Las Madres siguen allí y no están solas

Ulises Gorini * (Especial para sitio IADE-RE) | A 40 años de la primera marcha de las Madres, la conciencia social que hoy sigue siendo faro para "frenar los proyectos de impunidad".

Hace cuarenta años, un grupo de madres de desaparecidos, entre 12 y 14 mujeres, se instalaron en la Plaza de Mayo para reclamarle al dictador Jorge Rafael Videla que diera información sobre la suerte corrida por sus hijos. Fue un 30 de abril de 1977.

La idea de hacerlo se le había ocurrido a Azucena Villaflor de De Vicenti, cuyo hijo Néstor había desaparecido en noviembre del año anterior. Ella había hecho todo lo que se podía hacer por entonces: hábeas corpus, entrevistas a militares y religiosos, recorridas por hospitales y morgues, pero nada de eso había dado resultado. Los jueces decían que no sabían dónde estaba Néstor, los militares contestaban que no lo buscaban, y los religiosos recomendaban paciencia divina. Y, según podía comprobar, la misma experiencia sufrían todos los familiares de desaparecidos.

Pero Azucena no se engañaba. Y así se lo hizo saber a las otras mujeres, madres de desaparecidos que había ido conociendo durante el recorrido por juzgados, comisarías, cuarteles y despachos religiosos. “Madres, dijo, nos mienten en todas partes. Tenemos que dejar estos trámites inútiles y exigirle a Videla que él mismo diga dónde están nuestros hijos. Tenemos que ir a la Plaza de Mayo. Ser cien, doscientas, mil. Hasta que nos vea y se vea obligado a recibirnos”.

Pero aquel 30 de abril, pareció un fracaso. Respondieron a la convocatoria muy pocas mujeres. Como era un sábado, ni Videla estaba en la Casa Rosada, ni los centenares de oficinistas que atraviesan la plaza los días hábiles advirtieron su presencia. En realidad, ni la policía las vio. Sin embargo, a pesar del traspié y de la propia inconsciencia sobre la trascendencia de lo que estaban haciendo, ese día comenzó a cambiar la historia.

El pequeño grupo decidió volver, cambiar el sábado por el viernes (más adelante adoptarían el jueves) y convocar a otras madres. Entre todas firmarían una carta solicitando la entrevista al dictador. Y así lo hicieron.

En pocas semanas más, el número de madres comenzó a crecer exponencialmente. En julio fueron recibidas por el ministro del interior, general de brigada Albano Harguindeguy, y en agosto ya eran más de doscientas y se enfrentaban a la policía montada en la propia Plaza de Mayo, a la vista de todos.

Censura

Aunque por entonces la prensa nacional y los demás medios de comunicación silenciaban sus presencias, el hecho comenzó a trascender a la prensa extranjera. Entre otros, el New York Times publica la noticia de lo que ocurría en la Plaza de Mayo. Y esa circunstancias, golpeó en el centro de la estrategia de la Junta Militar que gobernaba el país.

En efecto, los militares habían previsto la censura y el silenciamiento social para evitar que la información sobre la existencia de los desaparecidos se transformara en un obstáculo a sus planes, tanto en el interior como en el exterior. Pero se había abierto una fisura en el muro que ocultaba el genocidio.

¿Cómo era posible que la dictadura que había neutralizado o derrotado a los grupos guerrilleros y de izquierda, que había neutralizado a los partidos políticos mayoritarios y que contaba con la complicidad de políticos y sindicalistas, e incluso de la jerarquía de la Iglesia Católica para llevar adelante sus planes represivos ahora se viera en problemas por un pequeño grupo de mujeres?

La primera hipótesis que elaboró la Junta Militar fue que, detrás de ellas, tenía que haber un grupo político subversivo que las estaba instrumentando. Ellas solo podían ser algo así como un mascarón de proa de los verdaderos estrategas. Tal era la subestimación a estas mujeres.

Esa hipótesis es la que dio origen a la misión del marino Alfredo Astiz, en el sentido de infiltrarse entre las Madres y detectar el contacto con la “subversión”.

Astiz, sin embargo, no encontraría ese contacto simplemente porque no existía. En cambio, reconocería muy pronto el liderazgo de Azucena.

Ella había convocado a las Madres, ella las orientaba y las contenía. Su poder magnético era tal que las madres decían que Azucena las atraía “como la miel a las moscas”.

Entonces, la dictadura corrige su hipótesis y cambia el blanco de su operativo. Para acabar con las Madres había que acabar con el núcleo dirigente. Entre el 8 y 10 de diciembre de 1977, menos de ocho meses después del comienzo de la formación del grupo de mujeres que iba a la plaza, la Marina ataca a las Madres secuestrando a Azucena, a Mary Ponce y a Esther de Careaga, junto a un grupo de militantes solidarios.

El golpe fue tremendo. ¿Cómo continuar sin sus líderes? ¿Cómo volver a la Plaza después de que el terror las atacara directamente? Ellas que se creían en parte protegidas en su condición de madres y tan solo madres, ahora  eran víctimas de la misma arma de desaparición forzada que habían utilizado contra sus hijos.

Además, la desaparición de Azucena y las otras dos madres les dejaba una sospecha todavía más terrible: si ellas que sólo pedían por la aparición de sus hijos, eran ahora víctimas de la desaparición, ¿no tenían que interpretar ese golpe como la respuesta a su pedido y por tanto llegar a la certeza de que sus hijos nunca volverían con vida?

Volver

A pesar del terror y el desconcierto, el jueves siguiente al secuestro las Madres volvieron a la Plaza. Continuaron un proceso de acumulación de fuerzas y de despliegue del movimiento que pronto las convertiría en la vanguardia simbólica de la resistencia a la dictadura.

Los militares que, primero, sospecharon que la subversión estaba detrás de ellas y que, luego, creyeron que secuestrando a las líderes acabaría con el movimiento se equivocaron doblemente. Las Madres salían adelante tanto por sus méritos como movimiento cuanto por los errores de la dictadura.

Comenzaba, entonces, a cambiar la historia. De allí en más, el arma de la desaparición forzada de personas que pretendía acabar con los sectores más indóciles a los proyectos de la Junta Militar y el bloque dominante sin que se pudiera atribuir responsabilidad a sus ejecutores, no pudo evitar que la denuncia del terrorismo de Estado creciera y se extendiera por la Argentina y el mundo.

Allí está el origen, sin lugar a dudas, de este fenómeno de conciencia social que se muestra aún hoy tan sólido que es capaz de frenar los proyectos de impunidad apenas nacen. Como en el pasado se derrotó a los engendros de auto-amnistías, amnistías encubiertas, e indultos, ahora se manifiesta contra el negacionismo oficial encarnado en Darío Lopérfido, Juan José Gómez Centurión y el propio presidente Mauricio Macri. Y vuelve a escena contra el fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que intenta una nueva forma de amnistía encubierta con la aplicación de una ley derogada, pero, por sobre todo, nula de nulidad absoluta, para dejar en libertad a genocidas.

Todo comenzó un 30 de abril. Las Madres siguen allí. Y no están solas.

 

* Director del periódico Acción y autor de los libros La rebelión de las Madres y La otra lucha.

10-05-2017