Contra Milei desde Adam Smith. Sobre Estado e impuestos

Pablo Ignacio Caruso

UNO

La idea del Estado y los impuestos como enemigos irreductibles de la libertad individual, la propiedad privada y el bienestar general es la principal idea-fuerza del discurso y la política de Milei y su gobierno ultraconservador, gobierno al servicio de grandes capitales y del imperialismo estadounidense. Sobre la base de dicha idea-fuerza, este gobierno viene aplicando una política fiscal fuertemente regresiva, tanto por el lado de los gastos como de los ingresos públicos que, a la par que contribuye a incrementar el patrimonio de los ricos, está afectando gravemente las condiciones materiales de existencia de amplios sectores de la población, en particular de los que menos tienen.

El propósito de este trabajo es demostrar que el pensamiento del economista y filósofo escocés Adam Smith (1723-1790) sobre el Estado y los impuestos es contrario a las ideas y políticas de Milei sobre el Estado y los impuestos. Adam Smith es uno de los referentes ineludibles del liberalismo y suele ser considerado el fundador de la economía moderna. Milei, auto percibido “liberal libertario”, es un admirador declarado de Adam Smith y suele citarlo frecuentemente en búsqueda de sustento teórico para sus propias ideas y políticas[1]. Por lo tanto, este trabajo es una ofensiva contra Milei en su propio campo discursivo, en su propia  cancha.

Mi tradición política es la tradición socialista y marxista. Ahora bien, advierto que  en este trabajo el foco está puesto por entero en el propósito indicado en el párrafo anterior y que, en este sentido, no formularé crítica alguna a Adam Smith.

DOS

Adam Smith, uno de los mejores expositores de la economía política clásica, fue profesor en la Universidad de Glasgow entre 1751 y 1764, enseñando primero Lógica y luego Filosofía Moral, una disciplina que abarcaba un amplio campo del saber que incluía ética, derecho, ciencias económicas, sociales y políticas. En 1778 es nombrado Comisario de Aduanas en Edimburgo. Su defensa del libre comercio era compatible con su idea de la necesidad de una intervención estatal reguladora en materia de aranceles, intervención moderada, pero intervención al fin. En 1787 es nombrado rector de la Universidad de Glasgow, cargo que ejerce hasta el final de su vida. Según su propio testimonio, los trece años que trabajó como profesor universitario fue el período más feliz de su vida.

En 2026 se cumplen 250 años de la publicación de una de sus principales obras. Se trata de Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, un clásico de las ciencias sociales, en general, y de la economía política, en particular.

En dicha obra (de aquí en más en este escrito será nombrada como La riqueza de las naciones), su autor se ocupa en extenso y en profundidad, entre otros temas, de la cuestión del Estado, sus gastos e impuestos.  En otra gran obra, anterior a ésta y que lleva por título  La teoría de los sentimientos morales (1759), Adam Smith también se refiere al Estado y las políticas públicas.

Recordemos ahora algunas de las principales manifestaciones públicas de Milei sobre el Estado y los impuestos: 

“Como liberal libertario que soy, desde mi punto de vista el Estado es una organización criminal, violenta, que vive de una fuente coactiva de ingresos llamada impuestos. Por lo tanto, los impuestos son un robo. (…) el impuesto a las ganancias, por dos motivos me parece un impuesto aberrante. Por un lado, por lo que implica un impuesto a las ganancias a las firmas, porque lo que termina haciendo es no permitir la asignación de recursos eficientemente, sino que además penaliza la acumulación de capital, que a la postre se termina manifestando en menos puestos de trabajo, en menos productividad y en menores salarios. (…)” (Cámara de Diputados de la Nación, 2023)

“El problema es que la justicia social no es justa, sino tampoco aporta al bienestar general. Muy por el contrario, es una idea intrínsecamente injusta porque es violenta. Es injusta porque el Estado se financia a través de impuestos y los impuestos se cobran de manera coactiva ¿Acaso alguno de nosotros puede decir que paga los impuestos de manera voluntaria? Lo cual significa que el Estado se financia a través de la coacción y a mayor carga impositiva, mayor es la coacción, menor es la libertad (…) El Estado no es la solución. El Estado es el problema mismo.” (Foro Económico Mundial, 2024)

“Por esta misma razón, puesto que el wokismo no es más que un plan sistemático del partido del Estado para justificar la intervención estatal y aumentar el gasto público, esto significa que nuestra primera y principal misión, si realmente queremos recuperar el progreso de Occidente y construir una nueva era dorada, tiene que ser la drástica reducción del tamaño del Estado (…) Las funciones del Estado deben limitarse, una vez más, a la defensa del derecho a la vida, a la libertad y la propiedad. Cualquier otra función que asuma el Estado irá en detrimento de su papel fundamental e inevitablemente conducirá al ‘Leviatán omnipresente’ que todos padecemos hoy” (Foro Económico Mundial, 2025)[2]

