El que afloja pierde

Julia Muriel Dominzain


En una clase de diseño industrial, Tiago Ares supo que en Finlandia, uno de los países con menor tasa de mortalidad infantil, el gobierno entregaba moisés, ropa y juguetes a embarazadas y pensó que algo parecido podría hacerse en Argentina. Tres años después nació el Plan Qunita y las muertes de bebés se redujeron un 8,5%. Con la llegada del macrismo, el juez Bonadío ordenó destruir todos los kits. Tiago nunca se enteró: había muerto un año antes, a los 25, de cáncer de colon. Como si todavía tuviera mucho por decir, como si fuese un refugio de la enfermedad y las internaciones, en los últimos meses de vida completó cuadernos enteros con dibujos de personajes espaciales y una frase: "el que afloja pierde".

Un estudiante universitario se entera, en una clase, de que existe un riesgo de mortalidad infantil que se puede prevenir. Piensa una solución. El Estado convierte la idea en política de Estado: nace el plan Qunita. El pibe cumple el sueño de devolver a la sociedad lo que la sociedad le dio con la educación pública. La mortalidad infantil baja. Una diputada hace una denuncia. El joven no llega a enterarse de que un juez ordena destruir el proyecto: muere de cáncer pocos meses antes, a los 25 años. Tampoco alcanza a saber que se ha creado un símbolo, un símbolo con forma de cuna. 

Esta historia tiene de todo. Y, por supuesto, comienza mucho antes. 

Santiago (“Tiago”) Ares nació en 1990. Años más, años menos, por entonces crecía la generación que entendía la importancia de cuidar la democracia, aunque la política no enamorara. Una época de privatizaciones, Disney y promesas de viajes a la estratósfera que derivó en ollas populares, fábricas recuperadas y el dos mil uno.

El bebé Tiago llegó a una familia ensamblada. Lo habían deseado mamá Laura -diseñadora gráfica, hija de padres comunistas- y papá Álvaro -editor de un periódico, exiliado durante la dictadura por intentar hacer una obra de teatro-. Tenía tres hermanos más grandes que él: Andrés, Bruno y Federico.

A los pocos meses de vida, un médico les explicó a Laura y Álvaro que el niño tenía una inmunodeficiencia poco común y sin cura. Tendría que hacer un tratamiento ambulatorio para siempre. Estaban todos muy angustiados. Pero Tiago, “en vez de permanecer y transcurrir, honró la vida”, dice Álvaro. También cuenta que estudió cancionística, que ser padre lo acercó a nuevos miedos y que aprendió de su hijo que cada día tiene que ser el mejor. Andrés, hermano de Tiago, agrega: “Era como si entendiera que la vida es más corta de lo que uno cree”.

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El niño Tiago creció muy conectado con el arte y la literatura, fanático del dibujo y los legos. De chico conoció al amigo que lo acompañaría toda la vida. Se llama Marcos Giampani y recuerda que se conocieron pasando las vacaciones en country en la Provincia de Buenos Aires. “Muy noventas”, dice Marcos. Después, en los 2000, ya no habrá countrys ni un mango para vacacionar. Entonces, un verano, Tiago lo dedicará a aprender a usar el photoshop con un manual prestado, de a ratos, en una librería. Con el tiempo, Tiago y Marcos se convertirán en compañeros de militancia de La Cámpora y, poco antes de que muera Hugo Chávez, viajarán juntos a Venezuela. Pero, para eso, todavía falta. 

Ahora, por unos instantes, Marcos recuerda: tienen seis años y Tiago le dice “hoy tenemos hospi”. Un rato después, los dos amigos están en una habitación del Hospital Italiano mirando dibujitos animados en la tele. Conectado a una sonda, Tiago recibe la medicación. Para ellos es una escena familiar, cotidiana. Y entonces juegan, porque son niños.

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Cuando terminó la primaria en el Mariano Acosta, Tiago entró al Nacional Buenos Aires, el mismo colegio en que había estudiado su mamá. Después se anotó en Diseño Industrial en la Facultad de Diseño y Urbanismo (FADU) de la Universidad de Buenos Aires. Toda una vida en la educación pública.

En las sobremesas de las comidas familiares siempre hubo mucha conversación. Su hermano Bruno recuerda que tenían “una ideología clara pero huérfana”. Andrés suma: “Tuvimos una crianza desde la sensibilidad. Pero veníamos de los ‘90: nadie quería saber nada. Fue Tiago el que entendió que había algo interesante en la política”.

