Roca, Viñas y González

Horacio González
Publicado en 1982 en respuesta al festejo que la dictadura militar realizó ante el centenario de la Campaña al desierto, el libro de David Viñas, es uno de los textos fundacionales de la Historia. El prólogo de Horacio González.

Desde las páginas iniciales de Indios, ejército y frontera se advierte un modo de trabajo sobre el que el propio Viñas arriesgó un nombre. Así, el lector estaría ante un “polémico collage”. Pero antes que eso, es preciso advertir que en los vivaces pliegues de este collage, se halla el sustento de una tesis nítida y a la vez enérgica. Esta tesis nos dice que en el proceso expansivo de un capitalismo de conquista en la Argentina, se había figurado un capítulo final de incorporación de las tierras ocupadas por los indios en el que se cierra un magno ciclo histórico. Se lo describe así: “El conquistador victoriano del siglo XIX va presintiendo su parentesco con el clásico conquistador renacentista”.

Viñas escribe presentir. En ese verbo caben todas las justificaciones, literaturas y memorias que eran capaces de acompañar e incluso forjar el lenguaje de guerra que se iba a desencadenar en la Campaña del Desierto de 1879 como “etapa superior de la conquista española de América”. Era aquél un lenguaje ideológico embanderado de textos extraídos de los más notorios anaqueles de una “ciencia positivista” bien dispuesta a proveer las “pruebas irrefutables” de la existencia de “razas inferiores”. Pero también de una poblada narrativa de militares expedicionarios, viajeros científicos y cronistas de frontera que iban trazando los contornos épicos de una empresa cuyos odiosos rasgos de violencia era necesario ornamentar con las togas de una hazaña cultural.

Indios, ejército y frontera se convierte entonces en el dramático balance de la forma en la que las ideologías científicas y literarias actuaban como “conciencia posible” de los movimientos militares y políticos con los que se garantizaba la captura de un rico territorio. Se nos muestra entonces el positivismo a la manera de un gran panorama palpitante y nervioso de obras y locuciones, realizadas por supuesto por muchos autores, pero que conforman una gran voz arquetípica que va enhebrando la economía de esa encarnizada incautación territorial. Viñas no vacila en utilizar holgados conceptos para designar ese macizo ideológico: “América Latina darwinista”, “América positivista”, “militares positivistas”, “genocidio positivista” y que culmina en un general Roca –central personaje de Indios, ejército y frontera– para quien el positivismo no es otra cosa que la “severa economía de tácticas” con la cual resuelve su conquista territorial.

Sin duda, el positivismo al que alude Viñas es primordialmente el de los emblemas culturales que habían dejado su divisa en la Argentina bajo el reverbero de Darwin, Lombroso o Lebon. Pero aquí hay una torsión que revela también el método en que Viñas compone sus figuras, al señalar cómo Roca dejaba entrever su positivismo. Lo hacía en el modo con que tomaba decisiones sobre “el monopolio de las tierras expropiadas a los indios, en la capitalización de un prestigio pulcro obtenido sobre los desmanes de sus subalternos”. Lo hacía, en suma, con una “sintonización con los ritos del capitalismo mundial”, evidentes en la nacionalización de las oligarquías provinciales y las economías regionales. El positivismo de Roca, quiere decir Viñas, es un conjunto de sintonías rituales, de economías de movimientos, de sentidos tácticos, de estilos de apropiación de la vida colectiva y por último, de pensamientos sobre la línea de frontera como equivalente general de un nuevo diagrama de poder. Todo esto pone al positivismo en una situación de pensamiento sobre el dominio total de la realidad. Como si fuera esencialmente un estilo, un campo de fuerzas, además de lo que muestran los rasgos clásicos de sus más conocidos “contenidos”, esto es, esa admitida teoría de la naturaleza como modelo de señorío científico para legislar sobre lo social.

