Memoria de Mayo

Noé Jitrik


¿Cuántas veces en la vida se nos da la oportunidad de estar en el preciso instante en el que se produce un hecho que va a ser considerado histórico? Pocas, como pocas son esas ocasiones y, cuando se producen uno no se da demasiada cuenta.

Eso me pasó en Mayo de 1968, en la propia Francia, donde estaba residiendo y no pensaba, como casi nadie, que pronto sucedería algo totalmente imprevisto, nada menos que un país entero detenido, en suspenso y casi, casi, enfrentado a un cambio absoluto de sistema, de vida, de gente y de todo.

Ese hecho comenzó de una manera casi trivial pero, de entrada, tenía sentido: jóvenes universitarios, de “todos los sexos”, como habría dicho inolvidablemente el General Edelmiro J. Farrell, empezaron a comienzos de ese mes de mayo, a exigir que se eliminara la prohibición de entrar los varones en los dormitorios de las mujeres y las mujeres en las de los hombres en la residencia de Nanterre, un emplazamiento de la Universidad de Paris, eso que llaman “la Sorbona”. No pedían patente de corso ni libertad de accesos no tolerados y eso, precisamente, tan razonable, provocó el desconcierto y la ira de no pocos profesores, temerosos, me consta, de que sus hijas, universitarias, mostraran intereses que consideraban poco académicos.

El asunto podía terminar ahí, concediendo o logrando disuadir de esa tan interesante propuesta pero, seguramente porque tenía vinculación con lo sexual que, como desde Freud en adelante, se sabe que es uno de los grandes motores de la existencia humana, siguió adelante con dos consecuencias que se empezaron a percibir de inmediato, réplicas en otras universidades, casi todas, y la idea de que en realidad se despertaban muchos otros problemas, no reducidos a lo universitario ni a la cuestión de las puertas de las habitaciones.

En las otras universidades se empezó a presentar esa propuesta pero con un paulatino mayor énfasis, el lenguaje se iba tornando más fuerte y más complejo, con ribetes filosóficos, casi existencialistas, la libertad de elegir, el cuerpo en  disposición, los derechos, la juventud, etcétera. Seguramente por eso, cuando las cosas se empezaron a poner más tensas y los diarios dejaron de ignorar lo que pasaba, Jean-Paul Sartre salió de cierto sopor y apoyó decididamente una “manifestación” (por el momento) que poco a poco iba generando un lenguaje que Sartre y otros escritores, como Jean Genet y Julio Cortázar, podían sentir como el que les era propio. Tal vez por eso mismo, el sindicalismo universitario manejado por los comunistas, profesores y estudiantes, tomaron distancia de lo que se iba produciendo, por ejemplo la toma del los espacios universitarios, las asambleas tumultuosas en las que sus argumentos de prudencia se iban pareciendo cada vez más a los que salían del gobierno.

Muy pronto, y a medida en que surgían voces claras y exaltas, a lo mejor por aquello de “obreros y estudiantes” unidos como antes, el asunto empezó a traducirse en medios más amplios, obreros, empleados, pequeños comerciantes, hasta campesinos que, ya se sabe cuán reacios son a considerar que existe un  mundo exterior: la insatisfacción cundía, la presencia augusta del General de Gaulle no bastaba para sentir que Francia era in mortal y que no había desajustes en todos los sentidos.

Ese descontento invadió a todo el país y, de pronto, paros por todas partes, incontenibles, con la aparición de fantasmas que parecían perdidos en la historia: vi a viejos anarquistas españoles que llegaban al patio de la Facultad de Letras en el que hermosas muchachas, con escasa ropa, discutían  fervorosamente tanto las lacras del pasado como la forma del futuro, y les decían lo que habría que hacer, o sea destruir todo ese corrupto sistema; vi que decididos trotskistas intentaban, desde la asamblea de la Facultad, organizar un comité de huelga que se integraría con el de la Universidad y éste, a su vez, con los de las demás universidades hasta conformar un comité general de huelga que se ligaría con los comités de huelga que estaban surgiendo en el mundo obrero, libre de las directivas contrarrevolucionarias del Partido comunista, cada vez más solitario y más aislado, nunca su voz apareció en las Asambleas a las que yo asistí. En el Libro Rojo de Mao y en los de Herbert Marcuse, Eros y civilizaciónEl hombre unidimensional, muchos encontraban el fundamento de lo que estaba sucediendo: el primero infundía pura confianza china, los otros hacían pensar. Entre los maoistas una voz fuerte era la de  Jacques-Alain Miller, yerno de Lacan, que al regresar de una visita a una fábrica de la región, declaró, con gran sinceridad: “es la primera vez en mi vida que veo un obrero”. Maravilloso candor, indicativo de lo que emergía y a dónde iría a terminar.

