Tomar en serio a Espert

Martín Burgos * (Especial para sitio IADE-RE) | "La clase media generó muchos arrepentidos que, lejos de volver a votar al peronismo, van a buscar candidatos que les ofrezcan un ideario individualista donde reina el mercado. Ahí aparecen las opciones libertarias, los Milei, Laje y los Espert", sostiene el autor.

Luego de cuatro años de gestión, de los cuales tres fueron recesivos, el fracaso económico del gobierno de Mauricio Macri es patente si lo miramos en términos de reproducción social de los argentinos y de reproducción política del proyecto neoliberal. La campaña de la oposición centrada en la cuestión económica es, sin lugar a dudas, la mayor de sus virtudes, yendo a golpear ahí donde duele, en la herida del contendiente.  

Pero esa no es la única expresión de la crisis del proyecto político neoliberal en Argentina. También la molesta candidatura de Espert merece un análisis adecuado ya que parece sumar una cantidad no menor de decepcionados del macrismo. 

En efecto, el proyecto de Cambiemos de alianza entre oligarquía y clase media no pudo aguantar las demandas económicas de ambos sectores: la fuga de capitales de la oligarquía no dejó lugar para que la clase media pueda ahorrar en dólares y desde 2018 se vio cómo se esfumaron los ingresos de los trabajadores y de las Pymes. Ese sacrificio de la clase media generó muchos arrepentidos que, lejos de volver a votar al peronismo, van a buscar candidatos que les ofrezcan un ideario individualista donde reina el mercado. Ahí aparecen las opciones libertarias, los Milei, Laje y los Espert, que tienen mucho espacio en los medios de comunicación y mucho eco en la clase media, sobre todo entre los más jóvenes. 

Su discurso es el libre mercado llevado a todos lados: solucionar la seguridad dando la libertad de portar armas a la población, destruir el sector público y con él todo rastro de sindicatos y justicia social. Queda claro que el plan económico de libertarismo económico sólo se puede llevar adelante con violencia política. Es necesario advertir esa situación y no pensar que la política “freaky” es un entretenimiento sin sustancia ni consecuencias. 

La ruptura ideológica de ese grupo influyente de economistas, que apoyaban explícitamente a Macri en 2015, se centra en una crítica al actual gobierno por “socialista” o “keynesiano”, principalmente por no realizar un shock en el gasto público que, supuestamente, solucionaría todos los problemas de la Argentina. Esas referencias “vintage” no son casuales. Friedrich Hayek, el gran ideólogo de los libertarios, realizó su gran tarea académica en los años 30.

Su primer gran aporte fue la ruptura con la teoría del equilibrio general, que venía siendo hegemónica desde Walras, a raíz de una discusión entre el austríaco Bohm-Bawerk y Oscar Lange, sobre si el sistema capitalista era más eficiente que el socialista. A partir de Hayek, se empezó a cuestionar el esquema del mercado con equilibrio espontáneo, derivado de una interpretación de Walras, y a pensar el mercado como un proceso en el cual el precio contiene información que debe ajustarse para lograr el equilibrio. 

El segundo aporte de Hayek es que se aproxima a cierto enfoque de Wicksell al enfatizar el papel de las tasas de interés para contrarrestar los efectos del dinero en el ciclo. Esa apreciación dará lugar a un debate con Keynes, para quien la incertidumbre sistémica respecto del futuro impide que las tasas de interés sean eficaces. 

La trayectoria posterior de Hayek es menos académica y se dedicó a generar un grupo político (el Mont-Pelerin) destinado a atacar sistemáticamente el keynesianismo predominante en las sociedades occidentales.  Desde entonces, no dudó en apoyar las dictaduras militares, como la de Pinochet. Como lo declaró en el diario el Mercurio en 1981: “Mi preferencia personal se inclina por una dictadura liberal y no un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente”. En 1974 recibió el “premio Nobel” de Economía.

