Masivos festejos en China para revalidar el poderío del PC

Natalia Tobon
China está disfrazada de rojo: sus calles, sus principales portales de Internet, sus canales de televisión, su gente y hasta las canciones revolucionarias que se cantan en los parques. Experta en organizar fiestas masivas, China no podría dejar pasar los festejos por los 90 años del Partido Comunista Chino (PCC) sin impregnar su tierra del color base de la fundación de la República Popular para recordarles a sus habitantes que fue gracias a esa fuerza política, militar y social que el país se trazó el camino de crecimiento que lo llevó hoy a ser uno de los grandes del mundo. Así lo muestran las decenas de emisiones televisivas y las películas estrenadas -como La fundación de la República- que recuerdan los primeros pasos del partido, las decisiones tomadas y sus grandes líderes. La maquinaria propagandística del PCC lleva funcionando más de un mes. En cada emisora, canal de TV o Internet se ha mencionado la importancia de su existencia, hasta el punto de que esta semana, días antes de la verdadera celebración, las palabras "nacionalismo", "obligación", "respeto", "cautela" y "agradecimiento" se unieron en una sola acción: elevar la bandera roja con la hoz y el martillo, y entrar en un ambiente festivo.

China parece querer imponer la imagen idealizada de la revolución, en donde todos luchaban por el pueblo. Se organizaron conciertos, con actores disfrazados de campesinos con trajes de cuello alto, elevando banderitas rojas. Se entrevistaron hombres mayores que todavía no han logrado hacer una transición a la nueva China y que aún hablan del milagro del proceso revolucionario.

El Partido Comunista más grande del mundo, con más de 80 millones de afiliados, se erige como el más importante líder nacional, más que los personajes de la historia china. Sin embargo, la celebración tiene, además de una festividad, el efecto reafirmante y necesario para el PCC.

Si bien es cierto que la gran mayoría reconoce que la labor partidaria fue fundamental en el estado actual del país, su camino al desarrollo reveló enormes problemas que desvelan a la población, como la inflación y los crecientes casos de corrupción. Esto se une a conflictos étnicos como los que se vivieron meses atrás en Mongolia Interior y a la censura y detención arbitraria de activistas y defensores de los derechos humanos desde los intentos de la Revolución del Jazmín, en febrero pasado.

El PCC, por todos los medios, busca mostrar que está haciendo todo para combatir sus males. Y eso incluye acercarse al pueblo que hace 90 años le permitió que surgiera para perfilar la historia de la nación más poblada del mundo sin oposición.

Pero los discursos fundacionales o revolucionarios ya no aplican. A pesar de que los casos de corrupción abundan; a pesar de que la justicia es un brazo del Ejecutivo y el Legislativo, y a pesar de que no hay formas específicas de exigir rendición de cuentas y se continúen saltando las reglas cuando hay relación ( guanxi ) o dinero de por medio. Hace unas semanas, un grupo de internautas lanzó una plataforma para denunciar casos de corrupción; a los pocos días, fue cerrada.

Hoy ya no se quieren personas que se levanten o que cuestionen el sistema. Los recuerdos revolucionarios, entonces, continúan en el pasado. Por eso, la vestimenta, las estrellas y las canciones ya no se cantan más.

Hoy, el partido y sus líderes (incluso los antiguos) son figuras lejanas al pueblo. El peso del partido está más en la influencia que se tiene al ser miembro que en ser un ícono nacional. La celebración quedará como una campaña de rememoración de los buenos tiempos revolucionarios y la reafirmación del papel del partido en China, único capitán capacitado para comandar ese gran barco.

Fuera de los parques, trabajadores del campo intentan vender banderas del PCC a cinco yuanes. Los profesionales de cuello blanco las compran para disfrutar del ambiente revolucionario por un rato. La imagen refleja lo que hoy en día amenaza más a China: una creciente desigualdad social y económica, con una inflación sin igual que afecta principalmente a los más pobres.

Con limitaciones de la publicidad de artículos de lujo, controles de precios, aumentos de los préstamos y subvenciones en el campo, el gobierno chino se ha embarcado en una campaña para hacer cumplir uno de los principales mandatos del plan quinquenal: hacer feliz a su población.

Sin embargo, el difícil equilibrio entre consumismo y comunismo hacen de esta labor casi una utopía. Más cuando el mandato que prima es el dejado por Deng Xiaoping, de hacer dinero, y no el de trabajar colectivamente como pregonaba Mao.

En su reciente viaje a Alemania, el primer ministro, Wen Jiabao, habló de apertura política. Después de unos meses de fuerte control y detenciones, las liberaciones de algunos de los activistas detenidos dan señales de las intenciones conciliatorias.

Sin embargo, las libertades y derechos, si bien serán determinantes, no forman el grueso de la "felicidad china". Los resultados económicos condicionarán la futura legitimidad del partido, otorgada por una población que satisfaga sus nuevas necesidades en la economía de mercado de China.

Publicado en edición impresa de La Nación 01 de julio de 2011

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