la lucha política de clases en la sociedad (y no apenas a la contradicción entre extracción vs. conservación).

3. Es más, esa debería ser una disputa también internacional, contra lo países con niveles de alto consumo y en favor de los de bajo consumo (medidas por sus respectivas huellas ecológicas por habitante). Los anuncios negacionistas del calendamiento global por parte de Trump aclaran los términos de esa disputa para el próximo período.

4. Podemos reducir la presión sobre el extractivismo y las actividades primarias de exportación si el Estado pudiera cobrar impuestos substantivos sobre la riqueza y los ingresos de las oligarquías y los capitalistas nacionales y extranjeros que operan en nuestras economías. Con mejor distribución de la riqueza y del ingreso será necesario menor crecimiento. Pero, tímidas experiencias vividas en varios gobiernos progresistas muestran la dificultad política de aprobar medidas con ese sentido.

Los gobiernos progresistas han demostrado que las amplias mayorías de nuestras sociedades pueden acceder a mejores niveles de vida. Para avanzar por esa senda, necesitamos ir más allá en cuestiones programáticas clave. La lucha de clases apenas ha comenzado.

 

* Economista paraguayo.