Recientemente, Milei realizó un “acto homenaje” a Adam Smith y su obra La riqueza de las naciones, con motivo de los 250 años de su publicación, acto en el que fue el orador principal, y el cual, como no podía ser de otra manera, terminó siendo un acto a mi juicio insultante a la memoria y obra de Adam Smith, en el cual Milei vertió expresiones vergonzosas tales como “la gente tenía que ser bastante hija de puta como para que el sistema funcione. Y el progreso tecnológico estaba ligado a que fuéramos medio jodidos. Y eso confronta fuertemente con la visión de Rousseau (…) un zurdito de mierda. Que estaba preocupado por la desigualdad.”[3]

Milei afirmó en dicho acto que Adam Smith expresa un planteo sobre las finanzas públicas, que el Estado debía gastar en defensa, seguridad y justicia, pero que

“Después, deja una puerta abierta a cosas que podrían intervenir y eso es un riesgo no menor cuando se pone ambiguo sobre qué podía hacer o no el Estado. (…) El único gasto así no convencional que uno podría ver es una justificación del gasto en educación.” (Casa Rosada Presidencia, 2026)

“En cuanto a los impuestos, él brega por impuestos bajos, simples y fáciles de recolectar y que moleste lo menos posible a la gente o sea que entendía el vínculo entre impuestos y libertad. Por lo tanto, era partidario de un Estado pequeño. (…) El Estado puede vulnerar el derecho de propiedad por dos vías. Una es cobrando impuestos, es evidente. La otra es mediante regulaciones.” (Casa Rosada Presidencia, 2026)

Esto que dice Milei sobre lo que pensó y escribió Adam Smith acerca del Estado constituye un engañoso falseamiento, realizado con la finalidad de hacer coincidir la política fiscal fuertemente regresiva de su gobierno con el pensamiento del economista y filósofo escocés.

En efecto, es absolutamente falso decir que Adam Smith era partidario de un Estado pequeño y que propugnaba impuestos bajos, simples y fáciles de recolectar. Ni hablar en relación a las ideas del Estado como “organización criminal”, como problema y no como solución, de los impuestos como “robo” y vulneración del derecho de propiedad privada. Ninguna de esas ideas está presente en el pensamiento de Adam Smith.

En lo que sigue me ocupo de exponer el pensamiento de Adam Smith sobre el Estado y los impuestos, tal como se desprende de sus obras La teoría de los sentimientos morales y La riqueza de las naciones, y a demostrar que dicho pensamiento es contrario a las ideas y políticas de Milei sobre la misma cuestión.

Adam Smith sobre el Estado

En la Parte IV, capítulo 1, de La teoría de los sentimientos morales, Adam Smith plantea que el amor por lo sistemático, por la belleza del orden, el arte y el ingenio, frecuentemente lleva a recomendar las instituciones orientadas a promover el bienestar general. Así, señala que los logros que la política pública procura, como por ejemplo el desarrollo del comercio y la industria, son objetivos nobles y magníficos. “Contemplarlos nos complace y nos interesa todo lo que pueda tender a fomentarlos. Forman parte del gran sistema del gobierno, y los engranajes de la maquinaria política parecen moverse con más armonía y comodidad gracias a ellos. Nos gusta observar la perfección de un sistema tan egregio y bello, y estamos molestos hasta que no removemos cualquier obstáculo que pueda mínimamente perturbar o estorbar la regularidad de su funcionamiento.” (Adam Smith 1759, pág. 325; el énfasis es mío).

Ante la pregunta sobre el sentido de propósito de toda forma de gobierno su respuesta es la siguiente:

“Todas las formas de gobierno son valoradas exclusivamente en la medida en que tienden a promover la felicidad de quienes bajo ellas viven. Tal es su único sentido y finalidad.” (Adam Smith 1759, págs. 325-326).[4]

El planteo que cierra este capítulo no tiene desperdicio. Smith desarrolla la idea de que la persuasión política tendiente a implantar la virtud cívica “en el pecho del desatento al interés de su país” debe dirigirse a mostrar “el vasto sistema de política pública” que procura los beneficios que “disfrutan los súbditos de un estado bien gobernado: tienen mejores viviendas, mejores ropas y están mejor alimentados”. (Adam Smith 1759, pág. 326-327). Y cierra la idea de este modo:

“Podrá usted persuadirlo (…) si le muestra cómo este sistema podría ser introducido en su propio país, qué es lo que en la actualidad impide que sea aplicado allí, cómo remover esos obstáculos y hacer que los engranajes de la máquina estatal se muevan con más armonía y suavidad, sin chocar entre sí y retardar recíprocamente sus movimientos. Es casi imposible que una persona escuche un discurso de esa guisa y no se vea imbuida de algún grado de espíritu cívico. Al menos por un momento sentirá algún deseo de suprimir esos estorbos y poner en marcha una maquinaria tan hermosa y ordenada.” (Adam Smith 1759, págs. 326-327; el subrayado es mío).