Pasaron los años y aparecieron álgidos debates en la mesa familiar. La lucha de clases, el troskismo, Néstor, el conflicto del campo, que no todos tenemos las mismas oportunidades, que cómo saber cuál es el verdadero campo popular. “Tiago nos enseñaba a todos. A mí me decía: ‘vos sos peronista y no te das cuenta”’, dice su papá.

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El 11 de marzo de 2010, en un acto en el Estadio de Ferro, Néstor Kirchner le dijo a la juventud que había que aprovechar el momento histórico y “construir una Patria con justicia, equidad, inclusión y alegría”. A Tiago, que estaba con su amigo Marcos entre la multitud, ese mensaje lo interpeló.

En la FADU, Tiago pensó cada uno de sus trabajos desde una perspectiva social. Estudio, juventud y militancia eran una sola cosa. Un día, después de una jornada de apoyo escolar en un barrio, con sus amigos diseñaron un mobiliario para escuelas. Eran resistentes, apilables, de bajo costo y con espacio para guardar la netbook de Conectar Igualdad. Lo llamaron “Tiza” y ganaron el premio Innovar del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (Mincyt). 

Sus compañeros de militancia cuentan que, cuando identificaba un problema, Tiago buscaba soluciones generales, no individuales. Así diseñó un juguete colectivo -solo se podía usar de a dos- con forma de caracol, un sistema de potabilización de agua para el Chaco y una parrilla portable a la que denominó “Domingo: lindo día para hacer un asado”. A una bolsa para llevar víveres la llamó “la Chola”; a un juguete para primera infancia, “Gurí”.

Muchas de las iniciativas surgían como respuesta a las consignas que les daba María Eugenia Vila Diez, docente del Taller de Diseño Industrial 3. “Para mí es muy importante traer lo que está pasando en nuestra sociedad al debate sobre el diseño, acercar datos concretos”, dice. Fue ella quien, en una clase, comentó que el gobierno finlandés tenía un programa que entregaba un moisés de cartón, sábanas, ropa y juguetes a personas embarazadas. Los alumnos se pusieron a guglear ahí mismo, querían más información. Así Tiago supo que esa política, que existía desde la década del ‘30, permitía que Finlandia fuera uno de los países con menor tasa de mortalidad infantil en el mundo.

“La observación original fue que muches niñes que nacían en nuestro país estaban expuestos al colecho no porque se tomara la decisión sino porque las familias no tenían otro lugar en donde hacer que durmieran segures”, explica Leonel Tesler, Presidente de la Fundación Soberanía Sanitaria. “Dormir en colecho quintuplica la probabilidad de tener una muerte súbita”, indica. 

Tiago se obsesionó con el tema. Al año siguiente, con sus compañeros del Estudio Polenta (Alejandro González, Gaspar Iwaiura y Andrés Waisberg) empezaron a diseñar el proyecto. El abordaje debía ser integral, concebido desde los cuidados. El objetivo no era solamente fabricar un moisés, para los primeros meses: debían lograr que las personas gestantes se vincularan con el sistema de salud, que hicieran los controles periódicos y accedieran a información. El moisés no podía ser de cartón -como en Finlandia- porque quizá llegaban a casas con piso de tierra. El proyecto debía ser pensado federalmente, algo bien argentino, íntegramente de industria nacional. Que fuera fácil de armar (es encastrable y sin tornillos) y fácil de transportar (entra en un bolso colgado del hombro). Imaginaban el caso de una mujer que se tiene que ir sola y a pie de la maternidad. Tal vez podrían dibujar en la trama de las sábanas animales autóctonos, como caimanes o guanacos. Quizá, se entusiasmaban, podían escribir el nombre de todas las provincias en el portabebé. Primero lo llamaron Wawa. Poco tiempo después se convirtió en Qunita.

El prototipo llegó a manos de Cristina Fernández de Kirchner, que invitó a Tiago en Casa Rosada. Estaba super nervioso. “Tranqui, que va a estar re bueno”, intentaban calmarlo. Junto al moisés, Tiago le dejó una carta. Días después, la presidenta le respondió.

—¡Boludo, miráaaaaa! ¡Me escribió Cristinaaaaa!

Su hermano Andrés todavía recuerda los gritos. 

La carta decía así:

Buenos Aires, 2 de junio de 2015

Querido Santiago,

Cada vez que recibo mensajes como el tuyo de jóvenes militantes tan comprometidos con el país y con este proyecto me lleno de esperanzas porque creo que tenemos futuro. Además, tu historia profesional refuerza mi convicción de que estamos en el camino correcto. Cada vez más jóvenes pueden emprender el camino de una carrera universitaria y, lo que creo que es importante, se les presentan posibilidades reales de emprender y crecer profesionalmente. 

