La otra cara de la moneda

Bruno Massare

 

Bitcoin dejó de ser un juguete de programadores. Este año su cotización dio un salto del 400% y llegó a los 5.000 dólares y tanto el sector financiero como los organismos de gobierno empiezan a tomarla en serio. Cómo funciona esta red abierta cuya tecnología puede ir mucho más allá del dinero

Importante: Comprar y/o vender bitcoins puede ser una actividad económicamente riesgosa”, advierte la web de Ripio, una empresa argentina que ayuda a los usuarios a operar con la moneda virtual que este año recobró fama gracias a un salto del 400 por ciento en su valor entre enero y septiembre de 2017. “Lo pusimos hace cuatro años. Tal vez ya lo podríamos sacar, pero esto sigue siendo un gran experimento. Hoy es poco probable que su cotización caiga a cero, pero entonces no lo sabíamos”, dice Sebastián Serrano, uno de los fundadores de la compañía.

A casi diez años de su nacimiento, lejos de derrumbarse o morir, el bitcoin vivió una gran “burbuja” cuando su valor subió de 1.000 a 5.000 dólares (por cada bitcoin) en el primer semestre del año. En septiembre, su precio sufrió un derrumbe, luego de que China –el principal mercado de bitcoins en el mundo– comenzara a aplicar regulaciones a las monedas virtuales. Durante unas semanas cayó hasta los 3.000 dólares, pero luego resurgió hasta ubicarse alrededor de los 4.000.

El bitcoin es una moneda virtual que nació en un paper matemático-informático de 2008 escrito por un tal Satoshi Nakamoto (1). La identidad de su creador ha sido objeto de múltiples investigaciones periodísticas (2) y de documentales como Banking on Bitcoin de Christopher Cannucciari (que se puede ver en Netflix). “Poco y nada se sabe fehacientemente sobre la identidad de Satoshi Nakamoto. No se puede dar públicamente una opinión sin pruebas y debemos cuidarnos de los charlatanes”, dice Sergio Lerner, especialista en seguridad de bitcoin y uno de los pioneros de la comunidad argentina e internacional.

La red Bitcoin comenzó a funcionar en el año 2009. Por entonces, la crisis hipotecaria estadounidense y la caída de Lehman Brothers eran el contexto perfecto para experimentar con un sistema de transacciones alejado de la banca tradicional. Su origen en una comunidad de programadores, el anonimato del que gozan sus usuarios y la complejidad de la tecnología subyacente generaron al principio cierto escepticismo por parte del mainstream financiero. Con el tiempo, la duda mutó en entusiasmo, pero quedan algunas preguntas. ¿En qué medida una moneda nacida del ideal libertario podrá abrirse camino en las finanzas internacionales y por fuera del señoreaje estatal? ¿Las regulaciones permitirán su evolución como objeto de intercambio? ¿Será su tecnología el estándar de los contratos digitales del futuro?

Tecnología y economía

Bitcoin se basa en una red de procesamiento de transacciones abierta y descentralizada. Al contrario de los sistemas de pagos tradicionales, que suelen requerir uno o más intermediarios, en Bitcoin ese rol se transfiere a un sistema distribuido entre los integrantes de una red. Ellos aseguran que cada transacción quede registrada en una cadena de bloques (blockchain) que verifica que esos bitcoins no hayan sido gastados previamente. “En lo tecnológico, lo novedoso de Bitcoin no es el funcionamiento distribuido de la red sino la blockchain, que es una estructura de datos que permite atacar el problema del doble gasto, es decir, que no puedas gastar la moneda dos veces. Esto se logra cuando un porcentaje de la red se pone de acuerdo en un valor determinado, que todos conocen y verifican”, explica David González Márquez, investigador del Departamento de Computación de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires que actualmente trabaja en el análisis y modelado de criptomonedas.

Bitcoin es una criptomoneda, es decir, una moneda que utiliza la criptografía para garantizar la seguridad de las transacciones. Esto se logra porque cada usuario de la red opera con dos claves: una pública –que puede ser compartida y permite verificar la autenticidad de cada operación– y una privada, que debe ser conocida solo por su dueño. Al tratarse de una moneda digital, para comprar o vender bitcoins es necesario acceder a su red mediante una aplicación de monedero o billetera virtual, que puede ser utilizada tanto desde una computadora como desde un smartphone. Hay empresas que ofrecen este servicio (exchanges) y algunos países tienen cajeros automáticos que permiten adquirir bitcoins a cambio de moneda local.

