Burbuja financiera

Horacio Rovelli
La especulación no sólo distorsiona los precios, sino que al generar ganancia financiera realizable en corto plazo, esa realización (conversión en dinero) en cualquier mercado del mundo, facilita también la fuga de capitales. El principal objetivo del capital (en general riqueza acumulada y en particular la infraestructura, las máquinas y equipos, más la capacidad de contratar mano de obra y conocimiento para producir bienes y servicios) es generar ganancia. El fin de lucro es el “norte” de todo emprendimiento en el sistema de acumulación y distribución que tiene en el capital su centro y base de desarrollo y que se denomina capitalismo.

En ese marco, el capitalismo entrado en el siglo XXI presenta dos formas distintas de generar ganancia: Una es con la producción física de bienes y servicios (que en teoría se llama economía real), y la otra es la economía financiera que genera su propio circuito de reproducción independizándose en cierto modo de la economía real.

Es la tasa de rentabilidad la que hace que se inviertan capitales en la producción y distribución de bienes y servicios, o en los instrumentos y derivados financieros.

Es más, como siempre se especula con la posible evolución de determinada producción (en cantidad y /o en precios), se relaciona la actividad con su representación, de esa forma tenemos derivados y por ende valores futuros de la soja, o del petróleo, y derivados sobre tipo de interés, divisas, acciones, o títulos públicos.

De esa manera la evolución del capital financiero se va desprendiendo de la producción de bienes y servicios y tiene su propia dinámica, el problema es, como sostenía John Maynard Keynes: “...si la especulación domina el mercado ejerce una influencia negativa sobre el proceso económico. Los especuladores no tienen más información ni conocen mejor el negocio que los productores o los comerciantes, ni son profetas, aunque puedan pensar que tienen ese don”.

Lo que estamos diciendo es que la especulación no sólo distorsiona los precios (por ejemplo, los contratos a futuros de venta de granos, o de petróleo crudo, o de acero, etc.), sino que al generar ganancia financiera realizable en corto plazo (siempre menor que cualquier proceso productivo), esa realización (conversión en dinero) en cualquier mercado del mundo, facilita también la fuga de capitales, razón por la cual es doblemente perjudicial para los países no centrales, dado que convergen en monedas y títulos de los países desarrollados (lo que ellos llaman “fuga a la calidad”).

Esas características hacen que se concentre aún más el capital, de manera tal que lo financiero pasa a ser más importante que lo productivo, nuestro país lo ha vivido varias veces con las dictaduras militares y con el festival de bonos del Plan Austral y la bicicleta financiera de la convertibilidad. Y todas esas historias terminan mal, dado que las altas tasas de interés resultado de las actividades rentísticas y especulativas terminan erosionando el capital de los pequeños y medianos emprendimientos, que se ven obligados a vender sus activos a precio de remate a los grandes capitales nacionales y extranjeros como nos pasó todas esas veces, quienes a su vez ante un mercado más chico y con los serios problemas productivos y distributivos que ellos mismos generaron, reinvierten una parte, pero la mayor proporción la fugan al exterior.

Para ese capitalismo se preparan los grandes capitales nacionales y externos que operan en nuestra Argentina, dando por descontado que la nueva administración va a aceptar mansamente las leyes de juego del capitalismo financiero mundial. Eso explica la “euforia compradora” de títulos y acciones, y que el JP Morgan reduzca la tasa de riesgo país en los último cinco meses.

Mauricio Macri que cuando asumió la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el 10 de diciembre de 2007, la recibió con una deuda externa de US$ 196,2 millones, la misma al 22 de marzo de 2015 asciende a US$ 2.543,1 millones, incrementándola en un 1.196% en ese lapso, sin que se refleje en mejoras en la educación, en la salud, en las obras básicas de infraestructura como vivienda, desagües y obras hidráulicas, transporte, etc., se propone como adalid de esa política y de ese capitalismo financiero, y, como decía la dupla Menem y Cavallo, va a sostener que no podemos apartarnos del mundo y los capitales vendrán presurosos a la Argentina (que fue su fundamento para que pagáramos y sin chistar la deuda con los fondos buitre amparados por el fallo del juez Griesa, sin importarle lo que implica dicho pago no sólo con la deuda que está en default, sino incluso con la deuda reestructurada, lo que hubiera sido una verdadera catástrofe).