Roca es entonces un jefe positivista no porque haya leído El crimen político y las revoluciones, de Lombroso, o Psicología de las multitudes, de Le Bon, sino porque en sus procedimientos técnicos revelaba la estirpe fáctica, decisional y enfática del positivismo. Una suerte de archipositivismo que Viñas detecta con su ojo clínico para poner el vastísimo material del que dispone bajo el auspicio de una interpretación audaz, en la que la forma del poder se engarza con una forma ideológica en concomitancia profunda. De alguna manera, esta relación entre la economía expansiva del capitalismo argentino y la “ética positivista” recuerda jornadas evidentes de las más encumbradas reflexiones de las ciencias históricas del siglo XX. No está de más que mencionemos aquí La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber. Sin duda, en este caso se llama ética a un conjunto de justificaciones que producen efectos entre lo mundano y lo teológico que probablemente escapan a la conciencia explícita de quienes se definen por tales creencias. Pero si bien el positivismo –tal como lo entiende Viñas– es un “estilo mental” que mantiene la cohesión de un grupo social a partir de un horizonte de ideas que operan más bien en el sentido de una conciencia declarada de dominio, no deja de presentarse como un tejido de valores a cuyo veredicto se apela como normatividad de última instancia.

Una ética, pues, en ese sentido weberiano de conformar el sujeto que se concibe activo a partir de la exaltación de esas certidumbres. De este modo, la noción de “positivismo militar” será la forma política roquista que adquiere en la Argentina el positivismo filosófico, a la manera de una conciencia posible. Mencionando esta última idea, de paso, Viñas revela una de las opciones de su estilo permanentemente alusivo. Como se recordará, esa expresión pertenece a la discusión sobre la conciencia en el clásico terreno de las reflexiones de Lukács y otros pensadores del historicismo de los años ’20 y que Viñas invoca no como un recurso a la cita que otorga una ceremonia de compostura y veracidad doctoral, sino como un clima de conversación que va emitiendo huellas de lectura que invitan al lector a reconocer un mundo cultural, sentir el eco de fundamentales patrimonios de lectura.

No en vano, cuando dice inflexiones, secuencias, correlatos, corroboraciones (o enumera las funciones que cumplen esas “inflexiones”, que son las maneras con que cada hecho recae en una similar ideología, y entonces leemos: reemplazos, desplazamientos, reenvíos, impregnaciones), Viñas muestra un tratamiento de las mentalidades sociales en el cual un tema dominante va asumiendo distintos rostros y apariciones. Se trata de seguirlo, describirlo y juzgarlo en la localización de todas sus apariciones. De este modo, un método de trabajo que desde hace más de cuatro décadas no cesa de ejercer un fuerte magisterio sobre la crítica cultural argentina, con sus logrados utensilios de laboratorio, revela de qué modo fueron aprovechadas las corrientes características de la crítica literaria más relevante de la época.

Sobre ellas conformó Viñas su propio desplazamiento. Su pensamiento por “jadeo” e “impregnación”. Un escrito de Viñas siempre surge impregnado. Es un escrito de carácter ético y fenomenológico, pero si por comodidad sus recorridos vivenciales se estacionan en tres momentos –como el propio título de este libro da a entender–, las flechas que lanza son capaces de explorar todas las posibilidades de su propia transformación, hacia sus permanentes antípodas y sus analogías, o como el propio Viñas diría, hacia su “revés de trama” o su novelesca serialidad. Entonces, todo hecho, acto o elemento cultural, es interrogado según el amplio mundo al que pertenece, la secuencia que lo contiene, la derivación a que da lugar, la serie que integra, el reemplazo que produce, el desplazamiento hacia la fachada o hacia el corazón de las ideologías de dominio. En fin, ningún acontecimiento cultural está estable y quieto en la gran conversación escrita de Viñas.

Lo percibimos incluso en Indios, ejército y frontera que, a pesar de su tesis muy establecida (mucho más que en muchos otros trabajos de Viñas, donde el juego de hipótesis que se va elaborando juegan a una máxima amplitud de desplazamientos, dando la idea de una interrogación incesante de todas las dimensiones de un objeto), no deja de ensayar estos inagotables movimientos retóricos para comprender la cultura como una trama infinita de reposiciones de lo ya extenuado, de diferencias en las semejanzas y de prefiguraciones que procuran sus eslabonamientos futuros: “Pizarro no sólo prefiguraba a Roca sino también a Cecil Rhodes”.