El funcionamiento de la red de Bitcoin se sostiene a través de lo que se conoce como proceso de minado. El mismo es el que permite “liberar” los bitcoins a través de la resolución de operaciones matemáticas complejas, realizadas por los mineros. Quienes aportan la capacidad de procesamiento para resolver estos problemas que validan las transacciones –que quedan registradas en la cadena de bloques– son recompensados con bitcoins. Actualmente, el 80% del minado se hace en China (3), ya que si bien antes estas operaciones las resolvían únicamente personas, ahora también existen potentes servidores que ayudan a resolverlas más rápidamente. Este hardware es costoso y demanda una gran cantidad de electricidad para funcionar. Por eso, China, un país con un costo de energía muy barato y gran disponibilidad de equipamiento, lidera el proceso de minado. La cantidad de bitcoins que recompensan a los mineros se reduce a medida que crece la capacidad de minado, pero también aumenta la dificultad de esa tarea, lo que redunda en un progresivo descenso de la emisión de bitcoins en el tiempo, hasta llegar a la cifra límite de 21 millones, prevista para el año 2140. A partir de ese momento, los mineros ya no serían recompensados con nuevos bitcoins, sino con comisiones por autenticar transacciones. Por su emisión finita y programada, el bitcoin es considerada una moneda deflacionaria.

La volatilidad de Bitcoin espanta a los conservadores y es un imán para la especulación financiera. “Es un objeto curioso, que no tiene valor fundamental por principio, sino que su precio está determinado por la demanda, que es altamente volátil”, dice el economista Daniel Heymann, de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Y agrega: “Así como el dinero fiduciario emitido por los Estados tiene un respaldo y eso le da utilidad como medio de cambio y denominador de precios, el bitcoin no tiene ese soporte, sino que está basado en expectativas. La escasez es sobre la oferta, pero la demanda es indeterminada y no está claro cómo va a evolucionar”.

La venta de una ilusión

El edificio de varias plantas de la esquina de Marcelo T. de Alvear y Reconquista, en el Microcentro porteño, fue hace más de 20 años “La Age of Communication”, un boliche icónico de principios de los noventa. Tras atravesar diversos usos –oficinas, spa y vivienda colectiva– alberga a Bitcoin Argentina, una asociación civil creada para congregar a la comunidad de la criptomoneda. De las primeras reuniones de 2011, cuando apenas juntaban 20 personas y el bitcoin cotizaba a 20 dólares, pasó a organizar conferencias y a incubar a más de diez empresas que apuestan al negocio del bitcoin y otras criptomonedas como Ethereum. “La asociación surgió porque en los medios la noticia era que bitcoin era la moneda ideal para comprar drogas, cometer ilícitos o lavar dinero. Nosotros teníamos historias positivas para contar”, recuerda Diego Gutiérrez Zaldívar, principal impulsor de esa comunidad.

Gutiérrez Zaldívar fue parte de algunos de los emprendimientos de la fiebre puntocom local, como El Sitio y Patagon, a fines de los noventa. Cuando su amigo Wenceslao Casares –radicado en Silicon Valley e involucrado en Xapo, una empresa de billetera y almacenamiento de bitcoins– lo introdujo en el mundo de los bitcoins, no hubo vuelta atrás: “Empecé a minar bitcoins y a juntarme con gente a comprar y vender en cafés. Me involucré en la creación de varias empresas”, recuerda Gutiérrez Zaldívar recién salido de su clase de chino, idioma que está perfeccionando para hacer una presentación en su próximo viaje a ese país. Y aclara: “Más que blockchain, considero que lo revolucionario es el valor que puede aportar la red abierta”.

De la moneda a los contratos

La idea de red abierta hoy evolucionó más allá de Bitcoin y apunta a nuevas plataformas que exceden lo monetario, como Ethereum. Se trata de una red descentralizada, creada por el programador Vitalik Buterin, que aplica la tecnología de cadena de bloques a la creación de contratos inteligentes: sistemas programados para automatizar total o parcialmente servicios, desde préstamos hasta registros de propiedad y servicios notariales, entre otros. Este tipo de contratos se beneficiaría de la transparencia que ofrece la blockchain para el registro de eventos. Ethereum tiene su propia criptomoneda (ether) y una programación más flexible que Bitcoin.

