Fusiles para reestructurar la sociedad

La estrategia militar Daniel Campione Fuente: Acción Segunda quincena de marzo de 2006 - Año 39 - Número 950

En los últimos años 60 y primeros 70, tocaba a su fin un cuarto de siglo signado en el mundo capitalista por el crecimiento económico sostenido por la vía del desarrollo del mercado interno y los altos salarios. Había problemas en la balanza comercial norteamericana, obstáculos crecientes para seguir incrementando la productividad frente a sindicatos unificados y poderosos, y masas trabajadoras que habían aprendido a convertir los condicionamientos del fordismo en medidas para la defensa de sus intereses. El incremento explosivo de los precios del petróleo desencadenado por la "cartelización" de los proveedores tercermundistas del fluido, contribuyó a complejizar el panorama.

La segunda posguerra había sido marcada por sucesivas victorias de movimientos de liberación nacional, muchos de ellos definidos luego como socialistas; de China a Argelia, pasando por Cuba. Esa tendencia (que se sintetiza en el Mayo Francés), culmina con un movimiento que sacudió las bases políticas y culturales del orden social tradicional en el mismo centro del poder capitalista y alentó una renovación en el campo de la izquierda.

Las usinas de pensamiento del poder mundial comenzaron a movilizarse en una contraofensiva que sacara al orden capitalista de su crisis y pérdida de prestigio en todos los órdenes. Desde los teóricos militares que delinearon la estrategia de "guerra contrarrevolucionaria" poniendo énfasis en las batallas en el terreno de la cultura, pasando por las doctrinas económicas que solo años después comenzarían a llamarse "neoliberalismo" y las concepciones de Samuel Huntington sobre la necesidad de "restringir" los límites de la democracia para socavar las bases de movimientos contestatarios, germinaba una respuesta que pretendía restaurar los postulados originales del capitalismo para infligir una derrota estratégica a quienes militaban por una revolución socialista.

En América latina se vivía el proceso histórico con particularidades propias y tiempos diferentes. En Chile y Uruguay, dos procesos que parecían marcar la posibilidad de una transición socialista por vía pacífica, dieron lugar a golpes militares que triunfaron sin enfrentar resistencias eficaces e impusieron dictaduras sanguinarias. Las guerrillas de los 60 habían terminado casi todas en derrotas sangrientas.

Proyectos enfrentados
En Argentina el proceso de radicalización estaba vigente, pero dando síntomas tanto de debilidad propia, como de la decisión y carencia de límites de sus enemigos. La Doctrina de la Seguridad Nacional estaba alcanzando un nuevo estadio de aplicación, con el aliento de EE.UU. El "Estado de bienestar", las políticas dirigistas de tipo keynesiano y, más en profundidad, toda la organización fordista de la producción y el consumo, empezaban a ser cuestionadas.

Tampoco puede comprenderse la dictadura sin tomar en cuenta sucesos desencadenados durante el gobierno anterior. Se marchaba a una confrontación cada vez más abierta entre proyectos diferentes, que se simplifican y radicalizan en el encarnado en José Ber Gelbard y el propio Juan Domingo Perón, de retomar la senda de crecimiento relativamente autónomo emparentada con el primer peronismo. La "misión" Oscar Ivanissevich y el rectorado de Alberto Ottalagano en la UBA fueron, ya en 1974, el preámbulo de las políticas educativas y culturales de la dictadura. Los planes económicos de Celestino Rodrigo y luego de Adolfo Mondelli, señalaron los intentos de imponer la "economía de mercado" de José Alfredo Martínez de Hoz. La Triple A y otras organizaciones paramilitares iniciaron una masacre de militantes populares que el decreto de Luder disponiendo la "aniquilación" de los "subversivos" convirtió en política pública.

El antes y el después de 1976 vinieron a articularse como parte de una embestida contra los trabajadores y las clases populares. La dictadura no se instaura solo para realizar el plan del ministro de Economía Martínez de Hoz, sino para una "reestructuración" de la sociedad argentina en que la política económica, la represión y la expansión de una concepción del mundo reaccionaria y "despolitizadora" se articulaban complejamente. La destrucción violenta de cualquier forma de resistencia prestó un clima de "paz social" indispensable para medidas que iban de forma evidente contra los intereses de la mayoría de la población.