No podemos tener tan poca memoria como para negar la herencia del menemismo, ni ser tan ingenuos para creer que los capitales van a venir a la Argentina a producir cuando se les dan pingües negocios financieros y especulativos. La audaz e inteligente política de los últimos 12 años permitió desendeudarnos y volver a poner de pie a la Nación con trabajo y producción, pero ese marco favorable es el que pretende utilizar para volver a endeudar al país, repitiendo el ciclo de endeudarnos para importar bienes y servicios que sustituyen nuestra esforzada producción local, con el pretexto de que no somos productivos y que esa ineficiencia la paga toda la sociedad. El circuito se cierra con déficit en la cuenta corriente e ingresos por deuda en la cuenta de capital, vuelta a pedir créditos externos y programas de ajuste del consumo popular para pagarlo.

Más allá de sus escasos conocimientos y de su irresponsa-bilidad manifiesta, que haya sostenido que si gana la presidencia de la República el día 11 de diciembre 2015 levanta el mal llamado “cepo” cambiario, no es para que Doña Rosa (ese nefasto personaje creado por el más nefasto Bernardo Neustadt) compre sin impedimentos dólares, sino que lo hacen para que las grandes corporaciones pasen sus ganancias en pesos a divisas y lo fuguen del país.

Se preparan para ese festín, para la lógica política de una política económica que los tiene como únicos beneficiados en desmedro del grueso de la población que trabaja y produce con el sudor de su frente, y allí la paradoja, el capitalismo financiero es excluyente y exclusivo, empuja a la desocupación y a la indignidad de no tener su propio sustento a amplios sectores, que a su vez sirven como temor a los que todavía mantienen su trabajo.

El otro capitalismo, el de la producción, obviamente exige más esfuerzo, más horas de trabajo y más intensiva, capacitarnos y obligarnos a planificar como nos insertamos al mundo, que le vendemos y que le vamos a vender, donde se realice una confluencia entre el Estado y la población, donde los empresarios asuman responsablemente esas tareas y dependan menos del amparo estatal que la de ser más productivos, los que los obliga a invertir en ampliar la capacidad instalada, e incorporar conocimientos.

Ese es el desafío, pero es el único que garantiza trabajo para todos, que ante el avance continuo y persistente de la técnica y su reemplazo de la mano de obra, nos obliga a innovar, a ser más creativos, a buscar nuevos mercados, somos un poco más de 40 millones de personas, bien podemos hacer un país digno para todos y esa dignidad se basa en el trabajo, en el trabajo de calidad para nosotros y para las futuras generaciones.

El camino elegido por lo mejor del kirchnerismo era que los salarios crecieran por encima de los precios (el piso de las remuneraciones al trabajo de las paritarias para Néstor Kirchner era la inflación más dos puntos) y que los precios crecieran más que las tasas de interés, y estábamos en medio de la nada, en default y sin la presencia que tiene los Brics cada día mayor en el comercio internacional.

Obviamente que no negamos la inconsistencia macroeconómica que significa perpetuar esas tasas de crecimiento disímiles, si sirvió para salir del fondo del pozo, pero se corrige con un Congreso de la Productividad como hizo Perón hace exactamente 60 años en donde el por ese entonces presidente de la CGE, Don José Ber Gelbard sostuvo: “La productividad no constituye en sí misma un fin, sino un medio para fomentar el progreso social, consolidar el bienestar general, desarrollar la justicia social y afianzar la independencia económica del país”, claro que lo derrocaron meses después, pero hasta el golpe de marzo de 1976 no habían podido destruir el modelo de acumulación y distribución de sustitución de importaciones y de producción local que dejó el peronismo.

Se pueden perder las elecciones, lo que no podemos hacer es volver a los ’90, como nos proponen las distintas variantes de la derecha vernácula, simple y atrasada pero hábil en la dominación política e ideológica, y eso depende de todos nosotros, para que no nos pase como le dijo la Sultana Aixa, madre del último sultán de Granada, Boabdil el Chico, “No llores como mujer, lo que no supiste defender como hombre”.

Miradas al Sur - 22 de marzo de 2015