Los contratos inteligentes pueden tener diversos propósitos y uno de los que mayor atención ha generado en el último tiempo es el de la venta de tokens, porciones de servicios o activos digitales que pueden ser transferidos entre dos partes sin intervención de terceros. También conocidas como ofertas iniciales de monedas (ICO, en inglés), las emisiones de tokens les permiten a las empresas capitalizarse a cambio de ofrecer un servicio futuro, desde la venta de espacio de almacenamiento en internet hasta el desarrollo de un videojuego o la participación en un festival de música. “Estos tokens son en su mayoría un mecanismo de acceso a redes y mercados. Por ejemplo, yo estoy por hacer un casino en Catamarca, lo voy a construir y habrá una cantidad de fichas limitadas. Lo que vendo ahora son las fichas del casino, porque si no las tenés no vas a poder jugar. Y también, si querés, se las podés vender a otro. Este mecanismo es nuevo y genera algo distinto: la persona que adquiere esa ficha también está incentivada a que el proyecto funcione”, dice Serrano, de Ripio.

La estrategia no solo permite recaudar dinero para un proyecto en construcción, sino también saltear, en ciertos casos, la costosa oferta pública de acciones (IPO, en inglés), lo que ha puesto a esta metodología en el ojo de los organismos reguladores estatales. La prohibición establecida el 4 de septiembre por el Banco Popular de China (4) no es menor: ese país es el principal mercado de criptomonedas, que en el mundo alcanza una valuación de 150.000 millones de dólares y en el que la red Bitcoin representa la mitad de ese volumen (5). “Si con estas barreras hay tanta inversión, el potencial es enorme si se reducen esas trabas. Se está formando una burbuja que va a reventar, pero en algunos años vendrá otra más grande”, anticipa Serrano.

Sin embargo, este tipo de plataformas recién están dando sus primeros pasos y todavía tienen sus problemas. Ethereum ya fue objeto de una serie de hackeos como el sufrido a mediados de 2016, en el que se robaron 55 millones de dólares en su moneda, ether (6). “Hay gente que abusa de las ICO y lo que busca es hacerse rico rápido. Hay que ver quién está detrás de esas ofertas, porque lo que se compra es la promesa de que se va a construir algo y uno va a tener una parte o un servicio de eso”, dice Gutiérrez Zaldívar, quien con su empresa RSK buscará competir con Ethereum en el segmento de los contratos inteligentes.

En las altas esferas

En la suerte que corran las criptomonedas en el mundo se juega algo más que los negocios particulares. Las redes descentralizadas y el uso de las criptomonedas resultaron un escenario perfecto para reeditar el debate sobre el rol de los Estados y la soberanía monetaria.

La discusión llegó a los niveles más altos. En una charla reciente, la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, comparó la subestimación de la que fueron objeto las criptomonedas con la que se produjo en el pasado alrededor de tecnologías como las computadoras personales. Lagarde sostuvo que serán una amenaza para el negocio de la tradicional banca financiera y que podrían ser una alternativa para aquellos países que tienen instituciones débiles y monedas inestables (7).

En Argentina, solo dos organismos públicos se expidieron sobre Bitcoin. El Banco Central dijo que el bitcoin no es una moneda porque no tiene emisión estatal. Sin embargo, el organismo mantiene un contacto fluido con las empresas que trabajan con Bitcoin y blockchain mediante las mesas de innovación que realiza frecuentemente con empresas jóvenes del sector financiero local. La Unidad de Información Financiera (UIF) dictaminó que todos los entes o personas políticamente expuestos tienen que declarar sus tenencias de bitcoin. Desde la comunidad local consideran que la decisión de la UIF de reconocerle un estatus al bitcoin establece un precedente positivo para el futuro.

Los gobiernos toman estrategias disímiles: mientras que China interpuso barreras a las criptomonedas, Japón reconoció al bitcoin como moneda legal, en un intento por regular su funcionamiento. Algunos decidieron lanzar sus propias monedas digitales, con casos tan disímiles como Ecuador y Suecia, donde el uso de efectivo ya se redujo al 15% (8).