Como se lee, Adam Smith se refiere al Estado como hacedor de un “vasto sistema de política pública” orientado a promover el bienestar general; como “gran sistema del gobierno”; como “sistema tan egregio y bello”, como “una maquinaria tan hermosa y ordenada”. O sea, ninguna evidencia aquí de que Adam Smith era partidario de un Estado mínimo, de un Estadopequeño, como afirma Milei, ni tampoco hay evidencia de una conceptualización del Estado como institución perniciosa por definición para el logro del bienestar general, como también sostiene Milei. Más bien, el economista y filósofo escocés sugiere todo lo contrario, en ambos casos, tamaño del Estado y su relación con el objetivo del bienestar general.

Pasemos ahora a La riqueza de las naciones. El Libro Cuarto de esta obra, que lleva por título “De los sistemas de economía política”, comienza con la definición de economía política formulada por el autor, a saber:

“LA ECONOMÍA política, considerada como uno de los ramos de la ciencia del legislador o del estadista, se propone dos objetos distintos: el primero, suministrar al pueblo un abundante ingreso o subsistencia, o, hablando con más propiedad, habilitar a sus individuos y ponerles en condiciones de lograr por sí mismos ambas cosas; el segundo, proveer al Estado o República de rentas suficientes para los servicios públicos. Procura realizar, pues, ambos fines, o sea enriquecer al soberano y al pueblo.” (Adam Smith 1776, pág. 377)

La enorme importancia y valoración positiva que la cuestión del Estado tiene para Adam Smith están presentes en cada parte de esta definición, desde el lugar ocupado por la economía política -una parte del quehacer de quienes encarnan los poderes legislativo y ejecutivo del Estado- hasta sus dos propósitos -proveer las condiciones para el bienestar económico del pueblo y asegurar al Estado la provisión de rentas suficientes para los servicios públicos.

En el tramo final del Libro Primero, Adam Smith plantea con una potencia  incomparable la naturaleza contradictoria entre el interés particular de los capitalistas y el interés general de la sociedad. En ese planteo aparece la asimilación de beneficios altos de manufactureros y comerciantes con un mal funcionamiento económico. Allí plantea que las tres grandes clases originarias y principales de una sociedad civilizada son los propietarios de la tierra, que viven de rentas, los obreros, que viven de los salarios, y los capitalistas, que viven de beneficios. Ahora bien. Smith afirma allí que tanto el interés de los propietarios de la tierra como el interés de los obreros se encuentran íntimamente ligados con el interés general de la sociedad, pero que sucede lo contrario en el caso de la clase capitalista. (Smith, 1776, págs. 240-241)

Dice Smith:

“Los intereses de quienes trafican en ciertos ramos del comercio o de las manufacturas, en algunos respectos, no sólo son diferentes, sino por completo opuestos al bien público. El interés del comerciante consiste siempre en ampliar el mercado y restringir la competencia. La ampliación del mercado suele coincidir, por regla general, con el interés público; pero la limitación de la competencia redunda siempre en su perjuicio, y sólo sirve para que los comerciantes, al elevar sus beneficios por encima del nivel natural, impongan, en beneficio propio, una contribución absurda sobre el resto de la sociedad. Toda proposición de una ley nueva o de un reglamento de comercio, que proceda de esta clase de personas, deberá analizarse siempre con la mayor desconfianza, y nunca deberá adoptarse como no sea después de un largo y minucioso examen, llevado a cabo con la atención más escrupulosa a la par que desconfiada. Ese orden de proposiciones proviene de una clase de gentes cuyos intereses no suelen coincidir exactamente con los de la comunidad, y más bien tienden a deslumbrarla y a oprimirla, como la experiencia ha demostrado en muchas ocasiones.” (Smith, 1776, pág. 241; el énfasis es mío)

De esto que dice Adam Smith se desprende algo de extrema importancia, en comparación con el burdo discurso anti Estado y con la política desregulatoria de los mercados de Milei (con un “Ministerio de Desregulación” a la cabeza) y es que la solución al problema del ataque al interés general de la sociedad por parte del interés particular de comerciantes y manufactureros no reside en otro lugar que en la actuación más seria, escrupulosa, responsable y firme de agentes estatales en el establecimiento de la ley, o sea, en la calidad de la intervención regulatoria del Estado.

Ahora bien. La cuestión del Estado, sus gastos e impuestos Adam Smith la desarrolla en profundidad en el extenso libro final de La riqueza de las naciones, el Libro Quinto, que lleva por título “De los ingresos del Soberano o de la República”. Al final del Libro Cuarto, hace una introducción a tal desarrollo en estos términos:

“El soberano tiene únicamente tres deberes que cumplir, los tres muy importantes, pero claros e inteligibles al intelecto humano: el primero, defender a la sociedad contra la violencia e invasión de otras sociedades independientes; el segundo, proteger en lo posible a cada uno de los miembros de la sociedad de la violencia y la opresión de que pudiera ser víctima por parte de otros individuos de esa misma sociedad, estableciendo una recta administración de justicia; y el tercero, la de erigir y mantener ciertas obras y establecimientos públicos cuya erección y sostenimiento no pueden interesara un individuo o a un pequeño número de ellos, porque las utilidades no compensan los gastos que pudiera haber hecho una persona o un grupo de éstas, aun cuando sean frecuentemente muy remuneradas para el gran cuerpo social.” (Adam Smith 1776, págs. 612-613)

Veamos como aborda Adam Smith las intervenciones del Estado en el segundo y tercero de sus deberes.