Esto es lo que me da fuerza para seguir adelante formulando políticas de inclusión para que muchos jóvenes puedan estudiar. Lo que más valoro de lo que me contás es que han encarado este proyecto no solo como un desafío profesional sino pensando en el otro. Sobre profundos valores solidarios. Y esta es la manera de transformar. 

Lo de Qunita es maravilloso. Por último y en referencia a tu salud, te deseo de corazón que te repongas pronto. Mucha fuerza, porque te necesitamos. Sé que la tenés y no creo que sea casual el nombre que eligieron para el estudio. Muchas gracias por tus palabras y te deseo a vos y a tus compañeros todos los éxitos en este emprendimiento.

El estudio se llama Polenta. 

Tiago decía que el que afloja pierde.

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Poco tiempo después, Qunita se convirtió en el “Programa Nacional de acompañamiento de la madre y el recién nacido”. El kit apuntaba a “un comienzo de vida equitativo”. Lo recibirían las beneficiarias de la Asignación Universal por Embarazo y se calculaba que llegaría a un universo de 150 mil personas por año. 

El kit incluía ropa, portabebé, cambiador, chupete, termómetro, crema de caléndula, protectores mamarios, preservativos, sonajero, camisón, libros, pantuflas, una app, frazadita y más. También la “Guía de cuidados para la mamá y el bebé”, una publicación colorida e ilustrada con las recomendaciones del Ministerio en relación a la lactancia, la alimentación, el sueño seguro, el puerperio, los indicadores de desarrollo y las vacunas. 

Cristina presentó el Programa al inaugurar la quinta edición de Tecnópolis, en julio de 2015. Por entonces, Tiago atravesaba el peor momento de su vida: había fallecido su mamá, a él le habían diagnosticado un cáncer de colon y había comenzado las primeras sesiones de quimioterapia. Pero estaba entusiasmado. Fue a Tecnópolis con su familia, su amigo Marcos y los compañeros de Polenta. Estaban cebados y a punto de cumplir un sueño: esa idea loca que se les había ocurrido en los pasillos de la facultad se estaba por convertir en una política pública.

Cristina habló sobre ácido fólico, aulas digitales, mujeres del Bicentenario, exportaciones, Paka Paka, el periodismo, la Justicia, el Hospital Florencio Varela y Qunita. 

Cuando terminó la cadena nacional, Wado de Pedro le indicó a Cristina que estaba Tiago en la primera fila. Ella se acercó y le hizo señas para que subiera al escenario. Nadie sabe cómo logró saltar la valla. Ella lo abrazó y le hizo sostener a él la Qunita para la foto. Varios más lo abrazaron: Daniel Scioli, Wado de Pedro, Axel Kicillof, Carlos Zannini, Mariano Recalde y Andrés “El Cuervo” Larroque. Desde el público, su amigo Marcos estaba tan emocionado que no se podía decidir entre sacar fotos y aplaudir. De fondo, sonaba Estelares: 

Hooooy es el día perfecto

todos hablan de esto
carrusel de los sueños
gorriones pequeños

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Menos de una semana después, la ahora diputada Graciela Ocaña presentó una denuncia por ‘abuso de autoridad y violación de los deberes de funcionarios públicos’ y ‘defraudación en perjuicio de la Administración Pública’. Poco después llegaron las elecciones presidenciales. El 25 de octubre de 2015 ni a Daniel Scioli ni a Mauricio Macri les alcanzó para ganar en primera vuelta. Ese día, Tiago salía de una terapia intensiva. Abrió los ojos y preguntó:

—¿Y? ¿Cómo nos fue?

—¡Mal! – respondió su hermano Andrés. 

—¿Cómo que nos fue mal? ¡Yo ya no entiendo más nada!

Murió pocos días después, con el sueño intacto de ganar el ballotage. 

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La denuncia de Ocaña había tenido origen en un artículo de una web que hoy ya no existe y que le pasaron “por twitter”. En el programa Intratables, en 2016, Ocaña contó: “Fui con mi tía a Once, digamos, no hice una gran pesquisa”. Concluyó que había sobreprecios. 

El juez Claudio Bonadío procesó ese año a una veintena de personas, entre las que estaban Aníbal Fernández, el exministro de Salud Juan Manzur, Daniel Gollan (actual Ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires) y Nicolás Kreplak (actual vice de la misma cartera). 

Después, ordenó la destrucción de los kits por considerarlos “peligrosos”. 

