Terraplanismo macrista

Claudio Scaletta


Uno de los conceptos que en la historia del debate político local quedará indisolublemente asociado al oscuro intervalo macrista será el de “posverdad”. Sin abrir capítulos filosóficos, a esta altura se sabe que la posverdad es simplemente una mentira con buena prensa y que se repite hasta el cansancio por un ejército de actores que la dan por cierta.

Como siempre sucede, el fenómeno no es puramente local. Aunque la posverdad sea parte del aparato de legitimación de un sistema de dominación social, cuyo objetivo es precisamente ocultar la dominación, es también una forma de “irracionalismo”. Tres siglos después del auge del iluminismo sorprende tener que acudir en defensa de la razón. Y si bien todo el posmodernismo hizo su aporte anti-iluminista, el presente sigue proveyendo ejemplos inesperados de “irracionalismo” o pensamiento anticientífico.

Un ejemplo muy dañino es el de los movimientos antivacunas, los que ya provocaron la reaparición de enfermedades que se creía erradicadas. Menos perniciosa parece la homeopatía, no exenta de riesgos, y también la más inofensiva persistencia de la astrología. En tiempos más recientes irrumpió el movimiento terraplanista, que se apresta a realizar justo en Argentina su primer congreso internacional y que niega nada menos que la esfericidad del planeta, algo que la humanidad conoce al menos desde Eratóstenes, o sea desde hace más de 25 siglos. El terraplanismo simplemente rechaza todo el edificio de la ciencia. E incluso la mera observación. Se puede creer, como sostiene la secta, que las imágenes online desde la Estación Espacial Internacional son un montaje de la NASA, pero el movimiento aparente de las estrellas que durante siglos guió a los navegantes parece ciertamente más difícil de montar. Por supuesto, otro gran ejemplo de un sistema basado en creencias irracionales es el de la economía marginalista, a la que hoy dejamos descansar.

¿Qué nos dicen estos ejemplos y por qué se traen a colación? Es probable que reflejen algo que es propio de la especie humana, el hecho de que siempre existirán ejércitos de homo sapiens dispuestos a creer con fervor, por distintas razones, en discursos explicativos de procesos que no comprenden muy bien y con prescindencia total de los fundamentos reales (objetivos, científicos, mensurables, observables) de estos discursos. Los pensadores del iluminismo creían que la razón, en su evolución, acabaría con estos sistemas de creencias que por entonces se concentraban especialmente en las religiones, pero los ejemplos citados parecen indicar que la adhesión a creencias irracionales es inherente a la naturaleza del sapiens.

El macrismo parece haberlo comprendido muy bien. El dato no es nuevo, el eje de su mensaje siempre fue el odio al gobierno precedente y a su base social. Pero si en 2015 se lo revestía con el disfraz del advenimiento de una presunta “revolución de la alegría”, el discurso de Macri en su última apertura de sesiones legislativas volvió a convocar al enfrentamiento sobre la base de las creencias.

Tal como se esperaba frente al completo fracaso económico puesto en evidencia desde el regreso al FMI, la posverdad cambiemita se lanzó a la profundización de la batalla. Desconociendo todos los números de la fuerte recesión en curso Macri afirmó sin ruborizarse que la situación económica es hoy más sólida que en 2015. A las mayorías que sufren les transmitió lo mismo que la gobernadora Vidal a su pobre profesional, “pásenla mal que sus nietos van a estar mejor”. Otra vez “el estamos mal, pero vamos bien” típico del neoliberalismo de todos los tiempos, el ajustar por abajo como presunta solución de todos los males. “Miren, el mundo nos apoya, sino seremos Venezuela, no hay otro camino, créanme a mí, los malos son los otros”. 

El discurso de Macri se limitó así a relanzar destempladamente la guerra a la oposición como leitmotiv para la campaña 2019. Ya no es tiempo de globos ni bailecitos en los balcones. De “unir a los argentinos” no quedó nada. Frente a una economía que continúa su derrumbe la única apuesta es profundizar la grieta. El centro de Buenos Aires sitiado, otro ominoso símbolo de época, y el clima dentro de la propia asamblea legislativa, con rostros adustos, insultos importados y aplausos forzados de menos de la mitad del recinto, marcaron la profundización de la tensión.

La irresponsable siembra de odio durante tres años realizada por el oficialismo y su prensa rentada amenaza hoy con cosechar tempestades. Si bien el enfrentamiento en la clase política no derrama todavía a las calles, se respira un clima de descomposición y represión. Desde el regreso al FMI el régimen hace agua por todos lados y por eso sólo le queda continuar con la demonización de la oposición. Pero la realidad siempre es dinámica. La principal herramienta para este fin, la operación de inteligencia–judicial–mediática de “las fotocopias de los cuadernos”, quedó herida de muerte. La tentación de utilizar lo que fue concebido como un instrumento de persecución política también para el enriquecimiento personal derrumbó toda legitimidad. Por eso hoy se asiste a un intento desesperado de los operadores políticos y mediáticos del oficialismo para reinterpretar los hechos. Así, el empresario agropecuario que intentó salvarse de una extorsión sería “un pícaro” y el juez que se animó a reventar el grano de pus de Comodoro Py sería “un camporista”. En conjunto, toda la causa por la que ahora deberá declarar el fiscal estrella de la operación fotocopias sería “una contraofensiva kirchnerista”. Y todo se afirma sin que se considere necesario rebatir las abundantes pruebas que sacaron a la luz las peores connivencias entre el poder político, el judicial, los servicios de inteligencia y los medios de comunicación. Frente a la contundencia de la evidencia la contraofensiva oficialista solo atinó a apelar al juego de creencias, al “créanme a mí”. 

Los hechos que demuestran la esfericidad de la tierra quedaron completamente al margen del debate.

 

Página/12 - 3 de marzo de 2019