El segundo deber del Estado consiste en proteger a los miembros de la sociedad contra las injusticias y opresiones de cualquier otro integrante de ella, es decir, el deber de erigir una recta administración de justicia. Aquí Smith va a plantear que allí donde existen grandes patrimonios hay también una gran desigualdad, que la opulencia de pocos supone la indigencia de muchos. Así, la existencia de grandes propiedades exige necesariamente el establecimiento de un gobierno civil, pues sólo bajo la protección de magistrados civiles podrán los propietarios gozar de sus propiedades. Adam Smith escribe lo siguiente en relación al origen del gobierno civil:

“El gobierno civil, en cuanto instituido para asegurar la propiedad, se estableció realmente para defender al rico del pobre, o a quienes tienen alguna propiedad contra los que no tienen ninguna.” (Adam Smith 1776, pág. 633)

Asimismo, Adam Smith afirma que la libertad del individuo y el sentido que éste tenga de su seguridad son por entero dependientes de una administración imparcial de justicia. En una sociedad moderna esto requiere la separación e independencia del poder judicial respecto del poder ejecutivo y que los jueces perciban un sueldo fijo por su trabajo. Los gastos que supone este campo de intervención del Estado también redundan en un beneficio de toda la sociedad, por lo cual, afirma Smith, cabe el principio de que se sufraguen por contribución de la sociedad entera. No obstante, considera razonable que esos gastos se sostengan también por medio del pago de tasas judiciales, afrontados por aquellas categorías de personas que activan el funcionamiento de los Tribunales de Justicia, ya sea aquellas que por su proceder injusto dan motivo a tales gastos como aquellas que ven afianzados sus derechos por motivo de tales gastos. (Adam Smith, 1776, págs. 716-717)

Aquí Adam Smith dice, de nuevo, algo de extrema importancia y absolutamente contrario al discurso anti Estado de los “liberales libertarios”, y que expone la sinrazón de dicho discurso aún desde la lógica capitalista en la que se sustenta, y es que el derecho de propiedad y las libertades individuales sólo podrán gozarse, resultan “por entero dependientes” de la existencia de una efectiva e imparcial administración de justicia brindada por el Estado y financiada por su política de impuestos. O sea, en la perspectiva de Adam Smith, sin Estado e impuestos no hay goce posible del derecho de propiedad y de las libertades individuales. Nuevamente, todo lo contrario a la idea del Estado y sus impuestos como enemigos irreductibles de la propiedad privada y las libertades individuales. Esta idea la sostienen los “liberales libertarios” como Milei, pero no Adam Smith.

Veamos ahora el tercer deber del Estado que señala Adam Smith. Recordemos lo dicho al inicio de este escrito. Milei afirmó que Adam Smith dice que el Estado debe gastar en defensa, seguridad, justicia y educación. Omitió la referencia a un gasto del Estado muy importante para Smith: el gasto en fomentar el comercio general en la sociedad. En relación a las obras públicas e instituciones públicas que favorecen el comercio general de una nación, Smith menciona como ejemplos la creación y sostenimiento de buenas carreteras, canales navegables, puentes, puertos, etc. A medida que se incrementa el producto anual del trabajo y de la tierra de dicha nación, o también a la par del aumento del volumen físico de las mercancías a transportar, se debe producir un aumento en la calidad y cantidad de dichas obras públicas. Más allá de las razones de la omisión que hace Milei del planteo de Adam Smith, lo verdaderamente significativo es el claro e irrefutable antagonismo entre la concepción smithiana de la obra pública como palanca para el desarrollo del comercio y, por esta vía, contribución al progreso económico y bienestar general de la sociedad, por un lado, y la política de congelamiento de la obra pública del Gobierno de Milei, por el otro, política ésta que, entre otras consecuencias, ha producido el estado desastroso de las principales rutas del país producto del abandono de las tareas de reparación y mantenimiento, afectando gravemente la seguridad de las personas y del comercio de mercancías que por ellas transitan.

Paso ahora a exponer el pensamiento de Adam Smith en relación a los impuestos  tal como lo formula en La riqueza de las naciones.

Adam Smith y los impuestos

Lo digo de una vez. La perspectiva de Adam Smith sobre los impuestos es una perspectiva de justicia distributiva vía progresividad tributaria, a partir de concebirlos como institutos que deben servir para remediar la desigualdad de la riqueza, haciendo que paguen más quienes más tienen.

Esta perspectiva resulta contraria a la histórica impronta desigualitaria del sistema tributario argentino[5] y a la profundización de esta impronta de la mano de la política tributaria pro ricos del gobierno de Milei[6].