La dictadura promovió desde el primer día una "derechización" radical en el conjunto social, ejerciendo a un tiempo una pedagogía del terror ("El silencio es salud", "¿Usted sabe donde está su hijo?"), y la búsqueda de activar impulsos autoritarios; actitudes ultraindividualistas y elementos conservadores del sentido común tradicional para generar amplias cadenas de complacencia e incluso complicidad en los más variados ámbitos sociales, que comprendieron al grueso de la "clase política".

Además de una desmovilización general que solo se iría revirtiendo con mucha lentitud, la coalición que dio sustento a la dictadura logró implantar la desvalorización de las políticas de tipo "populista" y de Estado benefactor; junto con el aislamiento político y cultural de corrientes de izquierda radical, con las organizaciones armadas en primer término. Pueden señalarse fracasos de la dictadura en algunos de sus objetivos específicos, pero el capital concentrado y diversificado que se reforzó en este período pasó a constituir un dato permanente y fue factor de poder fundamental en la posterior "transición a la democracia".

La repulsa generalizada a las prácticas de la dictadura y el desprestigio ilevantable de los militares en la función política albergaron una evaluación parcial y sesgada del proceso dictatorial. Se criticaron los métodos de la represión, pero no siempre se comprendieron sus propósitos estratégicos; los resultados de la política de Martínez de Hoz, pero no las bases del discurso neoliberal y antiestatista. La impronta individualista, desvalorizadora de la militancia y la acción colectiva, se demostraría persistente. Todo se integró en una "visión del mundo" que fue una fuente fundamental del apoyo que recogieron las políticas de "reformas estructurales" de los 90, las que pueden ser interpretadas como un éxito post mortem de la dictadura de 1976.

Daniel Campione
Historiador

Boquitas pintadas de negro
Por León Rozitchner

El juicio contra los responsables del genocidio argentino fue dirigido desde el comienzo solo sobre los actores más directos e inmediatos: contra los ejecutores materiales de las violaciones de los cuerpos y contra los jefes responsables en la cadena de mandos. Pero desde el punto de vista de los actores de ese hecho histórico, ellos eran solo la saliencia más visible y sanguinaria que ocultaba la compleja trama de hombres e instituciones responsables, las que han quedado hasta ahora mantenidas al margen. En otras palabras, eran las cabezas de los grupos de tareas o de las instituciones armadas, encargadas de la faena directa, los que ocupaban el escenario visible donde el poder solo se revelaba en sus repugnantes y sanguinarias figuras. Se borraba así toda referencia a la estrategia compleja de intereses que habían convergido para que el genocidio pudiera realizarse. La contundencia de las imágenes de los cuerpos de las personas asesinadas, torturadas y violadas, con las cuales los medios llenaban el lugar vacío de los desaparecidos, se correspondía -sensible a sensible- con la de los rostros siniestros de los ejecutores directos. Pero los otros actores indirectos y las instituciones que la habían preparado y hecho posible permanecían en la sombra, como si no formaran parte. Para que los demás responsables, más distanciados de la acción directa pero no menos asesinos, pudieran aparecer ligados con el crimen, se hubiera requerido un acto de pensamiento, un enlace pensado más allá de las relaciones que con su limitación sensible la imagen puede mostrarnos. ¿Cómo hacer para que en ella aparecieran los hombres de iglesia que los alentaron y pidieron la depuración de la sangre santificando el crimen? ¿Cómo hacer para mostrar en la imagen de un torturado o en los restos de un asesinado a los representantes de los grandes intereses económicos, políticos, jurídicos e imperiales que, según el general Balza, empleando un eufemismo todavía cómplice, "les hablaban al oído" a los militares para incitarlos a hacer lo que hicieron? ¿Donde están ahora esas boquitas pintadas de negro?