De este modo, Viñas ha escrito lo que quizá podría considerarse los antípodas del Roca de Lugones. Donde Lugones veía a Roca leer a Tito Livio en los descansos de las campañas, Viñas lo ve leer el juego de fuerzas del capitalismo conquistador; donde Lugones lo ve “suprimiendo la frontera con la barbarie”, Viñas lo ve –ironizando– como un “auténtico jefe positivista” que al mando de esos hombres “polvorientos y patrióticos” va calculando hasta el milímetro la puesta en escena de la misa de campaña de Choele-Choel pintada por Blanes; y donde Lugones lo ve, abusivo, refutando al Alsina que le asignaba al indio “una suerte de conciudadanía donde en realidad se trataba de un agente extranjero”, Viñas lo ve actuando con el toque parsimonioso de su comprovinciano Alberdi pero tomando de su maestro Sarmiento el activismo que lo hace postular la anexión del “territorio de los bárbaros a la Nación”, no sin citar a Carlos III y otros antecedentes de esa inmensa empresa burguesa de acento iluminista y positivista.

Esta continuidad histórica que abarca una amplia magnitud temporal no lo exime nunca a Viñas de presentar las anomalías o interrupciones de esa ideología que inferiorizaba al indio, habilitando el despojo y la matanza. Porque en primer lugar, en la época de la Independencia se encontraba una exaltación del pasado indígena, que va desde un Andrés Bello que en la Silva a la agricultura en la zona tórrida concibe a la empresa liberacionista criolla como una vindicta de Atahualpa y Moctezuma, hasta un Vicente López y Planes, que en el himno argentino estampa el célebre “se conmueven del Inca las tumbas y en sus huesos revive el ardor”. Viñas le atribuye corta vigencia a esta “retórica neoclásica” de cuño indigenista, sustituida pocas décadas después por el “hispanismo arcaizante y colonialista”, indispensable como atmósfera cultural de la empresa roquista y triunfante en esos tiempos del IV centenario de la presencia de Colón en América.

Pero en segundo lugar, el propio Viñas no desea lo que él mismo llamaría una inversión del maniqueísmo por el cual si antes los vencedores del desierto se arrogaban la razón de la historia, ahora hubiese que entregársela en réplica antitética a unos “ángeles indios” en contra de unos “demonios blancos”. No, porque si un lado se trataba de restituir la voz de los vencidos, damnificados y culpabilizados, era necesario por otro lado ver los vasos comunicantes –así los llama Viñas– entre los dos campos. Y allí, en este campo problemático de intersecciones, pactos y conjugaciones, se abren estudios como el de la correspondencia de Mitre con Calfucurá, que revela un complejo mundo cultural y político de “indios amigos”, “asimilados” o “transculturados”. Testimonio a la vez del oscuro tránsito de las culturas que nunca ocurre sin brutalizaciones y ferocidades, y del embarazoso juego de espejos que introduce la idea del malón como acto translúcido –tan reversible como aterrador– pues su ejercicio involucra tanto a indios como a blancos.

Viñas describe esa fonética primordial del malón como base de la sociabilidad argentina; ve el malón cristiano en el espejo del malón indio, ley interna de esa “guerra de vacas” que abarca un largo ciclo nacional. Diferencias y semejanzas: los dos malones consisten “en expropiaciones de ganado, aunque el de los indios fuese necesario y el de blancos ventajoso: el alarido, los manotazos, el espacio abierto, los relinchos y la espontánea agresividad del cuerpo a cuerpo lo connotan”. Y agrega: “Hay que trasladarse al norte de Sonora, a los llanos del Apure o a la región del Maule para encontrar algo análogo. Sumándoles esos gigantescos arreos que caracterizan el escenario argentino ya sea bajo los mayores ‘caudillos’ como Rosas o López o con los ‘caciques generales’ a lo Calfucurá o Pincén”.

