¿Es posible una segunda urbanización? Condiciones materiales del derecho a la ciudad en los tiempos por venir

Ricardo Abduca * (Especial para sitio IADE-RE) | Reseña del libro ¿Cómo lograr el Estado de Bienestar en el siglo XXI? Una contribución al análisis del pensamiento económico, del desarrollo sustentable y de los cambios en la economía mundial en el período 1950-2014 (Viedma, Argentina, Universidad Nacional de Río Negro, 2017, 317 pp., prólogo de Oscar Oszlak) de Roberto Kozulj.

La obra de Roberto Kozulj se propone nada menos que indagar en los fundamentos técnicos y materiales, que serían imprescindibles (junto a los necesarios consensos políticos) para hacer viable un porvenir con pleno empleo. Dicho de otro modo: el formidable desarrollo tecnológico que se despliega ante nuestros ojos, ¿puede brindar cimientos materiales para una utopía realizable? Para eso, el autor comienza por sopesar la marcha de la economía mundial en un período que abarca un medio siglo con creces (1950-2014). Periodización que se justifica por el establecimiento del orden emergente de postguerra, con instituciones como las de Bretton Woods (1944), y también por la existencia de criterios relativamente homogéneos de información estadística mundial. Aunque atendiendo ese horizonte temporal, se concentra en las perspectivas de nuestro difícil presente: si el breve ciclo 2003-2008 parecía inaugurar una tendencia a la convergencia entre los países emergentes y los desarrollados, con la crisis de 2009 vuelven las tendencias recesivas.

Este libro es ante todo una continuación, más concentrada, de otra obra del autor. Si el marco de problemas planteado en 2017 parte en cierto sentido de una lectura crítica de Piketty (2013) y de Acemoğlu y Robinson (2006), el de su libro anterior sostenía una polémica contra Samuel Huntington (Kozulj 2006, Huntington 1993). Combinando la reflexión filosófica, las impresiones subjetivas, personales y hasta biográficas (cap. 6.3), con el comentario erudito y teórico sobre la historia social, ya reciente, ya de la larga duración (Kozulj 2006).

Puede parecer paradojal emprender un examen de la situación mundial desde un país irremediablemente periférico; más aún, desde las márgenes patagónicas de la Argentina –y no desde Buenos Aires. En realidad, es la perspectiva del margen la que permite esta mirada. Podrían darse ilustres ejemplos, demasiado conocidos, de productividad periférica: la remota Königsberg hizo posible a Kant; Edimburgo, la ilustración escocesa de Smith, Hume y Ferguson. Buenos Aires dio a Borges, que enseñó que escribir en América del Sur no quiere decir resignarse al color local, como turistas en la propia patria. Fue la atención a los problemas específicos de la región como varios pensadores agrupados en torno a la CEPAL mostraron que América Latina puede dar, y ha dado, un pensamiento social y económico autónomo.[1]

Menos renombrado, pero formando la cepa de este libro, es el haz de tradiciones que puede verificarse en toda una tradición argentina de estudios de desarrollo: las obras de Oscar Varsavsky, de Amílcar Herrera, o de Jorge A. Sábato. Este libro de Roberto Kozulj se entronca exactamente en el linaje de estos pensadores (que trabajó, muy joven, con Varsavsky, que conoció la experiencia original abierta por la Fundación Bariloche a partir de los años 1970, en donde se llegó a proponer un Modelo Mundial Latinoamericano) están a la busca de hacerse cargo de la herencia de estos pensadores –como lo hacía en el trabajo citado sobre la crisis civilizatoria (Kozulj 2006).

El libro de 2017 retoma buena parte de las conclusiones de la obra precedente, reevaluándolas, pero buscando ante todo una confirmación cuantitativa. Tiene dos tipos de contenidos. Uno, el que plantea y desarrolla la tesis central del autor: ganar la paz social y la sustentabilidad futura en una segunda urbanización. En la mejora de la calidad de la infraestructura urbana, fundada en acuerdos políticos que legitimen que la sociedad civil (privada) pague por bienes públicos; una segunda urbanización en la que la población excluida logre estar incluida, mediante el desarrollo de un nuevo tipo de mercado de trabajo, intensivo de mano de obra, con procesos laborales realizables con baja calificación. Esta segunda urbanización consistiría en la transformación de las ciudades no sustentables en sustentables.