Por cierto, en una de las primeras, no faltó alguien que reparara en mí y me invitara a hablar sobre la Reforma del 18 en la Argentina, remoto modelo de lo que con otras voces se estaba escuchando ahora. Esas otras voces había surgido de aulas y se hacían oír: Daniel Cohn-Bendit y tantos otros que tengo por ahí anotados y que, mágicamente, se habían constituido en replicantes del silencio y la expresión de nada menos que el General de Gaulle que cuando habló fue para anunciar que convocaría a las tropas francesas apostadas detrás del Rhin para terminar con el desorden que ponía patas para arriba a todo el país, parado, con manifestaciones, con enfrentamientos a puro adoquín con la Gendarmería, con los mercados cerrados y los transportes parados, un espectáculo único, no se podía terminar de interpretar lo que estaba pasando y dónde podía terminar.

No me involucré directamente en la movida pero, por pura presencia, me involucraron: cuando todo empezó a volver a su cauce mis colegas ligados al PC me trataron fríamente, como si lo que yo significaba en tanto exiliado –que no llevaba encima esa etiqueta- se relacionaba directamente con lo que estaba pasando. Que desbordaba incluso a Francia: si la burguesía poseedora, desde bancos a industrias pasando por grandes concentraciones comerciales, estaba temblando al contemplar las masas en las calles, a las sólidas estructuras del “socialismo real” también le estaba pasando lo mismo: la llegada de las tropas soviéticas a Checoeslovaquia para detener con tanques los brotes de una primavera política estaba diciendo que algo en el mundo estaba cambiando. ¿La Historia?

En provincia –yo estaba en una- donde todo el mundo se conocía el conflicto tenía como núcleo central la Facultad y la conmoción, que era general, era más reposada, no implicaba adoquinazos ni mayores perplejidades. Por ello, había que ir a París para medir mejor la trascendencia de la situación. Y fui. Me encontré con amigos, caminé, la Sorbona estaba ocupada, en uno de los pisos superiores de había abroquelado un grupo autodesignado “situacionistas”, enfrentado con el grupo principal, en verdad no sé qué preconizaban; por las calles transitaban, majestuosamente, escritores importantes –mencioné a Sartre y Genet-; grafitos de enorme ingenio decoraban las paredes, “seamos realistas, pidamos lo imposible”, “la imaginación al poder” y muchas otras provenientes de la vanguardia literaria; no dejaba de ser extraordinario que un  movimiento que había alterado la marcha de  todo un país recurriera a la mejor literatura. Para muchos, durante la Revolución Francesa había sido lo mismo y qué efectos había tenido.

En esa atmósfera caminé, entré al solemne Teatro Odeon, donde se estaba llevando a cabo una asamblea estudiantil de vehementes oradores, “la imaginación al poder” no parecía una desmesura, ahí estaba la prueba. Ví, junto con Cortázar, que un hombre colgaba de un árbol frente al Palacio Municipal: nos detuvimos, había otros que miraban, caía la tarde, esa melancólica escena formaba parte también de lo que se podía sentir frente al cúmulo de situaciones que pocos meses antes eran impensables.

Un mes duró el episodio. Algunos miembros del gobierno interpretaron lo que había sucedido y decidieron algunas reformas, pero para la Universidad, no para el resto del país que también se había hecho oír y de qué manera. Tristemente, todo volvió a su cauce y quizás ya nada fue como había sido antes, pero no lo sé: eso que llamamos “sistema” se defiende, casi siempre reacciona con violencia, otras encuentra las maneras de reponerse más astutamente, pero se repone y continúa: se comprende pero es doloroso que se crea que esa reposición sea traducida por esa trivial reflexión, propia de los velorios, “la vida sigue”.

 

La Barraca - 4 de mayo de 2018