La cuestión de los impuestos, en La riqueza de las naciones, Adam Smith la desarrolla por espacio de casi cien páginas en la Parte II, Capítulo II del Libro Quinto. Allí plantea, en primer lugar, que los ingresos privados de los individuos provienen de tres fuentes diferentes: rentas, beneficios y salarios; y que, en consecuencia, todo impuesto se ha de pagar por alguna de estas fuentes de ingreso, o por todas a la vez.

Antes de adentrarse en el análisis particular los diferentes tipos de impuestos, el autor formula las “cuatro máximas” que abarcan a todos los tributos en general, a saber: 1) igualdad; 2) certidumbre; 3) comodidad del pago; y 4) economía de la recaudación. En este orden, Smith las explica así:

“I. Los ciudadanos de cualquier Estado deben contribuir al sostenimiento del Gobierno, en cuanto sea posible, en proporción a sus respectivas aptitudes, es decir, en proporción a los ingresos que disfruten bajo la protección estatal. (…)

II. El impuesto que cada individuo está obligado a pagar debe ser cierto y no arbitrario. El tiempo de su cobro, la forma de su pago, la cantidad adeudada, todo debe ser claro y preciso, lo mismo para el contribuyente que para cualquier otra persona. (…)

III. Todo impuesto debe cobrarse en el tiempo y de la manera que sean más cómodos para el contribuyente. (…)

IV. Toda contribución debe percibirse de tal forma que haya la menor diferencia posible entre las sumas que salen del bolsillo del contribuyente y las que se ingresan en el Tesoro público, acortando el período de exacción lo más que se pueda.” (Adam Smith 1776, págs. 726-727).

Siguiendo en este terreno de principios generales de tributación, en una nota a pie de página, Adam Smith cita las reglas generales en materia de impuestos que establece el filósofo escocés Henry Home, Lord Kames (1696-1782), entre las cuales se encuentra que la tributación debe servir “para remediar ‘la desigualdad de la riqueza’ en lo posible, aliviando al pobre y gravando al rico” (Adam Smith 1776, pág. 728).

Esto es lo que plantea Adam Smith en La riqueza de las naciones a nivel general del análisis sobre los impuestos. Queda claro en lo expuesto dos cosas: uno, la estrecha conexión entre impuestos e igualdad; y dos, la inexistencia de hasta la más mínima insinuación de la idea de los impuestos como institutos coactivos que vulneran la libertad individual y del derecho de propiedad privada, idea pregonada por los “liberales libertarios” como Milei.

Ahora paso al nivel de examen particular de los impuestos que realiza Adam Smith. Tomaré como ejemplo su análisis de tres impuestos: impuesto sobre la renta de la tierra, impuesto sobre la renta de las casas e impuestos sobre artículos de consumo.

Adam Smith plantea que el impuesto sobre la renta de la tierra puede establecerse sobre la base de cierto canon fijo, de modo tal que cada distrito sea valorado con arreglo a una determinada renta que no se altera más tarde; o, en cambio, puede disponerse sobre una tasa variable, que se vaya acomodando a las variaciones que registra, que experimenta la renta efectiva de la tierra, aumentando o decreciendo en virtud a los progresos o retrocesos de los cultivos. Smith escribe que un impuesto sobre la renta de la tierra del primer tipo, de canon fijo, puede ser equitativo en el primer período de su fijación, pero que necesariamente deja de serlo con el paso del tiempo, en función de los varios niveles de adelanto o de atraso que registre el cultivo en las diferentes regiones de un país. Pone como ejemplo de este tipo de impuesto sobre la tierra el vigente en la Gran Bretaña de su tiempo, y aboga por su reforma, por transformarlo en un impuesto sobre la renta de la tierra de tasa variable. (Adam Smith 1776, pág. 729)

Las razones que alega Smith en apoyo de esta reforma y la estrategia de cambio que concibe para tal propósito muestra la fuerte conexión que establece entre impuestos e igualdad, como así también deja al desnudo las idioteces dichas por Milei sobre Adam Smith y los impuestos.

En primer lugar, y teniendo en cuenta la caracterización de impuesto desigual que hace Smith de este impuesto en su versión de canon fijo, el autor afirma que dicho impuesto contraría, no respeta la primera de las cuatro máximas arriba señaladas, aunque sí está de acuerdo con las tres máximas restantes. Esta condición desigualitaria del impuesto claramente pesa más en la consideración de Smith que el alineamiento del impuesto con las otras máximas, llevándolo a propugnar su reforma. Es decir, de nuevo se hace presente, y de un modo potente, la conexión smithiana entre impuestos e igualdad. En segundo lugar, hay otra razón para la reforma, y es que, con el impuesto de tasa fija, la cuota correspondiente a cada uno de los distritos no sube con el aumento de la renta, y de esto “resulta que el Soberano – o sea, el Estado- no participa en las ganancias resultantes de las mejoras que los terratenientes efectúen” (Adam Smith 1776, pág. 729; el énfasis es mío). En la perspectiva de Smith, y para espanto de ultraconservadores autodenominados “liberales libertarios”, el Soberano o Estado tiene el derecho a participar de esas ganancias.

