Filosofía y política: la lucha por el sentido y la transformación

Germán Linzer * (Especial para sitio IADE-RE) | "La máxima libertad que permite la historia en cada momento depende de las posibilidades de la humanidad de entender el contenido concreto que deben tomar las luchas por la liberación y de poner en ellas un contenido ético".

La filosofía ¿no es una forma anticuada del pensamiento? ¿Acaso no representa a la metafísica superada por el empirismo que marcó el fin del medioevo? ¿No es una de las tantas formas de digresión en medio de la discusión sobre cuestiones importantes?

En un mundo donde puede apreciarse de forma inmediata el progreso tecnológico pero no el avance moral; donde el conductismo pragmático de la academia (norte)americana se muestra más efectiva para el control y manipulación social que los 2500 años de esfuerzos filosóficos sobre el autoconocimiento como fundamento de la libertad; donde el escepticismo sobre la potencia del saber y el individualismo de la autoayuda campea sobre los espíritus, ¿cuál es el aporte que podría hacer la reflexión filosófica?

Sin embargo, como cualquier otra potencia liberadora del hombre, la filosofía resucita antes de que la maten.

El hombre actual sigue siendo el mismo ser angustiado que, por la consciencia de la finitud de su existencia, es capaz de grandes epopeyas; es el mismo que puede encontrarse en los principios de la historia, deseoso de ganar el reconocimiento de los demás a través de medios nobles o brutales; es aquel que busca perdurar y trascender por medio de su legado, descendencia y comunidad. Ninguno de los instintos, temores y anhelos primarios están superados, sólo trasformados (y a veces encauzados) a través de la cultura.

El ser es la totalidad de su existencia, lo visible de sus acciones inmediatas, y las motivaciones profundas de su personalidad, que también están encerradas en su sociedad e historia. Y es la filosofía quien piensa en términos de esa totalidad.

La aparentemente abstracta reflexión de los “principios primeros” y “verdades últimas”, propia de la filosofía, es una de las tantas maneras de preguntarse sobre el sentido de la existencia y de la acción.  ¿Hay acaso algo más importante y urgente que preguntarse sobre esto?

Podría pensarse que esos seres sobreocupados y preocupados, pragmáticos y meritocráticos que constituyen el imaginario del ciudadano medio actual, mostrarían el fin e inutilidad de la filosofía, pero ¿acaso estas personas no expresan su fe (su creencia emocional sobre un determinado futuro) aceptando gustosas ser alcanzadas por un castigo que perjudica a la mayoría de la población pero que lo conciben como purificador de anteriores pecados? ¿Para estos seres la reflexión sobre coherencia política, económica o instrumental, no queda aplazada ante los argumentos morales (como la lucha contra la corrupción, por ejemplo) mostrando con ello la primacía del sentido ético de la vida? ¿No están dispuestos a sacrificarse ellos, y sacrificar un país todo, cuando alegan que las mentiras electorales son males que debe cometer el líder que ellos eligieron para salvar a la Patria que entendían que estaba en riesgo?

Conceptos como esperanza, castigos, redención, sentido ético o sacrificios patrióticos, son ideas que están presentes aun en quienes se consideran a sí mismos como racionalistas pragmáticos. Por lo que podría decirse que la filosofía se encuentra en todos lados.

Por oposición a este racionalismo abstracto, quienes entendemos que el desarrollo nacional está estrechamente relacionado con el bienestar del pueblo no renegamos de nuestros vínculos emocionales en la política, nuestra admiración por las personalidades, las grandes gestas y la mística de la lucha. Nos emociona el sentimiento de comunidad ganando la calle, la insolencia del pueblo impugnando simbolismos, reinterpretando su historia y ponemos nuestra esperanza en transformaciones dignificantes. La razón y la pasión son parte de nuestro proyecto.

Siendo así, para las concepciones mayoritarias de la política argentina la filosofía, como interpretación del sentido de la vida asociada a una ética que guía la conducta, está presente consciente o inconscientemente.

Es que para todos nosotros, para el hombre, la realidad es mucho más que cemento, acero y silicio. La realidad está construida de simbolismos, valores y creencias que son más inmediatos que la reflexión (política o económica) porque están más profundamente relacionados con la voluntad de los individuos.

