El engranaje de las crisis

Razmig Keucheyan

 

Hace diez años estallaba la mayor crisis financiera desde 1929. Aunque los banqueros hayan retomado sus actividades habituales, el shock económico continúa y el descrédito hacia el mundo de la política es cada vez mayor. A estas dos crisis se suma la ecológica, que amenaza la existencia misma del planeta.

Como demostró el historiador Reinhart Koselleck, el sentimiento de crisis es inherente a la condición del hombre moderno (1). El cambio tecnológico, los ciclos de la economía o las evoluciones de la cultura contribuyen a alimentar una impresión de constante novedad y, en consecuencia, de final de época. Pero a veces pasa que la crisis es real, y que incluso se yuxtaponen varias. Ese es el caso en la actualidad, con una sacudida indisociablemente política, económica y ecológica. ¿Cómo se articulan estas tres dimensiones? Durante estas últimas décadas, esta pregunta tuvo ocupados a pensadores y movimientos críticos.

Crisis política

La crisis actual es en primer lugar, política. En este aspecto se dan tres debates principales. El primero consiste en preguntarse si se trata de una tensión en relación con las élites, que hoy estarían siendo excepcionalmente codiciosas y corruptas, o si el problema refleja una desconfianza general hacia las instituciones de la democracia representativa, una “crisis de la representación” que se traduciría en altas tasas de abstención en las elecciones, el voto de extrema derecha o incluso el alza de movimientos políticos extrainstitucionales, como las “zonas a defender” (Zone á Defendre, ZAD) tal es el caso de Notre-Dame-des-Landes, emplazamiento de un controversial proyecto de aeropuerto en Loire-Atlantique.

La primera postura es la que defiende Iñigo Errejón, uno de los fundadores del partido español Podemos, para quien una mayoría de la población sigue creyendo en la justicia, en los Parlamentos, en la administración, en fin, en el Estado democrático (2). En lo que no creerían más, en cambio, es en la capacidad de las élites, el famoso “1%”, para obrar a favor del bien común, para generar riquezas o para respetar la ley. De donde se desprende que los movimientos críticos –por ejemplo, Podemos– tienen que luchar no para superar la democracia representativa, sino para que vuelva a empezar con bases sanas. Una forma de nostalgia de “los 30 gloriosos”, del orden político de la posguerra, tal vez opera en estos casos. Errejón insiste en la necesidad de combinar, para regenerar la democracia, intervenciones en las instituciones representativas y movimientos sociales de base.

Esta postura tiene un equivalente en la derecha, por ejemplo Donald Trump. Combinando la crítica a las élites de Washington y a los medios dominantes, el presidente estadounidense también promete devolverle el poder al pueblo. Evoca con frecuencia el movimiento que lo llevó al poder, que trasciende a sus ojos la vieja oposición entre republicanos y demócratas. En un discurso ante una convención conservadora, el 24 de febrero, no dudó en elogiar al candidato demócrata de las primarias Bernie Sanders, a quien, según Trump, muchos partidarios votaron en las elecciones presidenciales.

El segundo debate relativo a la crisis política concierne justamente a la emergencia de lo que Stuart Hall llamó en los 70 “populismo autoritario”, y del cual el thatcherismo es una de las primeras manifestaciones históricas (3). Esta forma aparece sobre un fondo de repliegue económico y de debilitamiento de las izquierdas; una doble crisis que atomiza el consenso político “socialdemócrata” de posguerra.

Este tipo de populismo tiene, según Hall, la particularidad de que suele apoyarse en valores de izquierda, a los que desvía de su sentido primario para conferirles un tenor reaccionario. Por ejemplo, la democratización de las sociedades ancló profundamente en los pueblos la aspiración a la igualdad. El thatcherismo se va a apoyar en este sentimiento para estigmatizar a los “aprovechadores”, los que buscan sacar ventajas indebidas a expensas del pueblo, al que se considera virtuoso. Claro está, los “aprovechadores” suelen ser –aunque no siempre lo son– extranjeros, y el “buen pueblo”, autóctonos. Encarnado por el primer ministro Viktor Orbán, por su homóloga británica Theresa May o por la presidenta del Frente Nacional Marine Le Pen en Francia, parece tener un futuro prometedor.

Un tercer debate se da en el origen de la “crisis de la representatividad”. Pensadores como Toni Negri o David Graeber sostienen que están surgiendo formas de sociabilidad “colaborativas” que se hicieron posibles por las redes sociales o las evoluciones del trabajo, con la escalada de lo “inmaterial” (4). Ahora bien, estas formas de sociabilización entran en contradicción con la democracia representativa, que surgió por su parte de los vínculos sociales típicos de los siglos XIX y XX. Es la oposición entre “representatividad” y “participación”. La “crisis de la representatividad” encuentra por consiguiente su origen, según ellos, en las evoluciones de la forma del vínculo social.

