La "victoria" suiza sobre la inmigración de la UE, un cuento de hadas de la extrema derecha

Claudia Gnehm-Laubscher
Los vencedores del referéndum suizo sobre la inmigración de la UE cuentan hoy una historia arraigada en el saber popular suizo: que los pobres y desvalidos campesinos se han deshecho de sus malvados amos y señores extranjeros.

No puede sorprender, por lo tanto, que tras organizar la victoria, Christoph Blocher, multimillonario parlamentario del populista y derechista Partido del Pueblo Suizo (SVP), declarase: "Hoy volvemos a tener el poder en nuestras manos, el gobierno debe representar la voluntad del pueblo suizo en Bruselas, y cuanto antes, mejor".

La supuesta victoria del David suizo sobre el Goliat de la UE la han aplaudido Geert Wilders, del Partido de la Libertad (PVV) holandés, ultraderechista, y el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia. El euroescéptico FPÖ de Austria y la Alternative für Deutschland (AfD) germana andan ahora exigiendo que los votantes de sus respectivos países puedan expresar su opinión en cuestiones relativas a la UE, sobre todo en inmigración.

No obstante, Suiza es un mediocre modelo para que lo emulen estos países. Los suizos no necesitan una salida de la UE, pues todo lo que tienen son acuerdos bilaterales a la carta con la Unión. El libre movimiento de ciudadanos fue la píldora amarga que tuvo que tragarse la derecha a cambio de golosinas como la participación en programas de investigación de la UE, acuerdos de tránsito, o cooperación policial y en materia de asilo. Gracias a esto último, puede Suiza repatriar a países de la UE a quienes buscan asilo.

Si Gran Bretaña, Holanda y otros países creen que pueden romper con la UE, quedándose a la vez con aquellas cosas que les gustan, como los suizos, es que están soñando. Suiza solo pudo optar de una vez por un acuerdo de todo o nada, con una cláusula de guillotina. Esto significa que si se rompe un acuerdo bilateral, por lo que a la UE respecta el resto queda invalidado, y los efectos secundarios son abrumadores. La comunidad empresarial suiza, nuestros hospitales, colegios y escuelas universitarias, el sector turístico y el de la construcción, que dependen de la fuerza laboral de la UE, quedaran paralizados. Los estudiantes que se benefician de los programas de intercambio de la UE y el sector energético que quiere vender su capacidad de almacenaje a la UE temen todos que se ponga en cuestión su futuro.

Ver Suiza como modelo de autonomía o repatriación de soberanía supone un juicio erróneo de la realidad. Cuantos más acuerdos bilaterales acumulaba Suiza, más claro quedaba que Suiza ponía en práctica las leyes de la UE de una forma “autogobernada”. La autonomía era una ilusión. En 2012, el Consejo y la Comisión de la UE dejaron claro a los suizos que no sería posible ningún acuerdo bilateral nuevo a menos que Suiza incorporase todas las futuras reformas y cambios de la UE. Desde entonces, se han paralizado las exigencias suizas de un acuerdo bilateral sobre servicios y energía, y no es hoy previsible ningún acuerdo en un próximo futuro.

Por supuesto, Blocher y sus seguidores creen todavía que la UE nos echará una mano cuando haga falta. Pero lo que los gobiernos de la UE quieren de Suiza son los impuestos sobre el dinero sin declarar de sus ciudadanos depositado en bancos suizos. La historia de Blocher del pobre campesino que se opone a un rey extranjero resulta ridícula a la vista de la opulencia suiza. Los italianos, cuyos trabajadores ya no son bienvenidos en Suiza, dicen hoy que quieren los impuestos que ocultan los italianos en cuentas de bancos suizos, y si es necesario revelarán los nombres de los evasores fiscales para exponerlos a la vergüenza pública, como hace Alemania.

En todo caso, Suiza sería un mal modelo para los países de la UE. No solo fueron los ultraconservadores de la campiña suizo-alemana los que votaron a favor de acabar con la inmigración de la UE. También lo hicieron muchos trabajadores, enfrentados a la competencia de trabajo emigrado más barato, los que viajan de y al extrarradio en trenes atestados y las familias de clase media que ya no pueden permitirse apartamentos en las ciudades. Pero a estos votantes moderados – se estima que contabilizan el 20% de los votos afirmativos – no se les dieron muchas seguridades que pudieran aquietar sus temores. Querían control de alquileres, medidas de salvaguardia contra el “dumping” de los sueldos y salarios mínimos. Pero faltó el apoyo claro de las asociaciones patronales, de las empresas que mayor partido le sacan al libre movimiento de trabajadores y también del gobierno.

De manera que sus preocupaciones, perfectamente racionales, las explotó la campaña de temor librada por los ricos flautistas de Hamelín de la derecha. Hay muchos más flautistas de esos por toda Europa con soluciones fáciles, populares, sin que falte el chivo expiatorio de los inmigrantes, en un intento de ganar los votos de quienes albergan temores justificados. Suiza tiene una tasa de desempleo del 3.5%; hay mucho que perder.

Suiza no significa un modelo de mayor opulencia con autonomía dentro de la UE. Sus ventajas competitivas, como el secreto bancario y una baja imposición fiscal a los “holdings”, están menguando, y su recurso más importante, el capital intelectual de los ciudadanos, se ve ahora restringido por las cuotas de inmigración. Suiza es una rigurosa advertencia a esas empresas, organismos y profesionales de la UE que recogen los frutos del mercado único y de la economía globalizada, mientras piensan poco o nada en los millones de trabajadores corrientes que saldrían perdiendo si el proyecto de la UE acabara fracasando.

Sinpermiso - 16 de febrero de 2014