La filosofía como lucha por el sentido

La reflexión filosófica se inicia con el autorreconocimiento del ser humano en su objeto de estudio, es decir, ocurre cuando la consciencia entiende que es construida y construye el mundo, poniendo en juego en esta tarea la totalidad de su ser.

Pero la tarea filosófica es la de entender cómo se dan estos procesos de construcción de la consciencia por la historia, y de la historia por la consciencia, con el objetivo de colocar a la humanidad a la altura de sus posibilidades históricas. Es decir, el objeto de la reflexión filosófica es la de alcanzar el grado máximo de libertad.

La libertad se alcanza cuando la voluntad se ejerce sobre sí misma, es decir, cuando el hombre no sólo quiere sino que le da un sentido ético a ese querer, es decir, cuando la voluntad deja de arrojarse sobre el mundo para satisfacer sus deseos y decide qué desear, le da sentido a su voluntad. La máxima libertad que permite la historia en cada momento depende de las posibilidades de la humanidad de entender el contenido concreto que deben tomar las luchas por la liberación y de poner en ellas un contenido ético.

La esencia de la filosofía es, entonces, la lucha por el sentido.

Y hablamos de lucha porque habiendo varios modelos sociales en pugna, no hay una única filosofía sino que podemos hablar de una filosofía conservadora y otra filosofía transformativa.

Del primer tipo son las filosofías que buscan legitimar los órdenes existentes y buscan conservarlos. Del segundo tipo son aquellas que encuentran potencialidades no desarrolladas de la humanidad, por lo que buscan la transformación para desplegarlas y estar a la altura de las posibilidades históricas.

La lucha por el sentido, propia de la tarea filosófica, se da entre estas dos interpretaciones, las cuales toman diferentes formas según los aspectos de la actividad en disputa. La economía es parte de la lucha política, y la política está orientada por determinadas concepciones filosóficas que le sirven como horizontes de sentido.

Pero no todas las filosofías son iguales. Las filosofías falsas no adquieren esa característica porque reflexionan con errores lógicos sino porque son funcionales a que la humanidad se estanque o retroceda en su progreso posible.

Tanto las filosofías falsas (las que buscan legitimar y reproducir un orden dominante injusto y, por lo tanto, no racional) como aquellas que revelan las posibilidades de liberación que existen en un determinado momento histórico, parten de observaciones de la realidad accesibles al sentido común, destacando algún elemento que consideran “constitutivo” del actual momento histórico. A partir de la interpretación de esos hechos constitutivos, tratan dar sentido una determinada conducta. En efecto, las filosofías, como las teorías sociales que de ellas derivan, explican, pero también legitiman y orientan la acción social.

No es una tarea fácil detectar las filosofías falsas porque todas ellas, para ser socialmente relevantes, deben encerrar algo de verdad. Deben mostrarse como una forma del progreso humano, ser verosímiles. Deben aparentar ser una reflexión acertada de la realidad, destacando algún hecho evidente y constitutivo.

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La historia, como devenir de una permanente tensión de clases, grupos e intereses sociales, tiene como resultado corrientes filosóficas en pugna.

Así como hay grupos sociales hegemónicos, hay también filosofías hegemónicas que explican, justifican y buscan reproducir el orden que impone ese grupo dominante.

Para que la hegemonía que busca conservar el statu quo -y se beneficia de él- pueda reproducir su dominación, la filosofía imperante debe estar hecha carne en el “sentido común”, obturando con ello las posibilidades de progreso del propio pueblo que porta ese sentido común y lo divulga como la verdad absoluta. 

Es por ello que la lucha por el sentido debe darse en los claustros, en la academia y fundamentalmente, en la calle. La convicción en una filosofía transformadora debe tener como tarea revertir lo que el sentido común expresa, llevándonos a una conclusión nueva y muchas veces contra-intuitiva. De eso se trata la ciencia... Y si no, pregúntenle a Galileo.

 

* Licenciado en Economía y gerente de Propiedad Intelectual del INTA [gerlinz@gmail.com].