El falso dilema entre salud y economía

Eduardo Crespo, Ariel Dvoskin


Para que la humanidad eluda su extinción será necesario que el capitalismo se reforme o desaparezca.

A raíz de la pandemia del Covid-19, diversos analistas, especialmente en medios de comunicación, plantean la disyuntiva salud o economía. Los voceros “pro mercado” proponen terminar con el aislamiento. Aducen que las potenciales víctimas que acarrearía el retorno de las actividades son un costo indeseado pero más que compensado por los efectos catastróficos que la continuidad de la cuarentena tendría sobre el empleo, la solvencia de empresas, las cadenas de pago, la confianza de los inversores frente un país que está renegociando su deuda externa. Después de todo, arguyen, las gripes comunes causan víctimas fatales todos los años y no por ello se dispone el cese de la actividad económica. Desde el progresismo responden que la prioridad es la salud de la población, y apelan al lema “el PBI perdido puede recuperarse, las vidas no”, aprobando de esta forma la validez del dilema que instalan los primeros. Serían entonces causas de naturaleza estrictamente “moral” las que justificarían la decisión de optar por la salud relegando así la economía.    

Ambas posiciones pierden de vista que la salud es un bien ‘básico’ o ‘necesario’ en el sentido otorgado por los economistas clásicos (ver nota 1). Un bien de este tipo participa, directa o indirectamente, en la producción de todos los otros bienes del sistema económico. A diferencia de los bienes de ‘lujo’, es decir, aquellos que no son necesarios para producir otros bienes, sin básicos no es posible elaborar ninguna mercancía. Debería ser claro por qué el sistema de salud, así como la agricultura o la energía, brinda bienes de este tipo. Sencillamente se necesitan “trabajadores sanos” para realizar cualquier actividad productiva. Sin ellos no es posible ninguna producción.

El costo de retomar la actividad económica no equivale únicamente a los directamente afectados, incluidas las víctimas fatales, como aducen quienes defienden posiciones progresistas. El verdadero costo incluye un eventual colapso del sistema de salud que también comprometa otras actividades básicas, como la provisión de energía, luz eléctrica, agua, alimentos. La necesidad del aislamiento no es sólo una cuestión moral, sino, esencialmente, una necesidad eminentemente económica.      

La respuesta progresista centrada en las motivaciones morales del aislamiento es atendible pero limitada, porque implícitamente asume que la salud es un bien de lujo, prescindible para el resto de las actividades económicas. No sorprende que esta limitación sea aprovechada por los voceros del mercado, quienes hábilmente apelan al argumento sentimental que coloca a los más pobres, especialmente los trabajadores informales, como las principales “victimas” del aislamiento. “Quien tiene el sustento asegurado”, argumentan, “pueden darse el lujo de quedarse esperando cómodo en su casa… En cambio, quienes tienen que ganarse el pan todos los días, quienes tienen hijos para alimentar, no disponen de más alternativa que volver a sus trabajos”. Pocos responden algo que debería ser obvio para todos: la salud no es un (bien de) lujo. Si el trabajador de turno, muere, o agoniza, nadie le dará de comer a sus hijos, especialmente si se imponen los criterios de los voceros del mercado. Si colapsa el sistema de salud arrastrando consigo otras actividades básicas, ni siquiera dispondrán de las condiciones materiales mínimas para volver a sus actividades.  