Para el sociólogo Wolfgang Streeck, la “crisis de la representatividad” al contrario, se explica por las contradicciones económicas del sistema capitalista. Con el fin de los “treinta gloriosos”, asistimos al fin de la alianza entre el capitalismo y la democracia, el mejor “envoltorio” para el capitalismo. Un capitalismo económicamente sin aliento, incapaz de restablecer tasas de crecimiento significativas, ya no consigue satisfacer las demandas de bienestar material de las poblaciones. Lo que implica que en el futuro, el capitalismo se va a aliar con formas políticas cada vez menos democráticas.

Crisis económica

Las controversias sobre las convulsiones de la época también alcanzan la dimensión económica. ¿Se trata de una crisis financiera, que contaminó en un segundo momento lo que se conoce como economía real? ¿O nos estamos enfrentando sin más con una crisis de acumulación, cuyo epicentro se encontraría en la economía real? En esta segunda eventualidad, las finanzas no serían la fuente del problema, sino sólo la expresión o el reflejo de contradicciones subyacentes, “objetivas”, presentes en el mundo de la producción. Este debate acerca del epicentro del crack está estrechamente ligado a la cuestión de saber si el capitalismo se recompuso de la crisis de los años 70, que terminó con los “treinta gloriosos”, o si todavía estamos sumergidos en esa crisis de larga duración.

El politólogo Leo Panitch y el sindicalista Sam Gindin consideran que la tasa de beneficios se restableció durante la segunda mitad de los años 80 y en los años 90 (5), signo, para ellos, de que el capitalismo superó la crisis de los años 70. En este sentido, los acontecimientos de 2007 marcaron la llegada de una nueva gran crisis, la cuarta de la historia del capitalismo después de aquellas de los años 1873-1896, los años 30 (la Gran Depresión) y los años 70. El historiador Robert Brenner sostiene al contrario, que nunca salimos de la larga onda depresiva de los años 70 (6), de la cual los problemas actuales no serían sino una nueva manifestación. Para él, la tasa de beneficios sólo se habría restablecido en apariencia, gracias a la movilización de las ganancias financieras y del capital “ficticio”. El uso de la palabra “crisis”, como podemos ver, siempre nos devuelve a problemas de periodización histórica.

Otra controversia económica se relaciona con la ausencia o el débil crecimiento que se viene observando en Japón y en Europa desde hace tres décadas. ¿Hay que ver en eso una situación de largo plazo, incluso definitiva, o una depresión, claro está, larga y profunda, pero inscripta en los ciclos normales de las economías capitalistas? En otras palabras, ¿vivimos un “estancamiento secular” o un “estado estacionario” (7)? Esta noción fue desarrollada específicamente por John Stuart Mill para designar situaciones históricas en las que el carácter cíclico de la economía capitalista sufre un parate, y en las que las economías se instalan duraderamente en un estancamiento. En Mill, el estado estacionario posee una connotación positiva: la humanidad por fin puede dejar de pensar en producir cada vez más riquezas y consagrarse a actividades más interesantes, como el arte. Pero la idea de “capitalismo estacionario” tiene una contradicción en sus términos, porque el capitalismo es por esencia dinámico, razón por la cual esta noción ha suscitado numerosos debates desde el siglo XIX.

Un tercer debate económico en lo que concierne a la crisis se relaciona con los “treinta gloriosos”. ¿Representan una excepción en la historia del capitalismo, o son la norma en materia de acumulación? Las tasas de crecimiento sin precedentes del período 1945-1973, que produjeron un alza general en el nivel de vida en los países occidentales y una reducción de las desigualdades, fueron quizás el resultado de una coyuntura particular, que no se va a volver a dar. Algunos esperan sin embargo que, en el futuro, con la digitalización de la economía, la revolución de las biotecnologías o las energías renovables, o una combinación de las tres, el capitalismo pueda reencontrarse con tasas de crecimiento semejantes.

Crisis ecológica

Después de la política y de la económica, la tercera dimensión de la crisis es ecológica. Es ahí donde más claramente se manifiesta el carácter inédito del período. ¿Sobrevivirá el capitalismo a los peligros medioambientales? Algunos pensadores, entre los que se cuentan Jason Moore y Daniel Tanuro, sugieren que desde hace tres siglos el sistema sólo ha prosperado mediante la explotación de una naturaleza gratuita o barata (8). Este recurso escaso, el capitalismo lo ha utilizado como si fuera ilimitado. Lo usó no sólo como una entrada, captada en forma de materias primas transformadas en mercaderías, sino también como una salida, un “tacho de basura global” en el que se tiran todos los desperdicios y los subproductos de la actividad económica –las “externalidades negativas” de la acumulación de capital–.

Ahora bien, como demuestran las perturbaciones medioambientales, la naturaleza ya no está en condiciones de ejercer esta doble función de entrada y salida barata para el capitalismo. Ciertos recursos cruciales para el funcionamiento de las sociedades modernas (agua, petróleo, aire no contaminado, etc.) empiezan a faltar, mientras que el mantenimiento o la limpieza de la naturaleza cuesta cada vez más caro. Por ejemplo, las distintas contaminaciones traen consigo gastos de salud en aumento, que presionan a la baja las tasas de beneficios. El sociólogo Immanuel Wallerstein saca de acá una conclusión categórica: al capitalismo no le queda mucho tiempo, precisamente porque tiene una necesidad imperiosa de esta naturaleza barata.

