Violencia en acto y en palabra

Karina Bidaseca
Las violencias de género habitaban desde siempre nuestro mundo. Sólo que yo lo confirmé tempranamente, cuando leí por primera vez La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik. Más tardíamente al escudriñar su “Poema del nombre propio”, con la arquitectura de la torre del castillo medieval dominado por la condesa Erzébeth Báthory, noté que la abyección de la violencia en los cadáveres de mujeres por feminicidio yace en la base donde se apuntala el orden social falogocéntrico: Alejandra, Alejandra/ Debajo estoy yo/ Alejandra.

Gracias a la literatura, sin dudas. Anudada a la teoría estética y a la teoría feminista poscolonial es posible, interpretar en espejo, los lenguajes de las violencias de género expresados en dos formas artísticas que dialogan: la literatura y el arte visual.

Seducida por el poder alienante de la lengua “simplemente fascista” (Barthes) hallé aquello que declaman las escritoras afro Toni Morrison y Marlene Nourbese Philip, y la poeta mapuche Liliana Ancalao, buscando sublimar las violencias reales. Unas de modos literales, otras sutiles, todas enfrentamos fantasmas y demonios de nuestro género buscando estetizar la muerte, para sensibilizar a un mundo que, de la mano del feminicidio, se precipita en la percepción dramática de la frontera y el espectáculo.

“Sixty Million and more”, es el inicio de Beloved , novela de Morrison que habla de la decisión de Sethe, la madre esclava que en un incomprensible acto de amor mata a su hija Beloved, una niña de dos años, para sustraerla de la apropiación de su amo. Y finaliza así: “No era una historia para transmitir. La olvidaron como una pesadilla (...). Así, finalmente la olvidaron. Recordarla parecía imprudente, insensato. No era una historia para transmitir. De modo que la olvidaron. Como un sueño desagradable durante una noche confusa (...).

Esta no es una historia para transmitir. Riachuelo abajo, en el 124, las huellas de sus pies vienen y van. Son muy familiares. Si un niño o un adulto caminara encima, sus pies encajarían perfecto en los de ella. Si los sacan, volverán a desaparecer, como si nadie hubiese andado jamás por allí. Más tarde desaparece todo rastro y no sólo se han olvidado las huellas sino el agua y lo que hay allá abajo. El resto es el tiempo, la atmósfera. No la respiración de los olvidados y desaparecidos nunca reclamados, sino el viento en los aleros, el hielo primaveral derritiéndose demasiado rápidamente. Sólo el clima. No el clamor de un beso, sin duda.

De este modo conmovedor Morrison repone, en tres soplos, la misma oración hecha de frases fragmentadas que interrumpen el texto: que la de Sethe y Beloved no era (no es) una historia para transmitir. La negación torna antitética la afirmación de la imperiosa necesidad de una política de la memoria de las mujeres que en virtud de su género, han sufrido el brutal complejo de opresiones de las violencias de la esclavitud y experiencia corporal simultánea del racismo-sexismo, la explotación económica y la esclavitud sexual.

Momento histórico que edifica el imaginario de la erotización exacerbada del cuerpo femenino negro (y en sus antípodas, la asepsia de un cuerpo indígena des-erotizado para el mercado sexual del capitalismo, voraz consumidor de cuerpos femeninos). ¿Qué es aquello que debe olvidarse prontamente antes de ser transmitido; qué debe permanecer oculto, silenciado para no interrumpir y molestar angustiosamente el fluir del presente?

“150 y más”, es el inicio de She Tries Her Tongue, Her Silence Softly Breaks de la escritora canadiense afrocaribeña Marlene Nourbese Philip quien, como Morrison, introduce esta doble significación de “contar” (cuerpos muertos en el barco esclavista Zong) y “contar” (relato). Se inserta en una estética narrativa que se balancea entre “la lírica de la “palabra-jazz” (…), la fusión de los pasajes del Caribe e inglés, muy cerca de un tono creole” (George Elliot Clarke).

Su escritura se abate en esa tensión entre la lengua paterna (el canon euro blanco-cristiano masculino) y la lengua materna (negra-africana y femenina). Tal vez, el más citado es el estribillo del Discurso sobre la lógica del lenguaje : ... y el Inglés es/ mi lengua materna/ es/ mi padre lengua/ es un idioma extranjero lan lang/ idioma/ 1/ angustia .

Philip hace un juego muy interesante con la fonética de la palabra “language” (lenguaje) para tornarla “anguish” (angustia). Angustia irresuelta en la violencia del acto colonizador de la imposición de un lenguaje. La lengua extranjera con la cual no logra reconciliarse.

Habitada por la angustia del discurso maestro del amo y la metáfora presente del desierto, la poeta mapuche Liliana Ancalao escribe en su libro en dos idiomas (mapuzungun y castellano) Mujeres a la intemperie (2009): “tengo todavía arena en las coyunturas y no hay palabras”. Como Philip explica, su búsqueda es por modos de “no-contar” la historia (la de Zong), en espejo con la declamación de Toni Morrison: “Esta no es una historia para transmitir”. Así logra resolver el conflicto de un paisaje apocalíptico de la violencia originaria: la visualidad hipnótica que produce su lectura marcará indeleblemente nuestras memorias.

La palabra se transmuta en una imagen (imago) que sigue los contornos de una silueta particular que sufre una metamorfosis. De algún modo invita a sus lectores a imaginar otras siluetas inconexas (en estadística las llaman nubes de punto que pueden convertirse en materialidad tridimensional) para perdurar a través del relato. Tensa los límites de la escritura y hasta de su propio arte, para permitirnos comprobar por sí mismos que “ésta no es una historia para transmitir”.

Este texto puede ser pensado (¿por qué no?) como un memorial. Desde su invención la escritura es una forma de incisión, de esculpido sobre un texto; sea éste una piedra, una vasija, un papel, un cuerpo, muchos cuerpos, un nombre, muchos nombres tallados en un el bronce. Aunque no haya ningún cuerpo, ni los hallados ni los desaparecidos, o sean sólo “huesos en el desierto”, la fuerza es haber logrado reunirlos a todos y agrietar el suelo del sentido común, logrando, por el encuentro entre arte y política, alterar el régimen de lo visible y lo (d)enunciable. La lista es infinita; pero alimenta la esperanza poder cerrarla.

Imprescriptibilidad, políticas de la memoria y lucha contra la impunidad se vuelven contranarrativas que cartografiamos en nuestros territorios, ensayando senderos a tientas en las adyacencias de las metamorfosis que va sufriendo esa cartografía intuitiva cuando intentamos fortalecer los rincones lábiles del mapa de la praxis feminista. Ciertamente, como asola en Beloved , cuando caminamos sobre sus huellas, nos damos cuenta de que esas vidas no desaparecen del todo. Y que necesitamos hacer políticas que nos ayuden a reclamarlas y a no olvidar. Hasta cuando llegue el día que no haya ni una muerta más por feminicidio.

Revista Ñ - 10 de julio de 2013