Adam Smith reconoce que la reforma del impuesto sobre la renta de la tierra de tasa fija a tasa variable, que él propone, generaría mayores gastos de cobranza. En este sentido, señala que sería necesaria la apertura de nuevas Oficinas de Registro en algunos distritos. A su juicio, estos mayores gastos de cobranza del impuesto carecen de importancia, teniendo en cuenta los mayores ingresos que generaría el nuevo impuesto. Por otro lado, advierte que la mayor objeción que se hace a una contribución territorial de tasa variable es que suprimiría el incentivo de progreso en el cultivo de las tierras, ya que los terratenientes se mostrarían reacios a realizar ciertas mejoras, sabiendo que el Estado va a participar en el beneficio resultante de ellas, sin haber participado de los gastos. La estrategia que plantea Smith para salvar esa objeción, es la de permitir al dueño de tierras realizar una valoración actual de los predios, antes de comenzar las mejoras, “en presencia de los funcionarios de la Administración de Rentas, y de acuerdo con el arbitraje equitativo de un cierto número de terratenientes y colonos de la circunscripción, elegidos por ambas partes; y haciéndose el asiento de lo que habría de pagar, de acuerdo con esa valoración, durante el número de años que se estimase suficiente para indemnizarle completamente de las mejoras. Una de las principales ventajas que se propone esta contribución consiste en inclinar la atención del Gobierno en favor de los progresos y adelantos en el cultivo, en el bien entendido de que así se acrecientan sus ingresos” (Adam Smith 1776, pág. 733)

Como se lee, y una vez más, aquí resulta todo lo contrario a las barbaridades que ha dicho Milei en relación a Adam Smith y los impuestos. Recordemos lo que ha dicho: que Adam Smith bregaba por impuestos bajos, simples y fáciles de recolectar, que molesten lo menos posible a las personas y que, por lo tanto, era partidario de un Estado pequeño. En el tratamiento que hace Smith del impuesto a la renta de la tierra y su propuesta de reforma tenemos, por el contrario, un esquema de imposición de mayor complejidad, que incluye un mecanismo participativo para el establecimiento del impuesto -entre funcionarios estatales, terratenientes y colonos-, y un proceso de creación de nuevas agencias estatales – “Oficinas de Registro”- para su cobro, o sea, un crecimiento en el tamaño del Estado.

Así, para Adam Smith la prioridad de la máxima de la igualdad por sobre las otras máximas en materia de tributación, más el derecho del Estado a participar, vía impuesto, en las ganancias que resultan de mejoras realizadas por terratenientes, lo llevan a proponer la reforma del impuesto sobre la renta de la tierra en Gran Bretaña, convirtiéndolo en un impuesto de canon fijo en otro de tasa variable, y afirmando que esto sería “igualmente justo y equitativo (…) Por lo tanto, resultará más conveniente establecer un gravamen de esta clase como disposición perpetua e inalterable, o sea como una de las leyes fundamentales del Estado, que no otro impuesto basado en una valoración fija.” (Adam Smith 1776, pág. 734; el énfasis es mío)

Paso ahora a exponer qué dice Adam Smith en relación al impuesto sobre la renta de las casas. Por un lado, trata la cuestión del impuesto sobre los alquileres que recae en cabeza de los arrendatarios, y sostiene que debe recaer en forma más pesada sobre el rico, dado que el lujo y la vanidad acaparan la mayor parte de sus gastos, en contraposición a los gastos más importantes del pobre, concentrados en las cosas más necesarias para la vida, en especial alimentos. Así, un impuesto sobre los alquileres debe repercutir con mayor fuerza sobre los ricos, por regla general, y cierra así la idea:

“(…) sin que, por otra parte, esta desigualdad se nos antoje fuera de razón, pues no se halla fuera de ésta que el rico contribuya a pagar los gastos públicos, no sólo en proporción a sus ingresos, sino de una manera algo más que proporcional.” (Adam Smith 1776, pág. 742; el énfasis es mío)

Por otro lado, también aborda el caso del impuesto sobre la renta del solar, al que considera un objeto de gravamen más adecuado que el alquiler de las casas, pero cuestiona su modo de imposición en Inglaterra, fijado por entonces no en proporción a la renta sino a la cantidad de ventanas. Así,

“La principal objeción de que son objeto estas contribuciones hace referencia a su falta de equidad, que es una desigualdad de la peor especie, pues con frecuencia resulta más gravosa para el pobre que para el rico. Una casa que no rente más de diez libras en un pueblo, puede tener muchas más ventanas que una que pague en Londres un alquiler de quinientas, y aunque el inquilino de la primera sea una persona mucho más pobre que el habitante de la segunda, contribuirá mucho más al sostenimiento de las cargas públicas, desde el momento que su aportación al Erario se regula por la contribución sobre las ventanas. Estas contribuciones, por lo tanto, chocan abiertamente contra la primera de las cuatro máximas impositivas, aunque al parecer no contradicen tanto las restantes.” (Adam Smith 1776, pág. 746; el énfasis es mío)