Es no contar con su resiliencia, responden otros pensadores críticos. El régimen económico va a saber sortear esta crisis, de la misma manera que superó todas las que encontró. En un texto de 1974, el filósofo André Gorz ya afirmaba: “El capitalismo, lejos de sucumbir a la crisis, la va a gestionar como lo hizo siempre: grupos financieros bien posicionados se van a aprovechar de grupos rivales para absorberlos a bajo precio y extender su dominio sobre la economía. El poder central va a fortalecer su control sobre la sociedad: se usarán tecnócratas para calcular las normas ‘óptimas’ de descontaminación y de producción” (9).

De la misma manera, el economista Michel Aglietta considera posible la emergencia de un capitalismo verde, de un nuevo ciclo de crecimiento de larga duración basado en energías renovables. Para él, China podría ponerse al frente de este nuevo ciclo, así como Estados Unidos estuvo en el centro del ciclo de crecimiento fordista en la primera mitad del siglo XX. La campaña sindical europea “One Million Climate Jobs”, lanzada en 2015, defiende por su parte la idea de un nuevo modelo de sociedad basado en “empleos climáticos” (10). Al precio de una reestructuración alrededor de las energías renovables, el capitalismo podría dejar de lado la naturaleza gratuita y las energías fósiles. Pero seguiría siendo capitalismo.

De las tres crisis actuales, la ambiental es al mismo tiempo, de inmediato la menos perceptible y acaso la más fundamental en lo que respecta al efecto transformador que podría producir en las sociedades. No se trata además, de una crisis propiamente dicha, que supone un antes, un durante y un después –una salida de la crisis–. Suponiendo incluso que los países industrializados adopten las medidas drásticas que se imponen en materia de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero –y estamos lejos de eso–, el cambio climático ya está produciendo consecuencias irreversibles. Lo que la comunidad internacional puede hacer es limitar (considerablemente) estas consecuencias, pero no invertirlas.

Para conseguirlo, hay que encontrarles soluciones audaces a las crisis política y económica. El cambio climático ofrece una oportunidad para refundar la democracia. La adaptación de las sociedades supone reorganizar del derecho y del revés la vida diaria de los pueblos. Pero un cambio semejante no se puede producir sin movilizar a estos últimos, sin apoyarse en sus conocimientos y en su savoir-faire. La creación de nuevas instituciones democráticas de base va a ser necesaria.

En materia económica, la anulación parcial o total de la deuda pública representaría una medida ecológica por excelencia. Si el Estado no puede invertir masivamente en la transición energética es por una falta de voluntad política, pero también porque es prisionero de sus acreedores. Crisis política, crisis económica y crisis ecológica convergen, como se ve, en un solo y mismo problema.

1. Cf. Reinhart Koselleck, Le Futur passé. Contribution à la sémantique des temps historiques, Éditions de l’EHESS, París, 1990.

2. Cf. por ejemplo en francés la entrevista que se publicó en la revista Ballast, “Podemos à mi-chemin”, 4-5-16, www.revue-ballast.fr.

3. Margaret Thatcher fue primera ministra del Reino Unido de 1979 a 1990. Cf. Stuart Hall, Le Populisme autoritaire. Puissance de la droite et impuissance de la gauche au temps du thatchérisme et du blairisme, Ed. Amsterdam, París, 2008.

4. Cf. por ejemplo Michael Hardt y Toni Negri, Imperio, Paidós, Barcelona, 2005.

5. Cf. Leo Panitch y Sam Gindin, The Making of Global Capitalism. The Political Economy of American Empire, Verso, Londres, 2013.

6. Cf. Robert Brenner, The Economics of Global Turbulence: The Advanced Capitalist Economies from Long Boom to Long Downturn, 1945–2005, Verso, Londres, 2006.

7. Cf. Cédric Durand y Philippe Légé, “Vers un retour de la question de l’état stationnaire? Les analyses marxistes, postkeynésiennes et régulationnistes face à l’après-crise”, en Arnaud Diemer y Sylvie Dozolme (dirs.), Les Enseignements de la crise des subprimes, Clément Juglar, París, 2011.

8. Cf. por ejemplo Jason Moore, Capitalism in the Web of Life. Ecology and the Accumulation of Capital,Verso, Londres, 2015.

9. Léase André Gorz, “Leur écologie et la nôtre”, Le Monde diplomatique, París, abril de 2010.

10. Cf. www.climate-change-jobs.org.

- Razmig Keucheyan, Sociólogo. Autor de La naturaleza es un campo de batalla, Capital intelectual, Buenos Aires, 2016.

 

Le Monde diplomatique Nº 218 - Agosto de 2017