Argentina frente al desafío de la biotecnología

Verónica Ocvirk


La biotecnología, entendida como la construcción de bienes y servicios a partir de organismos vivos, está revolucionando el modo en que comemos, vivimos, viajamos, disfrutamos del tiempo libre, nos curamos… Por la alta capacidad de su sistema científico-tecnológico, Argentina cuenta con una oportunidad única para aprovechar y convertirla en una palanca de desarrollo. Pero también hay debates: qué tipo de desarrollos impulsar, qué rol debe desempeñar el sector privado y cuál debería ser el papel del Estado.

Dicen que a partir de ella va a estar desplegándose toda la economía del futuro; que es la base sobre la cual será posible construir un mundo de verdad sostenible; que guarda el germen con el que de una vez tendrán arreglo algunos de los desafíos más complejos de la humanidad, esos que tocan o están por tocar a cualquiera que esté vivo en estos tiempos: desde el cambio climático hasta las crisis sanitarias, pasando por las montañas de basura, el acceso al agua potable, la seguridad alimentaria, el mar lleno de microplásticos, la crueldad hacia los animales y el agotamiento de las fuentes convencionales de energía.

La biotecnología no solo ha progresado en las últimas décadas más que cualquier otra disciplina científica y tecnológica, se ha convertido en uno de los ejes de innovación productiva y bate récords atrayendo fondos de inversión de riesgo (venture capitalist). Este campo de aplicaciones diversas podría además convertirse en punta de lanza para el desarrollo sostenible de la Argentina, una oportunidad para entrar en las grandes ligas del área que revoluciona la producción de alimentos, materiales, energía y tratamientos médicos.

“La biotecnología puede ser la llave para cambiar el futuro de la Argentina sustituyendo importaciones y creando empleo calificado. Con solo el diez por ciento del sistema científico local comprometido en el tema y con los puentes con el sector productivo profesionalizados, podemos cambiar nuestra matriz productiva en 20 años”. La convicción parte de Matías Peire, fundador de la aceleradora de startups biotecnológicas Grid Exponential, que hoy financia 30 emprendimientos científicos y espera para los próximos ocho años subir ese número a 150.

“Es una gema”, ilustra Peire para referirse al potencial argentino en este terreno. “Una gema está metida entre capas de sedimentos históricos: primero hay que encontrarla, construir la mina, sacarla, pulirla. Y luego de todo eso brilla, pero sin esa intervención no va a brillar”, explica. Y advierte: “siempre considerando que ‘brillo’ significa crear valor en una lógica capitalista de inversión y retorno”.

Formado entre la UBA, San Andrés y la vanguardista Singularity University, este experto en convertir investigaciones científicas en negocios sustentables aterrizó en la biotecnología tentado por un interés personal: lo atraía el mundo del capital de riesgo en tanto se convertía en espectador del proceso de revalorización de la ciencia que en 2007 tuvo su pico con la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación por iniciativa de Cristina Fernández. Pero para crear Grid Exponential aún faltaba tiempo –de estudio, de cosechar apoyos, de reunir dinero–, hasta que en 2017 consiguió lanzar a la que define como la primera constructora de compañías científicas de la región. Según reconoce Peire, en esos primeros años del gobierno de Mauricio Macri la biotecnología se veía “con un espíritu entusiasta”. “Es políticamente correcto pensar que nos vamos a salvar con la ciencia. Pero no hubo mucho más que esa narrativa superficial atractiva, más allá de que sí se fomentó la creación de aceleradoras con foco en proyectos científicos”, define para referirse al período en el cual la inversión en ciencia cayó 25 por ciento en términos reales y casi un 1 por ciento como parte del PBI (1).

Para desandar ese camino, lograr una mirada estratégica del desarrollo y construir lo que la gente del paño llama “el ecosistema” que favorecerá que todas esas gemas brillen hace falta resolver no pocas tensiones, que van desde quién se apropia del valor que todos esos proyectos generan hasta quiénes deberían orientar el sentido de la transferencia tecnológica, pasando por las regulaciones, la restricción externa, el significado de soberanía científica y la pregunta sobre cómo educar en ciencia en un país con casi un 60 por ciento de chicos pobres.