Podemos ver aquí la multiplicidad de ángulos con los que trabaja Viñas, poniendo en juego el gran fresco de la conquista burguesa y capitalista del desierto, desde Garay hasta Roca bajo la interrogación de su lente atisbadora de hechos microscópicos, de pequeños corpúsculos de apariencia insignificante o eventos de "fachada", pero que se abren también al teatro mayor de la historia. Pero he aquí un hecho profundo de esta alteridad, Rosas y Calfucurá envueltos en la lógica que reproduce los dos lados de esas similares estrategias económicas, en el ámbito de un muy diverso compromiso político o cultural.

Sabemos lo poco afecto que es Viñas a los esquemas borgeanos de las “afinidades secretas”, aunque aquí los roza y ponen en otra dimensión sus propias afinidades de las series presentidas que sin duda son una forma de ofrecerles un contrapunto a los tejidos del destino pero a la luz de una praxis laica. Se trata aquí de Mansilla, y el elemento de laicismo –esto es, de descreimiento de las dicotomías de la guerra cultural– es el propio Viñas el que lo menciona. Un Mansilla que descubre también que era necesario escapar de la “tentación maniquea”, y al que Viñas descubre como “viejo señor criollo proustiano” que pone en movimiento una petit histoire sabrosa, a través de calembours, trovatas y minucias que le permiten poner en un lugar audible la voz ranquel. A partir de allí se encuentra rechazando la guerra, se concibe como crítico a la conquista, que considera obra más bien del rastacuerismo argentino, y masticando en la irónica soledad del Jockey Club ensoñadas comparaciones con los fogones nocturnos y las “tortillas de avestruz” de la pampa. ¿Era posible que Mansilla fuese más allá? Problema para Viñas, problema para el viejo concepto de “conciencia posible” y en general para toda la estirpe crítica que representa la obra crítica y también la novelística viñesca.

Estamos así frente al corazón estremecedor y problemático de Indios, ejército y frontera, ante una verdadera cicatriz, que para Viñas lleva el nombre de “Mansilla”. Pues si nociones como la de “jefe positivista” y las que le son correlativas muestran que las ideologías sirven unívocamente a una proposición dispuesta por los poderes reinantes, el mentado laicismo mansillesco está apuntando a la quiebra del maniqueísmo dentro de las propias filas conquistadoras. No es ésa la situación de Viñas, e Indios, ejército y frontera desea en primer lugar dar voz a los derrotados, que lo son como culminación de un vasto período histórico de expansión económica capitalista, apto para ejercer sobre ella una amplia mirada de “larga duración”. En ella es posible identificar las “series de generales Roca” que cumplen el mismo papel en otros territorios periféricos: un Floriano Peixoto, en Brasil, un Máximo Santos en Uruguay. Pero el esquema de las pequeñas historias servidas por causeries y epigramas revulsivos en su presunta ingenuidad, por sí solo puede contrapesar el proyecto de detectar las mentalidades expansionistas del positivismo en su decurso de casi cuatro siglos. Roto pues el maniqueísmo, hay una remota “serie” –serie basada en resistencias estetizadas y fracasos de secreta sensualidad– inaugurada por Mansilla y que de alguna manera, ahora sí, retoma el propio Viñas, cuyo problema vital, al que quizás el conjunto de su obra le debe su impulso angustioso y dramático, es el de dónde colocar definitivamente a la figura de Mansilla, del “sobreviviente” Mansilla. ¿Y acaso dónde colocarse él mismo?

Mansilla, el viejo sobreviviente proustiano de los salones porteños es quizás el contrapunto al arquetipo de la América latina positivista. Este último concepto, por más sugestivo que se nos presente y permita pensar en un único “ademán” (diríamos) para conjugar una ética ideológica con el “espíritu capitalista”, se privaba de examinar con el mismo laicismo que reclama Mansilla el vasto panel de la escritura positivista. Obras como las de Bunge, Ingenieros o Ramos Mejía, aptas para integrarse en un gran paradigma general, pero que no dejan de exhibir incesantes diferencias que también pueden remitirlas a la petit histoire, incluso con toques tan involuntaria como paradojalmente resistenciales. Sin ir más lejos, en Las multitudes argentinas, de Ramos Mejía, escrito casi en contemporaneidad con la Campaña del Desierto roquista, se ve con gran simpatía la historia del profeta Oberá, un indio guaraní también llamado Resplandor del Sol, que protagoniza una insurrección mesiánica contra las tropas de Garay, lo que a Ramos Mejía le parece designar un primer período, un tempranísimo período místico de la independencia, según su propia denominación. Como si los atributos de ese neoclasicisimo que veía ardor redivivo en “los huesos del Inca”, se hubiese adentrado en los más plenos años positivistas.