La banca privada tampoco tiene una respuesta homogénea frente a este fenómeno. La creación de blockchainsprivadas está en la agenda de proyectos como el Utility Settlement Coin (USC), impulsado hace un año por entidades financieras como UBS, BNY Mellon, Deutsche Bank y Santander. Pero los mensajes todavía son contradictorios: mientras que el presidente de JP Morgan Chase, Jamie Dimon, llamaba “fraude” a Bitcoin, la empresa comenzaba a experimentar con blockchain para la reducción de costos de transacciones (9).

Para los más entusiastas, Bitcoin sacará al comercio y las finanzas de las manos del Estado. Franco Amati, uno de los fundadores del Espacio Bitcoin y de la empresa Signatura, dice: “Bitcoin me apasionó por lo que puede llegar a implicar en lo político y económico. Yo quiero un mundo sin trabas, donde el dinero pueda circular libremente. Me considero un ciudadano del mundo, casi apátrida”. Amati se define como libertario y de hecho comparte el manejo de la empresa con Gonzalo Blousson, quien fuera presidente del efímero Partido Liberal Libertario (10), cercano al think tank ultraliberal Fundación Atlas. Ese ideal tecnocrático se replica en proyectos políticos vinculados con el uso de blockchain, como el Partido de la Red (11).

Amati recuerda que, “allá por 2011, toda la gente que se metía en Bitcoin venía de un origen libertario, pero ahora hay de todo porque esto es un negocio”. Lerner, que además de su trabajo como auditor de seguridad de Bitcoin es parte del grupo fundador de la empresa RSK, cree que Bitcoin “se perfila como una moneda de ahorro anti-censura y no como una red de pagos”. Este especialista en criptografía considera que es una tecnología que “empodera al individuo y le da mayor independencia económica”, y la considera “un movimiento social de liberación”.

Juan Salviolo, de la plataforma de préstamos en bitcoins Wayniloans, asumió recientemente la dirección de Bitcoin Argentina y advierte sobre las miradas tecnocráticas: “Si no se negocia con la realidad concreta, la tecnología se termina golpeando contra la pared. Estos intentos por descentralizar todos los aspectos de la vida con contratos inteligentes tienen límites, porque hay cosas que son inviables si se las trata de automatizar y eso tiene que ver con muchos factores, desde relaciones de poder hasta necesidades que no se van a resolver con una computadora”.

En lo monetario, los más cautelosos ven a Bitcoin como la punta de lanza para hacer más eficiente un mercado financiero poco transparente, con demasiados mediadores y altos costos por transacción. La blockchain podría ser un remedio para algunos de estos problemas y la banca –estatal y privada– buscaría apropiarse de esta tecnología con un objetivo claro: su aplicación limitada al ecosistema financiero permitiría bajar costos y no tendría el mismo impacto en la política monetaria que si llegara de manera masiva a los consumidores.

Para el economista Heymann, “es poco probable que el bitcoin se pueda convertir en una moneda universal y no está claro que el arreglo monetario universal sea el óptimo. Es un fenómeno cultural y sería lógico que los sistemas de pago evolucionasen hacia un formato electrónico, pero dudo que ese objeto virtual que intercambiemos sea el bitcoin. Aun suponiendo que lograse un poder de compra más o menos estable con respecto al nivel de precios mundial, ¿es conveniente para los países tener un medio de cambio y denominación de contratos común a todas las economías? No necesariamente. Tener tu propia moneda y medio de pago no es algo irrelevante porque, cuando haya una crisis, ¿quién se hará cargo? ¿A quién le vas a ir a reclamar?”.

1. https://bitcoin.org/files/bitcoin-paper/bitcoin_es_latam.pdf
2. http://www.bbc.com/news/technology-36168863
3. http://www.trustnodes.com/2017/09/20/can-bitcoin-survive-chinese-crypto-...
4. http://www.eleconomista.es/divisas/noticias/8585883/09/17/Bitcoin-y-ethe...
5. https://coinmarketcap.com/coins/
6. https://www.bloomberg.com/features/2017-the-ether-thief
7. https://www.imf.org/en/News/Articles/2017/09/28/sp092917-central-banking...
8. https://www.technologyreview.com/s/608910/governments-are-testing-their-...
9. https://www.ft.com/content/2d3f9296-c5ef-11e5-b3b1-7b2481276e45?mhq5j=e6
10. https://www.clarin.com/politica/desconocido-partido-politico-clausuro-af...
11. https://wiki.partidodelared.org/Votos_en_el_blockchain

 

Le Monde diplomatique, edición Cono Sur - Edición 221