Lamentablemente, los libertarios se refieren mucho más al Hayek de los años 70, el que se reconcilió con el orden espontáneo del mercado, que al de los años 30 que por lo menos tenía cosas más interesantes. Su insistencia en el individualismo, en el mercado y su odio al Estado, lo terminan volviendo común y predecible en sus análisis, aggiornando el viejo discurso del ingeniero Alsogaray. 

Entre las entelequias que aparecen en sus análisis, el mercado aparece como una panacea. Pero ¿qué es el mercado? Cualquiera pensaría que son las Pymes, las que le venden al mercado interno, el comercio de la esquina, los que “reciben el precio”. No las grandes empresas concentradas para las cuales numerosos de esos economistas libertarios trabajan. El problema de las Pymes está ausente de su análisis, y por causa: el problema de las Pymes viene muchas veces asociado a los precios a los que deben comprar sus insumos, precios impuestos por las grandes empresas. El poder económico, como marco fundamental de la economía política, o la redistribución dentro de la cadena de valor, no aparece en sus análisis simplistas. 

En cuanto a la intervención del Estado, ese malvado de películas hollywoodenses, es siempre nefasta, en cualquier circunstancia. La escasa preparación de los economistas respecto del Estado es algo bastante común en la profesión. En el caso de los libertarios, cualquier teoría del Estado es directamente negada. Las instituciones se interpretan como “hacer lo que pide el mercado”, que es sencillamente negar las instituciones. Las instituciones están para estabilizar las contradicciones sectoriales, no reforzarlas, y el papel del poder público -como instancia de negociación entre los privados- es el de evitar una guerra social en la cual el más grande destruye al más chico.

En verdad, se niega la importancia de las instituciones realmente existentes, las leyes, la Constitución. Es decir, se niega a la democracia. Las regulaciones, tan necesarias a la organización de los mercados, que complementan la información de los precios muchas veces escasa o contradictoria, es lo que permite que el capitalismo siga existiendo como sistema social.  

Por último, se niega totalmente la existencia del dinero. La teoría neoclásica utiliza una herramienta metodológica que consiste en decir “supongamos que se intercambia sin dinero”, para poder trabajar y luego complejizar el análisis. Es un problema reiterado de la economía neoclásica -que retoma acríticamente estos “supuestos” austríacos- la incomprensión de la influencia del dinero sobre la economía que lleva a la conclusión según la cual “el Estado no debería emitir”. Pero si el Estado no emite, ¿de dónde sale el dinero? ¿cómo hace el sector privado para ganar más dinero? ¡Alguien lo tiene que crear! 

La segunda fuente de creación de dinero, el bancario, que multiplica los depósitos prestándolos, es por definición más inestable. Por eso en los años 30 se institucionalizó el Banco Central en todos los países del mundo: es la herramienta por la cual el Estado regula el sistema bancario y sale a frenar cualquier corrida sobre los depósitos. En un sistema de libre mercado, las corridas dejarían a los bancos en la bancarrota y los depositantes sin su dinero.

Esa incomprensión del dinero explica que algunos libertarios propongan la dolarización. ¡Si no entendemos el dinero, pues eliminémoslo! El problema es que el dinero bancario implicaría que, en un marco de dolarización, se crearían dólares multiplicando los depositados al prestarlos y sin posibilidad de rescatar los depósitos en caso de corridas. Es lo que ocurrió durante la Convertibilidad con el corralito, del cual parece que los libertarios no sacaron las conclusiones adecuadas. 

Mercado y Estado no son contradictorios sino que son complementarios y estructuran el sistema económico. Economía y política son indisociables en el marco de un régimen de acumulación capitalista. Una de las conclusiones que nos dejó la última dictadura militar es que la libertad económica sólo es compatible con la represión política.

 

* Coordinador del Departamento de Economía Política del Centro Cultural de la Cooperación | 24-07-2019