Al privilegiar solo los actos del terror homicida directo se nos hizo olvidar que ese hecho estaba construido y fue producto de una estrategia de dominación sobre los pueblos, para lograr la cual debía contarse con una participación material de otros poderes. Y todos ellos, disueltos en la apariencia de sus distintos territorios separados, son sin embargo constitutivos de la sociedad argentina: el poder religioso, el poder económico, el poder de los medios de comunicación, de la educación, el poder político. Esos poderes, que ahora ejercen su dominio, fueron sus cómplices y al terror le deben el poder que ahora tienen. Sin ellos hubiera sido imposible el genocidio: son los que lo organizaron y prepararon.
Sin embargo, ni la Iglesia, ni el poder económico, ni el poder político, ni los medios, ni la CGT, ni la justicia cómplice, ni la CIA, ni el FMI, ni el Banco Mundial, ni Kissinger fueron sometidos a juicio. No hubo entre nosotros -bella democracia- ni siquiera un tribunal "simbólico" al estilo del de Estocolmo para actuar por fuera del Estado como Jurado para enjuiciar a todos los responsables del genocidio.

Si solamente nos dedicáramos a rememorar un aniversario más del genocidio argentino sin poner el énfasis en el hecho de que formábamos parte de una estrategia imperial que recién ahora se ha desplegado en el mundo, frente al cual nuestros 30.000 asesinados van a sumarse a los millones que el terrorismo del neoliberalismo ha producido y sigue produciendo, creo que nos quedaríamos cortos. Cortos de vista y cortos de inteligencia al no comprender que la resistencia política de nuestra sociedad estaba inserta, lo supiera o no, en una carrera contra el dominio más atroz de la tierra, que prolongaba las monstruosidades del nazismo en este 4º Reich de los EE.UU. Esa conclusión es a la que estamos llegando ahora en un país diezmado: la complicidad monstruosa del poder terrorista argentino con el norteamericano, la globalización del terror y el dinero.

*Filósofo

Consecuencias economicas
La inoculación del neoliberalismo

Han pasado 30 años de aquel nefasto 24 de marzo de 1976 y mucho es lo que se ha escrito sobre sus consecuencias económicas. De todos modos, quizá lo más importante que pueda destacarse es que los principales cambios implementados en aquel entonces aún sobreviven, como un virus al que aún no se ha podido derrotar y que sigue transitando por las "venas abiertas" de la economía argentina.

Las transformaciones económicas llevadas a cabo en aquellos años de plomo fueron tan profundas que corresponde hablar, más que de la implementación de un modelo, de un verdadero cambio de régimen, dado que variaron las formas de acumulación del capital y las relaciones entre las clases sociales.

Apelando a un breve recorrido histórico, a partir de la crisis del 30 se agota el dinamismo del sector agrario pampeano y se va instalando con fuerza una economía industrial y de alta ocupación, fogoneada por las pymes y el efecto de las inversiones públicas y las de capital externo.

Esta economía que se iba consolidando en lo industrial, generó una clase trabajadora que en los períodos de ascenso de las luchas sociales, y junto con los sectores menos concentrados de la burguesía local, logró disputar el poder a la gran burguesía terrateniente e industrial. Los distintos golpes militares se encargarían de inclinar repetidamente el fiel de la balanza hacia este último sector.

El pozo y el péndulo
El plan del Proceso de Reorganización Nacional se encargó de clausurar ese comportamiento pendular, minando los dos pilares sobre los que se asentaba la alianza de los sectores populares: la clase trabajadora y las pymes. En el primer caso, a través de la pérdida de poder de negociación de los sindicatos por la intervención y el terror. En el caso de las pymes, asestándole un golpe brutal con el cierre de millares de empresas. Las medidas enfocadas a producir la baja del salario real, la consecuente disminución del mercado interno y la feroz apertura importadora fueron los "martillos neumáticos" que derrumbaron estas dos columnas.

El comienzo del cambio puede ubicarse antes del golpe militar, a través de un preludio de inflación desbocada como herramienta privilegiada para destruir las conquistas populares y dar paso al nuevo régimen. Esta maniobra no solo funcionó en Argentina con el Rodrigazo, sino que también fue la estrategia que asoló al gobierno de Salvador Allende unos años antes, dando indicios de la existencia de un plan externo para la instalación del neoliberalismo en toda América latina.

La regresión producida en la distribución del ingreso por la dictadura no tiene parangón en la historia argentina: la clase trabajadora pasó de percibir el 45 por ciento de la renta nacional a un magro 28 por ciento.

