Aquellas dificultades, según José Ber Gelbard

Julián Blejmar
Aquel junio del año 1974 era para la economía argentina un mes caldeado, debido a la inflación, con su consecuente desabastecimiento y mercado negro. El incremento de precios se encontraba en una tasa anual aproximada del 13%, con una tendencia a la suba que terminaría representando el 30% anualizado para noviembre.

Ese mes, finalizaría la gestión del equipo económico liderado por José Ber Gelbard, quien había sido designado por Héctor Cámpora el 25 de mayo de 1973, y ratificado por Perón durante su tercera presidencia. De acuerdo al historiador norteamericano especializado en estudios latinoamericanos Gary Wynia, el equipo económico liderado por Gelbard coincidía con sus antecesores en la necesidad de atacar la inflación, pero creía “que su fin último era una economía industrial más nacionalista y orientada hacia el consumidor, además de los objetivos inmediatos de estabilización de precios”.

De hecho, según este autor, eso lo diferenciaba de los funcionarios que habían ocupado la cartera de economía antes de 1973, quienes tenían “una visión a corto plazo de los problemas, y se veían muy atraídos a combatir la inflación mediante la reducción de los salarios reales, lo que ofrecía una salida ilusoria”. El 19 de aquel junio caliente, a pocos meses de su salida, Gelbard fue citado por el Congreso para exponer su visión sobre la marcha económica. En su exposición de más tres de horas, hizo referencia no sólo a la inflación, sino a otras variables políticas y económicas. Allí, comenzó señalando que “muchas veces, el ritmo de la actividad cotidiana impide apreciar debidamente de qué modo, haciendo gala de total impunidad, algunos sectores desalojados del espectro político, que aún manejan ciertos resortes, están creando su propia realidad y saboteando nuestra tarea de cambio”, añadiendo que “es un paradójica rutina que abogados y gestores de los monopolios internacionales sostengan su inquietud, ahora, por el futuro de la pequeña y mediana empresa, el costo de vida y las inversiones extranjeras, expresando defender los intereses nacionales y populares. Hasta donde llega nuestra memoria, fueron esos mismos grupos los que hicieron posible que los asalariados perdieran sustancialmente su participación en el ingreso nacional y que ciertas aventuras se calificaran como aporte de capitales extranjeros”. Tras esta introducción, admitió que “un cambio tan drástico de las tradiciones políticas económicas liberales, impuestas por los empleados de los monopolios, no podía funcionar sin ciertos tropiezos”. En este sentido, hizo referencia a “dos problemas reales, cuya magnitud y origen se vienen exagerando interesadamente, el desabastecimiento y el mercado negro. Estas desviaciones frente al contexto que acabamos de describir, no son un hecho capital”. Afirmó, al respecto, que oponerlas al programa que estaba en marcha “sólo puede tener una oscura finalidad: minimizar la política o conspirar contra sus resultados finales”. Al respecto, afirmó que en el contexto que vivía el país, de una “mayor actividad económica y capacidad adquisitiva”, estos problemas sucedían, y que de hecho también habían ocurrido con los primeros gobiernos peronistas, pero no habían impedido la mayor participación de los sectores populares (en ese entonces, de casi el 50%) en el PBI. Para explicitarlo, remarcó que “todos sabemos que en una economía con libertad de precios, estas desviaciones son menores. Pero en esas economías son también mucho menores el consumo y los ingresos de los sectores del trabajo, que son los primeros destinatarios de esta política” agregando que “el liberalismo en la Argentina sólo trajo miseria para el pueblo”, y arriesgándose a señalar que “bajo el pretexto del desabastecimiento y el mercado negro, se desea sabotear la política votada por el pueblo”. Puntualmente, afirmó que para estos sectores, “tanto sindicales como empresarios” a los que calificó como “voceros de la dependencia y aventureros”, el gobierno había cometido “otras herejías, entre las más graves, la de terminar con la plenipotencia de los gestores internacionales, que se quedaron sin negocios, y lanzarse por el camino del desarrollo independiente en la esfera del intercambio económico”. Pero también embistió contra “los agentes de la anarquía, que desean apresurar el proceso sin reparar en que le hacen el juego a los reaccionarios de siempre”. Más adelante, en referencia a las instancias de diálogo intersectorial que había llevado adelante el gobierno, y que se reclamaba en mayor medida por parte de diversos sectores económicos, afirmó que “el diálogo no era sólo para dar mejores precios, menos impuestos o mayores ganancias, así como la conservación de antiguos privilegios gremiales o empresarios”. Sobre el final, hizo un balance de toda la gestión, remarcando los logros obtenidos por el gran número de planes desarrollados, con los que se había intervenido en casi todos los sectores de la economía. Uno de los éxitos, afirmó, era que “la participación de los trabajadores en el ingreso nacional pasó del 33 al 42,5%, la desocupación que en abril de 1973 era del 6,6% en octubre era del 4,4% (Nota de la R. terminaría su gestión con un índice de desocupación similar a este último guarismo) y la tasa de inflación anual pasó del 80% al asumir a menos del 13%”. Gelbard cerró su exposición afirmando que la misma fue “un balance que es una síntesis de realizaciones y demoras, y nos ofrece una perspectiva muy promisoria y difícil a la vez. Refleja, sin embargo, la postura de quienes estamos dispuestos a pelear por la plasmación de estas ideas, que constituyen la pasión de una vida”.

Miradas al Sur - 22 de febrero de 2014