Como último ejemplo, me referiré brevemente a qué dice el autor acerca de los impuestos sobre artículos de consumo. Inicia este punto afirmando que la imposibilidad de hacer contribuir al pueblo en proporción a sus ingresos, acudiendo a la capitación, es lo que está en el origen de las contribuciones sobre los artículos de consumo. Dice Smith: “El Estado, desconociendo la manera de gravar directa y proporcionalmente el ingreso de sus súbditos, procura hacerlo de un modo indirecto, gravando sus gastos, que se supone guardan, en la mayor parte de los casos, una proporción bastante aproximada con el ingreso. Se llama a tributar el gasto, gravando los artículos de consumo en que se manifiesta.” (Adam Smith 1776, pág. 769) Los bienes de consumo se clasifican en artículos necesarios y de lujo. Aquí también deja Smith claramente su preocupación central por la igualdad en relación a los impuestos, cuando advierte:

“(…) hemos de tener siempre presente que los impuestos deben recaer sobre los artículos de lujo, y no sobre los gastos necesarios de las capas inferiores del pueblo.”

CUATRO

A modo de conclusión, lo siguiente.

De la lectura de La teoría de los sentimientos morales y de La riqueza de las naciones, afirmo que la perspectiva de Adam Smith sobre el Estado y los impuestos se caracteriza por: 1) una concepción del Estado como institución absolutamente fundamental para el goce efectivo de la libertad individual, la propiedad privada y el logro del bienestar general en la sociedad moderna; y 2) una concepción de los impuestos centrada en la idea de justicia distributiva vía progresividad tributaria, a partir de concebirlos como institutos que deben servir para remediar la desigualdad de la riqueza, haciendo que paguen más los que más tienen.

En este sentido, el pensamiento de Adam Smith sobre el Estado y los impuestos es contrario a las ideas y políticas de Milei sobre el Estado y los impuestos. Creo que por todo lo dicho hasta aquí esto ha quedado suficientemente demostrado.

En Contribución a la crítica de la economía política, Karl Marx, refiriéndose a la historia del análisis de la mercancía, sostiene que la reducción analítica de ésta -la mercancía- a trabajo en dos formas, de valor de uso a trabajo real o actividad productiva útil, y de valor de cambio a tiempo de trabajo o trabajo social igual, “es el resultado crítico final de las investigaciones más que sesquicentenarias de la economía política clásica, que se inicia en Inglaterra con William Petty y en Francia con Boisguillebert, concluyendo en Inglaterra con Ricardo y en Francia con Sismondi” (Karl Marx 1859, pág. 36) En el medio de esta línea histórica trazada por Marx sobre la tradición de pensamiento de la economía política clásica se encuentra Adam Smith[7].

Más tarde, en una nota a pie de página en El Capital, Marx sostiene lo siguiente en relación a la economía política clásica y la economía vulgar: “Para dejarlo en claro de una vez por todas, digamos que entiendo por economía política clásica toda la economía que, desde William Petty, ha investigado la conexión interna de las relaciones de producción burguesas, por oposición a la economía vulgar, que no hace más que deambular estérilmente en torno de la conexión aparente, preocupándose sólo de ofrecer una explicación obvia de los fenómenos que podríamos llamar más bastos y rumiando una y otra vez, para el uso doméstico de la burguesía, el material suministrado hace ya tiempo por la economía científica. Pero, por lo demás, en esa tarea la economía vulgar se limita a sistematizar de manera pedante las ideas más triviales y fatuas que se forman los miembros de la burguesía de su propio mundo, el mejor de los posibles, y a proclamarlas como verdades eternas.” (Karl Marx 1867, pág. 1007; los énfasis son de Marx)

El economista y filósofo indio Amartya Sen, ganador del Premio Nobel de Economía en 1998, ha dicho en su obra La idea de la justicia, criticando otra mala interpretación de la obra de Adam Smith, interpretación que lo instala injustamente en el lugar de gurú de la idea del egoísmo absoluto como motivación exclusiva del comportamiento humano, que “mientras algunos hombres nacen pequeños y otros alcanzan la pequeñez, es claro que Adam Smith ha tenido que soportar mucha pequeñez” (Amartya Sen 2021, pág. 217)

Milei es un individuo execrable y un político de derecha ultraconservadora cuyo gobierno está al servicio de grandes capitales y del imperialismo estadounidense. Pero es también un economista ultravulgar, que ni siquiera puede expresar sin groseros falseamientos un aspecto crucial, como es la cuestión del Estado y los impuestos, del pensamiento de un autor al que dice admirar y al que suelen nombrar como el fundador de la economía moderna.  Sin lugar a dudas, Milei como economista es un auténtico aspirante a recibir el máximo galardón de economista diminuto.