El segundo tipo de contenido es una colección formidable de información general de la economía mundial. Que, aunque constituye el apoyo empírico de dicha tesis, tiene valor independiente y puede utilizarse como obra de referencia o consulta. Es una masa de información cuantitativa presentada, en el texto principal, en más de cincuenta gráficos, y catorce tablas de datos. En el anexo se incluye otra treintena de tablas, y aclaraciones metodológicas acerca de la información básica utilizada. Expone así modelos para correlacionar crecimiento del producto según crecimiento de la población urbana. Empleando (en gran parte mediante el modelo E-VIEWS) técnicas econométricas de regresión lineal, con diversos criterios para corregir heterocedasticidad –análisis en logaritmos naturales, método de mínimos cuadrados, entre otros.

Una civilización tiene que poder recrearse, tiene que poder volver a inventar sus condiciones de existencia. ¿Cuáles pueden ser esas bases si no hay dios que sea medida de todas las cosas? (El autor recuerda la observación de Zygmunt Bauman sobre esa ausencia: la deidad ha sido “el sustento más sólido sobre el que se apoyaba la instrucción moral en el pasado”). Pulverización de esos cimientos sólidos –comenta Kozulj, que es la de la crisis del “paradigma de la epistemología natural de occidente” (2006: 317). Con Harvey, sabe que “la confianza de una época puede evaluarse por la dimensión de la brecha entre la argumentación científica y la moral” (2006: 271). Ya no hay ciudad de Dios, pero tampoco se avizora una ciudad terrena realmente habitable.

Uno de los argumentos del trabajo es que los procesos de desarrollo periférico no sólo se han sustentado en la sustitución parcial de importaciones. Kozulj destaca, en las dos obras que comentamos, que el efecto virtuoso que la urbanización genera en el empleo y en la demanda de bienes elaborados (linkages, o ‘efecto de arrastre’), tiende a estancarse una vez que las ciudades ya están construidas. La construcción urbana genera una acumulación originaria (lo decimos en sentido literal: la constitución de masas urbanas de origen rural); cuando esta acumulación ha concluido, los constructores quedan excluidos de la ciudad que sus padres y ellos mismos han edificado. Tienden a quedarse en las poblaciones miserables (“barrios”, “villas”, “favelas”) que parecen combinar lo peor de la vida urbana y de la rural; la ONU advertía, en boca de su secretario general, que en 2003 mil millones de personas vivían en esas condiciones, y que las proyecciones para 2030 prometían duplicar esa cifra: se trata del 32 % de la población urbana mundial de hoy (Kozulj 2017: 73).

Una de las dificultades para llevar a cabo este programa, como advierte el autor, es que “la disposición a pagar por bienes públicos es distinta a la existente para pagar por los bienes privados” (Kozulj 2017: 24). La pregunta es entonces qué tipo de alianza social y política puede ser capaz de llevar adelante este programa, que de poder llevarse a cabo redundará en sentar bases materiales efectivas para el derecho al empleo, y un buen vivir en la vida urbana.

Por lo tanto, se enfoca a medir las correlaciones entre los procesos de urbanización y de crecimiento y el uso de materiales. No sin antes reflexionar sobre los cimientos teóricos de estas correlaciones. Por empezar, no olvida, como tan a menudo ocurre, que la vida económica y social no está compuesta (sólo) por cantidades de dinero sino por cuerpos humanos, materia, energía. El autor comienza por el complejo problema de la definición de riqueza y su medición, retomando la fecunda distinción schumpeteriana entre riqueza como acervo o como flujo anual (cap. 1).[2]