Hechas estas puntualizaciones, preferimos entonces considerar que este libro mantiene con fascinante vigor lo que no haríamos mal en llamar dos almas, una de las cuales pertenece al estudio del gran estatuto de la ocupación territorial por parte de los estados nacionales articulados a la racionalidad capitalista (y de ahí la visión conjunta de lo que en cada país fue el enorme texto positivista que justificó la expoliación o la servidumbre de los habitantes primitivos de América) y otra que pertenece en pleno derecho a la mirada estilística con que Viñas interpreta cada gesto, cada texto, cada ornato de las voces más visibles de los “gentlemans” escritores o militares, en las que percibe el alma desgarrada de esas conciencias intelectuales (y de ahí, los momentos en los que un escrito puede revelar su condición burguesa, pero en la cúspide de irrepetibles hallazgos ideológico-literarios como los que Viñas descubre en el Facundo, donde sospecha la sorda molestia de Sarmiento por el despilfarro capilar de Quiroga).

Escrito a un siglo de la Campaña del Desierto, Indios, ejército y frontera tiene corolarios y escolios sumamente políticos y politizados. Muy pronto “los conventillos de 1910 se convierten en los toldos” y los obreros anarquistas eran los malones rojos que –es Viñas desplazando signos, corroborando paradojas, componiendo series metafóricas y alegorías de sustitución, es decir, su “collage polémico”– ya no salían de Carhué ni de Salinas Grandes sino de hacinadas barriadas como la de la Boca. Incluso, las policías de la época reclutaban su personal entre los originarios hombres de la tierra, en muchos casos esos indios vencidos, lo que exige un llamado a que se vea la compleja realidad de la ideología de sumisión o de los mitos de cooptación, que solo se explican por la callada capacidad de las fuerzas bélicas (que lo son también ideológicas) de rehacer la masilla esencial, libertaria, de lo humano.

Esta es la tercera edición de un libro fundamental de la cultura crítica argentina. A dos décadas de su aparición, nos instruye en primer lugar sobre una cruel historia no desconocida ni ausente de la conciencia social reprobatoria, pero no necesariamente bien estudiada. Viñas ha revuelto papeles, ha anudado acontecimientos, ha construido perspectivas históricas exhaustivas donde colocar los hechos. Ha visitado meticulosamente el archivo de la Biblioteca Iberoamericana de Berlín y nos entrega una sutil antología de textos de frontera, algunos olvidados o difíciles de obtener, nunca antes colocados frente a frente como un batallón de escrituras salidas de un sorprendente e imaginario portafolio común, esa “astucia de la razón” que aparece especialmente en los momentos de guerra.

Pero Viñas, el gran maestro de las alegorías de parentesco entre hechos muy diversos, y a la vez el miniaturista capaz de ver un mundo en cada objeto que es redimido con la lente del aguafuertista, nos ofrece en este libro algo más. Prefigurando con sutileza que no ha sido igualada en lo que ahora suelen llamarse estudios culturales (género ése al que Indios, ejército y frontera no necesitaba adscribirse pues descansa enteramente en el sello personal de su autor, que lo sostiene en todas sus páginas), estamos frente a un modo de trabajo singular, salido del gabinete de un artesano intelectual riguroso y que creó el propio lenguaje y el cedazo retórico con el que interpreta los hechos. Leerlo supone sentir al mismo tiempo el fragor de una historia cuyos efectos no han cesado de reproducirse y la invitación a pensar los eventos con un estilo de reflexión que tiene también dos maneras de manifestarse: nos obliga a reflexionar sobre la idea misma de estilo como forma en que las cosas dicen lo que son, y nos convida a percibir de qué modo un texto aprisionado en las rutinas de las demostraciones, vuelve a soltar su voz ante nosotros.

Miradas al Sur - 3 de novimbre de 2013

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