Qué es la biotecnología

La biotecnología es un área multidisciplinaria (entre otras ciencias incluye a la biología y la química) y se refiere a toda aplicación tecnológica que utilice sistemas biológicos y organismos vivos o sus derivados para crear o modificar productos o procesos para usos específicos. En otras palabras: se trata de emplear organismos vivos para la obtención de un bien o servicio útil para las personas. O dicho de otro modo: la biotecnología implica colocar a la naturaleza como el motor productivo de los alimentos, los materiales y la energía que la humanidad necesita para desarrollarse. Y hacerlo además de una forma intrínsecamente sustentable, porque es ese propio “motor-naturaleza” de recursos biológicos renovables el que iría dictando los límites del planeta tierra, y por eso mismo vuelve al desarrollo dependiente del sistema que lo soporta, que en última instancia es la vida.

La biotecnología tiene una historia larga que se remonta a la fabricación del vino, el pan, la cerveza y el yogurt. Pero en los inicios las personas no terminaban de entender bien cómo era que estos procesos ocurrían ni la forma de aprovecharlos mejor. La biotecnología moderna surge en los años 80 y se caracteriza por el progreso explosivo de la biología molecular, que entre otras cosas permite utilizar técnicas de ingeniería genética para modificar y transferir genes de un organismo a otro. A eso se agrega la terminación del Proyecto Genoma Humano en 2003, así como la convergencia de la biología con las tecnologías digitales y el big data, todo lo que habilita a tener un conocimiento muchísimo más fino sobre la forma en la que la naturaleza funciona. Así surge la promesa de estas aplicaciones para ser parte de la solución a desafíos bien complicados, como controlar vectores que amenazan a la salud pública, curar enfermedades, recuperar recursos naturales dañados y producir desde nuevos materiales (como bioplásticos) hasta órganos para trasplantes, microalgas para fijar dióxido de carbono y agricultura celular para producir carne sin matar animales. El investigador y divulgador científico español José Miguel Mulet lo describió así en una charla Ted (2): “En un tomate –apuntó– hay más tecnología que en un Iphone”.

En Argentina

La biotecnología tiene un gran potencial en Argentina. Para empezar, por el alto nivel de los científicos locales en disciplinas clave de las ciencias de la vida como biología, ciencias agrarias y veterinarias, genómica, bioquímica y medicina: de los más de 20 mil investigadores que tiene el Conicet (incluyendo becarios), un 23,38 por ciento se desempeña en ciencias agrarias y un 29,43 en ciencias biológicas y de la salud (3). La Argentina tiene a la vez una base empresaria consolidada tanto en el sector agropecuario como en el farmacéutico, además de un cimiento de compañías biotecnológicas que, aunque todavía incipiente, cuenta ya con algunas firmas muy competitivas.

Uno de los desafíos tiene que ver con vincular, con la capacidad de transferir conocimiento del sistema científico hacia los sectores productivos para, dicho de manera simple, convertir la ciencia en productos y servicios que sirvan a la sociedad. Para eso existen programas de ministerios, universidades e institutos como el INTI y el INTA. No obstante, según explica Peire, “en transferencia tecnológica los científicos argentinos están desamparados: nadie les toca el timbre”. El especialista aclara que “más allá de ese diez por ciento comprometido con la vinculación con los sectores productivos que necesitamos para ser líderes en biotecnología, lo cierto es que sin un buen sistema científico que se sostenga, forme científicos, publique papers y tenga infraestructura, no tenemos nada. Al otro 90 por ciento lo seguimos necesitando, porque es la base para extender las fronteras del conocimiento”.

Hay todavía más: la región de América Latina y el Caribe fue definida por las Naciones Unidas (4) como “superpotencia de biodiversidad” dada la extraordinaria variedad de bienes y servicios que nuestra flora y fauna proporcionan al mundo, una fuente de riqueza que al mismo tiempo brinda cantidad y calidad de esa “materia prima” que la biotecnología requiere.

Pero con eso no alcanza. El primer desafío de las empresas de base biotecnológica suele ser financiarse para contar con la capacitación, la infraestructura, los insumos y el personal que les permita conseguir un producto disruptivo y vendible. Algunos piden un crédito, otros acceden a un subsidio, otros llegan a las aceleradoras que se ocupan de asistir a las startups. A eso se suma el machacado dato de que nueve de cada diez startups fracasan, amén de la posibilidad de revisar de qué hablamos cuando hablamos de “fracaso”.

