¿Qué hacer con los extranjeros pobres?

Marcelo Zlotogwiazda
Tal vez porque la Argentina fue construida por muchísimas personas que descendieron de los barcos, una de las grandes virtudes del país es que los objetivos de la Nación son “para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, tal como estipula el Preámbulo de la Constitución que se aprende en la escuela y que Raúl Alfonsín recitaba como rezo laico durante la campaña presidencial de 1983.

Salvo algunos retrocesos, como el de los años ’30, la Argentina es un país de fronteras bastante abiertas y con un grado de xenofobia relativamente bajo. Dos características que podrían haber atraído más inmigración y generado un creciente grado de extranjerización. Sin embargo, tras alcanzar un pico del 30 por ciento a comienzos del siglo pasado, la proporción de extranjeros en la población total fue cayendo ininterrumpidamente hasta el 4,2 por ciento que registró el censo del año 2001, para subir por primera vez hasta el 4,5 por ciento en el censo del año 2010.

En el país viven 1,8 millones de extranjeros, con preponderancia de paraguayos, bolivianos, chilenos y peruanos, que en conjunto representan casi el 70 por ciento del total. Si bien la proporción total de extranjeros es baja, la muy desigual distribución geográfica genera que en algunos barrios o distritos la presencia sea considerable. Por ejemplo, el 13,2 por ciento de los habitantes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires nació en el extranjero, triplicando la proporción para el total del país. En el caso de la comuna 1 (Retiro, San Nicolás, San Telmo, Puerto Madero y Monserrat), uno de cada cuatro habitantes es extranjero.

Pero ni siquiera en las zonas de mayor concentración sucede que los extranjeros sufran de discriminación por su lugar de origen. En todo caso, muchos de ellos padecen, como cualquier otro, las consecuencias de la pobreza y de la desigualdad social.

¿Ocurriría lo mismo si la corriente inmigratoria fuera mayor? ¿Continuaría la Argentina siendo receptiva al extranjero si los que quisieran venir fueran tantos como los africanos que llegan a Europa, o como los bengalíes y birmanos que naufragan desesperadamente para refugiarse en Indonesia o Malasia? ¿O el país respondería en forma xenófoba e inhumana como sucede actualmente en Europa y Asia?

Se calcula que más de 10.000 rohingyas, una minoría islámica, huyen desesperadamente de la persecución étnica en Myanmar y de la pobreza en Bangladesh. Buscan amparo en Indonesia y Malasia, pero sus barcazas hacinadas son rechazadas y devueltas al mar por las autoridades de ambos países cuando se acercan a la costa. Por eso fue noticia que la Marina indonesia rescatara a unas 800 personas recién cuando una barcaza comenzaba a hundirse.

Más conocido es el drama de los africanos que huyen de Libia, Somalia, Sudán, Eritrea, Níger, Siria y de otros países azotados por la miseria y las guerras civiles. Según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), algo más de 50.000 migrantes llegaron a Europa desde comienzos de año atravesando las vallas de alambre y cruzando el Mediterráneo en condiciones de extrema precariedad. En ese período murieron ahogados alrededor de 1.800 clandestinos. El año pasado fueron cerca de 200.000 los que arriesgaron sus vidas en la huida y aproximadamente 3.500 los que la perdieron. El número de muertos trepa a unos 20.000 si se cuenta desde el año 2000.

Europa responde con xenofobia. A las vallas y los campos de confinamiento en los que se hacinan los que logran sobrevivir a la pesadilla del Mediterráneo, siguió esta semana la decisión de la Unión Europea de lanzar una misión militar para neutralizar las embarcaciones que operan las mafias que lucran con la desesperación. La medida dispuesta el lunes en una cumbre de los ministros de Relaciones Exteriores y Defensa europeos, contempla el uso de barcos de guerra y aviones, y si bien la operación requiere que Naciones Unidas avale el ingreso en aguas territoriales africanas, se prevé el inmediato uso de drones y helicópteros para tareas de inteligencia.

Kenneth Rogoff es actualmente profesor de Economía en la Universidad de Harvard y fue el economista jefe del Fondo Monetario Internacional entre 2001 y 2003. Acaba de publicar un artículo muy provocador y crítico sobre la posición de los gobiernos europeos frente al drama de los africanos que quieren inmigrar, pero también sobre la doble moral de los que se preocupan por la pobreza y la desigualdad de su país pero se desentienden de lo que pasa afuera. “Muchos líderes de opinión en países avanzados abogan a favor del otorgamiento de derechos, pero esa posición se frena en la frontera: a pesar de que consideran como absoluto imperativo lograr una redistribución más equitativa dentro de cada país, dejan afuera de la consideración a los que viven en economías emergentes y en países en desarrollo”, escribió.

En el artículo titulado “Desigualdad, inmigración e hipocresía” y publicado en el cada vez más influyente sitio www.Project-Syndicate.org, Rogoff observa que en el Primer Mundo hay una creciente preocupación por la desigualdad, pero señala que “la mayor parte del debate en los países ricos, tanto en sectores de derecha como de izquierda, se centra en cómo mantener afuera a los inmigrantes”.

Además de argumentar a favor de que se permita el libre ingreso de africanos, Rogoff enumera varias otras medidas que podrían tomar los gobiernos europeos, entre los que figuran la concesión de fondos para salud y educación, la condonación de deudas y el otorgamiento de acceso preferencial a sus mercados.

No hay cerca de la Argentina países con situaciones tan extremas como en África o en Asia. Pero si los hubiera, y si mucha gente quisiera migrar hacia aquí, ¿se les respondería con el Preámbulo de la Constitución o como en Europa?

Revista Veintitrés - 20 de mayo de 2015