Luego se examinan las correlaciones entre modernización, urbanización y crecimiento económico. Como en el resto del libro, la cuestión se examina de modo doble: la historia del problema, recurriendo a una amplia bibliografía, y el acopio de información cuantitativa, básica y elaborada, buscando, con herramientas matemáticas, desenredar la madeja de variables habitualmente embebidas en la cifra general de PBI. Se atiende también a las etapas delimitables dentro del período 1950-2014: la fase ‘dorada’: 1950-1975; la de 1975-2000, con crecimiento lento, creciente divergencia entre el desempeño de países en vías de desarrollo y los centrales; la etapa actual, que para el autor puede puntuarse en el 2000, con el ingreso de China a la OMC. En ese marco histórico son examinadas las sucesivas reconfiguraciones y reconstituciones espaciales del comercio, la producción y el consumo (cap. 3), y el rol de la innovación tecnológica (cap. 4). Preguntándose por las consecuencias, para la posible creación de empleo, de la progresiva transformación de las funciones de producción, en tanto actividades que creaban importantes flujos anuales de riqueza pierden importancia relativa a costa de otras. Se observa también que, en esa continua transición, los nuevos procesos no necesariamente son capaces de crear cantidades análogas o superiores de valor a los procesos precedentes. También, que estos nuevos procesos, con productos de ciclo de vida más corto “pueden introducir en la formación de los precios de oferta un sesgo hacia la remuneración del capital sin que se incremente la tasa de rentabilidad” (p. 235).[3]

Especial importancia tiene la historia del problema de la sustentabilidad, expuesto en el capítulo 5º. Definiendo ‘sustentable’, con el criterio dela Comisión Brundtland de la ONU (que la satisfacción de necesidades de las generaciones presentes no comprometa a las necesidades de la gente por venir), y constatando que este criterio mantiene la vieja definición de desarrollo conjugándola con el imperativo de no desequilibrar los recursos naturales, destaca que no hay solución meramente distributiva. Señala que la sustentabilidad es impensable de modo puramente técnico, “sin fuertes modificaciones distributiva, institucionales y productivas”, aclarando que no se considera sustentable un modelo que no garantizara pleno empleo (p. 183). Contra Piketty, que subrayó el carácter distributivo de los problemas y de su posible solución,[4] el autor llama la atención sobre el carácter sistémico de la cuestión: un nuevo sistema de distribución no podría estar basado en el sistema de bienes y servicios hoy predominante, y las funciones de producción (tecnológica y de distribución) no podrían tampoco ser las mismas. Asimismo, destaca que un sistema sustentable no podría basarse puramente en una propiedad estatal o colectiva, aunque tampoco es pensable en la mera perseverancia de las tendencias de los mercados: la sustentabilidad debería poder germinar y prosperar dentro de los estrechos márgenes fijados por acuerdos perdurables entre los sectores públicos y los privados.

En su revisión de la historia del problema, expone críticamente tres perspectivas sobre la sustentabilidad, a) la que considera que el principal problema es el aumento de la población mundial, b) la que considera que la cuestión central es el calentamiento global que las emisiones de gases habrían causado; c) la que propone el conservacionismo como la solución viable. Por último, justificando la toma de distancia de estas tres posiciones, propone una cuarta vía: “desarrollo sustentable con énfasis en la industrialización y el empleo”.

            a) el autor rebate los puntos de vista neo-malthusianos del Club de Roma (pp. 186-192). No sólo en sus formas iníciales, que empezaron a circular desde 1970, sino a sus versiones más recientes. En una de ellas, publicada en 1992, se deploraba que el crecimiento demográfico, creando una demanda en infraestructura urbana y consumo (hospitales, escuelas, consumos básicos) supuestamente quitaría recursos a la inversión industrial. El autor discute ese tipo de afirmaciones, y pone a prueba el argumento general. Es decir: ¿existe acaso una correlación negativa entre gran crecimiento de la población e índice de desarrollo humano? Para el período 1950-2015, esa correlación se verificaba en solo el 16 % de los casos (en unas 29 de entre 180 naciones). Asimismo, ninguna correlación pudo verificarse entre tasa de crecimiento de la población u PBI por habitante. En esos mismos años la población se multiplicó por 2,3, que es mucho decir, pero la producción de alimentos se triplicó. Eso sí, seguimos teniendo una humanidad en donde una persona de cada siete no tiene comida suficiente (p. 190). En el fondo no se trata de cuánta población hay en el mundo, sino ante todo de la proporción de uso de recursos no renovables, y la intensidad en uso de mano de obra de los procesos productivos (p. 242).