Algunas experiencias ayudan a entender de qué estamos hablando. Juan Llamazares fundó en 2013 –junto a su primo Federico D’Aalvia- Stämm– una empresa que nació creando levaduras líquidas para la producción de cerveza artesanal y hoy tiene el foco puesto en descentralizar la manufactura de productos biotecnológicos para las industrias farmacéutica y alimenticia. “Hay casos de científicos argentinos que fueron capaces de sortear las trabas y tener éxito. Y después terminamos contando esas historias, pero a la hora de crear un ecosistema para que las iniciativas germinen no es ese trasfondo de batalla lo que debería primar, porque la idea no es una dinámica que interfiera con el despegue de las startups biotecnológicas, sino que contribuya a que sean lo mejores que puedan ser”, afirma Llamazares. Y agrega: “Si la Argentina quiere liderar la conversación global sobre biotecnología tenemos que comprender cómo nos ven afuera. Y si la percepción es que acá las reglas de juego cambian todo el tiempo, eso nos va a jugar en contra. Podemos tener puntos de desacuerdo con la visión sobre nosotros, pero hace falta entenderla para generar nuestra propia racionalidad acerca de cuestiones como el progreso y la soberanía. Si queremos que el mundo nos mida en nuestros propios términos, primero tenemos que darle los elementos para eso”.

Gabriela Gutiérrez, bióloga molecular e investigadora del Conicet, lidera un equipo que descubrió la relación entre la microbiota intestinal y la llamada “infertilidad inexplicada”. Desarrollaron un test no invasivo y un tratamiento único en el mundo con una efectividad del 75 por ciento. La compañía que crearon se llama Microgénesis Corporation, tiene presencia en Argentina, Estados Unidos y España y logró captar la atención de Indie Bio, la aceleradora de biotecnología más grande a nivel global, con sede en San Francisco. “Todo el dinero importante del mundo está enfocado en este tipo de startups –relata Gutiérrez–, pero las políticas monetarias argentinas no ayudan para que ningún inversor ponga los ojos en el país”. “Sin embargo –refiere– nuestros investigadores son muy bien vistos, a tal punto que el director de Indie Bio prometió armar una oficina exclusivamente dedicada a startups argentinas. Algo positivo es que, por más que se instalen afuera, los proyectos que consiguen fondearse están generando fuentes de trabajo en Argentina, donde los científicos tienen un nivel similar al de Stanford con un salario diez o doce veces menor”.

Cuando Hugo Menzella se graduó como bioquímico en 1996 empezó a trabajar en un proyecto cuya meta era crear una proteína transgénica para elaborar quesos. “Nos fue bien, me permitieron presentar los resultados como tesis y me doctoré con un proyecto que terminaba en una industria”, repasa. En 2002 se fue a trabajar a San Francisco, hasta que por cuestiones personales volvió a Argentina en 2008, en el marco del Programa Raíces, destinado a favorecer la repatriación de científicos. Se instaló en su Rosario natal y allí organizó el Instituto de Procesos Biotecnológicos y Químicos desde donde, junto a un grupo de investigadores, creó Keklon, compañía dedicada al desarrollo de enzimas para las industrias de aceites comestibles, alimentos, biodiesel y nutrición animal. “Keklon es ciento por ciento argentina. Pero el costo de ser cien por ciento argentina resulta altísimo, hasta el punto que los inversores me lo recuerdan todos los días. En otra parte del mundo esta misma empresa tendría una rentabilidad muchísimo mayor y estaríamos produciendo desde mucho antes”, reflexiona, a la vez que subraya la necesidad de “marcar la cancha” a los investigadores. “Convencimos al científico de que es una deidad y tiene derecho a ser sostenido sin dar ninguna contraprestación. Hace falta dirigir más al sector al sistema productivo. Personalmente creo que los científicos estamos en deuda –concluye–. Y por primera vez hay gente que lo entiende”.

