El disruptivo que expone a los políticos cruzó el último límite

Maureen Dowd
Estuve dudando de empezar a escribir sobre Donald Trump. Me preocupaba que pudiese escribir algo que lo pusiera loco y que mandara uno de sus cáusticos tuits de medianoche sobre mí, algo así como "Empezó siendo un 3. Ahora es un 1". Eso me molestaría, por supuesto. Y también me aliviaría no haberme sacado un 0. Pero conozco a Trump desde hace mucho. Así es como él se refiere a las mujeres. Todavía recuerdo cuando dio la triste noticia de que Heidi Klum ya no era una mujer 10.

Ésta fue la vivisección clínica que hizo de Halle Berry ante el conductor Howard Stern: "Desde el abdomen al cuello es un 10. De cara es un 8 cómodo. Y de piernas, un poquito menos que eso". Como me dijo una vez en persona: "Hay tipos que me dicen que quieren mujeres con sustancia, y no una hermosa modelo. Lo único que significa eso es que no consiguen una hermosa modelo".

Así que cuando Megyn Kelly, presentadora de Fox News, cuestionó a Trump durante el debate republicano, recordándole que en sus muchas veces rabiosa cuenta de Twitter había calificado a las mujeres que no le gustan de "cerdas", "puercas" y "asquerosos animales" supe de inmediato cuáles eran las intenciones de la glamorosa ex abogada.

Estaba haciendo lo mismo que Tom Cruise cuando le busca roña a Jack Nicholson en Cuestión de honor. Kelly quería que Trump estallara en uno de sus arranques de misoginia. Pero Trump logró frenarse y se abstuvo de usar al ranking que va de cerda a supermodelo que tanto le gusta usar. De todas maneras, horas después no se privó de descargar su irritación por Twitter, cuando dijo que Kelly era un fiasco, que estaba "totalmente sobrevalorada", y retuiteó un post en el que se la calificaba de "rubia tonta".

Trump es, como escribió Kurt Anderson, "la primera reencarnación del siglo XXI de P.T. Barnum y Diamand Ji Brady, John Gotti sin la organización criminal, el único neoyorquino blanco que vive con la amplitud del rapero más chillón y más zarpado. Es la encarnación del exceso". El novelista Walter Kirn tuiteó después del debate: "Trump simplemente está canalizando el magullado narcisismo mezquino que es condición natural de la nación selfie". Después de todo, como tuiteó el escritor y periodistsa James Gleick, "competir por la presidencia es la nueva selfie".

En el mundo, hay tantos pocos personajes operísticos que disfruto de los vuelos hiperbólicos y políticamente incorrectos de Trump. Lo veo como una caricatura. Está dibujado así, y punto. Y más allá de su lenguaje a lo Frank Sinatra sobre las mujeres, a mí siempre me trató con cortesía y profesionalismo.

Allá por 1999, cuando coqueteaba con la idea de candidatearse para la presidencia, le pregunté a este hombre de tantas mujeres cómo pensaba que le iría con el voto femenino. "Puede ser que me vaya mal", respondió con una sonrisa. "Me conocen mejor que nadie. Las mujeres son mucho más duras y más calculadoras que los hombres. Me relaciono mejor con las mujeres."

Esta campaña es más cruda y brutal que de costumbre, rasgo que se refleja en la lógica de hacer rodar cabezas que rige en Twitter. Pero tener un ello que se agita en medio de esos superyos no sólo puede ser perversamente divertido, sino también ferozmente útil.

Después de cubrir nueve campañas presidenciales, he llegado a la conclusión de que es realmente difícil saber a quién estamos eligiendo, incluso después de campañas atenuadas en las que los candidatos tienen una cantidad de exposición absurda.

Eso ocurre porque no es posible predecir las crisis que pueden surgir, o los gremlins de inseguridad o perversidad que la Casa Blanca inevitablemente logrará suscitar en las psiquis de los presidenciables.

Puede haber un candidato como W. (George Bush hijo), que después de decirnos honestamente que llevará adelante una política exterior "humilde", a continuación balbucea infantilmente sobre las guerras que llevan décadas en Medio Oriente. Puede haber un encantador recién llegado como Obama, que ascienda como un Pegaso político, y pierda altura porque resulta que, al final, desdeñaba la política. Al fin y al cabo, si siempre es gato por liebre, ¿por qué no al menos un gato que rasguñe?

Por momentos despierta muecas de desaprobación, y Trump puede derrapar feo, como ocurrió con el certificado de nacimiento del presidente. Sus escarnios contra las mujeres pueden herir al Partido Republicano entre algunas votantes.

Sus ideas políticas le salen de las tripas, no de la cabeza. De todos modos, puede ser un catalizador que desafíe a sus rivales allí donde deben ser desafiados, para sacarles las caretas que tan laboriosamente les han construido sus consultores de imagen. Trump puede perforar la ilusión del trompe-l'oeil, empezando por la defensa que hizo Jeb Bush del modo en que su hermano estrelló la camioneta familiar contra todo el planeta. Si no, piensen cómo Trump, durante el debate, dejó al descubierto el modo en que el toma y daca financiero pervierte el sistema político.

"Bueno, les cuento cómo es. Yo a Hillary Clinton le dije que viniera a mi boda, y ella vino. ¿Y saben por qué? Porque no tenía opción, porque yo le daba. Le daba dinero a una fundación que, francamente, se supone que hace el bien. No sabía que el dinero se usaría para viajes en jet privado alrededor del mundo."

A veces, el show necesita de un verdadero showman.

POSDATA

Después de que envié esta columna para ser publicada, el viernes por la noche, Trump tuvo finalmente su derrape definitivo tipo Jack Nicholson contra Kelly. Apareció en CNN y se quejó de la "ridícula" pregunta de Kelly, y dijo: "Se veía como le salía sangre por los ojos, como le salía sangre por todas partes".

Erick Erickson, un bloguero conservador criticado por su propia falta de sensibilidad para con las mujeres, se apresuró a cancelar la invitación a Trump para una aparición en el RedState Gathering. En cambio, decidió invitar a Kelly, y puso en su blog: "Simplemente no quiero arriba del escenario a alguien que ante una pregunta incómoda de una mujer lo primero que hace es sugerir que está menstruando".

Trump intentó defenderse por Twitter, al señalar que Kelly también podía estar perdiendo sangre por la nariz. Y se apresuró a criticar a los "tontos políticamente correctos de este país".

Hasta en una ópera bufa, los intérpretes pueden ser expulsados del espectáculo si cruzan ciertos límites groseros. Trump simplemente no puede parar. O no quiere. Como tuiteó Carly Fiorina: "Sr. Trump: No-hay-excusa". Al felicitar a los presentadores del debate de Fox News por Twitter, Rupert Murdoch le dedicó un par de palabras muy elegidas a su megamillonario amigo-enemigo: "El amigo Donald tiene que aprender que ésta es la vida pública".

La Nación - 10 de agosto de 2015