            b) Con respecto a las lecturas alarmistas de la información divulgada por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático, IPCC (WMO/UNEP-ONU), el autor toma distancia atendiendo al comportamiento comprobado en la media duración:[5] la temperatura del planeta subió 0,94 Cº (1850-2014), pero hubo fases intermedias de enfriamiento (1878-1915 y 1845-1980) (Kozulj 2017: 194). Sin embargo, el autor también toma nota de la amplitud del diagnóstico y de la propuesta del IPCC, (aun difieriendo en los modos más corrientes en que éstas han sido leídas o divulgadas) cuyas recomendaciones sobre qué hacer ante la sobre-intervención humana en la naturaleza conforman un verdadero programa de transformación social.

            c) En cuanto a los puntos de vista llamados ‘conservacionistas’, también muestran un amplio espectro de diagnósticos y propuestas, muchas veces no meramente conservadoras o defensivas sino innovadoras: ya en los años 1970 se defendió las ventajas de productos con ciclo de vida más largo, y de mecanismos de reciclado. Asimismo, se señalan la inconsecuencia de mucha militancia ‘conservacionista’, nacida de la opulencia.[6] Y los límites de las prácticas puntuales como las de las ONGs, que acentúan la fragmentación de la sociedad civil.

            d) Finalmente, el autor encuentra coincidencias entre su punto de vista y el aporte reciente de algunos informes, ambos de 2014, de la OIT y de la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) (Kozulj 2017: 210)

En el último capítulo, antes de avanzar en las conclusiones, se intenta prever las dificultades de la propuesta, que van a contrapelo de las tendencias del mundo de hoy.

Luego ve los antecedentes de las contadas experiencias de ‘ciudades verdes’ (ecocities), desde el origen de la idea hacia 1975 hasta las formas actuales de implementación. Al respecto, cabe distinguir entre soluciones más integrales (ciudades sustentables) y parciales (en donde emergen barrios sustentables en ciudades que consideradas como conjunto no lo son, o centros ‘verdes’ elegantes que tienen un aura ecológica de la que en el fondo carecen) –v. Kozulj 2017: 248.[7] La enormidad de la cuestión, puede, sin embargo, hacer de la necesidad virtud:

          50% o más de la población mundial se concentra en ciudades… que ocupan 2% de la superficie terrestre… consumen el 75% de los recursos, entre 60 y 80% del total de energía y son responsables del 75% de emisiones de gases de efecto invernadero (Gabarrell et al., cit. por Kozulj 2017: 248)

La ventaja es que, si se logra iniciar algún cambio, esa concentración intercomunicada podría ser transformada in toto con rapidez.[8]

El camino a seguir necesitaría etapas de transición, costos, ensayos, y el desarrollo de nuevas tecnologías (y saberes, no sólo científicos sino laborales, corporales, por parte de esa población re-incluida. El autor considera que su reflexión puede aportar a la construcción de “los pasos previos” al necesario cambio.

“Es curioso –dice el autor- que en toda la literatura sobre la dimensión social de la sustentabilidad nadie se haya tomado el trabajo de cuantificar cual sería el costo de una inclusión social productiva”. Según sus cálculos, si se parte de un umbral de población a re-incluir “de 800 millones de personas y se llega a, por ejemplo, un tope de 2000 millones de personas”, si se piensa en un ingreso diario promedio entre 8 y 13 dólares de 2014, “los incrementos en la presión tributaria serían de un mínimo de 3 puntos del PBI o bien de un máximo de 12 puntos a nivel del PBI mundial” (Kozulj 2017: 258). Enumera algunas posibles actividades a realizar, destacando que todas ellas serían de uso intensivo de mano de obra

          Tareas como las vinculadas con el manejo de ecosistemas (mantenimiento de espacios urbanos y áreas verdes; forestación de áreas costeras; manejo de reservorios de lagos y otros acuíferos; reducción de otros factores estresantes sobre ecosistemas y de fragmentación de hábitat; mantenimiento de la diversidad genética; manipulación de regímenes disturbantes; manejo comunitario de recursos naturales), tal como definidas en el informe IPCC (2014) (ibíd.).

