Tecnología peronista. O cómo vender reactores nucleares a Holanda

Diego Hurtado, Matías Bianchi

 

En los años finales de la década de 1940 nuestro país decidió impulsar el desarrollo de una industria nuclear nacional. Esta decisión representa hoy uno de los mayores logros alcanzados por nuestro país en el ámbito de la alta tecnología.

El desarrollo de tecnología nuclear no sólo tuvo que ver con capacidades, compromisos y vidas dedicadas a la investigación, sino también con una decisión política. El presidente Juan D. Perón tenía la firme convicción de alcanzar el autoabastecimiento energético a través de la generación de energía con métodos que recién estaban comenzando a explorarse en el resto del mundo.

En 1950, el gobierno de Perón creó la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), que llevaba en su “código genético” la búsqueda de la autonomía tecnológica para el impulso de la industrialización. Con el objeto de dotar a los investigadores de nuevas y mejores herramientas, al año siguiente Perón recibió al príncipe Bernhard de Holanda y acordó la compra de un sincrociclotrón -para ese momento un acelerador de partículas de punta- fabricado por la empresa Phillips. Esta decisión fue uno de los tantos hitos que posibilitaron que nuestro país llegara a ser, ya desde fines de los años ochenta, el mayor exportador de tecnología nuclear de la región. 

A fines de marzo de este año, el presidente Macri viajó a Holanda a vender un reactor nuclear. Rosendo Fraga, en una nota en Infobae del 23/03, destacaba la importancia de que el primer mandatario pudiera visitar la séptima economía mundial y explicaba que “es un logro importante que muestra que el país tiene capacidades en lo científico-tecnológico de primera línea”.

Para agregar un poco de memoria al orgullo de Fraga recordemos que si hoy nuestro país puede ofrecer productos de alta tecnología de la industria nacional en el exterior, se debe a que en la década de 1950 Argentina fue el único país en desarrollo que, en lugar de comprar a Estados Unidos su primer reactor, decidió fabricarlo con sus propias capacidades. 

En enero de 1958, se inauguraba en Buenos Aires el RA-1 (Reactor Argentino 1), el primer reactor nuclear construido en América Latina. No era tecnología de punta, era una máquina bastante básica, copiada de un modelo norteamericano, que había costado un poco más cara que si se la hubiera comprado directamente a EE.UU. Sin embargo esta decisión posibilitaría más tarde la evolución de los desarrollos nucleares argentinos. Si Macri hubiera sido entonces presidente, hubiera comprado el RA-1 a Estados Unidos y el Macri de hoy solo podría llevar a Holanda algunas toneladas de soja. 

Distintos gobiernos persistieron en la misma línea y en la década de 1960 tecnólogos y científicos argentinos desarrollaron el RA-2 y el RA-3. Con este último reactor se pudo abastecer el mercado local de radioisótopos, lo que significó, entre otras cosas, un importante ahorro de divisas. Pronto Argentina no solo empezó a exportar radioisótopos a los países vecinos, sino que a mediados de los años setenta logró venderle un reactor de investigación a Perú. En los años ochenta y noventa Argentina exportó reactores a Argelia, Egipto y, durante el kirchnerismo, a Australia y EE.UU.

Luego de la creación de la CNEA vinieron el Instituto Balseiro y, en la década de 1970, la empresa de tecnología INVAP, Sociedad del Estado que tiene como accionista principal a la provincia de Rio Negro. Con cuatro décadas de vida, INVAP es la demostración empírica de cómo un país en desarrollo puede ser comercialmente exitoso en productos de alta tecnología. El dominio de la gestión de proyectos tecnológicos complejos por parte de esta empresa permitió a nuestro país, además, aplicar estas capacidades a otras áreas.

La historia de la evolución tecnológica y comercial de los reactores se puede asociar directamente a lo que ocurrió con la incursión de nuestro país en el ámbito del espacio y de las telecomunicaciones con los satélites de la empresa Arsat, fabricados junto con Invap. Argentina es hoy uno de los 10 países en el mundo con capacidad para construir satélites geoestacionarios de telecomunicaciones. Así como el RA-1, sin ser él mismo un producto comercial, fue una plataforma exitosa para que Argentina en unas pocas décadas estuviera exportando reactores, en el caso de los satélites los tiempos necesarios para alcanzar el umbral de exportación pueden acortarse de manera significativa.

Si el actual gobierno priorizara el desarrollo científico tecnológico y cumpliera la Ley 27.208 de Desarrollo de la Industria Satelital -sancionada en noviembre de 2015 por el Congreso nacional- además de tecnología nuclear podría ofrecer también satélites geoestacionarios por un valor de 50 millones de dólares la tonelada. Sin embargo, el modelo económico agroexportador vigente, tiene como objetivo fundamental la comercialización de granos de soja a sólo 300 dólares por tonelada.

- Diego Hurtado, Ex presidente de la ARN y director en ANPCyT-MINCyT.

- Matías Bianchi, Ex presidente de Arsat.

 

Página/12 - 10 de abril de 2017