Desafíos

La “ventana de oportunidad” está ahí, pero no para siempre. Que la aprovechemos o no depende de mil factores, entre ellos de cómo se articula el sector público con el privado para sentar las bases de nuevos senderos productivos: un derrotero repleto de preguntas.

¿Qué resistencias despierta la figura del científico emprendedor con “visión de mercado”? ¿Qué intereses guiarán el surgimiento de nuevos proyectos científicos si es que son principalmente financiados por capitales de riesgo? En un artículo (5) en el que se analiza la relación entre biotecnología y progreso como “valores indiscutidos”, la doctora en filosofía María Luisa Pfeiffer no solo señala que los “avances” biotecnológicos necesitan normas que los regulen antes de decidir acerca de su carácter beneficioso; también trae a la discusión cuestiones como la “biopiratería” (que es la apropiación de recursos genéticos y conocimientos tradicionales de los países del Sur para patentarlos como propios) y el impacto que los organismos genéticamente modificados pueden tener para el equilibrio de los ecosistemas y que no necesariamente tienen que ver con el consumo del transgénico como alimento.

“La gran mayoría del ambientalismo rechaza la biotecnología de plano. Mi posición, que no es tan mainstream, es que depende del para qué y del cómo”, reflexiona el ambientólogo y docente de la Universidad de Buenos Aires Julián Monkes. “Ninguna tecnología es neutra: siempre hay intereses detrás, y en este caso lo que termina pasando es que mayormente se orienta a fortalecer los negocios vinculados a la producción agropecuaria. Por eso son los conglomerados del agro y los laboratorios los que más están hablando de esto. Distinto sería si la orientación partiera de una política nacional” afirma, y llama a estar atentos al contexto y a la forma en la que se producen las innovaciones, así como a quién tiene la patente.

Según el gerente de vinculación tecnológica del Conicet, Sergio Romano, el debate remite a una primera discusión sobre quién va a orientar la investigación científica, sean las empresas, el Estado o la propia comunidad de investigadoras e investigadores. “Las discusiones son mucho más profundas que si hay que hacerlo o no con el sector privado. Está claro que el Conicet no tiene capacidad de ‘producir’ productos y servicios más allá del conocimiento. Entonces hay que transferirlo con prioridad a las pymes y con el sistema público cumpliendo su rol, que es el de evitar las tensiones de mercado y garantizar condiciones de equidad”.

“La plasticola que une al emprendedor con el científico es el impacto”, resume por su parte Peire, convencido de que a las empresas no les queda mucho margen para seguir con la lógica extractiva y el green washing. “Ahora se trata de plantear el negocio no sólo técnicamente sino filosóficamente considerando al ser humano. Y no es que crea que esto se vaya a dar por una transformación ética del empresariado ni por coerción del Estado, sino por conveniencia. Lo mejor que le puede pasar al mundo es que suceda de esa manera, porque operando por conveniencia el capitalismo funciona”, explica.

“Si estamos trabajando en proyectos sensibles, entonces la conversación en la que se construyen las normas y las valoraciones sobre las consecuencias de avanzar con determinada tecnología tiene que ser transparente y dar lugar a la construcción de consenso en cada paso que damos”, analiza Llamazares, advirtiendo que en tanto más comprometidos estemos en entender la verdad de lo que está pasando, más probable será que lleguemos a un acuerdo acerca de los riesgos, las precauciones, el significado del progreso y la distribución de los beneficios. “Las discusiones no pueden limitarse a lo que sucede en un país, porque lo que hacemos puede tener impacto en todo el mundo. La pandemia nos ayudó a comprender mejor todo eso: que la biología nos vincula, y que más allá de dónde estemos, compartimos un solo espacio en el que estamos profunda y verdaderamente interconectados”.


1. https://chequeado.com/hilando-fino/como-vario-la-inversion-en-ciencia-en-la-gestion-de-cambiemos/

2. https://www.youtube.com/watch?v=w7rx48Lm8YU&ab_channel=TEDxTalks

3. https://cifras.conicet.gov.ar/publica/

4. file:///C:/Users/User/Downloads/Latin-America-and-the-Caribbean—A-Biodiversity-Superpower–Policy_Brief_SPANISH.pdf https://ri.conicet.gov.ar/handle/11336/39465

 

Le Monde Diplomatique - mayo de 2021

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