Es de esperar las resistencias que deberá vencer esta propuesta hasta lograr consensos, teniendo en cuenta la erosión de legitimidad que los “salarios de inclusión” (llamados ‘planes’ en Argentina) fueron teniendo en la coyuntura reciente.[9]

Desde el punto de vista de las urgencias del presente, sería deseable una continuación de este abordaje centrada en Argentina, el Cono Sur y el Mercosur y el grupo BRICS (¿RICS?) tan golpeado por la coyuntura política de los últimos dos años. Asimismo, sería útil para los lectores con formación econométrica –de la cual carece el autor de estas líneas- contar con alguna página web para acceder a la gran cantidad de información estadística del libro: los gráficos, que relacionan muchas variables y fueron diseñados en color, están publicados en negro y grises, lo cual hace difícil la lectura.

Esta es la lectura de un antropólogo; por ende, alguien habituado a ver más la excepción que la regla, las tendencias marginales antes que las centrales, las supervivencias y resistencias (a veces, la renovación) de viejas formas, como las producciones domésticas, campesinas. Como el libro de Kozulj, describiendo el presente, también quiere esbozar los requisitos de una utopía realizable, se aceptará un comentario digresivo que no es nostálgico sino utópico. Hace casi cien años, en el contexto de un meandro inicial de la revolución rusa, la NEP, luego borrada por la vía estalinista, Alexandr Chayanov propuso una utopía campesina. Tecnología sofisticada: dominio del clima, evitando la incertidumbre meteorológica. Uso intensivo de la mano de obra. Pequeña propiedad agrícola y comercial. Libre iniciativa industrial, y vigencia del principio de competencia, pero propiedad estatal eminente de recursos minerales y energéticos. Excelentes medios de transporte. Bibliotecas y museos circulantes. Las grandes ciudades son sitios de tránsito, no de residencia: la Moscú utópica tiene 100.000 residentes pero cinco millones de visitantes diarios.

Esta idea, expuesta en una novela política escrita por un economista rural en 1924, es el reverso preciso pero simétrico de la propuesta de Kozulj. En uno u otro caso, se trata de hacer frente al viejísimo problema de la contradicción entre el campo y la ciudad.

En síntesis, la magnitud de la dificultad es simétrica a la de las ventajas innegables de una utopía realizable en donde la sustentabilidad esté virtuosamente unida al empleo.

 

* Antropólogo. IIDyPCA, Universidad Nacional de Río Negro, Bariloche, Argentina. 

 

Referencias:

Acemoğlu, D. y Robinson, J. 2006: Economic Origins of Dictatorship and Democracy.Cambridge University Press.

Chayanov, A.V., [1924]: “Viaje de mi hermano Alexis al país de la utopía campesina”. Chayanov y la teoría de la economía campesina, México, Pasado y Presente, 1981.

Bréville, Benoît, 2017: “Seattle, laboratorio de la ciudad creativa”. Le Monde Diplomatique, nº 221, nov. 2017, Buenos Aires.

Douglas, Mary 1996: “Perpectivas del ascetismo”. Estilos de pensar. Madrid, Gedisa.

Halperin Donghi, Tulio 2015: Las tormentas del mundo en el Río de la Plata. Buenos Aires, Siglo XXI.

Herrera, Amílcar O. [1970]: Ciencia y política en América Latina. Buenos Aires, Biblioteca Nacional-PLACTED, 2015.

____ 1976: Modelo mundial latinoamericano ¿Catástrofe o nueva sociedad? Buenos Aires, Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo.

Huntington, Samuel P. 1996: The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order. New York, Simon and Schuster.

Kozulj, Roberto 1986: “Crisis de las teorías del desarrollo frente a la crisis social/Crisis of Development Theories in the Face of the Social Crisis”. AEDH/UNU, Fundación Bariloche.

____ 2006: ¿Choque de civilizaciones o crisis de la civilización global? Problemática, desafíos y escenarios futuros. Buenos Aires, Miño y Dávila, prólogo de Stefano Zamagni.

O’Donnell, Guillermo, 1993: “On the State, Democratization and Some Conceptual Problems: A Latin American View with Glances at Some Postcommunist Countries”. World Development, (21) 8, pp. 1355-1369.

Piketty, Th., 2013: Le capital au XXIème siècle. Paris, Seuil.

Schumpeter, J. [1954]: History of Economic Analysis. London, Routledge.