Las flamantes autoridades del Ministerio de Salud decidieron suspender la distribución. Madres de Plaza de Mayo, UNICEF, la CTEP y el cura de la Isla Maciel Francisco Paco Olivera, entre otros, exigieron que se entregaran las Qunitas. Desde la Fiscalía subrayaron que el Ministerio de Salud estaba pagando 770 mil pesos mensuales al depósito que guardaba los miles de kits sin entregar. Los jueces del Tribunal Oral Federal 1 le indicaron al gobierno que los distribuyera. Para entonces, algunos elementos se habían vencido. 

Gaspar, amigo de Tiago y socio en Polenta, recuerda esa etapa con tristeza: “Eran los primeros meses del nuevo gobierno, veíamos cómo todo se caía y sabíamos que lo de Qunita no iba a ser la excepción. Se cancelaban todas las políticas que buscaban nivelar desde abajo para arriba”. 

La docente María Eugenia Vilá Diez junto con sus colegas Lucrecia Piatelli, Carolina Muzi y Anabella Rondina presentaron una ponencia en el Congreso DiSur 2017 (Red de carreras de Diseño en Universidades Públicas Latinoamericanas). Dijeron que en la historia del diseño industrial en la educación pública no había existido antes una iniciativa de tal impacto social en Argentina. “El Kit Qunita fue unánimemente defendido por médicos, enfermeras, parteras y demás profesionales del ámbito”, explicaron.

Durante los meses que funcionó el programa, según Telam, se distribuyeron 74.408 kits. Según un estudio de Soberanía Sanitaria, en 2015, con la implementación del plan Qunita -sumado a políticas como la AUH y AUH por embarazo- la tasa de mortalidad infantil (TMI) bajó un 8,5 por ciento. El índice llegó a estar -por primera vez en la historia del país- en un dígito. Cuando en 2016 se interrumpió el programa, la disminución de las muertes de bebés se estancó. 

A finales de junio de 2021, la fiscal de juicio Gabriela Baigún pidió el sobreseimiento de todos los imputados por inexistencia de delitos. En el dictamen escribió que el perjuicio real para las arcas públicas era que no se hubieran distribuido los kits. Se espera la definición de los jueces.

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Tiago, de todo este largo entuerto judicial y mediático, casi no se enteró. Solamente llegó a saber sobre la denuncia inicial. Eso no lo achicó. 

—Tranquilícense, va a estar todo bien. Nos atacan porque atacan al Gobierno —le decía a sus amigos. 

Confiaba en Qunita con todo su corazón. Estaba seguro de que estaban bien hechas, ponía las manos en el fuego por lo que habían diseñado. Su hermano Bruno dice que la calidad con la que lo hicieron le recordaba a la dignidad de la Fundación Eva Perón. Andrés coincide, con Tiago conversaban sobre lo hermosas que eran las casas que entregaba Evita. “¡Todos tenemos derecho al goce!”, decían. Su papá cuenta que, después de la muerte de Tiago, dejó de usar Facebook porque le escribían “viva el cáncer” en su muro.

Tiago, que toda la vida había dibujado, en sus últimos meses lo había hecho con más intensidad. Como si tuviera mucho todavía por decir, como si le resultara un refugio. Dibujaba en el hospital o en el café de la esquina. Su familia y amigos lo acompañaban. En silencio lo dejaban irse, meterse en el universo que creaba. Ahora conservan varios cuadernos de entonces, esos de espiral y hojas lisas. Son ilustraciones repletas de detalles, giros y conexiones inesperadas y graciosas. 

El mundo que creó Tiago está formado de personajes que viven dentro de un traje de astronauta (o de eternauta). Están todos conectados, unos con los otros, a través de la tecnología, unos cables, las redes sociales. Trascienden el funcionamiento del cuerpo humano (“estamos hechos de carnes y jugos”, dice), se preguntan sobre la perversa relación entre los medios de comunicación, las marcas, la publicidad y la geopolítica. En uno de ellos escribió: “El New York Times miente”. En otro citó una canción de la Vela Puerca: “al dolor de seguir vivo, que es lo bueno que tiene el dolor”. 

El personaje principal de Tiago vive aventuras. Sobrevuela el conurbano bonaerense sobre un skate del Gauchito Gil. Viaja por Gerli, Monte Chingolo, Valentín Alsina. Se cruza con bombos, cunitas, ONG’s y banderas. Quiere entender. Sabe que el mundo que recorre está lleno de injusticias y ridiculeces, oficinas anodinas, sometimientos, desigualdad. 

Pero también está convencido de que hay que ponerle corazón y épica. 

Porque el que afloja pierde.

 

Revista Anfibia - 8 de julio de 2021

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