El impacto en la industria no fue menor, ya que perdió 6 puntos porcentuales en su participación en el PBI entre 1974 y el crítico año de 1981. Mas dramáticos son los datos de ocupación de la industria manufacturera, ya que si en 1973 ocupaba el 26 por ciento de la mano de obra total del país, en 1997 solo empleaba al 15 por ciento del total.

Puede decirse que tanto en Argentina como en el resto de América latina las dictaduras aplicaron los lineamientos esenciales que luego darían origen al conocido Consenso de Washington.
La apertura importadora, un tipo de cambio sobrevaluado que destruye a la producción nacional, libertad absoluta para los flujos de capitales, endiosamiento del mercado, fueron los jalones de los años de plomo y también de la convertibilidad, cuya aplicación constante ha producido una erosión persistente en las condiciones sociales que se ha mantenido hasta nuestros días.

Otro fenómeno incesante ha sido la concentración de la economía iniciada en la dictadura y que continuó en los distintos gobiernos electorales, dando una fiel idea del cambio producido en los patrones de acumulación que también arrasó con las políticas productivas. Esta concentración, asociada con un intenso proceso de extranjerización, dio origen a una nueva gran burguesía local, cuyo interés económico ya no se encuentra ligado con el crecimiento del mercado interno, sea porque producen para el mercado externo, o porque la fuerte concentración implica que ante una reducción del mercado interno las grandes empresas mantienen -incluso aumentan- su cuota de mercado a costa de las pymes.

Si las principales consecuencias han sido el empeoramiento de las condiciones sociales y la destrucción de pequeñas empresas, cualquier cambio posible debe pasar por resolver estas dos cuestiones. Es por eso que la mejora en la distribución del ingreso y un programa de desarrollo que beneficie a las empresas de economía solidaria y a las pymes, son los componentes esenciales de la vacuna para combatir el virus neoliberal inoculado hace ya treinta años.

Alfredo T. Garcia
Director del Cefim

Verdad y Justicia
Por Adolfo Pérez Esquivel*

La última dictadura militar sacudió y violentó a la Argentina en el marco de un escenario de gobiernos autoritarios implantados en América latina por los Estados Unidos a través de la Doctrina de la Seguridad Nacional. El Plan Cóndor, llamado la "internacional del terror", que extendió sus tentáculos más allá de nuestras fronteras, asesinando, secuestrando y desapareciendo en los traslados mediante operativos entre distintos otros países, demuestra la acción de coordinación internacional desarrollada para reprimir las demandas populares a nivel continental.

Los golpes militares y sus mecanismos del terror, metodologías que llevaron al asesinato, torturas, desaparición de personas, destrucción de la capacidad productiva del país, y los miles de exiliados dispersos en el mundo, persisten en nuestra memoria.

Estos treinta años de lucha por la memoria, verdad y justicia, nos enfrentan con la realidad de hoy. Cambian los gobiernos pero el sistema perverso continúa con su política de privilegiar el capital financiero sobre el capital humano, condenando a más de diez millones de argentinos, hombres, mujeres, jóvenes, ancianos y niños, a la pobreza y la indigencia. No solo les han robado los recursos básicos para una vida digna, sino que pretenden también robarles la esperanza.

Se nos ha impuesto una deuda externa inmoral, injusta e impagable, mientras los gobiernos continúan sometidos a los dictados del FMI y el Banco Mundial, asumiendo el pago de la misma. Instalaron bases militares norteamericanas en todo el continente, y en las hipótesis de conflicto de las fuerzas armadas, persiste el concepto de que el enemigo es el pueblo. Son los mecanismos de dominación que no han sido desterrados aún hoy, tres décadas después.

Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, estamos de pie, nuevos aires y horizontes se vislumbran en la vida de los pueblos, son como los ríos subterráneos que emergen a la superficie y cambian los cursos de la geografía y la historia. La resistencia y el pensamiento propio se manifiestan en todo el continente, desde las organizaciones sociales hasta gobiernos que comienzan a generar conciencia y valores propios, e intentan romper las cadenas de dominación

Queda un largo camino por recorrer. A treinta años del 24 de marzo de 1976, convocamos al fortalecimiento de la resistencia para lograr que Nunca Más vuelva a suceder lo ocurrido, no solo en nuestro país, sino en todo el continente y el mundo.

30.000 desaparecidos. ¡Presentes!
Ahora y siempre.

*Titular del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj)

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