Varsavsky, Oscar [1974]: Estilos Tecnológicos. Propuestas para la selección de tecnologías bajo racionalidad socialista. Buenos Aires, Biblioteca Nacional-PLACTED, 2013.

 

[1]La práctica y el impacto de la Comisión Económica para América Latina, CEPAL excedió con creces a los de Comisiones análogas que la ONU había creado para otras regiones del mundo, como muestra Halperin Donghi en el retrato que hizo de Raúl Prebisch, su tiempo y su obra (Halperin 2015: pp. 231-281).

[2] Schumpeter observó que considerado en sincronía, cada momento de un flujo podía ser considerado como un acervo: “Every object that enters the range of economic consideration, even ‘labor power’ (Marx) or the capitaux personnels (Walras), may be treated as an asset, if we halt the economic process for a moment and list every element of it”; distinguiendo así distintos tipos de acervos (asset), trece en total (Schumpeter [1954]2006: 966, n.).

[3] Las empresas punto com que venden servicios de consumo masivo y global son un ejemplo: teniendo baja relación capital/producto, ínfimo impacto en el empleo y alta rentabilidad, acentúan la tendencia del exceso de ahorro sobre la inversión.

[4]Para Piketty la tasa de rendimiento de los capitales privados, r, supera a la tasa de crecimiento del ingreso de la producción, g. En tanto indefectiblemente r > g , la salida a las desigualdades sólo podría emprenderse en un acuerdo político redistributivo y en un sistema de creciente impuesto a los capitales. (La riqueza como acervo ahoga a la riqueza como flujo; o, como dice Piketty: “El pasado devora al porvenir” ). Este autor comprueba cómo “la reducción de las desigualdades observada en los países desarrollados, en la década de 1900-1910 y en la 1950-1960 es ante todo el producto de guerras, y de políticas públicas implementadas como consecuencia” de dichos shocks bélicos (Piketty 2013: 981-82, mi traducción).

[5] Quisiera recordar que, en tiempos históricos, cuando la humanidad estaba lejos de tener el impacto ambiental actual, el clima sufrió varios ciclos de calentamiento y de enfriamientos. El sur de Groenlandia tuvo pasto, y pudo sustentar a criadores de ovejas llegados de Islandia a partir del siglo X, pero el avance de los hielos los expulsó en el XIV: hacia el año 1000 había comenzado una fase de enfriamiento que, culminando en el XVII, fue seguida por la de calentamiento que continúa, no sin vaivenes, hasta hoy.

[6] La antropóloga Mary Douglas examinó con pesimismo conservador los supuestos de un ascetismo ‘natural’ o ‘no consumista’. Destacando que, de ocurrir una revolución cultural ascética, que hoy se muestra improbable, estaríamos ante un cambio civilizatorio comparable al primer cristianismo (Douglas 1996).

[7]Tomo al azar un informe recién publicado que describe con pesimismo la gentrification de la vieja ciudad portuaria e industrial de Seattle, hoy una meca de profesionales bien pagos que prosperan en torno de Amazon, Facebook y otras empresas punto com –21.000 inmigrantes entre 2015-2016. En el centro se construyen “biodomos” verdes para convenciones y edificios con huertas en la terraza, donde el departamento más chico cuesta 1500 dólares por mes. Los trabajadores deben vivir en suburbios cada vez más lejanos, congestionados y muy poco ‘verdes’, pagando más de 800 dólares por reductos de 10 m2 (Bréville 2017).

[8] “…es en esos mismos espacios urbanos, que constituyen una superficie muy pequeña del planeta-, donde las políticas pueden modificar hábitos y nuevas tecnologías e instituciones pueden cambiar las condiciones… porque la población se halla precisamente dispuesta geográficamente de este modo concentrado, con lo cual lo que allí se haga repercutirá sobre el resto del vasto ecosistema terrestre” (Kozulj 2017: 242) .

[9] Implementados desde los años ’90, fueron justificados desde el programa SIEMPRO, que los monitoreaba en la Argentina de entonces junto al Banco Mundial y el BID, como una forma de integrar a la “ciudadanía de baja intensidad”–expresión dicha sin el sentido crítico e irónico con que Guillermo O’Donnell la había propuesto poco antes (O’Donnell 1993).