Referencias bibliográficas

Cámara de Diputados de la Nación (2023): Versión taquigráfica de la 7° sesión ordinaria (especial), 19 de septiembre de 2023. Disponible en https://www4.hcdn.gob.ar/dependencias/dtaquigrafos/diarios/periodo-141/diario_202309197.pdf

Caruso, Pablo Ignacio (2016): “Elementos para una reforma tributaria progresiva en la Argentina”, Revista Realidad Económica, nro. 303, Instituto Argentino para el Desarrollo Económico (IADE), Buenos Aires, Argentina.

Casa Rosada Presidencia (2026): Discurso del Presidente Javier Milei en el Homenaje a Adam Smith en el Palacio Libertad, disponible en https://www.casarosada.gob.ar/informacion/discursos/51198-discurso-del-presidente-javier-milei-en-el-homenaje-a-adam-smith-en-el-palacio-libertad

Eliosoff, María Julia, e Izcurdia, Julieta (2024): “¿Robo o redistribución? Los impuestos y la obligación de movilizar recursos en el gobierno de Milei”. Derecho y Ciencias Sociales. Número especial. Economía y Derechos Humanos. La amenaza recargada del neoliberalismo. Instituto de Cultura Jurídica y Maestría en Sociología Jurídica. Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Universidad Nacional de La Plata. Argentina.¡

Foro Económico Mundial (2024): Davos 2024: Discurso especial de Javier Milei, presidente de Argentina. Disponible en https://www.weforum.org/stories/2024/01/special-address-by-javier-milei-president-of-argentina/

Foro Económico Mundial (2025): Davos 2025: Discurso especial de Javier Milei, presidente de Argentina. Disponible en https://www.weforum.org/stories/2025/01/davos-2025-special-address-javier-milei-president-argentina/

Marx, Karl (-1859-1990): Contribución a la crítica de la economía política, Siglo Veintiuno Editores, México.

Marx, Karl (-1867-1986): El Capital, Siglo Veintiuno Editores, México.

Sen, Amartya (2021): La idea de la justicia, Taurus, España.

Smith, Adam (-1759-2019): La teoría de los sentimientos morales, Alianza Editorial, Madrid, España.

Smith, Adam (-1776-1997): Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, Fondo de Cultura Económica, México.


[1] Así lo ha hecho, por ejemplo, en un artículo de opinión que lleva por título El retorno al sendero del crecimiento, publicado en el diario La Nación en su edición del 3 de enero de 2025, donde pone a Adam Smith como referente de la idea de Estado mínimo. Otro ejemplo es su discurso en la edición 2026 del Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, discurso en el cual cita a Adam Smith en cinco oportunidades.

[2] En el mismo discurso Milei planteó la idea de que no existen las llamadas fallas de mercado. Critiqué esta idea, tomando como referente empírico el caso de la criptoestafa $LIBRA, en el siguiente artículo de opinión: Caruso, Pablo Ignacio, $LIBRA: criptoestafa, fallas de mercado y algo más, Boletín del Instituto Argentino para el Desarrollo Económico (IADE), marzo de 2025. Disponible en https://www.iade.org.ar/content/libra-criptoestafa-fallas-de-mercado-y-algo-mas

 

[3] Véase Discurso del Presidente Javier Milei en el Homenaje a Adam Smith en el Palacio Libertad, disponible en https://www.casarosada.gob.ar/informacion/discursos/51198-discurso-del-presidente-javier-milei-en-el-homenaje-a-adam-smith-en-el-palacio-libertad

 

 

 

[4] Este planteo está en la misma línea que el de Aristóteles. En efecto, al tiempo que examina la labor del Estado en las cuestiones económicas, éste sostiene de modo claro y preciso que el “Fin de la ciudad -o sea, del Estado- es, por tanto, el bien vivir (…) una vida perfecta y autosuficiente. Y ésta es, como decimos, la vida feliz y bella.” (Política, Libro Tercero, capítulo IX, pág. 124). Y la misma ilación lógica aparece en un contemporáneo de Adam Smith residente en el otro lado del océano atlántico, me refiero a Thomas Jefferson, uno de los principales líderes de la independencia de los Estados Unidos y tercer presidente de dicho país, quien sostuvo la idea de que “el gobierno era un mero instrumento, más o menos útil, mediante el cual los hombres, nacidos iguales, buscan asegurar sus vidas y libertades, y su derecho a perseguir la felicidad. Cuando un gobierno viola esos propósitos es derecho del pueblo alterarlo o abolirlo.” (citado por Amartya Sen, La idea de la justicia, pág. 388) La última frase de la cita de Jefferson retumbaría  en otras geografías y otros tiempos.

[5] Me ocupé de este tema en Caruso, Pablo Ignacio, “Elementos para una reforma tributaria progresiva en la Argentina”, Revista Realidad Económica, nro. 303, Instituto Argentino para el Desarrollo Económico (IADE), Buenos Aires, 2016.

 

[7] Marx consideraba al economista y filósofo inglés William Petty como el padre de la economía política inglesa. Véase la extensa nota a pie de las páginas 37 y 38 en Karl Marx, op. cit.

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