Esta constatación deja abierto el interrogante de cómo asegurar la subsistencia de quienes no cuentan con ingresos fijos y evitar la ruptura generalizada de contratos por la interrupción de la cadena de pagos. ¿Es imposible en el capitalismo atender estas urgencias sin condenar a la muerte a miles, quizás millones, de personas y comprometer incluso la provisión de bienes y servicios básicos por el colapso de los sistemas de salud? ¿Era tan frágil el sistema a fin de cuentas? Interpretamos que la respuesta es negativa. Existen sobrados indicios de que el capitalismo fue una adaptación organizativa a la omnipresencia de la guerra y a las restricciones ambientales de la Europa pos-medieval, casualmente el escenario que siguió al gigantesco desastre de la Peste Negra (1346-1351) (ver nota 2). El capitalismo desde entonces enfrentó innumerables cataclismos como las guerras religiosas y los desastres ambientales en el siglo XVII y las dos grandes guerras mundiales del siglo XX. Después de la segunda guerra mundial, bajo el liderazgo norteamericano, fue organizado en escala global con el cometido de enfrentar a la URSS en una competencia que involucraba, además de la carrera militar, la obligación de que la prosperidad también alcanzara a las capas más humildes de la población, un arma ideológica en la lucha contra el comunismo que resultó ser más eficaz que misiles y bombas atómicas, máxime teniendo en cuenta que dicha prosperidad – al menos en las fronteras calientes de Europa y Asia- fue sin dudas mayor que en el bloque rival. Eran los tiempos de la “era de oro del capitalismo”.

Ese capitalismo habría enfrentado el Covid-19 sin mayores inconvenientes. Recuérdese que la tasa de mortalidad de esta pandemia ronda el 1% de los infectados. No son los números devastadores de la Peste Negra y los gérmenes que diezmaron a las poblaciones originarias de América en los tiempos de la conquista. Pero el capitalismo neoliberal no fue organizado para enfrentar a la URSS ni para seducir a los trabajadores ante una alternativa comunista. Cuando daba sus primeros pasos, la URSS y sus satélites lucían como ilusiones frustradas. El capitalismo neoliberal, al contrario, nació para morigerar expectativas salariales e inclinar la balanza del poder social en favor de los propietarios. Para comprobarlo basta observar cómo evolucionó la distribución del ingreso allí donde imperó sin restricciones. Para este capitalismo, algo tan sencillo como subsidios temporales para garantizar la subsistencia de trabajadores informales y evitar la quiebra de Pymes, o la sanción de impuestos extraordinarios para las grandes fortunas, son medidas al parecer inalcanzables y que colocan a una parte de la ciudadanía en pie de guerra. Medidas mucho más ambiciosas fueron aceptadas sin mayores reparos ideológicos cuando se organizaron las economías de guerra que soportaron las grandes conflagraciones militares del siglo XX. El historiador Walter Scheidel (Ver nota 3) considera que la segunda guerra mundial fue el principal “Nivelador” que facilitó la distribución progresiva del ingreso en Occidente.

El capitalismo neoliberal, en cambio, semeja un castillo de naipes ante el desafío de una pandemia de efectos comparativamente leves. ¿Sobrevivirá el neoliberalismo a la pandemia? Seguramente, pero el Covid-19 puso al descubierto su debilidad esencial. Desde ahora será cada vez más evidente que esta organización social es incapaz de enfrentar con eficacia los desafíos planetarios que nos depara el futuro. Aunque los desencadenantes últimos del Covid-19 aún son inciertos, no es improbable que sea la punta del iceberg del calentamiento global, la reducción de la diversidad biológica y la planetaria alteración de ecosistemas. Para que la humanidad eluda su extinción será necesario que el capitalismo se reforme o desaparezca.


Notas:

1. La tradición de la economía política clásica se remonta en Inglaterra a William Petty y en Francia a François Quesnay, culminando en las obras de Adam Smith y David Ricardo. Karl Marx también fue un heredero de esta tradición, mientras que en el siglo XX contó con varios seguidos, como Piero Sraffa , Pierangelo Garegnani y Krishna Bharadwaj, entre otros.  

2. Patel, Raj; Moore, Jason W.A History of the World in Seven Cheap Things: A Guide to Capitalism, Nature, and the Future of the Planet. University of California Press, 2017.

3. Walter Scheidel “El Gran Nivelador” Editorial Crítica 2019.

 

El País Digital - 9 de mayo de 2020

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